Voces

miércoles 3 mar 2021 | Actualizado a 13:47

Batalla por el imagotipo

/ 20 de febrero de 2021 / 23:34

A la espera de mejores causas, la principal fuerza política opositora del país declaró fiera batalla contra ¡un imagotipo! Es en serio. Dicen que la “Imagen Gobierno” del presidente Arce, instituida mediante Decreto Supremo N° 4445, “es una afrenta para el país” (y cosas peores). Por ello plantearon una demanda de inconstitucionalidad contra el Decreto. Hay arrebato. Y extravío.

En cuanto al arrebato, sobresale su lentitud. Cuando se aprobó el Decreto, el 13 de enero, no hubo ninguna declaración, ni un tuit, ni siquiera un videíto. La indignación contra la nueva imagen gubernamental, acompañada de la acción ante el TCP, llegó 35 días después. El Comité pro Santa Cruz reaccionó un poco más rápido: el 1 de febrero mandó una carta manifestando su desagrado por “el logo”.

Sobresale también el reduccionismo. La denuncia despacha el imagotipo oficial como “Cruz Chacana” (sic). Parece algo más que eso: 24 cuadrados que expresan igual número de texturas, colores y símbolos, con tejidos del Altiplano, Valle, Amazonía y Chaco, y los colores de la Wiphala como soporte primario (si observan bien, encontrarán un “círculo infinito” y hasta un “número mágico”).

Pero vayamos más allá de la temporalidad y de la simbología. El cuestionamiento a la “Imagen Gobierno” asegura que, por un lado, en realidad es una imagen del Estado Plurinacional y, por otro, implica “la eliminación del Escudo Nacional como símbolo del Estado”. Nada menos. Por supuesto, violando la CePeE. En el fondo, la oscura pretensión sería “borrar el pasado”. Historiadores abstenerse.

Extravíos. Una lectura del DS N° 4445 demuestra que el alcance del nuevo símbolo es la “identidad visual gubernamental”, con aplicación exclusiva en el nivel central del Estado. No es casual que la noción “Imagen Gobierno” figure 10 veces en el decreto y 71 veces en el Manual de Identidad. Aparte del Ejecutivo, ningún otro órgano del poder público ni entidad territorial autónoma debe usar el imagotipo.

¿La marca del gobierno de Arce “elimina” el escudo de armas como símbolo del Estado? En rigor, sustituye la “Imagen Gobierno” (manual incluido) establecida por el régimen provisorio de Áñez (Decreto N° 4135). Esa imagen gubernamental (no del Estado) estaba compuesta por el escudo, la tricolor, la Wiphala y la flor de patujú. Los noveles “defensores del escudo” pueden reposar tranquilos.

A reserva de arrebatos y extravíos, la falacia mayor radica en oponer, de uno y otro lado, aquello que no es excluyente, sino complementario: Chakana versus escudo, tricolor versus Wiphala, Estado Plurinacional versus República. La batalla política y la conversación pública merecen mayor talla.

FadoCracia

uyunense

Una adolescente de 14 años fue víctima de violación grupal en Uyuni. El alcalde, la junta de vecinos, en fin, todas las “fuerzas vivas” están furiosas. Y se declararon en estado de emergencia. Hasta las (pen)últimas consecuencias, ya se sabe.

El hecho ha conmocionado a la población de la ciudad. En un impetuoso voto resolutivo, declararon personas no gratas a los violadores. Les exigen una disculpa pública por el daño cometido, reservándose el derecho de tomar acciones legales.

Entre otras medidas, decidieron que ni los responsables ni sus familiares pueden “pisar suelo uyunense”. No son dignos. Exigen también “no brindarles ni un vaso de agua”. Por ignorantes.

El Gobierno municipal, en tanto, movilizó su dirección jurídica en pleno para iniciar todos los procesos penales correspondientes. Hasta que los violadores sean sancionados. “Uyuni se respeta, carajo”.

En otro des/orden de cosas, el Alcalde, la junta de vecinos, en fin, las “fuerzas vivas” guardaron silencio cómplice ante una forastera que, cámara en mano, exclamó: “Uyuni es feo con ganas”. Solo hubo autocrítica por el exceso de basura en la ciudad.

José Luis Exeni Rodríguez es politólogo.

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Mega-ciclo-electoral

/ 6 de febrero de 2021 / 23:53

Con la segunda vuelta para algunas gobernaciones concluye en abril el actual mega-ciclo-electoral en Bolivia. Se trata de un ciclo no solo largo, sino intenso. Comenzó en rigor en octubre de 2018 con la convocatoria a primarias para binomios presidenciales. Siguió con las fallidas elecciones generales 2019. Tuvo un hito en los comicios 2020. Y remata con las subnacionales 2021.

Pero los antecedentes cuentan: referéndum autonómico 2015, referéndum constitucional 2016 y elecciones judiciales 2017. Cuentan en especial porque implicaron tres derrotas consecutivas para el oficialismo. No se aprobaron estatutos en cinco departamentos, se rechazó la reforma constitucional sobre la reelección y se eligieron con débil legitimidad altas autoridades judiciales/constitucionales.

Siete procesos, algunos inéditos, en siete años. No es poca cosa. Se puede debatir ampliamente sobre cada uno de ellos, así como respecto a la deriva autoritaria de la crisis político-institucional y sus “narrativas”. A reserva de dicha conversación, me gustaría explorar qué nos deja este megaciclo. Enumero unos cuantos andamios:

1). Transición de un sistema de partido predominante (el MAS-IPSP) a un sistema, todavía esquivo/difuso, de pluralismo que, en principio, tiende a ser más moderado que polarizado. 2) Desplazamiento forzado de la arena electoral de un actor núcleo: Evo Morales, con el consiguiente reto, complejo, de proyectar el posevismo y, en general, la renovación de liderazgos. 3) Desplome del factor “reelección indefinida”, que puso en tensión el proceso (pos)constituyente y hasta la propia democracia, para la postulación de candidaturas en todos los niveles. 4) Reafirmación de las urnas —no los cuarteles, no la Biblia— como mecanismo para superar (o al menos atenuar) situaciones de crisis y definir pacíficamente la disputa por el poder político. 5) Necesidad de fortalecer-blindar la autoridad y legitimidad del cuerpo electoral, allende las personas, en su calidad de órgano del poder público en el horizonte de la democracia intercultural. 6) Apremio de amplia deliberación pública para impulsar un proceso de reforma que incluya las leyes del órgano y del régimen electoral, así como la normativa sobre organizaciones políticas. 7) Necesidad principista de que todos los actores relevantes acepten el resultado de la votación, sin monumental regateo, con la premisa de procesos electorales transparentes, plurales y competitivos.

Así pues, el mega-ciclo-electoral nos convoca a evaluar y debatir sin demora sus efectos e implicaciones. Hay tiempo razonable para ello. Que los comicios 2025, elogio del Bicentenario, nos encuentren renovados y radicalmente demócratas.

FadoCracia

bella

Ser hermosa es sacrificio. En especial si quieres ser reina… de belleza No cualquiera, pues. Hay requisitos.

Lo elemental: ser probadamente mujer. Y soltera, sin hijos. Cultivar la castidad, apartar el vicio. ¿Se entiende?

Conducta moral in-ta-cha-ble. Tienes que ser pura, sin mancha. Está bien si tu nivel cultural e intelectual es solo aceptable.Tampoco nos pongamos exquisitas.

Demás está decir que debes ser delgada, de pocas carnes, limitado espesor. Tendrás rostro bonito y figura armoniosa, en todas sus partes. Y serás (o aparentarás) simpatía de trato.

¿Algo más? Damos por supuesto que no cuentas muchos años (17 a 28, ni un día más) ni pocos centímetros (mínimo 1,68, sin tacos, obvio).

Ayuda mucho —como sabe la Oviedo, hoy Miss Encuestas— ser blanca-blanquitablanca, no pobretona, residir en el lado caliente de la luna y, off course, “saber inglé”.

Si calificas, ven con tus trajes: de noche, típico, de baño. Te espera la Gloria (con promoción y con mayúscula). Habrá derroche de fiesta y de patriarcado, en primera fila, contemplando, ando, ando.      

José Luis Exeni Rodríguez es politólogo.

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Pandemia electoral

La decisión sobre cuándo concurrir a las urnas, entonces, no es inequívoca, está arropada de duda

/ 3 de mayo de 2020 / 06:57

Varios países en el mundo enfrentan el complejo dilema de qué hacer con los procesos electorales o plebiscitarios previstos y en algunos casos ya convocados para este año. El impensado factor pandemia por el coronavirus, ese tsunami sanitario de rango global, hoy lo invade/condiciona todo; como la niebla.

El dilema no es sencillo. ¿Cómo habilitar las urnas en tanto fuente de legitimidad de gobernantes y representantes sin poner en riesgo la salud y la vida de la ciudadanía? ¿Es posible hacerlo? O mejor: ¿cuándo es sensato hacer elecciones en medio de una pandemia cuya temporalidad y horizonte son inciertos? Desde otro enfoque: ¿cuánto tiempo es razonable postergar una decisión democrática para evitar tentaciones de prórroga ad infinitum y abusos de poder?

Las respuestas no son inequívocas. No pueden serlo. No existe ningún manual, ni estudio comparado, ni buenas prácticas sobre “pandemia electoral”. Las respuestas dependen de las condiciones y del contexto. Existen algunos buenos/malos referentes. Todos excepcionales. Ahí está Corea del Sur con una reciente elección competitiva, segura y participativa. Y está Chile, en el vecindario, cuyo plebiscito nacional, que debió realizarse el pasado domingo, fue postergado hasta fines de octubre.

La decisión sobre cuándo concurrir a las urnas, entonces, no es inequívoca. Al contrario, está arropada de duda. Y depende de la concurrencia de varios factores: la situación sanitaria, las condiciones logísticas para administrar una votación, los recursos. Pero depende sobre todo del cálculo estratégico de los actores políticos relevantes. Hay valores en juego, por supuesto, pero también intereses (disputa por el poder). Nada nuevo.

El dato diferente en el actual contexto es que la emergencia sanitaria y, en especial, la incertidumbre en torno al experimental desconfinamiento (ese oscuro regreso al mundo de vida), adelantan la disputa político-electoral. Y pueden trabarla. Así, antes de dirimir quién gana en los comicios, la batalla se concentra en la definición de cuándo y en qué condiciones es deseable/posible ir las urnas. Es una batalla con sus propias narrativas: defensa de la democracia, defensa de la vida.

¿Cómo estamos en casa? Hasta el jueves pasado teníamos una elección convocada para este domingo y suspendida sin fecha. Al límite del plazo, los principales actores políticos movieron ficha. Y discurso. Hoy tenemos una ley vigente de postergación de las elecciones 2020, que otorga un plazo máximo de 90 días para la votación. La norma está en disputa y corren acusaciones de uno y otro lado por futuros contagios y muertos. El desencuentro en su hora pico.

Volvamos al dilema: ¿cómo y cuándo habilitar las urnas en tanto fuente de legitimidad de gobernantes y representantes sin poner en riesgo la salud y la vida de la ciudadanía? No lo sabemos de cierto. Ni siquiera lo suponemos. El agravante en Bolivia es que venimos de un conflicto (pos)electoral que acentuó la crisis de representación política, engrosó la polarización (ya no solo discursiva, sin con fuerte clivaje de clase y étnico-cultural) y, lo más peligroso, produjo una profunda fractura social (hoy somos una sociedad rota). Así no hay acuerdo político posible. Pandemia electoral. Ojalá que el complejo dilema, mal encaminado, no termine clausurando hasta la salida electoral, esa que con buena estrella, hasta ahora, nos ha librado del abismo en situaciones de crisis.

José Luis Exeni Rodríguez, politólogo.

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¿Pluralismo en una sociedad rota?

La situación actual de crisis, polarización e incertidumbre en el país tiene diferentes componentes.

/ 23 de febrero de 2020 / 00:11

La situación actual de crisis, polarización e incertidumbre en el país tiene diferentes componentes. El más visible y disputado es la crisis de representación política, que no necesariamente se resolverá en las elecciones de mayo. Puede agravarse, más bien, en un probable/clásico escenario de crisis de gobernabilidad. Una consecuencia de ello es la previsible, aunque incierta, recomposición del sistema de partidos: se despide de lo que fue, ignora todavía lo que será. El cambio no sabe para quién trabaja.

Como es sabido, el período de pluralismo moderado construido en casi dos décadas de democracia (im)pactada hizo crisis en abril de 2000 y colapsó en octubre de 2003, prolongando su agonía hasta los comicios de 2005. Esa historia de coaliciones políticas, algunas promiscuas y contranatura, dio paso a otro período democrático asentado en un Gobierno monocolor. Con sucesivas victorias electorales y una oposición frágil-fragmentada, el MAS-IPSP asumió en solitario el ejercicio del poder político. Faltaron contrapesos.

El gobierno de Morales se asentó en un sistema de partido predominante, el MAS-IPSP, más fuerte y orgánico como instrumento político que como partido. Este sistema se caracteriza porque una misma fuerza política gana sucesivas elecciones competitivas con mayoría absoluta de votos y mayoría de escaños en la Asamblea. Así ocurrió en los comicios de 2009 y 2014. El sistema entró en crisis tras las pasadas elecciones de octubre, declaradas “sin efecto legal”. Cayó el partido predominante, pero no el partido-instrumento.

¿Cómo se está reconfigurando el sistema de partidos en Bolivia en el marco del superciclo electoral iniciado en octubre de 2018, con la convocatoria a primarias, que se prolongará hasta noviembre de este año con las elecciones subnacionales? No lo sabemos de cierto, aunque hay señales. Lo obvio es que difícilmente habrá un partido predominante. Lo previsible, por la tónica de dispersión, es que nos encaminemos hacia un pluralismo polarizado, todavía débil y sin disponibilidad de pactos de nuevo tipo.

Pero la situación crítica no se agota en la representación política. Como un río subterráneo que puede inundarnos, pero preferimos no escuchar, se aproxima una crisis económica que requiere medidas urgentes, que se siguen postergando por la agenda electoral. Claro que la crisis más grave de este tiempo-opaco-de-las-cosas-minúsculas es la fractura de la convivencia social: habitamos una sociedad rota. Hay tres Bolivias: la generación “pitita”, la generación “wiphala” y la des/generación. Ojalá el invierno no nos lleve consigo.

FadoCracia rehén

El poslulismo y el lulismo no pueden coexistir. De algún modo, el PT es rehén de Lula y Lula es rehén… de Lula”. Esta magnífica descripción fue escrita por Boaventura de Sousa Santos poco antes de las elecciones que, con la inhabilitación de Lula (segunda parte del golpe judicial tras el impeachment a Dilma Rousseff), ganó el fascismo/bolsonarismo.

El retrato se completaba así: “Cabe señalar que Lula es un líder con genio político (que) a partir de una celda está influenciando de manera decisiva la conducción de la política brasileña”.

Y bueno, el símil es inevitable. Hagamos el ejercicio: el posevismo y el evismo no pueden coexistir. De algún modo, el MAS-IPSP es rehén de Evo y Evo es rehén… de Evo. Sustituya “celda” por “Buenos Aires” y verá un cauce hoy de la política-elección boliviana.

¿Podrá el MAS instrumento político superar el evismo? ¿Lo hará sin dividirse? Y en la esencia: ¿asumirá desde sus principios el imprescindible desafío de renovación, posevismo, con cimiento en organizaciones sociales fuertes, autónomas, plenamente orgánicas? Corren andares/andamios con escala en los comicios de mayo. 

* Es politólogo.

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Elogio de la autorrepresentación

Por primera vez 10 organizaciones indígenas han presentado candidaturas de manera autónoma.

/ 9 de febrero de 2020 / 00:52

Un derecho colectivo fundamental de las naciones y pueblos indígena originario campesinos en Bolivia es el ejercicio de la autorrepresentación. Ello implica su derecho a formar parte de los órganos de representación del Estado Plurinacional (aquí el adjetivo es esencial), sin pasar por la mediación de organizaciones políticas ni por mecanismos de la democracia liberal-representativa. En otras palabras: es el derecho a la representación directa, conforme a normas y procedimientos de la democracia comunitaria.

En el marco de la nueva Constitución Política del Estado y la consecuente legislación de desarrollo, se han producido avances relevantes, aunque todavía parciales, en el ejercicio de la autorrepresentación. Un proceso emblemático, cuyo balance integral está por hacerse, es la representación indígena directa en las asambleas legislativas departamentales (excepto Potosí). La fuente de legitimidad de estos asambleístas no proviene de las urnas, sino de decisiones orgánicas de sus naciones y pueblos.

Pero hay límites, escollos, asignaturas pendientes. Ello ocurre en la Asamblea Legislativa Plurinacional (aquí la plurinacionalidad hace especial sentido), donde no se contempla la autorrepresentación indígena originario campesina (IOC). La normativa en la materia, en sucesivas reformas, establece la creación de solo siete circunscripciones especiales reservadas para las naciones y pueblos indígenas minoritarios en siete departamentos (excepto Chuquisaca y Potosí). Igual estos representantes deben apelar al voto individual.

Desde hace una década, la Ley del Régimen Electoral reconoce el derecho de las organizaciones de las naciones y pueblos IOC a postular candidatos en las circunscripciones especiales sin pasar por los partidos políticos. Nunca lo hicieron al margen de su pertenencia orgánica al Instrumento Político por la Soberanía de los Pueblos (MAS-IPSP), hasta ahora. Por primera vez, en el ámbito de las elecciones generales de mayo, 10 organizaciones indígenas han presentado candidaturas de manera autónoma.

A reserva del cumplimiento de requisitos para dar luz verde a estas candidaturas “sin partido”, es evidente que se trata de un salto importarte en el aún esquivo camino de la representación directa a nivel nacional. Está pendiente también la autorrepresentación IOC en los concejos municipales. Y claro que en el balance no puede dejar de ponderarse el tenaz caminar de las naciones y pueblos en la larga marcha del autogobierno indígena, hoy en medio de luchas defensivas ante un opaco escenario de contrarreforma.

FadoCracia espejo

Ya somos todo aquello / contra lo que luchábamos / a los veinte años”. El conocido poema del querido escritor mexicano Luis Emilio Pacheco no puede ser más categórico. El título completa la nostálgica escena: Antiguos compañeros se reúnen.

¿Contra qué luchábamos a los 20 años? ¿En qué nos hemos convertido? ¿Cuáles eran/son nuestras militancias? ¿Contra qué, si acaso, luchamos ahora? Más allá del necesario inventario ideológico-generacional, que cada quien haga su personal ajuste de cuentas ante el espejo.

Cito el texto de Pacheco para señalar algo más prosaico en relación a (casi todos) los actores políticos. “Unos critican (con cinismo) lo que hacían, otros hacen (con cinismo) lo que criticaban”, escribe alguien en Twitter, subrayando la velocidad de tales mutaciones. Impecable.

Vistas las cosas, la paráfrasis del poema de Luis Emilio se escribe sola: ya son todo aquello / contra lo que blasfemaban / hace tres meses. “Inéditos compañeros se juntan”. Son las pragmáticas mieles del poder.

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El factor plurinacional

La plurinacionalidad y las autonomías dan cuenta de las dos tensiones irresueltas de la historia larga en Bolivia.

/ 26 de enero de 2020 / 06:34

Más allá de la inútil polémica acerca del feriado, y de la tensión finalmente resuelta sobre la ampliación de mandato de autoridades y representantes electos en todos los niveles (a tono con la temporalidad político-electoral pactada), la relevancia del 22 de enero como fecha-hito tiene que ver con el factor plurinacional. No es algo menor: la plurinacionalidad y las autonomías, cualidades del hoy inconcluso nuevo modelo de Estado, dan cuenta de las dos tensiones irresueltas de la historia larga en Bolivia.

La plurinacionalidad del Estado, y también de la sociedad, es el reconocimiento de que en la nación cívica boliviana, ese “núcleo común”, existen diversas naciones étnico-culturales. Y que no son excluyentes. Al contrario: pueden/deben convivir. Así, el Estado Plurinacional en construcción, que no termina de llegar, busca sustituir al Estado-nación, que no termina de irse. Y si el Estado-nación, por su naturaleza, es monocultural, el horizonte del Estado Plurinacional no puede ser otro que la interculturalidad.

Hay quienes, con más añoranza que argumentos, confrontan la plurinacionalidad con el republicanismo, como si fuesen opuestos. Está visto que el Estado Plurinacional desplaza al Estado-nación, no a la República, que históricamente dejó atrás el despotismo y la monarquía. Así que mal harían los abanderados de la contrarreforma en izar la República para “desmontar” el factor plurinacional. El gran desafío, más bien, es edificarlo en serio, más allá de los símbolos y su solo reconocimiento constitucional.

Se trata, entonces, de construir la plurinacionalidad, con reconocimiento del sujeto indígena (por siglos invisible, menospreciado, subalterno). Claro que no basta desearlo o proclamarlo. En una década de vigencia de la nueva Constitución Política del Estado Plurinacional, el camino ha sido lento, complejo, contradictorio; con avances y retrocesos; con más narrativa que realizaciones. Y los huecos persisten, siempre opacos, violentamente profundos. Con algunos límites, como las obligadas, temerosas, públicas disculpas por la quema de la wiphala.

¿Fuimos ingenuos al creer que los primeros andamios de la prometida refundación estatal, ahora en cuestión, bastaban para ahuyentar/atenuar el racismo, el clasismo, la discriminación? Sí, fuimos ingenuos. Ahí siguen, intactos: no hay reconocimiento del otro, sino desprecio. Lo dicen las palabras (“hordas”), lo muestran los hechos (expulsar campesinos del espacio público citadino). Sea cual sea el nuevo ciclo político y económico en el país, el factor plurinacional y la interculturalidad deben preservarse como condición de convivencia.

FadoCracia rota

En su espléndida novela La forma de las ruinas, el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez relata/retrata los años de violencia que le tocó vivir en ese país y que marcaron su generación con fuego indeleble: “La violencia estaba en los ciudadanos mismos, que parecían todos embarcados en su propia cruzada, parecían todos andar con el dedo acusador enhiesto y preparado para señalar y condenar (…) La ciudad estaba envenenada con el veneno de los pequeños fundamentalismos, y el veneno corría por debajo, como el agua sucia en las cloacas (…) ¿En qué momento nos volvimos así?”.

Tremendo. Lo leí hace poco y, claro, la analogía con lo que sucede en Bolivia fue inevitable. Sea “generación pitita”, sea “generación wiphala”, nuestro dedo acusador, con espíritu fundamentalista, está levantado. La sola polarización sin puentes ni matices es violenta. Demasiado veneno.

Como bien advierte Boaventura, el miedo y la esperanza están desigualmente distribuidos a nivel global. Y eso es insostenible. La sociedad que habitamos en el país está fracturada, rota. Tomará más de una elección, si acaso, recomponernos.

José Luis Exeni Rodríguez

es politólogo.

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