Voces

viernes 26 feb 2021 | Actualizado a 00:03

Terra incógnita

/ 16 de enero de 2021 / 02:11

El rápido retorno a la “normalidad” está resultando un espejismo, el virus circula entre nosotros, la economía y la paciencia social se están agotando y las opciones para enfrentar las crisis son inciertas. La política aparece empantanada en un escenario plagado de premisas contradictorias y sin soluciones definitivas. En esas aguas desconocidas tendremos que navegar.

A fines de 2020, pasada la primera ola de la pandemia, parecía que lo peor había pasado y que, tomando previsiones sanitarias, la humanidad transitaría hacia una etapa de reactivación de la economía y de paulatino retorno a la normalidad. La aparición de varias vacunas contribuyó a esa expectativa. Sin embargo, la realidad es tozuda, el rebrote virulento de la enfermedad, con sus segundas e incluso terceras olas desestructurando otra vez las actividades humanas, obliga a un recálculo de expectativas y a replantear sustantivamente los escenarios de la gestión política.

Si bien la vacunación aporta una luz en el horizonte, no hay que engañarse, su despliegue será lento y logísticamente complicado. Para una inmunidad colectiva se precisa vacunar al menos al 60% de la población, meta que no se logrará en pocos meses. Mientras tanto, la enfermedad seguirá circulando y matando al ritmo de las intensificaciones o restricciones de las interacciones sociales, las cuales, por otra parte, no pueden cancelarse indefinidamente.

Así pues, la política, en todo el mundo, seguirá enfrentando su escenario más temido: la gestión de una incertidumbre casi estructural y de largo plazo, frente a la cual sus posibilidades de resolución definitiva son limitadas, una batalla tortuosa sin victoria clara.

No hay “mejor opción” en este universo, las disponibles son todas imperfectas y tienen costos altos. La relación es, por ejemplo, casi proporcional entre intensidad de interacciones sociales, fundamento de la economía y de la estabilidad social, y la difusión de la enfermedad. ¿Qué privilegiar? ¿Hay realmente posibilidad de elegir?

Parecería que la tarea del liderazgo político es, por tanto, seleccionar las acciones menos disruptivas o con un mínimo de viabilidad social, sabiendo de antemano que haga lo que haga será criticado y que la efectividad de esas medidas podría variar por la aparición de nuevas cepas o porque la gente no puede o decide no acatarlas. No hay soluciones milagrosas, es prueba y error permanente. Fregada la cuestión.

Llegados a este punto, no pretendo concluir con un llamado a la resignación o con un listado de “lo que hay que hacer”, porque estoy igual o más perplejo y con poca información que los decisores. Me animo apenas a reflexionar en voz alta sobre ciertos aspectos a considerar.

El primero de ellos es sobre la necesidad de superar las premisas y suposiciones que sostienen el espejismo de que hay soluciones rápidas, consensuales y a la mano para el problema. Una de ellas es la idea de “retorno a la normalidad”. Estamos, creo, condenados a vivir un largo “periodo especial” que exigirá ser muy realistas sobre lo que se puede hacer con lo que tenemos y en el cual lo crítico es entender y adaptarse a restricciones que no podemos remover. Momento excepcional que exige medidas de similar calibre enfocadas en lo urgente y nada más, las cuales paradójicamente deberían combinar una lectura prudente y sin ilusiones del contexto con una heterodoxia y pragmatismo en los instrumentos de política económica y social que se utilicen. No son tiempos de encerrarse rígidamente en ideologías o certidumbres coyunturales.

Pero eso no es suficiente, no basta con actuar sabiendo que el camino al final del túnel estará plagado de “sangre, sudor y lágrimas”, parafraseando al Churchill de inicios de la guerra, sino también de conversar, acompañar y persuadir a la población al respecto, compartiendo sus angustias, diciéndole la verdad sobre lo difícil que es el panorama, dándole información sobre a dónde vamos y haciéndole entender que será cuesta arriba pero que se puede salir del pozo con algo de esfuerzo, paciencia y esperanza colectivas. Ese es el rol central de la política.

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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El ‘ajayu’ del gobierno de Arce

El talante del Presidente conoce las entrañas del Estado y que parece interesado lo justo en la retórica política.

/ 13 de febrero de 2021 / 00:20

Más allá de sus intenciones o de sus orientaciones ideológicas, los Gobiernos suelen ser prisioneros de sus circunstancias. Serán evaluados y recordados, mal o bien, por su capacidad para leer y responder a los problemas y sentimientos sociales nodales del momento histórico. En el caso de Luis Arce, parece que estos se concentrarán en la manera como manejará la salida de la crisis. 

No siempre los gobernantes logran entender las señales que les envía su contexto, de ahí que aparecen desperfilados, sin ese ajayu que acompaña a los grandes liderazgos políticos. Haciendo o hablando cosas, pero sin que estas conmuevan o interesen a los ciudadanos. Por supuesto, la cuestión no es solo entender las voces y necesidades de la gente, sino compatibilizarlas con las restricciones que impone la realidad. Es, pues, tener empatía y al mismo tiempo saber dónde estás realmente parado, en caso contrario, la disyuntiva será entre demagogia o inoperancia.

En sus largos años de gobierno, Evo Morales tuvo la habilidad de conectar en dos momentos con el sentimiento popular y resolverlo de manera concreta y creíble. La mitología del masismo sigue nutriéndose de esos aciertos. El primero fue el tiempo de la nacionalización de los hidrocarburos y la nueva Constitución, la ruptura con la “vieja Bolivia”. El segundo tuvo que ver con el ansia modernizadora, neodesarrollista y de movilidad social de las mayorías, que tuvo su culminación con la ampliación de los estratos de ingresos medios durante un quinquenio.

No únicamente por la pandemia, el país que recibió Arce en noviembre es un concentrado de angustias, de temor por el retroceso social, de frustraciones y de rechazo a la insensibilidad y prepotencia de los poderosos. Ese es el sentido, desde mi punto de vista, del 55%. No parecería que el reclamo sea por grandes épicas ideologizadas o transformaciones institucionales ambiciosas, se trata de recomponer seguridades personales, familiares y comunitarias.

Algunos dirán entonces que es el tiempo de “las cosas pequeñas”. Y la verdad, sí, de eso se trata, de preocuparse por las experiencias prácticas de los ciudadanos en un tiempo de estrés agravado. Y en esa tarea, harto complicada, por cierto, importan mucho los resultados concretos: una prueba diagnóstica del COVID-19 gratuita, un ingreso adicional para la familia, alguna opción para que los hijos sigan educándose o una vacunación que llegue a todos.

Esa agenda deberá realizarse con un Estado con todas las ineficiencias que ya se conocen, que ningún voluntarismo podrá resolver en el corto plazo y que resulta inocuo intentar reformar estructuralmente en medio de una crisis que exige moverse rápido. Por eso, el gobierno de Arce debería concentrarse en algunos pocos objetivos y a pensar en maneras ad hoc y novedosas de evadir las inercias de un Estado que responderá mal si se siguen sus pautas de organización tradicionales. Circunstancias excepcionales, instrumentos igualmente excepcionales, valga la redundancia.

Así pues, el devenir de la primera parte del mandato del nuevo Presidente estará inevitablemente vinculada a su posibilidad de alcanzar una “nueva normalidad”, en la que las mayorías quizás no ganen mucho más, pero en la que se tranquilicen y sientan que no han perdido sus esperanzas de un mejor porvenir. Se puede resumir en vacunas, sostenimiento del consumo y reactivación de la economía. El resto de los juegos retóricos o narrativas confrontativas son, en el mejor de los casos, complementarias, sino intrascendentes o incluso dañinas en un momento de búsqueda de solidaridad y tranquilidad social.

El talante del Presidente, un hombre de las finanzas públicas y de la economía, que gestiona lo concreto, conoce las entrañas del Estado y que parece interesado lo justo en la retórica política, es a priori una oportunidad. Pero su posibilidad de éxito dependerá de la reorganización pragmática de la institucionalidad estatal y de la capacidad de movilización de la fuerza partidaria que lo sostiene para cumplir con mucha eficacia esas pocas, pero trascendentales, tareas.

   Armando Ortuño Yáñez es investigador social.    

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El peor escenario

/ 30 de enero de 2021 / 03:54

La pandemia está desestructurando todas las certezas, estamos navegando en un océano de incertidumbres. Eso no justifica una bajada de brazos, al contrario, obliga a un manejo más sofisticado de la cuestión, no hacerse muchas ilusiones, reflexionar sobre el peor escenario y aprender de los errores cometidos en el pasado.

Si bien la vacunación abre una luz al final del túnel, su despliegue será lento, no exento de vicisitudes y demandante de una gran capacidad organizativa en el Estado. Para avanzar rápido y lograr una inmunización razonable en un semestre, se precisará vacunar a casi un millón de personas por mes. 

Mientras tanto, el virus seguirá entre nosotros, con su inevitable costo en vidas humanas. Estamos frente a dos fuentes de incertidumbre que son muy difíciles de controlar, la aceleración de contagios por la proliferación de nuevas cepas más dañinas del virus y el notable cansancio social, económico y psicológico de la población frente a renovadas restricciones de movilidad e interacción socioeconómica. El retorno rápido a cierta normalidad es una quimera.

Todos los Gobiernos seguirán atrapados en la imposible ecuación entre mayor expansión del contagio y más o menos restricciones que impliquen sacrificios quizás inasumibles por la población. En todos los casos serán severamente criticados. Se trata, pues, de una carrera contra el reloj y de búsqueda del escenario “menos peor”, un problema de manejo del tiempo y de las expectativas.

En Bolivia, la aceptabilidad social a restricciones radicales es difícil por la debilidad de los mecanismos estables de protección social, la falta de recursos y una estructura de empleo informal y concentrada en servicios y construcción en las grandes urbes. En la cuarentena de abril y mayo del año pasado se produjo una parálisis que dejó inactivo al 62% de los trabajadores urbanos y que redujo, en volumen total, sus ingresos laborales en un 70%. La gente solo aguantó porque tenía aún algunos ahorros y esperanzas de que era un esfuerzo temporal.

Los bonos son el principal instrumento para paliar esos costos y facilitar alguna paciencia social. Por supuesto, eso no pasa por mandar uniformados para obligar a que la gente se quede en sus casas. Eso podría funcionar un par de semanas, pero luego se cae, como sucedió el año pasado, en la ausencia de medidas que persuadan y generen confianza.

Tampoco la propia cuarentena es una opción sin problemas, sobre todo si se la entiende como un fin en sí mismo y no como un instrumento para otros objetivos sanitarios. El año pasado, el país vivió dos meses encerrado, durante los cuales la expansión del virus fue moderadamente contenida, pero sin que logrará evitar la tragedia de Trinidad ni el pico brutal de contagios que se desencadeno después. Entre fines de junio y mediados de septiembre se contabilizó un promedio diario de decesos de aproximadamente 60 personas por día. Ese fue el gran fracaso de Áñez, lanzarnos a una cuarentena que paralizó casi totalmente la economía, para postergar el pico de contagios, pero sin prever capacidades para enfrentar la ola de enfermos que iba a venir después de su relajamiento. Basta recordar que, en agosto, se hacía un promedio de 2.900 pruebas por día y había una tasa de positividad de un poco más del 50%.  

En síntesis, las vacunas son un potencial alivio, pero requieren estar acompañadas de una gestión inteligente de los tiempos, combinaciones y secuencias de varios tipos diferentes de políticas y acciones que deben ser pensadas en un horizonte flexible de seis meses. No parece aconsejable descartar ninguna opción porque no sabemos cómo puede evolucionar el virus, hay que trabajar siempre pensando en el peor, no en el mejor escenario. De hecho, quizás se deba evaluar la posibilidad de una cuarentena rígida en un momento dado, pero sabiendo que solo permite ganar tiempo, que no podrá ser muy larga, que debe estar acompañada de compensaciones y que deberá servir a ciertos objetivos y no solo ser una señal demagógica de que se está haciendo algo “enérgico” sin saber lo que viene después.

Armando Ortuño es investigador social.

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Renovación

/ 2 de enero de 2021 / 06:01

Vértigo, es la palabra que mejor puede calificar al año que se nos va. Parecía, en algún momento, que el país no iba a poder evitar la confrontación social ni la exacerbación de la crisis múltiple. Pero, al final, las urnas y algunas capacidades políticas que teníamos por ahí escondidas nos han abierto un escenario de renovación de la gobernabilidad.

La principal tarea de la política es construir certidumbres para los ciudadanos. Marcos de estabilidad y previsibilidad que permitan a los ciudadanos planificar su economía, su vida personal y proyectarse en el futuro. Por supuesto, ese orden tiene que contar con algún grado de legitimidad y autoridad para que pueda sostenerse.

Eso era lo que estuvo en juego en este año agitado y lo que se había resquebrajado severamente desde la crisis electoral de 2019. Contexto agravado por la aparición posterior de la pandemia y de la brutal contracción económica que la acompañó.

Son momentos en que se precisa de mucha autoridad y legitimidad política para mantener el barco a flote. Cualidades que el gobierno transitorio de Áñez no pudo desarrollar y que tampoco se perfilaban en el horizonte posterior a unas elecciones que muchos consideraban que solo iban a reproducir los bloqueos y conflictos que estaban paralizando al país desde el año pasado.

Frente a ese panorama patético, me parece que evitamos lo peor. Hoy contamos con un gobierno elegido democráticamente con una mayoría suficiente que le permite desarrollar su programa y un sistema político que contiene nuevos elementos que han introducido dosis interesantes de pluralismo y complejidad en su funcionamiento.

El triunfo del MAS ha ratificado que hay ciertas orientaciones que no están agotadas y que siguen estructurando el funcionamiento de gran parte de la sociedad, dato no menor que las oposiciones deberían reflexionar. Pero, al mismo tiempo, se ha hecho evidente que no hay retorno al tiempo de la hegemonía azul: hay nuevas fuerzas en la cancha política y el propio MAS parece condenado a manejar su propia diversidad interna con mayor cuidado. No son pocos ni intrascendentes cambios.

Hay pues necesidades y sobre todo posibilidades para un aggiornamento del modelo político y socioeconómico que hemos desarrollado desde el gran quiebre de inicios de siglo. Hemos aprendido que las rupturas desordenadas y el “borrón y cuenta nueva” no solo son inviables, sino que son peligrosas para la estabilidad social, al igual que la fosilización y el conservadurismo de los que le tienen miedo a cualquier innovación o cuestionamiento del poder establecido.

Por supuesto, esta potencial renovación estará acompañada de tensiones, conflictos, incomprensiones, retrocesos y hasta sonados fracasos en algunas de sus dimensiones. También, sus alcances y desenlaces transitorios son aún incógnitas que recién se irán develando más adelante. Lo importante es que estamos ya transitando ese camino y que quizás estamos abandonando poco a poco la parte más espesa y oscura de la niebla que cayó sobre el país y todos nosotros en este extraño 2020. 

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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Renovación

Son momentos en que se precisa de mucha autoridad y legitimidad política para mantener el barco a flote.

/ 2 de enero de 2021 / 04:21

Vértigo, es la palabra que mejor puede calificar al año que se nos va. Parecía, en algún momento, que el país no iba a poder evitar la confrontación social ni la exacerbación de la crisis múltiple. Pero, al final, las urnas y algunas capacidades políticas que teníamos por ahí escondidas nos han abierto un escenario de renovación de la gobernabilidad.

La principal tarea de la política es construir certidumbres para los ciudadanos. Marcos de estabilidad y previsibilidad que permitan a los ciudadanos planificar su economía, su vida personal y proyectarse en el futuro. Por supuesto, ese orden tiene que contar con algún grado de legitimidad y autoridad para que pueda sostenerse.

Eso era lo que estuvo en juego en este año agitado y lo que se había resquebrajado severamente desde la crisis electoral de 2019. Contexto agravado por la aparición posterior de la pandemia y de la brutal contracción económica que la acompañó.

Son momentos en que se precisa de mucha autoridad y legitimidad política para mantener el barco a flote. Cualidades que el gobierno transitorio de Áñez no pudo desarrollar y que tampoco se perfilaban en el horizonte posterior a unas elecciones que muchos consideraban que solo iban a reproducir los bloqueos y conflictos que estaban paralizando al país desde el año pasado.

Frente a ese panorama patético, me parece que evitamos lo peor. Hoy contamos con un gobierno elegido democráticamente con una mayoría suficiente que le permite desarrollar su programa y un sistema político que contiene nuevos elementos que han introducido dosis interesantes de pluralismo y complejidad en su funcionamiento.

El triunfo del MAS ha ratificado que hay ciertas orientaciones que no están agotadas y que siguen estructurando el funcionamiento de gran parte de la sociedad, dato no menor que las oposiciones deberían reflexionar. Pero, al mismo tiempo, se ha hecho evidente que no hay retorno al tiempo de la hegemonía azul: hay nuevas fuerzas en la cancha política y el propio MAS parece condenado a manejar su propia diversidad interna con mayor cuidado. No son pocos ni intrascendentes cambios.

Hay pues necesidades y sobre todo posibilidades para un aggiornamento del modelo político y socioeconómico que hemos desarrollado desde el gran quiebre de inicios de siglo. Hemos aprendido que las rupturas desordenadas y el “borrón y cuenta nueva” no solo son inviables, sino que son peligrosas para la estabilidad social, al igual que la fosilización y el conservadurismo de los que le tienen miedo a cualquier innovación o cuestionamiento del poder establecido.

Por supuesto, esta potencial renovación estará acompañada de tensiones, conflictos, incomprensiones, retrocesos y hasta sonados fracasos en algunas de sus dimensiones. También, sus alcances y desenlaces transitorios son aún incógnitas que recién se irán develando más adelante. Lo importante es que estamos ya transitando ese camino y que quizás estamos abandonando poco a poco la parte más espesa y oscura de la niebla que cayó sobre el país y todos nosotros en este extraño 2020.

   Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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La silla y las mil flores

/ 19 de diciembre de 2020 / 01:51

Ser una amplia y flexible coalición nacional de organizaciones sociales, personalidades y liderazgos que comparten algunos valores y objetivos políticos es una de las grandes fortalezas del MAS. Sin embargo, esa estructura parece tener dificultades para adaptarse a unos comicios subnacionales en los que hay mayor competencia dirigencial, intereses locales divergentes y orientaciones programáticas diversas.

A una semana de la inscripción de candidaturas para las elecciones departamentales y municipales, se apresuran las decisiones en todos los partidos y se exacerban las tensiones internas. Esto es particularmente visible en el oficialismo, habiéndose producido incluso situaciones tragicómicas como el ya famoso “sillazo” de Lauca Ñ.

Esto se habría generado, en buena medida, por el intento del líder masista de conseguir candidaturas unitarias, mientras que en las oposiciones parecería que se ha perdido desde hace ya un tiempo cualquier esperanza de buscar algún consenso o estrategia común.

En el caso del MAS, estos conflictos no necesariamente reflejan la mayor o menor satisfacción con el liderazgo de Evo Morales, sino que son un reflejo de los límites estructurales de las formas organizativas y decisionales que caracterizan a ese partido. Cuestiones que están bastante naturalizadas en su interior y con las que han aprendido a convivir.

El nodo de la cuestión está en que el MAS no es y no fue nunca un partido con una estructura clásica, sino una coalición de organizaciones sociales, personalidades, activistas y líderes locales que coinciden en algunos principios de la izquierda nacionalista y en una forma populista de hacer política. Red potente que se activa en las elecciones nacionales y que no suele tener una organización demasiado formalizada ni exigir adhesiones ideológicas rígidas.

La virtud de esa arquitectura radica en la posibilidad que ofrece a los ciudadanos de “ser masista” de muchas maneras, pudiendo coincidir colectivamente en ciertas cosas, las más trascendentales, sin necesidad de sacrificar sus puntos de vista o intereses en varias otras. Por supuesto, la contracara de esta flexibilidad es la debilidad de sus estructuras partidarias formales y cierta sobrevaloración del peso de las organizaciones corporativas en sus decisiones. Fragilidad que se expresa en dirigencias departamentales y nacionales poco efectivas, que deberían fortalecerse si se desease construir una mayor organicidad.

Los problemas se producen cuando este artefacto tiene que resolver cuestiones en las que los factores de cohesión son menos relevantes y en los que prima más bien la diversidad de intereses, ambiciones y espacios de poder que se desea ocupar. Es lo que suele pasar en las elecciones subnacionales, de ahí los conflictos internos, la aparición de listas disidentes “cuasi-masistas” en muchos municipios o la selección controvertida de candidatos poco competitivos en algunas contiendas debido al sectarismo de grupos corporativos que solo piensan en sí mismos.

Hay que aclarar que, en la gran mayoría de municipios rurales, en los que la articulación entre la organización social y el instrumento político es casi consustancial, las cosas se resuelven razonablemente, los líos más grandes suceden en espacios de mayor agregación y diversidad: gobernaciones y grandes municipalidades.

Por tanto, quizás la principal equivocación de Evo ha sido su intento, medio frustrado, de construir una cohesión artificial de sus adherentes en todos los espacios, como la que se esperaría en un partido tradicional, cuando lo mejor era “dejar que florezcan mil flores”, en palabras de Mao. Es decir, no complicarse ante la multiplicación de candidatos y corrientes, que deberían poder competir entre sí, internamente en primer lugar e incluso dejando que sean los propios votantes los que certifiquen su real representatividad si no hay acuerdo posible. Total, al día siguiente de los comicios, la mayoría de ellos se reencontrarán en el mismo bloque nacional-popular, al cual seguirán perteneciendo en la ausencia de otras alternativas.  

Armando Ortuño Yáñez es investigador social.

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