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viernes 26 feb 2021 | Actualizado a 18:09

Desmitificando Bolivia frente al COVID-19

/ 8 de diciembre de 2020 / 17:34

Del COVID-19, mucho se ha escrito y dudo que haya alguien que desconozca del coronavirus porque lo hemos sufrido de una forma u otra o en muchas. No voy a contar su historia —demasiado se ha escrito— ni cómo se ha desenvuelto en el caso de Bolivia —los medios han hecho mucho por informarnos, aunque no pocas veces los datos oficiales de referencia pecaban confundiendo—: voy a hablar del ahora.

Lo primero es que se ha hecho y se sigue haciendo un esfuerzo desde los tres niveles de gobierno en Bolivia por reducir los contagios y paliar las consecuencias, a pesar de un sistema de salud paupérrimo —¿cuántos años lleva el pedido del 10% a la sordina en legisladores y ejecutores?—, gestionada la crisis por un gobierno transitorio atosigado con improvisaciones —y per se las urgidas para enfrentar esta pandemia—, la pesca en río revuelto de los corruptos y las mezquindades de la política criolla.  

Se habla en muchos países de una Segunda Ola —en Europa se augura una tercera ya en perspectiva y en EEUU algunos ya la anuncian tras el relajamiento colectivo por Thanksgiving Day—, pero en Latinoamérica aún gestionamos la primera.

Al domingo pasado, desde el inicio el 10 de marzo, Bolivia totalizaba 145.560 contagiados, 8.995 fallecidos y 124.799 recuperados —aclaro “vivos”—, lo que daba a ese día un 8,1% de casos aún activos (11.766); los casos totales representan un índice de morbilidad —“cantidad de personas enfermas en un lugar y tiempo determinado”— por 100.000 habitantes de 1.251,2, una mortalidad respecto a contagiados del 6,2% y del 77,3% por 100.000 habitantes y el 85,7% de recuperados, mientras la incidencia acumulada —“cantidad de nuevos contagiados por 100.000 habitantes”— en la última quincena es de 14 (España tiene 265 y EEUU, 231 en este período).

¿Somos los peores en Latinoamérica? No; aunque lejos porcentualmente de los más efectivos: en morbilidad Cuba (0,077) y Uruguay (0,202) (Bolivia 1,251); en mortalidad x morbilidad Uruguay (1,2) y Cuba (1,5) (nosotros 6,2); en mortalidad x 100.000 habitantes Cuba (1,2) y Uruguay (2,3) (Bolivia 77,3), y en recuperados Chile (95,4) y Perú (93,1) (Bolivia 85,7), cuando nos comparamos en morbilidad (1,251) mejoramos sobre República Dominicana (1,446), Belice (1,984), Colombia (2,751), Costa Rica (2,861), Chile (2,933), Perú (3,027), Brasil (3,140), Argentina (3,283) y Panamá (4,230) —y de EEUU: 4,510—; en mortalidad x morbilidad (Bolivia 6,2) estamos mejor que Ecuador (7,0) y México (9,4); en mortalidad x 100.000 habitantes (nosotros 77,3) nos superan Ecuador (80,9), Chile (81,8), Brasil (84,3), México (87,7), Argentina (89,3) y Perú (112,8), mientras en casos aún activos (Bolivia 8,1) nos sobrepasan Haití (10,6), Panamá (12,2), Guyana (13,8), México (17,1), República Dominicana (19,7), Uruguay (27,8), Nicaragua (24,9), Paraguay (27,6), Costa Rica (32,1), Belice (48,4) y Honduras (52,8).

¿Nos acercamos en Bolivia a una Segunda Ola? No hasta ahora, porque la incidencia acumulada para los pasados 14 días es baja (14) y los departamentos que la superan (Pando 15; Santa Cruz y Potosí: 21; Oruro: 23, y Tarija 27) no se desmarcan significativamente.

Aunque el Decreto 4404 flexibiliza las medidas de bioseguridad entre el 1 de diciembre pasado y el 15 de enero próximo con el objetivo explícito de promover la recuperación, no descarta la vigencia del espíritu de estas medidas y, a la vez, establece que serán los demás niveles de gobierno quienes las definirán para sus territorios sin obviar la preparación ante un eventual incremento de casos, dejándonos a todos la responsabilidad consciente de cumplirlas.

En mi próxima columna trataré nuestras peores “endemias”: las políticas. Es el momento de “vacunarlas”.

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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De encuestas y elecciones subnacionales

/ 16 de febrero de 2021 / 10:07

Mi anterior columna la cerraba diciendo que “ni llegamos todavía a la ‘encuestitis’ y falta conocer si la pandemia aplaza los comicios” (Encuestas hoy aún sin ‘encuestitis’, 02/02/2021): No llegó la “encuestitis” ni se aplazaron las elecciones; veamos los porqués.

Luego de los aluviones de encuestas de intenciones de voto para los comicios de 2019 y 2020 —las validadas por el OEP, que de las no registradas hubo muchas más—, para las subnacionales son muy pocas: hasta ahora, dos de Ciesmori —la primera nacional para gobernaciones y del eje para alcaldías, la segunda para el eje en gobernaciones y municipios— y una de Captura para Santa Cruz, departamento y municipio. Lamentablemente, no se han publicado investigaciones de TuVotoCuenta, MercadosyMuestras o IPSOS, las más difundidas en 2020; la fuerte contracción económica y los gastos de ambos años anteriores han reducido el financiamiento de TuVotoCuenta y los ingresos de los medios que contrataban al resto.

Me quedaré en Ciesmori, fe de unos y odio de otros y aprovecharé el estudio de Captura para contrastar. En el caso de las gobernaciones, queda claro que, a pesar de la “alegre” profusión de candidatos —patético reflejo de la falta de posible unidad electoral en todos los últimos comicios en Bolivia, onanismo de pobres liderazgos—, en todos los casos se ha desmarcado un reducido pelotón de dos o tres candidatos con mucha diferencia del resto: en la primera de Ciesmori del 24 de enero, en el Beni lo llenaban el outsider José Alejandro Unzueta, seguido de la expresidenta Jeanine Áñez y, detrás, el exgobernador masista Álex Ferrier; en Chuquisaca punteaba Damián Condori (desvinculado del MAS desde 2014), seguido por Juan Carlos León (MAS-IPSP); en Cochabamba, punteaba solo Humberto Sánchez (MAS-IPSP), mejorando su distancia en la segunda del 11 de febrero; en La Paz, el 24/01 estaba en primer lugar el fallecido Felipe Quispe, posición que el 11/02 no conservó su hijo y sucesor, sustituido en intenciones por Franklin Flores (MAS), el anterior segundo; en Oruro, el primer lugar el 24/01 fue Johnny Franklin Vedia (MAS) disputando el segundo lugar Josefina Pinaya, Ever Moya y Édgar Sánchez; en Pando discutían Miguel Becerra (MAS) y German Richter (ex MAS); en Potosí punteaba Johnny Mamani (MAS) seguido a alguna distancia por Marco Pumari; en Santa Cruz, en ambas ediciones puntea Luis Fernando Camacho seguido —en bajada— por Mario Cronenbold (MAS); y en Tarija punteaba el 24/01 el exalcalde Oscar Montes, seguido por el actual  gobernador Adrián Oliva y, mucho más lejos, por Álvaro Ruiz (MAS-IPSP). Aunque pudieran moverse los lugares hasta el 7 de marzo, las posibilidades de ganar en primera vuelta son solo probables para Camacho (Santa Cruz) y Sánchez (Cochabamba).

En la disputa de los municipios de las ciudades principales del eje —hasta ahora no he visto encuestas autorizadas en el resto de capitales de departamento—, resalta las amplísimas intenciones que recibe la expresidenta masista del Senado Eva Copa —víctima del “dedazo” de Evo—, algo que en Cochabamba sucede —aunque con un menor porcentaje— con el exalcalde y exgobernador —hasta hace poco exiliado— Manfred Reyes Villa. En La Paz, Iván Arias —exministro de la transición—se desmarcó del decreciente César Dockweiler (MAS-IPSP), mientras que en Santa Cruz de la Sierra se mueven las intenciones y la disputa se centra entre el exalcalde Johnny Fernandez y el outsider Gary Añez. Sin balotajes para las alcaldías, Copa y Reyes Villa tienen aseguradas sus victorias, mientras Arias y Dockweiler como Áñez y Fernández deben desmarcarse hasta un consolidado primer lugar —con muchas posibilidades Arias y con probabilidades Áñez.

Lo sabremos el 7 de marzo, confiando en una real desescalada de la pandemia con más pruebas —ahora muy reducidas— y las anunciadas vacunas.

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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Encuestas hoy aún sin ‘encuestitis’

/ 2 de febrero de 2021 / 02:12

Los últimos comicios nacionales dejaron en muchos la impresión de que “las encuestadoras mentían”, algo que siempre arguyen como justificación los que están en derrota en los pronósticos y que para esas de octubre pasado lo inició Jorge Quiroga, luego retirado ante sus nulas posibilidades, y repetido por el candidato Luis Fernando Camacho para posicionar en Santa Cruz la idea de que ganaría la Presidencia. Ya en estas elecciones, el candidato del MAS-IPSP en El Alto (a quien la encuesta le dio casi 58% menos de intenciones que a la primera ubicada: Eva Copa) acusó a la encuestadora que era “racista y cometió un pecado ante Dios”, olvidando que la encuesta que le daba por perdedor dio por ganadora a una mujer también de origen indígena y excorreligionaria suya.

¿Se equivocaron las encuestas en 2020? No en realidad, si pensamos que una encuesta —me refiero a profesionales— es solo un fotografía en un determinado momento hecha confiando en la veracidad de las respuestas —ocultas en los muchos residuales que aparecía— y que esa jornada “para muchos, incluido el Sr. Michel que, al filo de medianoche, mencionaba un 45% obtenido por el MAS”(¿Cuál MAS ganó y por qué?, La Razón, 27/10/2020), lo cual confirmó que errar en pronósticos era muy posible. Además, los artículos 126 al 137 de la Ley 026/2010 del Régimen Electoral le facultan al Órgano Electoral Plurinacional los mecanismos para controlar la fiabilidad técnica de los procesos, incluyendo su revisión antes de difundirla (art. 137).

Regresando a estas subnacionales del 2021, recién el pasado domingo 24 el OEP publicó la lista de los definitivamente habilitados (aunque hubo algunos que lo fueron expost) y ese mismo día se difundió la primera encuesta de amplitud nacional de la empresa CIESMORI. Ya antes habían sido divulgadas algunas falsas e intencionadas de carácter local no autorizadas por el OEP ni registrados sus oferentes (son 13 nacionales y 11 solo departamentales) y que el portal Bolivia Verifica se encargó de desmentir algunas.

No voy a entrar en el análisis detallado de esa encuesta (que lamento no divulgara resultados para las alcaldías de Oruro, Potosí, Sucre, Tarija ni Trinidad), pero —a pesar de que es la primera divulgada y falta aún tiempo para cambios de correlación— sí nos da varios resultados interesantes.

El primero es la contracción —con visos de desaparición del escenario nacional— de organizaciones como Demócratas, Sol.bo y Unidad Nacional. Unidad Nacional perdería la única ciudad principal —El Alto— donde gobernó y Sol.bo cerraría su ciclo iniciado en 1999 en La Paz con el Movimiento Sin Miedo, su antecesor; a ambas, sus posiciones en 2019 y 2020, la falta de figuras de recambio posible y —sobre todo para Sol.bo— su desgaste de gestión le han cobrado factura. Para Demócratas, su desempeño en 2019 y, aun más, 2020 —su relación con el gobierno transicional—, además del retiro de su líder le fueron fatales, sobre todo para sus dirigentes intermedios; el descarte de la Gobernación de Santa Cruz y el desempeño en el resto de las candidaturas subnacionales le deja pocas opciones de espacios de poder.

El segundo es la emergencia de nuevos liderazgos: el de José Alejandro Unzueta en el Beni, Eva Copa en El Alto, Luis Fernando Camacho en Santa Cruz e incluso Marco Pumari en Potosí y la reaparición del fallecido Felipe Quispe en La Paz marcan las subnacionales.

Tercero es que desaparecen nombres de estas últimas décadas: Percy Fernández y Rubén Costas, Luis Revilla y Samuel Doria Medina entre los más significativos, mientras Evo Morales reduce cada vez más su anterior liderazgo omnipotente y eso arrastra a la práctica fracción del MAS.

Falta tiempo aún ni llegamos todavía a la “encuestitis” y falta conocer si la pandemia aplaza los comicios. Esperemos.

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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Enero: ¿estulticia, cálculo o locura?

/ 18 de enero de 2021 / 23:48

Entre fines del siglo xv e inicios del xvi, dos humanistas escribieron sendas obras críticas de los abusos y locuras resultado de la estulticia, necedad y estupidez humanos y las prácticas corruptas resultado de esos comportamientos: La nave de los tontos (Narrenschiff) de Sebastian Brant (1494) y el Elogio de la locura (Moriae Encomium, sive Stultitiae Laus) de Erasmo de Róterdam (1511).

No voy a describirlas ni comentarlas, solo me guiarán para entender acontecimientos cercanos.

Mañana, Joseph Robinette Biden Jr. asumirá la Presidencia de los EEUU acompañado de Kamala Devi Harris. En lo anecdótico, Biden será el segundo presidente estadounidense católico y de origen irlandés (por su madre) —el primero fue el asesinado John F. Kennedy— y el de más edad: 78 años; Harris será la primera mujer Vicepresidente y la primera persona mestiza afroasiática en lograrlo.

Estas elecciones fueron realmente inusuales. Comenzaron en 2019 cuando Donald Trump —presidente saliente— parecía un ganador seguro tras el apoyo de la cúpula de su partido, el Republicano, y con la dispersión de aspirantes la candidatura del Partido Demócrata: más de 20, un arco desde filosocialistas hasta conservadores (no olvidemos que el ultraconservador gobernador racista de Alabama George Wallace, quien siguió defendiendo la segregación racial después de promulgada la Ley de Derechos Civiles de 1964 con su eslogan “segregación ahora y segregación siempre”, fue del Partido Demócrata).

Trump llegó a la presidencia en 2016 a pesar de casi 3 millones de votos populares menos que su contrincante Hillary Clinton, pero ganando en la mayoría de los estados mayoritarios para el Colegio Electoral: 304 versus 227. (En los EEUU, desde su primera elección de 1788-1789 cuando fue elegido George Washington, se utiliza el sistema de votos delegados: el Colegio Electoral, cuerpo de compromisarios elegidos en los estados que eligen al presidente y vicepresidente, un sistema que pudo ser útil hasta inicios del siglo xx pero cada vez más cuestionado, inútil, antidemocrático, conflictivo y perverso.) En noviembre de 2020, Biden obtuvo más de 7 millones sobre los de Trump pero, a diferencia de 2016, también consolidó su victoria con una amplia mayoría de votos electorales: 74 más. El pésimo manejo de la pandemia —reflejado en la caída de la economía— pesó contra Trump, incluso más que su apoyo a sectores ultraconservadores y racistas (QAnon y Proud Boys) y el continuado aislamiento del país.

La insistente narrativa del “fraude” nunca demostrado, las permanentes e inútiles argucias legales y, al final, las desesperadas presiones de Trump para voltear las elecciones en el mejor estilo de los populismos latinoamericanos —antecedidas por negar la validez del voto por correo—, fracasaron y son bien conocidas.

Trump se va obligado pero deja minas: un Partido Republicano fracturado entre conservadores moderados que quieren librarse de Trump y los que, a su sombra, esperan seguir obteniendo réditos políticos; una narrativa de fraude que cuestiona la integridad electoral pero, sobre todo, una gran división en el país que quiebra la confianza en sus instituciones democráticas: el 6 de enero fue una consecuencia.

Las elecciones de 2016 y 2020 han dejado al descubierto dos países dentro de los EEUU: uno del éxito intelectual y empresarial, liberal, abierto al mundo y ubicado en los centros urbanos principales, y otro golpeado por la recesión, olvidado y afectado por el progreso y el crecimiento del país, la crisis de 2008 y la globalización, aislacionista y conservador, que está en las zonas rurales y las demás áreas deprimidas. “Curar” esas diferencias —además de la pandemia— será/es la tarea fundamental de supervivencia para las próximas administraciones.

Pandemia y economía, dos damoclianas que también penden en Bolivia.

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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El 20 + el 21, dos años difíciles

/ 5 de enero de 2021 / 13:13

Ya inició el nuevo año y quedan las vibras positivas de la provisión de buenos deseos, eminentemente virtuales por la pandemia y muy abundantes: todos necesitamos dar y recibir grandes dosis de esperanza.

Si 2020 fue para todo el planeta el año de la pandemia, para Bolivia lo fue agravado con el inicio de la crisis económica heredada de los cinco años anteriores y el de la frustrada transición constitucional con ausencia mayoritaria de visión y sacrificio políticos en la oposición democrática al Masismo. Pero también fue el año que la democracia electoral funcionó, fracasando el argumentario del “golpe” —cada vez más restringido a un golpe a la obnubilada soberbia de “gobernar 500 años” (Morales Ayma, Quiabaya, 26/12/2016)— y con la votación mayoritaria triunfó la pretendida Historia de Éxito del “milagro económico” del MAS —indulgencias ajenas.

Los resultados políticos fueron claros: el común fracaso de los viejos liderazgos políticos —incluida la debacle del mito Evo, con Arce elegido por más del 8% sobre los votos manipulados en 2019 para el Jefazo—, la realidad de que contener la crisis económica fueron los grandes motivadores del voto popular y la urgencia de la reingeniería profunda de la política nacional, tanto en propuestas como en crear mayorías —unidad no es stalinismo ni orwellianismo— y renovar liderazgos.

Al margen de otros actores importantes del período —y rindo homenaje a Mons. Eugenio Scarpellini, luego fallecido por el COVID-19 cumpliendo su labor pastoral y social—, entre el 11/11/2019 y el 7/11/2020 dos mujeres fueron, sin duda alguna, las que personalizaron el período: Jeanine Áñez Chávez y Eva Copa Murga, senadoras de los partidos mayoritarios enfrentados —Demócratas y MAS, hoy los más afectados y que ambas han abandonado—, las que, ante la presurosa desbandada de las autoridades masistas, asumieron lograr la transición democrática y evitar el desborde de la violencia. Con independencia de las decisiones erradas que durante ese año pudieron tomar, es de mérito reconocerlas.

Y está la pandemia. Vuelto a primar en el nuevo gobierno el concepto de “antes de nosotros, nada” y la amnesia en resultados económicos y de salud —tan caros al Evismo y a todos los populismos del socialismo 21—, en lo referido a la pandemia me detengo y preocupo.

La semana del 9 al 15/11 —primera semana de la nueva gestión—, Bolivia tuvo 110 nuevos casos confirmados promedio (771 en total), promedio de 919 pruebas PCR (6.435 total de la semana), 18.029 casos activos promedio (el 15 había 17.260) y una Incidencia Acumulada (IA: índice de nuevos casos x 100.000 habitantes) semanal de 7; los picos históricos habían estado en la semana del 13 al 19/07: 1.638 nuevos casos confirmados promedio (11.465 en total), 3.031 pruebas PCR promedio (21.220 la semana), 35.423 casos activos promedio (39.002 el 19) y 99 la IA semanal.

El 29/11, el Gobierno emitió su Decreto Supremo 4404 instituyendo del 1/12 y hasta el 15/1 una nueva fase de reapertura social para reactivar las actividades culturales, deportivas, recreativas y religiosas. Esa semana (30/11 al 6/12) hubo 134 nuevos casos confirmados promedio (938 en total), 1.209 pruebas PCR promedio (8.461 en la semana), 12.508 casos activos promedio (11.766 el 06) y 8 la IA semanal, datos que motivaron al Ministro Pozo a pronosticar una nueva Ola tan lejos como “entre marzo, abril y mayo” (UC/MS, 24/11), pero esta semana pasada (28/12 al 3/1) cerramos con promedio de 1.116 nuevos casos confirmados (total: 7.818), 2.756 pruebas PCR promedio (19.291 semanal), 18.548 casos activos promedio (20.965 el 03) y 67 la IA semanal: es la Segunda Ola que llega imprevista —y que será mayor porque el 28, el 1 y el 3 se hicieron muchas menos pruebas PCR que el promedio: 1.705, 1.345 y 1.620.

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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Un año (¡más!) aún sin fin

/ 21 de diciembre de 2020 / 23:07

Con esta columna cierro mis colaboraciones de 2020 y volveré a inicios de enero, Dios mediante. En la docena de años que llevo escribiendo para La Razón, esta columna de finales de año siempre ha tenido algo de política, mucho de buenos deseos y algunos recuerdos pero ésta será mucho de elecciones y política.

No podía ser diferente porque la lista es larga: inicio del proceso electoral general en 2018; campañas, primarias y elecciones nacionales en 2019 (fraudulentas éstas más allá de otras narrativas justificadoras); transición (zarandeada, improvisada y con más yerros en el conjunto que los actores cualificados que tuvo), nuevas elecciones generales en este 2020 y otras nuevas elecciones en 2021.

El 2020 fue desde los consensos de noviembre de 2019 que permitieron la transición (real inicio de este año) y la convocatoria de nuevas elecciones en enero hasta los conflictos y enfrentamientos (violentos o no) del período. El proceso electoral de 2020, condicionado sui generis por la pandemia, oficialmente se cerró el 8 de noviembre con la posesión presidencial de Luis Arce Catacora, pero sus antecedentes y consecuencias son como parteaguas.

Los resultados dieron cuatro consecuencias: la primera, que nadie auguró la magnitud de los resultados que dieron la victoria a Arce (al filo de la medianoche del 18 de octubre, en espera de los pronósticos últimos de las encuestadoras, Sebastian Michel, del MAS, declaraba en vivo a una televisora que habían alcanzado el 45% de la votación y ganaban, cuando realmente obtuvieron el 55,11%); la segunda, que todo el arco de partidos y organizaciones no-MAS (incluyo Juntos, aunque se retiró al constatar los potenciales resultados) fracasaron en lograr un frente común (o, al menos, coordinado) y demostraron que no tenían fuerza individual trascendente; la tercera, que los electores votaron para huir de la crisis (impelidos por el presunto “milagro económico” del ministro Arce) y que, además, la historia de éxito (aunque fuera ajena y apropiada) pesó más que el liderazgo de Evo Morales. La cuarta marcará el futuro perspectivo: ningún liderazgo trascendió al electorado (ya mencioné para Arce, y los votos que obtuvo Luis Fernando Camacho fueron por un sentimiento regional de reivindicación que fracasó en 2019 pero que sus estrategas supieron apropiar).

Las dos campañas más exitosas: la de Arce, que posicionó “su capacidad de hacer otro milagro”, y la de Camacho, que posicionó el discurso engañoso de que “las encuestadoras mentían” y que “sería el presidente” manipulando aspiraciones de sectores de la población.

Las consecuencias: Todos los liderazgos no-MAS fracasaron (incluyo Camacho, que no ha trascendido su discurso de 2019) y se impondrá una imprescindible renovación, que las subnacionales podrán ayudar a clarificar y generar.

Por último: Los dos mayores partidos de Bolivia, el MAS y Demócratas, tendrán que refundarse creativamente para sobrevivir. En el MAS, el liderazgo de Morales ha sido golpeado (primero ganando Arce con más del 8% de votos que los manipulados para el Jefazo en 2019 y ahora, en las subnacionales, por la rebelión de las bases masistas contra los candidatos impuestos por el expresidente), Arce tendrá que cumplir sus promesas para crearse su propio liderazgo mientras su vicepresidente David Choquehuanca marca significativas distancias con Morales y reagrupa los movimientos indígenas de Occidente en su nuevo liderazgo. Para Demócratas, ya sin su líder en una posición de gobierno (por pedido de su propia cercanía) y golpeado por los resultados de 2019 y la retirada de 2020 que dejó descolocada y frustrada a su dirigencia y bases, tendrá que reinventarse y contener la migración hacia Creemos que se ha apropiado, sin mucha actualización, del discurso que tuvo entre 2004-2008.

José Rafael Vilar es analista y consultor político.

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