Voces

martes 1 dic 2020 | Actualizado a 14:59

Un mundo distópico

/ 22 de noviembre de 2020 / 01:26

La utopía, como se sabe, significa  en “ningún lugar o la tierra de ningún sitio” y se difundió a partir del texto de Tomás Moro (1516). En este texto, Moro describió una isla ideal, sin excluidos, lugar de armonía y paz. Este deseo “inalcanzable” se convirtió en un mito para los gobernantes del siglo XVI, etapa de numerosos conflictos bélicos y religiosos en Europa. Su antecedente es la Politeia de Platón.

Es a partir del Renacimiento que los textos utópicos aparecieron continuamente, así La ciudad del Sol de Tomasso Campanella (1612), New Atlantic de Francis Bacon (1627), entre otras, diseñaban los anhelos de una sociedad sin incertidumbres y temores, creando una metapolítica que permitía contrastar con las estructuras injustas de poder real y tomar acciones para corregirlas.

Esta necesidad provocó en los pensadores a elucubrar soluciones para que el estado belicoso pudiera ingresar a una etapa de acuerdo duradero, de esta manera apareció el Leviathan (1650) que promovía el contrato social con el Estado para establecer soberanía a partir de un gobierno que represente a la sociedad. Locke, con Ensayo sobre el entendimiento (1690), se preocupó del manejo discrecional de estas representaciones y planteó el derecho a la rebelión contra un Estado opresivo. Todas estas obras son clásicas en las ciencias sociales y muchos de sus argumentos todavía influyen de distinta manera en la vida colectiva. Todas buscaban un bienestar, paz, justicia y certidumbre.

La humanidad, a base de pequeñas utopías que parecían irrealizables, alcanzó bastantes logros que permitieron a la humanidad avanzar, por ejemplo, en la jornada laboral de ocho horas, el seguro social, el derecho a la educación de hombres y mujeres en igualdad de condiciones, entre otras conquistas sociales menores y otras mayores que constituyen una tarea global, como la preservación de la vida, el medioambiente y la igualdad de derechos de todos los seres humanos, sin excepción.

Sergio Vilar, un estudioso del tema, asegura: “Al no tener utopías, el presente resulta estéril: solo se sobrevive en una serie de reproducciones simples de lo que fue y fuimos”.

Los acontecimientos diarios nos señalan que el mundo tiene siempre malas nuevas, sucesos negativos que se acumulan desde hace siglos y que la humanidad no puede resolverlos y, lo más desastroso: los países del primer mundo los viven como todos, en distintos grados e intensidades.

Los avances rutilantes de la ciencia más bien han acentuado señales distópicas, como el hecho de que un microscópico virus pone en jaque al mundo y todo su aparato científico no puede vencerlo todavía y tal vez no lo haga, sin embargo, no cesa la fabricación de armas letales; la violencia y el racismo develan que estamos retrocediendo a los miedos apocalípticos de la Edad Media.

Hay un estado de crispación que se manifiesta en las conductas de las personas que ejercen la intolerancia en vez de la convivencia, a esto contribuye la manipulación de la información al servicio de corporaciones con propósitos de dominio, así las redes sociales, varios medios escritos y la televisión se han convertido en armas letales que no te matan, pero penetran tu consciencia que es otra manera de morir.

El historiador Max Nettlau dice: “Cualquiera que sea el descubrimiento, la realización de un ideal considerado utópico, se sabe que mañana será un arma más de destrucción, que será vulgarizado en el sentido comercial”.

La distopía es lo contrario de la utopía, ambas son laicas y terrenales, aunque como dice Jhon Gray, las religiones también te ofrecen paraísos utópicos, agregamos, también distópicos como el infierno y el purgatorio.

Este término empezó a usarse a finales del siglo XIX por Jhon Stuart Mill, su raíz griega dys significa “malo”, se refiere a un lugar (topos) malo, no deseable para los seres humanos. La literatura y las artes se han nutrido de este estado de crisis, así en 1860, Lord Litton publicó La raza futura, en la que prefiguraba el desarrollo solamente de la técnica, la ciencia y la corrupción, que conduciría al mundo hacia la desdicha en desmedro de los valores humanos.

Hemos pasado la pesadilla de un año distópico y extenuante, con una tropa de políticos de cuarta categoría: ¿Qué nos pasó para merecer esto?

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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Renovar la vida

/ 8 de noviembre de 2020 / 03:30

El achiku, abuelo Cumbay me mira desde su fanal, me acompaña varias décadas y mis hijos, desde niños, nunca le tuvieron miedo. Es mi ñatita o calavera que me ayudó en mi catarsis para recuperar mi qamasa o coraje e impidió que me apoltronara en la tibieza. Después de estar al borde de la muerte, a consecuencia de la masacre militar de Noviembre de 1979, (Masacre de Todos Santos), me topé con un cráneo y en sueños me dio su nombre: Cumbaé, como el lugarteniente guaraní de Juana Azurduy.

 Es la octava de noviembre, el momento en que debemos honrarle, así, después que un ser deja de existir, para que su alma se vaya, no vuelva y perturbe se lava su ropa el octavo día y se la quema o regala; pero las almas que no han recibido un trato amoroso antes de partir, ya sea porque murieron violentamente, como en las masacres de Senkata y Sacaba o en desastres naturales, vagan por el mundo, entonces hay que brindarles cobijo y cariño para que se reintegren al gran círculo del alma mundo o jacha ajayu para renovar la vida convertidos en semillas. Por eso la honramos compartiendo un abundante almuerzo, acompañado de chicha kulli y música sacra indígena. Es tiempo hembra, cuando los muertos son  semillas que deben dar frutos en pleno jallu pacha, o tiempo húmedo y alimentarnos para que nada  falte, para que todos comamos; y si los viejos nos estamos quedando, que los jóvenes regresen y nos impulsen y, si los jóvenes tienen dudas y temores, los viejos debemos ir adelante para contagiarles nuestro coraje. Para que todos vayamos juntos y nadie se quede atrás.

¿De dónde viene todo este ciclo de rituales que empieza el 1 de noviembre y se prolonga durante cuatro meses hasta el Anata Carnaval?

El sistema religioso de las naciones originarias tiene una vinculación estrecha con los ciclos agrícolas y la fusión íntima naturaleza-ser humano, cosmovisión ajena a la tradición occidental judeocristiana que más bien promueve la separación del ser humano de la naturaleza y, para quienes su teleología se resume en irse al paraíso o infierno, según como haya sido su comportamiento moral en la tierra, por lo tanto el cielo es contrario a la tierra. En la filosofía indígena, el cielo es un reflejo de la tierra, así los espíritus se van a Wiñay Marka, la ciudad eterna donde no existe el infierno y se los espera a todos por igual para que bajen a este mundo, por eso en la distribución de los niveles que se arman el 1 de noviembre para recibirlos, están los tres de la cosmovisión originaria: la alaxpacha, o el mundo de arriba, para la tradición judeocristiana es el cielo; la akapacha o el mundo donde moramos, comemos, gozamos y sufrimos, para la tradición occidental es el lugar del pecado punible en el más allá y, finalmente, la mankha pacha o mundo de abajo: para la tradición judeocristiana es el infierno, para el mundo indígena es el lugar donde mora la pareja del chacha (Hombre) y warmi (Mujer) Supay, que guardan las riquezas minerales, las semillas, donde residen el sapo, la víbora y las hormigas que emergerán en el Anata Carnaval para celebrar la vida y la abundancia que nos brinda la Pachamama, después de un arduo trabajo.

 El 21 de diciembre, equinoccio de verano, fecha probable de la celebración de las illas e ispallas llamada Alasita, trasladada al 24 de enero, después de la negociación durante la tregua de la rebelión de 1781,  encabezada por la pareja de Túpac Katari y Bartolina Sisa, es el preludio a la gran celebración de la vida y la fecundidad en el Anata. Las treguas cíclicas entre estos imaginarios son transversales a la vida social, económica y política, y generan un espacio de estabilidad corta. El mundo indígena y su influencia en los comportamientos subjetivos son un muro para la mayoría de los políticos bolivianos que, desde la invención republicana, intentaron eliminar el logos indígena que se devela en los sincretismos y la yuxtaposición, como resistencia política y cultural. No habrá pacificación mientras no entiendan y aprendan que en Bolivia existen otras realidades profundas.

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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Por la boca de las urnas hablamos…

/ 25 de octubre de 2020 / 07:09

Una semana antes de las elecciones nacionales, fuimos a distendernos a la bahía de Guaqui, puerto donde las gaviotas marinas hicieron su hogar desde los años 40, atrapadas en los vagones del tren de carga y se adaptaron al lago. Decidimos dar un paseo en bote; desde la popa, una chola sonriente repartía fideos tostados para que estas aves nos persiguieran; así lo hicieron en gran número. Al bajar del bote nos dijo: Este domingo las bocas de las urnas van a hablar por nosotros. Jamachnaka (aves), eso dicen.

Hace algunas semanas comentamos el escepticismo democrático de Borges, quien, después de las elecciones en Argentina —luego de una sangrienta dictadura— manifestó que le habían refutado espléndidamente por sus resultados. Eso nos ocurrió a nosotros cuando entendimos la visión de la señora que delegaba su voz a las urnas dotadas de vida.

El rotundo fracaso de los grupos y asociaciones políticas coyunturales, todas conformadas para enfrentar al IPSP-MAS, fue debido a múltiples factores que ya todos reconocen, entre ellos el absoluto desconocimiento de la Bolivia profunda, a la que éstos califican como premoderna, ignorante y salvaje. El principal candidato de la derecha democrática, Carlos Mesa, nunca pasó la frontera cultural de la Pérez Velasco en La Paz, jamás llegó al Plan Tres Mil en Santa Cruz y menos al mercado Calatayud en Cochabamba, espacios de encuentro y entrelazamientos entre las urbes y áreas rurales. Estos son territorios donde se negocia, celebra y acuerdan acciones. No se acercaron a los cuerpos y por lo tanto no fueron capaces de intentar descifrar cómo se comportarían estas colectividades mayoritarias, para quienes todo tiene vida, desde la tierra hasta un automotor. Ante la arremetida restauradora del viejo orden republicano, restablecieron el silencio como arma de autodefensa, asimilada desde los tiempos cíclicos del awqa pacha, (tiempo de guerra) coloniales, durante la república, en el año de desgobierno que agoniza, y enfrentar a los grupos racistas y conservadores.

 Durante la satanización al anterior gobierno del MAS, no dudaron en usar las peores artimañas jurídicas y comunicacionales que pusieron en manos de crápulas dispuestos a todo por recibir un estipendio jugoso; entonces, como arma, el silencio implicaba saber cernir el trigo del vidrio molido. Ocultaron los combustibles para impedir el desplazamiento en el área rural, sabían que ese voto leal al IPSP no podían voltearlo. Los campesinos caminaron varias leguas, comunidades enteras se desplazaron cargando el apthapi y llegaron a sus centros de votación. El silencio, como instrumento, obligaba caminar por los túneles interconectados que no ven desde la ciudad. Prometieron que el uso del carnet caducado sería válido para la votación ¿Sería cierto? El estar en silencio también implicaba desconfiar. Enormes filas en el Segip durante varias semanas, aseguraron que un posible pretexto de última hora no impediría hacer hablar a las urnas. Los restauradores republicanos aseguraron que el pueblo daría el voto castigo al MAS, pero usaron su gastado lenguaje de odio y estar en silencio comporta, sobre todo, saber oír y castigar al revés.

Ese domingo, en la iglesia de Guaqui, construida con los sillares milenarios de Tiwanaku, donde se venera al Tata Santiago y se baila morenada en su día (25 de julio), hicimos rebautizar con su nombre nuestro viejo automotor, con otras personas. Todo está vivo aquí, por eso se delega a las urnas para que hablen por ellos, por eso en tiempo de apronte belicoso es mejor estar: ¡Callaro… nomás!

Los derrotados en las urnas no salen del shock; prisioneros del internet, creen que hubo fraude. Deambulan en las plazas, confundidos, se resisten a creer que solo vivieron una ficción alimentada por grupos de poder que, desde la televisión y las redes sociales, aprovecharon precisamente eso que indilgan al mundo indígena y cholo, ignorancia. Algunas personas quieren irse a otro país y les responden que las puertas están abiertas de par en par, otros les dicen que más bien estudien la historia de Bolivia pero no en los libros de Carlos Mesa. Sin horizonte, sin líderes creativos, se desvanecerán un tiempo para volver a aglutinarse y conformar una oposición ciega. Las urnas hablaron y ahora empieza lo más difícil.

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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Lo que el viento se llevará…

/ 11 de octubre de 2020 / 07:08

Con el rostro inflamado por la urgencia, el Procurador General del Estado, en un acto de servilismo para afianzar su nombramiento irregular, presenta  una denuncia, esta vez contra el candidato opositor Arce Catacora. Las otras denuncias contra el partido exgobernante (MAS) nunca tuvieron un efecto preelectoral devastador; ahora queman la última artimaña jurídica contra su candidato con el mismo propósito y luego, lo echan del cargo. Descalificar y destruir al oponente que representa una competencia es parte de la k’uchi guerra preelectoral.

En este escenario, cuasi carnavalesco, otras figuras emergen o reaparecen, así la asambleísta Norma Piérola reapareció en un programa radial, arremetió contra “los comunistas que están por todas partes” y cuándo no, contra el expresidente Morales. Todavía recordamos su grosería ante la primera autoridad del país, cuando se negó a darle la mano y desvío su cuadrado rostro con la altanería de una birlocha que estrena un abrigo de visón. Su odio a la izquierda política y a los indígenas no deja de llamar la atención, porque alguna vez le escuchamos cantar con voz afinada la canción  que le dedicaron al Che Guevara. ¡Qué vericuetos estrambóticos ocurrirán en su poderosa testa para expresar esas rimbombantes contradicciones! Solo ella y su pasado lo saben, por ahora trata —vanamente— de hacerse visible para que alguna tienda política la tome en cuenta. Parece que sus días como asambleísta acabaron, y tal vez pueda emprender una nueva carrera como cantante.

La terrible suerte de Potosí es proverbial, una ciudad que fue reputada por su riqueza y de estar contemplada en la historia como la ciudad más importante del siglo XVII, tiene  asambleístas ineficientes y patéticos; asimismo sus dirigentes políticos son los campeones para dejar a medias cualquier proyecto favorable para su departamento. Pumari, el joven dirigente cívico que se convirtió en un baluarte que impidió la explotación del litio en el anterior gobierno, para después saltar al protagonismo de los movimientos pititeros, desapareció y reapareció, tímidamente.

Ahora Potosí perdió soga y cabra y el Gobierno al que ayudó a tomar el poder, intenta renegociar con una transnacional la explotación del salar en condiciones menos favorables. Perdió soga, cabra y aduanas en una sola acción. Es fácil imaginarse a una persona como él de gobernante. Asimismo, el asambleísta Barrientos, quejumbroso siempre, trata de defender a su gobierno; sin cambiar el tono de mastín apaleado. No opina ni dice nada sobre el litio, solo modula su lastimera voz para hablar siempre lo mismo. Ambos irán a llorar al río.

Doria Medina tiene el innegable talento de reclutar a izquierdistas extraviados alrededor de su fundación-correccional Pazos Kanki; como al extinto Herbert Müller, que llegó a ser ministro de Economía. Tiene capacidad ($$$) de convencimiento, por eso aseguró que convertiría la Casa Grande del Pueblo en un hospital. Cuando cogobernaba no lo hizo, porque era solamente demagogia electoralista que el viento se llevará muy lejos.

El asambleísta Monasterio utiliza el mismo lenguaje procaz del ministro Murillo, no maneja conceptos; con ese talante autoritario es un posible reemplazo del abollado ministro de Gobierno, cuyas acciones contra la población más vulnerable y su enfermiza obsesión azulina, han erosionado su figura y de su excandidata, la Sra. Áñez.

El nuevo ministro de Economía y Finanzas Públicas, Branko Marinkovic, prosigue la política agraria en el oriente boliviano que ya denunció Miguel Urioste en su estudio, Concentración y extranjerización de las tierras en Bolivia (Fundación Tierra 2010), para ampliar la nueva república de la soya transgénica. Cumplió su rol a cabalidad y está satisfecho. En tanto Chi y Camacho usan la Biblia como escudo para sus contradicciones y Tuto Quiroga devela la urgente necesidad de apoyo psicológico.

¿Servirán de algo las elecciones en un país fracturado? Tal vez para prolongar la tregua y ampliar más el abismo entre ricos y una mayoría pobre. Pacificación es solo una palabra vaciada que nos hace dudar de la existencia de Bolivia; espacio territorial en que sus FFAA y su Policía, que cuestan mucho su manutención para cualquier gobierno, actúan como pandilleros y no como instituciones pilares de un Estado. A tal extremo de disolución de la autoestima hemos llegado y este estado anímico, perdurará un buen tiempo.

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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El factor ‘khencha’

/ 27 de septiembre de 2020 / 07:24

Cuando Borges calificó a la democracia como un abuso de la estadística, no estaba lejos de la verdad, además concretó su afirmación al citar a Carlyle que la definió como el “caos provisto de urnas electorales”. Cuando la dictadura militar argentina declinaba irreversiblemente (1983) y se llamó a elecciones, reconoció que su dictamen fue refutado “espléndidamente”. No sabemos si eso ocurrirá en Bolivia.

Las últimas cifras de la encuesta electoral confirmaron la condenatoria a los últimos lugares de la señora Áñez, cuyo caudal de votación se esfumaba cada semana   para migrar a otros grupos que fundaron empresas políticas, nombradas en Bolivia como frentes, concertaciones, alternativas, inclusive partidos. El Movimiento Al Socialismo (MAS-IPSP) es la única agrupación que tiene estructura partidaria y presencia en los nueve departamentos de Bolivia y cuyas disputas internas son descarnadas y feroces a la hora de decidir por sus candidatos; es una estructura primaria donde todavía reina el cacicazgo y los lazos verticales y horizontales del compadrazgo.

En las otras empresas políticas no ocurre eso, simplemente la cúpula decide a partir de intereses corporativos, patrimonio personal y cuotas magnánimas para ocupar la proclamada “franja de seguridad”, que no es otra cosa que garantía de impunidad asegurada para que el postulante generoso rescate su capital y lo reproduzca de manera geométrica, sin peligro de ir a la cárcel.

Algunos analistas políticos profesionales y comentaristas aficionados como nosotros, no tomamos en cuenta que la subjetivad de las clases populares no se basa exclusivamente en cálculos estadísticos y matemáticos, sino que existen otros factores que están sedimentados en el ethos de la población marginal, comportamientos no medibles y que crean un espejo ciego que impiden ver otros caminos.

Así, después de la Guerra Federal (1899-1900), luego de la persecución y asesinato de Zárate Villca y sus cercanos colaboradores, “el cholaje y la indiada”, como gustaban valorar a la mayoría de la población en aquella etapa histórica, calificaron al Gral. José Manuel Pando como El K’encha. En el sabroso Diccionario del Saber Popular de Antonio Paredes Candia (1924-2004) se lee: “Khencha, (El).- Lenguaje popular. De carácter político.a. del General de División José Manuel Pando, Presidente de Bolivia (1899-1904)”.

Origen del apodo: fue uno de los promotores de la Revolución Federal donde murieron muchos bolivianos. Las creencias aborígenes dicen que es khencha quien derrama la sangre de sus hermanos. (p. 271-2005).

A estas “creencias” se adhiere una multitud heterogénea de la población y abren múltiples interpelaciones morales a los políticos que usaron el poder para imponer con la fuerza bruta, sus intereses de casta y de grupo. Esta ligazón con la memoria corta y larga precede a la hora de decidir por el candidato y la calificación moral antecede a cualquier valoración de gestión y administración del Estado.

La población excluida, marginal y con índices de analfabetismo funcional o no, juzga a los khenchas en los mercados populares, en los miles de pueblos del área rural. Esa inteligencia ética está incorporada en su vida diaria porque vive en sus muertos de las masacres y actos represivos; cada muerto es una señal y genera solidaridad estableciendo una visión diferente de la clase media y la clase pudiente, tal vez más cerca de los gremiales, obreros y campesinos y lejos de los empresarios.

Al revisar las sañudas disputas que se narran en la historia de un país fracturado como Bolivia, se descubre la enorme cantidad de khenchas a los que tuvo que resistir y sobrellevar la mayoría de los bolivianos, como si la violencia, a partir de la eliminación del opuesto, fuera la única posibilidad de generar un espacio de concertación más o menos duradero.

 Esta sedimentación cultural popular ha extendido su fatalidad no solo a los que matan a sus hermanos, sino también a los que nunca pueden consolidar sus proyectos, porque sus padres o abuelos participaron en masacres y genocidios o se hicieron ricos de manera dolosa con el sufrimiento de muchas personas; por lo tanto cargan un khencherío casi contagioso.

En la memoria popular todavía se recuerda al juez Uría que mandó a fusilar a Jáuregui, en un juicio político por la muerte de Pando; casi medio siglo después, el hijo de éste, fue colgado con Villarroel en 1945.   

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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¡Maten al indio!

/ 13 de septiembre de 2020 / 05:42

Frase recurrente durante toda la historia de Bolivia, a causa de las constantes sublevaciones de las naciones que siempre estuvieron resistiendo a los colonizadores ibéricos y a los otros que llegaron después; inclusive antes  que un grupo de doctorcitos criollos  huayralevas (con las levas al viento) tuvieran la provechosa idea de restaurar sus privilegios coloniales creando un fundo y bautizarlo República de Bolívar para que el Libertador, tocado en su egolatría, aceptara el proyecto. Es decir que la restauración tampoco es una acción política nueva, siempre la pulsión entre el viejo orden aupado por las castas y los sucesivos intentos de cambiarlo tuvieron esa oscilación histórica.

No otra cosa pasó durante la llamada Guerra Federal, entre el federalista General Pando y el constitucionalista Fernández Alonso, cuando el líder aymara Zárate Willka, aliado del General, profesaba” la doctrina según la cual la sociedad andina debía retornar al antiguo orden prehispánico o por lo menos a uno parecido, y esto hace suponer su intención de favorecer, en los hechos, la vuelta del mismo, aprovechando el estado de guerra (pachakuti) en el que intervino”, a decir de Condarco (1969). Este líder aymara emitió una proclama en Caracollo exigiendo respeto, pese a admitir la república con los diezmos y primicias del colonato. En sus partes salientes proclama: “2° Con grande sentimiento ordeno a todos los indijinas que guarden respeto con los vecinos y no hagan tropelías (ni crismes) porque todos los indijinas han de levantarse para el combate y no para estropear a los becinos/tan lo mismo deben respetar a los blancos o besinos a los indijinas porque somos de una misma sangre e hijos de Bolivia y deben quererse como entre  hermanos i con indianos… 4° Tanto hago la prevención a los blancos o besino para que guarden el  respeto con los indijinas según /lo/ epresado en el marjen… (sic) 28 de marzo de 1899”.

Ya sabemos cómo terminó este suceso histórico para llegar a un momento constitutivo inestable: eliminaron a Zárate Willca y establecieron un acuerdo  entre Pando y Fernández Alonso porque  avizoraban que perderían sus privilegios. Nunca cumplieron con la nación indígena sobre la restitución territorial. Los periódicos de la época califican a los sublevados de salvajes, bestias, ignorantes, etc., visión sedimentada en el imaginario criollo mestizo que ha cambiado muy poco y que ahora es acentuada por la prensa audiovisual.

En el Gran Chaco, las constantes invasiones por parte de los herederos de la colonia a los territorios de las naciones indígenas chiriguanas-guaraníes, tapietes y tobas determinaron a los líderes a firmar un tratado de paz el 15 de septiembre de 1884, ante el peligro del exterminio y genocidio de sus pobladores. Seis años antes del estallido de la Guerra Federal, lo que nos hace suponer que existían relaciones entre estos grupos.

Los capitanes nombrados para la firma, elaboraron los temas y presentaron al representante del gobierno, Coronel Estensoro, varios puntos, entre éstos: “Cierren U.U todos los Caminos de la Guerra como lo hemos hecho nosotros i si encontramos en alguna parte sangre; la cubriremos con tierra para que no se conserve ningún recuerdo. Nos hemos inferido grandes males de parte a parte i como ya ahora somos amigos no tenemos que hacernos cargos ni reclamos de ningún género porque si es verdad que nosotros hemos robado ganado vacuno caballar y mular y muerto a caraís (blancos) i hecho cautivas a unas señoras, las que siempre hemos devuelto, Uds. también nos han quitado caballos y mulas nos han hecho cautivos a nuestros hijos y mujeres en número infinito… (sic)”. Este documento tiene el punto cuarto que dice: “Una vez rotos los presentes tratados por parte de U.U, no se aceptaran otros i se declarará la guerra de exterminio completo (sic)” El franciscano Gianechini fue el mediador.

En el Acre (1901) estaban sucediendo similares conflictos con los territorios del caucho, origen de la esclavitud de grupos indígenas; por lo tanto, asegurar que hubo pacificaciones son  eufemismos. Hubo treguas que se fracturan cada década y media para empezar otra vez y buscar el momento constitutivo que siempre será frágil. La acumulación histórica de la exclusión de las mayorías bolivianas sigue creciendo y podemos repetir la historia.

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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