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viernes 4 dic 2020 | Actualizado a 10:40

Nuestro ‘complejo de Adán’

/ 18 de noviembre de 2020 / 01:29

La primera exposición presencial de arte en medio año no está en los salones principales del Museo Nacional. Sospecho mal. Camino desde la esquina de la vieja plaza de armas de La Paz y llego, tras pasar por una unidad educativa, a la pequeña sala de la Villa de París, ahora Taypi Katu. Un letrero anuncia la muestra: Freddy Mamani, pinturas. Un policía me da un ticket de entrada. ¿Por qué hay uniformados en los museos? La “expo” alberga 12 cuadros de gran tamaño, sobre cimientos de adobe, flotando en el aire como en el MASP de Sao Paulo. Mamani Silvestre, el capo de la arquitectura cholet, abusa de imágenes repetitivas: Illimanis, Pachamamas, cóndores, vírgenes del Cerro, anillos con brillo, geometrías esquematizadas de Tiwanaku y fachadas recortadas de sus edificios famosos. Todo sin ton ni son. ¿Dónde está la polisemia, los nuevos significados, las nuevas miradas, la frescura? Apenas atisbo una sana y respetable intención de vender. ¿Está bien que el Museo Nacional de Arte se preste a este juego? La ruptura no está de moda.

La muestra de don Freddy es conservadora, decadente y pacata. Usa y abusa de simbologías, de iconos referenciales. ¿Qué quiere decir? Cae en lo ornamental que a estas alturas de la historia del arte no deja de ser un delito de lesa humanidad. Sufrimos el “complejo de Adán”, también en el arte; tenemos una extraña compulsión por refundar país y arte cada tres o cuatro décadas. Dicen los nuevos “impulsores” de la estética neo-andina que es hora de sepultar los grises. ¿Acaso no hay color en las fiestas del altiplano del lituano Rimsa? ¿Acaso no explotaban los colores en las obras del orureño Moisés Chire Barrientos cuando abandonó el arte abstracto y se volcó a una veta más comercial? ¿Cuándo volvimos a tropezar por imposición/gusto del mercado internacional en el exotismo redundante y simbólico?

Salgo de la muestra entre indignado, triste y decepcionado. El policía que me ha escuchado hablar/putear solo me dice: “Si usted quiere, puede hablar con el curador, está detrás de esa puerta”. Mejor no, le digo: “mi mañana ya se fue a la mierda”. Si hubiese estado de mejor humor, le podría haber sugerido a José Arispe R. la colocación de espejos y lucecitas que reboten por todo lado para convertir el museo en un salón de bailes, para recargar las tintas esquizofrénicas del pastiche. ¿Dónde está en las pinturas de Mamani ese barroco psicodélico retrofuturista de desbordante y huachafa imaginación presente en sus edificios? Como arquitecto autodidacta, don Freddy, ha (contra)revolucionado la arquitectura boliviana —siempre deseosa de atrapar a como dé lugar una identidad nacional— pero como pintor se aplaza y defrauda. Incluso su paleta cromática —amplia y diversa en El Alto con verdes, naranjas, azules, fucsias, turquesas—, en su obra pictórica queda empequeñecida.

Trato de entender la intención del artista —“la pintura complementa mi trabajo arquitectónico, no puedo viajar con mis edificios a cuestas— y recuerdo las sabias palabras de don Carlos Salazar Mostajo: “Un afán excesivamente comercial le ha inducido a una posición casi ecléctica donde se pierden sus cualidades, llegando a una pintura decorativa, sin profundidad, aunque manteniendo el color”. No, no son palabras de ahora arrojadas contra Mamani; es una vieja reseña dedicada a Chire Barrientos a propósito de una retrospectiva de su obra en el Museo Nacional bajo el título de El espíritu de los Andes. El diálogo con el pasado tampoco está de moda; la histeria de colores, tan del gusto del poder, sí. “El mucho con el mucho un poco mucho”, dijo una vez el artista Roberto Valcárcel.

Trato de entender a Mamani y me asaltan las preguntas: ¿y si su afán comercial es nomás una demostración de su libertad creativa?, ¿se apropian como parásitos Mamani Mamani y Freddy Mamani del arte tardío de Moisés Chire? ¿Ser un “parásito” como en la película famosa coreana está mal? ¿Acaso no lo somos todos? ¿Por qué sentimos la necesidad imperiosa de adscribirnos a esa onda reivindicativa/posera del arte pero lo hacemos abusando de reliquias y conservadurismo estático? ¿No es sumamente contradictorio ese falso afán? ¿Acaso no lo somos todos, falsos y contradictorios? Uno tiene que saber ser vulgar, dijo una vez Picasso.

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo

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Encuentros cercanos con el tigre

El jaguar celebra su día hoy. Es un llamamiento mundial para asegurar su protección y detener el tráfico ilegal. El jaguar, hasta los años 80, fue cazado por su piel para mercados de Europa y Estados Unidos. Ahora, sus colmillos tienen como nuevo destino China

Jaguar

Por Ricardo Bajo

/ 2 de diciembre de 2020 / 15:21

Panthera onca, nombre científico; jaguar en castellano; inchiquíen tsimané; yagua en guaraní; caatai en ayoreo; imichursh o nuityimish en chiquitano; y tigre en el habla popular. El jaguar es el felino más grande de América, es emblema cultural y orgullo boliviano. Es símbolo de la Amazonía y se adapta a cualquier terreno. Incluso hay registros de tigres a 2.400 metros sobre el nivel del mar en el Parque Nacional Amboró.

Inconfundible por su robusto armazón, sus patas cortas y su cabeza grande, su cuerpo amarillo cubierto por rosetas y ocelos negros lo diferencian de su pariente cercano, el leopardo. El tigre es un animal solitario, ágil, fuerte y muy hábil para trepar y nadar. Para alimentarse, reproducirse y desplazarse, necesita grandes espacios geográficos, 200 kilómetros cuadrados. En la Amazonía, comen chanchos de tropa, taitetús, venados, tejones y especies medianas como armadillos, jochis, caimanes y otros. En el Chaco se alimentan también del chancho solitario que es el endémico de ese hábitat.

Los jaguares han perdido casi la mitad de su distribución geográfica original, aunque en los últimos 20 años están en proceso de recuperación. La fragmentación del territorio ha hecho que estos felinos sean cada vez más vulnerables, ya que no pueden cazar y aparearse en zonas más pequeñas. El hogar del jaguar en Bolivia abarca varios tipos de bosque en las tierras bajas, desde el bosque chaqueño al sur, hasta el bosque amazónico en el norte del país. En Bolivia, se estima la presencia de 12.845 jaguares.

La conservación de los jaguares ayuda a salvaguardar el equilibro de los ecosistemas de los bosques y sabanas tropicales de los que dependen otras innumerables especies. Como depredadores ágiles, ayudan a mantener saludables las poblaciones de las especies de las que se alimentan. También previenen de enfermedades al eliminar individuos enfermos.

El jaguar ha sido considerado una deidad principal en las culturas amazónicas. Hoy en día, es una especie símbolo de los esfuerzos de conservación y en el desarrollo del turismo en áreas protegidas.

Los jaguares se juntan solo para aparearse. Las hembras tienen usualmente menos de tres crías, totalmente dependientes de sus madres para su alimento y protección, hasta que se convierten en adultos. Cuando tienen entre dos y cuatro años son maduros reproductivamente y se dispersan para encontrar nuevos territorios. Su mayor amenaza son los traficantes de fauna silvestre que buscan especialmente sus colmillos, como hasta los años 80 eran sus cueros. Las personas más afortunadas del mundo han podido tener encuentros cercanos con el tigre. El resto nos tenemos que conformar con los gatos domésticos que es “casi” como observar a un jaguar. Estos son seis testimonios de estas mujeres y hombres privilegiados.

Jaguar: Tras los pasos del gran felino

Dos funcionarios del Parque Nacional Madidi.

Mariana Da Silva junto a huellas de jaguar

Foto: JUDITH LARSEN, GUIDO AYALA, MARIA VISCARRA/ WCS

Foto: JUDITH LARSEN, GUIDO AYALA, MARIA VISCARRA/ WCS

Uno

Margoth es de las pocas mujeres guardaparques de Bolivia. Trabaja en la Reserva de la Biosfera y Tierra Comunitaria de Origen Pilón Lajas. Cuando estaba en la “prepromo”, alguien vino a su colegio a dar una charla sobre el área protegida. Margoth Pilco Siviora vio en las fotos que había mujeres y se juró entonces a sí misma que sería una de ellas. “Ese trabajo es para los varones, ustedes no sirven, hay que esperarlas siempre, hay que cargar sus mochilas, nos decían siempre los hombres. A las mujeres nos exigen más: a los hombres con libreta militar es suficiente, a nosotras nos preguntan si seremos capaces”, cuenta Margoth. Ninguna palabra de desaliento, ningún obstáculo pudo con ella. Cuando en 2007 casi 20 personas, la gran mayoría hombres, se postularon para ser guardaparque del Pilón Lajas, ella ganó la única plaza del concurso público.

Margoth siente que las mujeres cuidan mejor y tienen un contacto más auténtico con la naturaleza. Solo ellas pueden hablar con la madre tierra, de tú a tú. “A veces me pongo a conversar con los árboles y siento como si me escucharan, tengo un sentimiento grande de respeto por toda la selva”. Dos veces ha estado delante del tigre: “la primera vez fue a 70 metros, logré sacar dos fotos de un jaguar que estaba muy concentrado tratando de pescar. Cuando nos vio, pegó un salto y desapareció. La segunda vez fue en medio de un patrullaje por el río Quiquibey. Logramos ver los amarillitos del tigre en medio de los arbustos. Muchas veces he visto sus huellas, sus camadas, sus restos de comida”.

Margoth pasa 24 días en la floresta y seis días en casa junto a su pareja y sus dos hijos. Lo mejor de su vida es dormir en un lugar diferente cada noche, respirar aire puro, cuidar a los animales. Lo peor es tratar con los cazadores, con los pescadores, con los taladores. “Recibimos agresiones verbales y hasta físicas. Tratamos de concientizar a los comunarios que no maten al tigre para vender sus colmillos a los chinos. El jaguar es algo nuestro, es sagaz, ágil, fuerte y hermoso. Es el papá de todos los animales. Los comunarios han cazado ancestralmente al jaguar pues mata sus gallinas y hasta a sus perros. Ellos colgaban su piel en sus casas y colocaban los colmillos en el cuello de los niños y los ancianos pues protege del mal viento, de las enfermedades. Pero hace cuatro años que ingresaron ciudadanos chinos y ha crecido la presión para comprar y vender esos colmillos”, cuenta Margoth, una mujer fuerte y sabia que hace patrullajes diarios, especiales y exploratorios que pueden durar hasta dos semanas. Todo para cuidar al tigre.

Dos

La primera vez que Marcos estuvo delante de un jaguar fue inolvidable y marcó su vida para siempre. “Tenía 12 años y estaba pescando con mi hermano a orillas del río Beni, cerca a Riberalta, selva muy adentro junto a la barraca San Luis. De repente apareció un tigre y pudimos apreciar su fuerza y su majestuosidad. Fue algo fascinante pues nos dio miedo, temor y respeto”. El jefe de Protección del Parque Madidi zona B, Marcos Enrique Uzquiano, creció escuchando las historias que contaba el “taita” Roberto de San Buenaventura, un curandero que hacía las veces de médico de cabecera y hablaba en las noches del “tigre gente”, la leyenda de un hombre que se convierte en un jaguar para poder cazar y llevar comida a su familia.

Marcos soñaba de joven con conocer el secreto para convertirse en un “tigre gente”. Siguió las huellas de las hojas señaladas en la selva que el “taita” le había enseñado. Se convirtió en guardaparque del Madidi y ya lleva 15 años llevando el sustento a la casa y chocando con los traficantes de fauna silvestre, incluso a tiros, arriba de un motor fuera de borda. Las veces que ha tenido encuentros cercanos con el jaguar son ya innumerables. Las más recordadas son tras caminar un mes por la selva y acampar en medio del todo. Ha perdido el miedo y han nacido lindos recuerdos, espectaculares fotos, bromas con sus compañeros y una admiración extraña hacia este animal totémico pues Marcos se identifica con el jaguar, especie paraguas, clave para mantener el equilibrio en la selva. Marcos, sin saberlo, es ya un “tigre gente”.

Tres

Robert Wallace es el director del Programa del Gran Paisaje Madidi-Tambopata de la Wildlife Conservation Society (WCS), una organización mundial fundada en 1895 para la conservación de la vida silvestre y los paisajes naturales. El programa centra sus esfuerzos en la conservación de especies icónicas y amenazadas (cóndor, oso andino, jaguar, londra, borochi) y busca compatibilizar las necesidades de desarrollo humano con las necesidades de la vida silvestre.

Su primera vez ante un tigre fue memorable: “Encontramos una cría en la senda mientras realizábamos un conteo de fauna nocturno. El cachorro tenía mucha curiosidad hacia nosotros y nada de miedo, lo cual fue increíble. Estuvimos disfrutando todo el tiempo su presencia, pero al mismo tiempo nos preguntábamos: ¿dónde estará su mamá? Cuando el cachorro se fue, detectamos a la madre que había estado mirándonos todo el rato”.

La WCS trabaja en 12 países que tienen el privilegio de contar con jaguares. “La buena noticia es la creación de sistemas de áreas protegidas impresionantes en América Latina, el reconocimiento de territorios indígenas y el monitoreo y documentación de los tigres, por ejemplo en la región del Madidi. La mala noticia es la amenaza relativamente incipiente del tráfico de partes de jaguar, lo cual puede amenazar las poblaciones si no trabajamos juntos —organizaciones indígenas, comunidades, municipios y estancieros— para combatir este problema”, cuenta el jefe “Rob”.

Cuatro

José Luis ha tenido la oportunidad de ver varias veces al tigre. “Fueron momentos muy gratificantes, lo vi caminando a 15 metros, lo vi en la playa, en la senda, lo vi rugiendo, comiendo y cazando. La adrenalina es muy grande por el peligro y la emoción. Para nosotros que vivimos en la selva, el jaguar —que puede llegar a caminar 50 kilómetros diarios— es parte de nuestra cultura, es mito y leyenda y da sentido a nuestras vidas. Es sinónimo de grandeza pero también de templanza y paciencia. El tigre con su mirada fija lo dice todo. Por eso no entendemos a los traficantes que nos enfrentan con armas blancas y hasta de fuego”, cuenta José Luis Howard Ramírez, jefe de protección de la Zona A del Parque Madidi. Lo peor que vio en el monte fue un tigre sin patas ni cabeza, totalmente desollado. “Lastimosamente había sido víctima de un comunario tacana”.

Cinco

Guido ha tenido muchos encuentros con jaguares, pero el más increíble fue cuando, en una oportunidad se encontraba fotografiando aves en un salitral en el río Tuichi dentro del Parque Madidi. “Estaba muy concentrado en fotografiar aves, cuando de pronto escuché un mínimo ruido de hojarasca a mis espaldas, giré muy despacio para mirar y quedé sorprendido al ver echado a un jaguar a unos 10 metros, que me miraba y movía su cola de un lado al otro. Al darse cuenta de que lo vi, se paró, se dio la vuelta y se fue de lo más tranquilo. Fue tan rápido que solo logré fotografiar su cola”, cuenta entre risas Guido Ayala, el coordinador de investigador de la WCS en Bolivia.

También ha visto al tigre en tiempo de celo: “En el Madidi tenemos registros de la época de celo, entre julio y septiembre. En estos meses se escuchan rugidos y bramidos. La hembra ruge llamando al macho y éste contesta con fuertes bramidos. También en Santa Cruz, en la zona del bajo Paraguá, hay registros fotográficos de parejas en enero y febrero”.

Seis

Mariana ha visto muchas veces huellas de jaguar muy frescas. “Tal vez el tigre me estaba mirando mientras yo fotografiaba sus huellas, pero aún no he tenido la suerte de encontrarme con uno libre en su hogar. Estoy esperando ese momento con ansias”. Lo que sí ha tenido es “encuentros” con el enemigo público número uno del tigre: el traficante.  El caso más escandaloso que recuerda fue en 2018 cuando se encontraron casi 200 colmillos y hasta piezas de marfil de elefante. También se acuerda que en 2015 encontraron en el aeropuerto de Pekín a una persona con más de 100 colmillos de jaguar provenientes de Bolivia.

Mariana Da Silva es jefa de investigación para combatir el tráfico de la WCS. “La xenofobia hacia la gente de origen o ascendencia china no ayuda, solo perjudica porque distrae y simplifica un tema muy complejo. En las cadenas de tráfico de animales silvestres hay gente de muchas nacionalidades, no solo una. Así como existen bolivianos involucrados en el tráfico de vida silvestre, hay conservacionistas chinos combatiendo este crimen”.

El tráfico involucra cadenas complejas desde la cacería del animal, acopio de sus partes, transporte, hasta la venta y consumo por los compradores finales. Una parte tiene consumo dentro del país y otra, probablemente mayor, es internacional, principalmente para mercados asiáticos. “Por esta complejidad, es imprescindible que el Estado y la sociedad civil colaboren para actuar en las distintas partes de la cadena de tráfico. Hay más compromiso y colaboración de instituciones como la Policía Forestal y de Medio Ambiente, las fiscalías, las autoridades nacionales y subnacionales a cargo de ese tema, y muchas otras además de la ciudadanía en general que ha mostrado su claro rechazo al tráfico de jaguar en las ciudades y en áreas rurales. Un ejemplo son las declaraciones contra el tráfico de vida silvestre que emitieron las organizaciones de las naciones indígenas del norte de La Paz, el Consejo Indígena del Pueblo Tacana (CIPTA) y el Consejo Regional T’smane Mosetenes (CRTM Pilón Lajas), además del Consejo de Turismo Sostenible del Destino Rurenabaque: Madidi-Pampas, y los emprendimientos turísticos comunitarios Mashaquipe y Chalalán”, dice Mariana.

Jaguares muertos, colmillos traficados

La expansión urbana y agrícola, la deforestación, los incendios y quemas no controlados amenazan su hogar. El tráfico de vida silvestre ocasiona la caza furtiva del jaguar para el comercio ilegal de sus partes corporales (dientes, garras, piel entre otras).

Desde 2014 se han registrado 36 casos verificables de tráfico de las partes corporales del jaguar en Bolivia y se han decomisado 786 colmillos en o desde Bolivia, que representan la muerte de al menos 197 jaguares. Estas cifras devastadoras demuestran la importancia de tomar acción sobre la conservación del jaguar. El comercio de jaguares está prohibido en todo el mundo y es un delito que implica pena de cárcel en Bolivia.

Otra de las amenazas a su conservación tiene relación con la práctica de la ganadería. Debido a la pérdida de sus presas naturales y de su hábitat para crear campos de pastoreo de ganado, los jaguares en ocasiones se ven obligados a alimentarse de animales domésticos. El resultado de este conflicto es la matanza ilegal de los jaguares.

Con motivo del Día del Jaguar se ha lanzado el concurso “Creando arte en el mes del jaguar” para promover que jóvenes y adolescentes bolivianos plasmen su creatividad, investiguen y conozcan más sobre esta especie icónica.

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El Diego: cuatro silencios

Silencio uno: cada vez que Maradona agarraba la pelota en San Mamés, la hinchada del Athletic Club guardaba un extraño silencio, muy parecido al que se produce en el circo segundos antes de un triple mortal sin red

/ 30 de noviembre de 2020 / 21:51

Dice Charly García que lo importante en una pieza musical no son las notas sino las pausas entre ellas. No hay música sin silencios. La vida del Diego fue un permanente cántico de barra interrumpido por silencios abismales.

Silencio uno: cada vez que Maradona agarraba la pelota en San Mamés, la hinchada del Athletic Club guardaba un extraño silencio, muy parecido al que se produce en el circo segundos antes de un triple mortal sin red. El bullicio propio de la vieja “Catedral” se transformaba en una ausencia de ruido expectante ante cualquier posibilidad de milagro. Esa tarde de septiembre de 1983, lo único que escuché desde el fondo norte fue el tobillo partido del Diego tras una durísima entrada de “Goiko”. Después se calló la tribuna bajo un espeso manto de nada.

Silencio dos: volví a ver a Maradona cuando regresó a Bilbao nueve años después, en octubre de 1992, para debutar con el Sevilla de Bilardo tras su paso como nuevo dios por Nápoles. Con la camiseta blanca impoluta, 32 años y sobrepeso, el Diego alabó al estadio donde había sufrido su peor lesión: “San Mamés es precioso, divino”. Horas antes del “match”, tomó un café en el hotel de concentración con Andoni Goikoetxea, su “verdugo”. El silencio volvió cuando agarró una pelota para ejecutar una falta al borde del área que acabó en gol. El primer abrazo que recibió fue de un “cholo”, el Simeone.

Silencio tres: cuando a mediodía del pasado miércoles, la noticia de la muerte de “Maradó” nos despertó a todos, la primera sensación después del estupefacto fue una rara ausencia de palabras. La incredulidad recorría el planeta. Cuando la mala nueva comenzó a ser asimilada, los cánticos entre lágrimas y nudos en la garganta lo inundaron todo. Jamás un entierro estuvo rodeado de tanta pasión, de un sufrimiento colectivo del tamaño del cielo.

Silencio cuatro: el cementerio privado de Bella Vista está custodiado por la policía. A lo lejos se va apagando la última barra emocionada. La vida del Diego, el futbolista más grande, se ha callado para siempre. Fue y es mito popular, símbolo de rebeldía contra los poderosos y encarnación de la magia del talento que cultivó como nadie el arte del silencio, el grito más fuerte. Ahora que duele respirar, queda la gratitud. No hay música -ni cántico ni marcha triunfal- ajena a los silencios. Gracias, compañero Diego.

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Salazar: Necesito libertad plena

Un año después de la censura, Alejandro Salazar —‘Al Azar’— ha vuelto al periódico laRazón. Ha vuelto a pensar por las mañanas y dibujar por las tardes para llegar a la hora de cierre. Ha vuelto para seguir retratando la estupidez humana

Al Azar. Alejandro Salazar nació en Cochabamba en 1959. El ilustrador ganó tres veces del Premio Nacional de Periodismo en la categoría de Caricatura.

Por Ricardo Bajo

/ 25 de noviembre de 2020 / 11:02

Alejandro Salazar ha conocido de cerca la censura y sus intentos. Lleva décadas viendo la cara a esta pasión de inquisidores. La primera vez que la sufrió fue en los lejanos años noventa cuando la hija del dueño del quebrado Banco Boliviano Americano se “molestó” por un dibujo que la retrataba vistiendo pieles de cocodrilo (el dinero desfalcado había terminado en un paraíso fiscal llamado Islas Caimán). Luego llegó la polémica de la Miss Bolivia Gabriela Oviedo (“somos blancos, altos y sabemos inglés”) y la caricatura de un triste Carnaval de Oruro con pasantes desfilando a pesar de los muertos. También una vez recibió una “llamada de atención” de un triste personaje de la embajada estadounidense en La Paz que no entendió una caricatura sobre Obama. Nada se comparó a los dibujos con esvásticas y cañones militares prometiendo paz y reconciliación del golpe del año pasado cuando sus “compañeros” de periódico exigieron el retiro de sus obras. Salazar se autocalifica artísticamente como “anarquista libertario”. Su pequeño estudio/taller/ biblioteca está repleto de pequeñas esculturas, biografías de artistas, libros de historia, cómics, novelas de suspenso, viejos cassettes y CD de rock progresivo, un “Evito” y dos retratos, uno del alemán Alberto Durero y otro de su padre.

—¿Alguna vez algún director o propietario de medio de comunicación te ha dicho qué podías dibujar y qué no podías dibujar?

—No. Una vez Jorge Canelas me dijo: “Puedes dibujar lo que quieras pero no te metas con los curas, todavía tienen poder”. (Nota mental uno del entrevistador: no hay más que mirar qué “numerarios” han ocupado la cartera del Ministerio de Justicia en los últimos años). Me contratan para opinar sobre temas y ejerzo mi derecho a la libertad de expresión. Alguna vez, por las reacciones ante mis dibujos, he llegado a pensar que estaba cruzando la raya pero se me pasaba rápido. Soy consciente de que existen derechos más importantes, así que si un dibujo mío puede causar males mayores, me lo pienso dos veces. Por ejemplo, en la polémica sobre el Carnaval de Oruro, había gente que había perdido un familiar y mi dibujo pudo herir sus sentimientos. El problema es que el dibujo no es un arte tan preciso como la palabra y a veces no puedes controlarlo todo.

—¿Tienes reglas?

—Varias, por lo menos dos: no ofender ni herir a las personas en particular. Y no insultar. Me gusta dibujar y reflexionar sobre situaciones y fenómenos sociales, no sobre personas.

—¿Qué te molestó de la última censura del año pasado por parte de tus propios colegas? ¿Cómo te afectó?

—No me gustó. Los periodistas deberían saber cuál es su trabajo. Todos los medios tienen una óptica política. Nadie es neutral. No es lo mismo trabajar en La Razón, Página Siete o antaño en El Juguete Rabioso. Todos tienen una línea ideológica. Los medios son una expresión del poder. El “Juguete” era para mí irreverente y anarquista. No me imagino un berrinche para cambiar y sacar a Walter Chávez del “Juguete” y poner en su lugar a monseñor Eugenio Scarpellini. No me gustó esa deslealtad, esa mala fe, esa mala leche, esa falta de empatía. Las crisis sacan lo mejor y lo peor de las personas. No todo fue malo. Me reconfortó que mis amigos de siempre me buscaran para saber cómo estaba tras la censura y las amenazas. También he perdido algunos que pensaba que eran amigos y nunca se interesaron.

—¿Cuál es tu relación con el poder?

—Te lo explico con dos imágenes: si tú estás en la calle y ves una viejita que se cae por pisar una cáscara de plátano, tú no te ríes porque es una persona desvalida, como puede serlo un niño, una niña o una mujer embarazada. Pero si el que se saca la mugre es el matón del barrio, el político de turno o el policía, te ríes porque así te estás vengando al hacerlo. Esa es mi relación con el poder. Mis dibujos son esas cáscaras de plátano. El poder siempre queda impune. Vengarme o vengar a la gente es mi objetivo, a veces lo logro, a veces no. Tengo esa sensación aunque soy consciente de que un dibujo de 10 centímetros no tiene gran valor y no puede cambiar el mundo pero a mí me permite seguir viviendo, seguir existiendo como artista y como persona. Y eso ya es mucho.

—¿Cómo trabajas?

—Veo noticias en internet por las mañanas, escucho un poco de radio por las tardes y comienzo a rumiar a media tarde sin un plan previo. Mi cabeza discrimina lo importante y mi mano dirige esos garabatos que a veces terminan en esa idea que he leído o escuchado por la mañana o la

tarde. No tengo un filtro lógico o racional como los periodistas. Al final simplemente el dibujo aparece junto al lenguaje. Si solo tienes habilidad manual y no construyes un lenguaje, no haces arte.

—El racismo, la desigualdad, el poder ya citado y la lucha por los derechos son algunos de los temas que atraviesan tu obra. ¿Por qué brotan estas “fijaciones”?

—De chiquito vivía en Tembladerani, un barrio de obreros, vendedoras y migrantes, como todas las laderas de La Paz. Los de mi zona bajaban al centro a los colegios fiscales. Al lado de uno de ellos estaba el Colegio Alemán, yo estudiaba en el Americano. En aquel entonces, yo les preguntaba a mis amigos del Alemán: “¿Qué tal las chicas en su colegio?” “Bien, lindas, ojos azules”, me decían. “¿Y las del fiscal que estaba pegado?” “Nunca las vemos”, me respondían. Fue la primera vez que percibí el racismo. Para ellos, había un muro. Simplemente ellas no existían y si existían era para ser meseras o empleadas, nunca como futuras parejas, nunca como objeto de deseo. Mi madre es del campo, de Vinto (Cochabamba) y mi abuela era de pollera. En el mundo de hoy en día no existe la igualdad de oportunidades. Como bien dijo Orwell, unos son más iguales que otros. En Bolivia sumamos una particularidad más: los más iguales tienen un color de piel diferente a los menos iguales. Todo está atravesado por el color de piel.

—Hablando de tu vida, tu padre fue maestro de dibujo en colegio fiscal. ¿Cómo heredaste esa pasión?

—Mi padre fue maestro y artista. Se llamaba Eduardo Salazar. Yo soy Alejandro Eduardo. Estudió en la Escuela de Bellas Artes y pintaba paisajes y retratos en la onda de la pintura indigenista. Y daba clases en el Colegio Villamil de la plaza Riosinho. Mi mamá María Rodríguez, que todavía vive en la zona Cristo Rey con sus 90 años, era profesora de Inglés. Todavía recuerdo el olor que tenían los óleos de su taller. Me parecía y me parece magia que de una página en blanco brotaran y nazcan figuras. Ahí comenzó mi gusto por dibujar. Estudié Arquitectura y salí egresado de Diseño aunque no presenté proyecto porque lo que más me satisfacía era dibujar, hacer exposiciones, relacionarme con otros artistas. Mi trabajo ahora es un poco también de psicólogo: retrato la estupidez humana.

—¿Cómo ves la Bolivia de hoy tras el golpe, las matanzas, las urnas y los deseos de reconciliación…?

—Nuestra estructura social es comparable a la tierra, a las placas tectónicas que colisionan y provocan terremotos. Mientras esas placas se mantienen estables, las fallas no se superponen las unas a las otras. Pero cuando hay fracturas, una tiene más poder y libera mucha energía y fuerza. En la sociedad boliviana pasa lo mismo. Hay una parte que pide más derechos, más poder. Y hay otra que se resiste a ceder poder, que no quiere perder sus privilegios. Los privilegios no se donan o se entregan fácilmente, mientras que los derechos se conquistan, se exigen. Hay una estrategia política para detener estos cambios, para frenar esos avances, para reconciliarnos entre comillas.

—¿Qué planes tienes a corto y medio plazo?

—Soy artista, no tengo planes (Nota mental dos del entrevistador: “Al-Azar” está riendo ahora como como es él mismo: tímido, socarrón, sarcástico, burlón, juguetón, con la mirada perdida en el horizonte de su ventana). Dibujo compulsivamente y prefiero ser mi propio patrón. Mi proyecto es seguir existiendo. Estoy armando lienzos para pintar y reproducir  figuras en 3D para acabarlas en madera. No tengo ni idea de a dónde voy a llegar con esto. A finales de año presento un nuevo libro que recogerá la obra de mis últimos cinco años, con auspicio de la Fundación Friedrich Ebert.

—Hablando de política, ¿cómo te defines ideológicamente hablando?

—Soy anarquista libertario, como artista. Es la necesidad que siento de tener una libertad plena para hacer mi trabajo. Ya como persona, creo que se necesita un poder, una regulación, unas instituciones, un estado, pero trato de vivir al margen de todo eso, siento que son un mal necesario.

La noche nos alcanza, han pasado tres horas de charla en el pequeño estudio/taller de Salazar en el ático de un viejo edificio de Alto Sopocachi. El artista se sube a una enclenque bicicleta estática, se quita su desgastada gorra de Boeing, “posa” para las inevitables fotografías ante un lienzo en blanco, se mete travieso debajo de la mesa junto a sus pinceles y agarra los mil y un pequeños monstruos que habitan en el interior suyo y de la habitación. Saca una vieja revista de las desordenadas estanterías: “Es El Tony, ediciones Columba, era una de las revistas de historietas. Cuando no había plata para ir al cine, estas revistas eran el cine de los pobres, se cambiaban, se fletaban…”, dice Alejandro Salazar mientras mira con melancolía un retrato de su padre colgado sin marco en la pared. De fondo suena un viejo cassette de Wara y una letra “real”: “hermano, vive tu historia / destruye el mito de pueblo enfermo / ahhh….. / tu tierra es grande y hermosa / ahora es tiempo q u e pienses en ella”.

Algunas piezas que el caricaturista ha elaborado sobre la coyuntura boliviana y mundial

Foto: Archivo

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Salgan a matar

La arenga del presidente Fernando Costa en el hotel antes de salir a jugar el partido en el “Defensores del Chaco” pesó sobre el ánimo de los jugadores.

/ 23 de noviembre de 2020 / 15:24

El empate heroico de la Verde en Asunción trajo una brisa de aire fresco a la selección. La arenga del presidente Fernando Costa en el hotel antes de salir a jugar el partido en el “Defensores del Chaco” pesó sobre el ánimo de los jugadores. “Salgan a matar, regalen una victoria a Bolivia”.

Los malpensados dicen que la clave fue los 50.000 dólares ofrecidos por la victoria. Los amanuenses de Farías apostillan que el técnico venezolano también ofreció una platita. Da igual que da lo mismo. El resultado fue otra Bolivia.

El fútbol se juega con la cabeza, el fútbol es un estado mental. Durante los tres primeros partidos de la selección, tuvimos dos presidentes de la Federación, detenciones, fiscales y policías dando vueltas por todo lado. Padecimos una guerra de baja intensidad entre grupos de poder. En esas circunstancias concentrarse en la pelota fue difícil para todos. También tuvimos groseras equivocaciones a la hora de convocar jugadores (¿Henry Vaca fue llamado y jugó para buscarle equipo?), preferencias inexplicables del técnico y un largo etcétera que nos han sumido en un pozo del cual saldremos cuando dejemos de cavar.

La primera parte y especialmente el último tercio de la misma fue un mensaje para todos, para el propio equipo, para la Federación, para la hinchada. Se puede presionar arriba y robar, se puede hacer daño al rival en su casa, se puede ser efectivo (dos llegadas, dos goles), se puede recuperar la fe y la ilusión perdida. Para eso hay que construir una identidad de juego, una manera de plantarse en el “field” de visitante.

Durante los primeros años del CholoSimeone en el Atlético de Madrid, el “colchonero” jugaba siempre a lo mismo: sabedor de su inferioridad técnica ante los grandes, el rojiblanco se metía atrás con el puñal entre los dientes, mordía en el medio y contragolpeaba con instinto asesino. Para jugar así, el Choloarmó una dupla central impasable y unos jugadores que creían a muerte en su idea.

Para llegar a Qatar, necesitamos sacar puntos fuera de casa y para eso es urgente armar un equipo que sepa jugar sin improvisaciones. ¿Tenemos dos centrales fijos de garantía y dos carrileros de ida y vuelta constante? ¿Tenemos un cinco que arañe? ¿Tenemos delanteros con capacidad de sacrificio? Quizás todavía no. Quizás solo tenemos una arenga y una ilusión. Ya es algo, ayer no teníamos ni eso.

(*) Ricardo Bajo es periodista

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El fútbol es uno solo

El fútbol es la baratija más seria del mundo. Lo dijo el antropólogo Christian Bromberger. Es una bagatelle llena de sentido que concentra una de las más profundas matrices simbólicas de nuestro tiempo

/ 16 de noviembre de 2020 / 14:38

El fútbol es la baratija más seria del mundo. Lo dijo el antropólogo Christian Bromberger. Es una bagatelle llena de sentido que concentra una de las más profundas matrices simbólicas de nuestro tiempo. Sostiene el francés que el fútbol es un espectáculo híbrido: es rito y es showbusiness; es tragedia y comedia; es fiesta y es guerra; es hecho estético y experimento social. Añade el bueno de “Cachín” Antezana que “el fútbol es toda una sociedad, una sociedad abigarrada, aprovechando el concepto de Zavaleta Mercado”.

Cuando el eterno ‘Conejo’ Arce hizo el 1-0 contra Ecuador, celebró con bronca. Estrujó el cóndor de la Federación Boliviana de Fútbol con su puño derecho, señaló con su mano izquierda el escudo y gritó: “es una, es una”. Alguien podría soñar, volviendo a Zavaleta, con este “momento constitutivo” para nuestro empobrecido fútbol, atomizado al extremo como si viviésemos aún en la época de las republiquetas.

Sin embargo, el sueño se evapora “ipso pucho” cuando uno mira como los dirigentes —ajenos a todo excepto a su guerra por el poder— se sacan la mugre un día sí y otro también. La tarea del nuevo presidente, Fernando Costa, es titánica: aglutinar y terminar con la guerra de guerrillas. La sensación de orfandad de la hinchada —parte de la cual pide una intervención de la FIFA— es un cuento triste de Dickens.

De nuestro fútbol apenas quedan cenizas, acaso permanecen viejos recuerdos en sepia cuando éramos más que Colombia, Venezuela o Ecuador. Lo peor de todo es la sensación de desgana. Cuando juega la selección, ya no se para el país; ya se no se ven multitudes alrededor de una terraza con televisión. Hemos dejado de enojarnos, de emputarnos por las derrotas y por las equivocaciones del técnico de turno. Es lo peor que nos puede pasar: indiferencia, apatía hacia nosotros mismos.

La Federación es una sola, el fútbol también. Cuando dejemos de pelear, volveremos a ilusionarnos. Mientras tanto, la pelota tan solo reflejará esa polarización y esos egos/odios que tanto daño nos hacen como sociedad un día sí y otro también. “El fútbol es la cosa más importante de las cosas menos importantes”, dijo una vez Valdano (¿o fue Sacchi?). No está bueno que sea manejado en exclusividad por una dirigencia nefasta mientras el resto miramos de palco con impotencia. Es necesaria una cumbre para rescatar al fútbol boliviano del pozo.

(*) Ricardo Bajo es periodista

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