Voces

martes 1 dic 2020 | Actualizado a 14:39

Casta y feminicidio en la India

/ 31 de octubre de 2020 / 02:55

Las frecuentes violaciones colectivas que conmueven hoy a la India me traen a la memoria las reflexiones contenidas en mi libro Pueblos sin voz, publicado en 1994, que abogaba por los derechos de aquellas comunidades postergadas a lo largo y ancho del Planeta: kurdos, palestinos, uirgurs, tibetanos, catalanes, vascos y otros, a los que añadí las naciones quechua y aymara (antes de la invención del Estado Plurinacional). El común denominador entre todas ellas era la carencia de su respectivo Estado que las represente en el tinglado internacional. Esa fue la razón de bautizar mi obra como “pueblos sin voz”.

Aunque la lucha continúa, en la actualidad subsiste en la India, la más grande democracia del mundo, aquella odiosa estratificación social de las castas, instaurada desde hace 2.500 años. Si bien todos son étnicamente indios, la tonalidad de la piel y otras consideraciones propias de la religión hindú continúan dividiendo a la sociedad, de acuerdo con la anatomía del dios Brahma, que ubica en el nivel más alto a Brahmanes (sacerdotes y maestros), luego a Chatrias (políticos y soldados), seguidos por los Vaishias (comerciantes y artesanos) y los Shudras (obreros y campesinos). La base está conformada por los Dalit, los intocables, que son considerados impuros, cuyo Kharma (destino) solo podrá ser superado en repetidas reencarnaciones.

A ese enjambre de creencias, se añade la legendaria enemistad entre hindúes y musulmanes, mayorías religiosas que despiertan incontrolables pasiones. En ese marco, el 14 de septiembre pasado una joven dalit de 19 años en el Estado de Uttar Pradesh fue salvajemente violada y masacrada por cuatro hombres de la subcasta superior de los thakur, muy influyente en la región. Ello explica que el cadáver de la víctima hubiese sido cremado de inmediato para encubrir la violación. Semejante atropello está fuera de la letra muerta de la Constitución que teóricamente afirma la igualdad entre los ciudadanos y prohíbe la discriminación basada en la religión, la casta, el sexo o el lugar de nacimiento. Lamentablemente, en la práctica, los cerca de 200 millones de dalits siguen siendo parias en la India (1.300 millones de habitantes). Curiosamente muy pocos de ellos pueden abrirse paso hacia los retos de la modernidad, siendo excepción notable el dalit Ram Nath Kovind, actual presidente de la Republica. No es el caso de la inmensa mayoría de “intocables” a quienes únicamente se les reserva las ocupaciones laborales más despreciables como la limpieza de baños públicos, el recojo de basura, o el cuidado de las bestias. La percepción que esa gente continúa siendo impura hace que personas de castas superiores no los toquen, no les hablen y menos compartan comida con aquellos. Inútil añadir que el matrimonio con un dalit está proscrito y que la supuesta relación carnal inter-casta acarrea frecuentemente los “crímenes de honor”.

Como sucede en buena parte del mundo no-occidental, las tradiciones sobrepasan a las legislaciones modernizadoras.

Por otro lado, preocupa que la división de castas se traslade a la numerosa diáspora de migrantes indios, incluyendo en los Estados Unidos, ahora de moda con la posible ascensión a la vicepresidencia de Kamala Harris, cuya madre, brahmán, es oriunda de Madras.

Eso demuestra que aun fuera de la madre patria, la casta sigue primando, recordando aquel adagio orwelliano “todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que los otros”.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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El narcogeneral afortunado

/ 28 de noviembre de 2020 / 01:33

Cuando el 15 de octubre pasado el general mexicano Salvador Cienfuegos (72) aterrizó en el aeropuerto de Los Ángeles, lo esperaban agentes de la DEA para arrestarlo, acusado de ser “el padrino” del narcotráfico y lavado de dinero entre 2015 y 2017, en connivencia con el cártel H-2, sucedáneo de la mafia de los hermanos Beltrán Leiva. Los cargos están sustentados con meticuloso detalle en un expediente de 743 páginas, condimentadas de audios telefónicos, fotografías, mensajes y otras pruebas incriminantes contra quien fuera ministro de Defensa durante el sexenio de Enrique Peña Nieto (2012-2018).

Hasta entonces todo hacía pensar que el otrora poderoso personaje seguiría el triste destino de otros militares descubiertos por la DEA, como el general panameño Manuel Antonio Noriega, condenado en 1992 a 40 años de cárcel; el coronel boliviano Luis Arce Gómez, a 30 años (1992); o el exzar antidroga de Bolivia general René Sanabria, a 14 años (2011), todos ellos sentenciados por la inflexible justicia americana. Sin embargo, en el tema Cienfuegos, un mes después de su captura, el 18 de noviembre, invocando “consideraciones sensibles e importantes de política exterior”, una jueza neoyorkina cerró inesperadamente el caso y levantó los cargos que pesaban sobre él, posibilitando su inmediato retorno a territorio mexicano, donde airoso recuperó su calidad de hombre libre, toda vez que allí no hay causa abierta en su contra. Esa misteriosa exculpación, primera en la Historia, tiene origen en la gestión diplomática del Gobierno mexicano que protestó sigilosamente el arresto, aduciendo acuerdos bilaterales de cooperación con Washington en materia de la lucha contra el tráfico de drogas, argumento básico para reclamar no haber sido informado de las investigaciones llevadas a cabo por la DEA contra el mentado general. No obstante, ese trámite poco transparente parece ocultar un chantaje en ciernes: la amenaza de expulsión de una cincuentena de agentes de la DEA estacionados en México, lo cual obviamente perjudicaría letalmente la cooperación en ese rubro. Pero más allá de esa hipótesis también se especula sobre un desesperado pedido directo del presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) a Donald Trump, quien aprecia que su homólogo sea el único que hasta hoy no hubiese reconocido el triunfo de su rival Joe Biden, en las recientes elecciones.

En el nivel interno, este hecho confirma el notorio sometimiento del poder civil al estamento militar, que más allá de sus específicas funciones constitucionales ha sumado otras tales como la construcción de aeropuertos, el control sanitario por el COVID-19 o la lucha contra el narcotráfico. Entonces, podría haber existido una fuerte presión castrense a AMLO para exigir apoyo al general en desgracia, porque sin sostén militar, AMLO correría el riesgo de tambalear. Ahora se viene un gran reto para el sistema judicial mexicano, donde la Fiscalía enfrentará su habitual corrupta artesanía contra las sofisticadas pruebas acopiadas por la DEA. En tanto, aún es difícil prever si la nueva administración Biden cohonestará el gesto de Trump o, por el contrario, demandará la extradición del fugitivo general.

Por último es pertinente comentar la ambigua moralidad de AMLO, que ignorando el grito revolucionario “sufragio libre, no reelección”, apoya a Trump, a Ortega, a Maduro y a Morales, rememorando aquel adagio muy mexicano: “a los amigos, todo; a los enemigos, nada y a los indiferentes, la ley”.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Fraude electoral es un drama universal

/ 14 de noviembre de 2020 / 01:23

Un fantasma recorre el mundo: el fraude en las elecciones realizadas el último mes, denunciado por las facciones derrotadas. Todas las latitudes terrestres están contaminadas por ese virus más letal para la democracia que los perjuicios sufridos por la aparición simultánea del COVID-19. En efecto, los comicios realizados en Bielorrusia, donde el dictador recogió 80% de los votos, están siendo impugnados semanalmente por los opositores. Parecida resistencia, como dominó, ocurre en Georgia, en Moldavia, en Tanzania, en Costa de Marfil y finalmente en Bolivia. Sin embargo, asombra que la ola llegue a los Estados Unidos, cuyo sistema democrático parecía sólidamente consolidado en más de dos siglos de regular práctica. En todos los casos citados, con ciertas variaciones, los sistemas electorales se ajustan a algunas normas básicas: un ciudadano=un voto, que debe ser universal y secreto, controlado por jueces de reputación impecable y delegados de los partidos en pugna que pueden verificar todas las etapas del proceso.

Hoy en día, el avance de los medios electrónicos ha contribuido grandemente en la difícil tarea del conteo de los votos, pero también al surgimiento de dudas, a veces razonables. Empero, el grado de educación o sofisticación del electorado no garantiza la integridad de los resultados, como demuestra la reciente jornada electoral americana por cuanto la querella es la misma que en Costa de Marfil o en Moldavia. La excepción parece estar en el Caribe, pues Saint Vincent y Grenadines (población 110.000 habitantes) eligió a Ralph Gonzalvez por quinta vez, sin protesta alguna. Ese fenómeno confirma la tesis que sostengo en mi libro No hay democracia sin alternancia (Amazon, 2019) donde recapitulo la situación electoral en 195 países del mundo, entre los cuales en el 40% de estos se elige y reelige a los mandatarios de turno, siempre proclives a instaurar modalidades sospechosas para mantenerse en el poder. La tozudez de Trump, en no admitir su derrota, ratifica mis reflexiones. Mientras los autócratas tropicales reforman con remiendos cripto-legales las Constituciones para legitimar sus prórrogas, en la superpotencia americana, Trump apeló a las cortes para interrumpir el conteo, en la vana esperanza que su queja llegue a la Corte Suprema de Justicia que como en 2000 (caso Bush-Al Gore) podría concederle la victoria. Aquí y acullá la obsesión de retener el poder es una morbosa pulsión fatalmente irresistible.

¿Qué hacer? Quienes denuncian los fraudes reales o imaginarios, también objetan la neutralidad de los jueces locales llamados a dirimir los pleitos y en ciertos casos desconfían hasta de los informes externos de organismos regionales (caso Bolivia vs OEA, octubre 2019), susceptibles a inclinaciones ideológicas o geopolíticas de conveniencia coyuntural. Ante semejante panorama desolador, me permito adelantar la iniciativa (invocando un estudio más profundo) de impulsar una Convención Internacional de Arbitraje Electoral, sujeta (como la Corte Penal Internacional) a la adhesión voluntaria de los Estados miembros que así lo deseen, instrumento jurídico que posteriormente podría dar origen a una Corte Internacional de Justicia Electoral, bajo la égida de las Naciones Unidas, cuyos fallos serían definitivos e inapelables. Obviamente, la estructura de un órgano semejante tendría un brazo técnico, con modernos servicios informáticos que sirva de apoyo para el veredicto de los jueces. Evidentemente, como en otras instituciones de alcance universal, los países adherentes tendrán que ceder parte de su soberanía, en pro del beneficio de clarificar los entuertos y dar legitimidad a la decisión de su mandante: el soberano pueblo.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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El libro de Evo

/ 17 de octubre de 2020 / 03:53

El mero anuncio de la aparición  —impreso en Buenos Aires— del libro Volveremos y seremos millones despertó la curiosidad del público por conocer el texto que —a priori— muchos atribuían a algún escribidor de su entorno, precipitada presunción basada en el conocido poco afecto del líder masista para con el alfabeto. Pero prontamente, al leer las primeras páginas y arribar —con tedio— a las últimas, toda duda se disipa. Es un lenguaje hablado, donde nadie como él podía destruir la prosodia y la sintaxis de la bella lengua castellana con tanta fobia, equivalente solo a su antiimperialismo visceral que trata de explicar con reflexiones más subjetivas y hepáticas que ideológicas.

Morales se solaza contando por enésima vez su autobiografía, ahora condimentada con otros ingredientes truculentos incubados durante ese voluntario exilio. Se percibe que el hilo conductor del relato es la justificación de su precipitada huida de la Casa Grande del Pueblo, dejando las puertas abiertas a sus adversarios. Repite incesantemente que no fue un acto de cobardía, pero deja entrever, con nostalgia, haber perdido la oportunidad de pasar a la Historia, si no como Túpac Katari cuando menos como Salvador Allende, a quien dedica varias páginas de admiración, pero sin lamentar no haber tenido el coraje de imitar su heroísmo. Por excusa al rápido escape, revela que el vicepresidente, sus ministros y ministras lloraban copiosamente rogándole que salve su vida (y consiguientemente, la de ellos).

Otros elementos que animaron su defección, aparte de la neutralidad militar y policial, es el pedido de su renuncia formulado por la Central Obrera Boliviana. O sea que el principal movimiento social también lo repudiaba. Entonces, no le quedaba otra opción que replegarse a su bastión del Chapare donde pernoctó en el monte, siempre atenido a su consigna “primero la vida” (para él) y relegando el eslogan de “Patria o muerte” para sus bases. Su manía de persecución lo lleva a inventar mini complots de militares que querían apresarlo y sin embargo permiten que aquel avión mexicano lo rescate in extremis.

Sorprende que admita ingenuamente que perdió el referéndum del 21F “por 70.000 votos” y confiese que sus seguidores hilvanaron triquiñuelas pseudo-legales para soslayar la Constitución y posibilitarle una cuarta postulación. Luego adviene el 20-0, que ocupa al autor bajo el epígrafe de “una elección limpia y un golpe sucio” para redimirse del monumental fraude en su favor, perpetrado aquel día. No comprende la masiva reacción popular rechazando la farsa electoral en 21 días de feroz resistencia. Y, ante el acuartelamiento de la Policía, cuando acude al estamento militar clamando auxilio, el comandante Williams Kaliman le advierte que no habría suficientes balas para reprimir la protesta.

Con amargura se queja que, además, los militares le quitaron el control del avión presidencial, su juguete preferido. En esas circunstancias, aparece el tiro de gracia: se difunde el informe de auditoría de la OEA que, confirma las irregularidades ocurridas el 20-0. Momento crucial que lo impulsa a proponer “renuncio a mi candidatura, quiero nuevas elecciones, con nuevos tribunales electorales, con nuevos actores políticos, sin Evo Morales…” Pero ya era tarde, muy tarde. Después de 14 años de embustes, Bolivia ya no cree en su palabra. Tiene que renunciar bajo los acordes de tocata y fuga.

Como colofón, Evo Morales evita evocar sus pesadillas y prefiere recordar sus sueños y uno de ellos es el eventual triunfo el 18-O, de la dupla masista que podría gritar desde la plaza Murillo: Kawsachun coca, wuñuchun yanquis (viva la coca, mueran los yankis).

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Nuevo giro en el multilateralismo

/ 2 de octubre de 2020 / 03:35

Desde la pretenciosa proclama “America first”, la objeción de Trump hacia las modalidades tradicionales de la relación multilateral en el mundo, la política externa de Washington ha acumulado más fracasos que victorias y sus objetivos, al menos inmediatos se han visto truncados ab initio. Hoy que se recuerda en asamblea virtual, el 75 aniversario de la ONU, Trump parece reafirmar lo que sentenciaba hace cuatro años, que “el futuro no será de los mundialistas, sino de los patriotas”, y con esa obsesión en mente, desahució el convenio nuclear con Irán, se alejó del acuerdo climático logrado en París y fustigó a sus socios de la OTAN, conminándolos a contribuir mayormente al sustento financiero de la entidad, además de incrementar sus propios presupuestos militares. También impuso sanciones a personeros de la Corte Penal Internacional. Más adelante, ante la inesperada irrupción de la pandemia del COVID-19, atacó fieramente a la Organización Mundial de la Salud (OMS), acusándola de ser sumisa a las directivas chinas. Paralelamente, retiró a su país como miembro de la Unesco, dejando una millonaria deuda por concepto de cotizaciones impagas.

Sin embargo, el magnate se fue dando cuenta de que sus impulsos irracionales dejaban vacíos prontamente llenados, principalmente, por la diplomacia china con recursos humanos y financieros, lo cual, en la lucha por la hegemonía planetaria, resultaba en notorias ventajas para el Imperio del Medio. Entonces, a partir del año en curso, Trump cambió de estrategia y optó por el entrismo más ostensible. Se comenzó por copar la presidencia del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), donde el voto ponderado favoreció a Mauricio Claver-Carone, que como David Malpass en la dirección del Banco Mundial y  Geoffrey Okamoto, número dos del Fondo Monetario Internacional (FMI), fueron todos ellos cercanos colaboradores de Trump. La lucha continúa ahora en la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), en la que como Secretario General se trata de acomodar a Christopher Liddell, actual director de gabinete de la Casa Blanca. La búsqueda de poder continua en la OMC (Organización Mundial de Comercio), donde se empuja al americano Alan Wolff para reemplazar al brasileño Roberti Azevedo, confiando que esa agencia —por fin— penalice a China y no como hasta ahora sea complaciente en el diferendo sobre derechos aduaneros que tiene con Washington.

Quizá sea tarde para mitigar la carrera china que, al presente, ya controla la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI), la FAO (Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), la ONUDI (Organización de Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial) y la Unión Internacional de Telecomunicaciones( UIT), proyectando apoderarse en marzo de 2021 de la OMPI (Organización Mundial de la Propiedad Intelectual)

Toda aquella calistenia diplomática desplegada por Trump en este tiempo de probable fin de reino no se traduce en un repentino golpe de timón en la opinión que le merecía el multilateralismo, sino en servirse de las estructuras existentes para revertir lo que él percibe como un antiamericanismo de sus rivales en dichas instituciones. Es decir, quiere usar la herramienta multilateral para avanzar lo que en su criterio serían los mejores intereses estadounidenses.

Un cambio de gobierno en la Casa Blanca el próximo 3 de noviembre, quizá no varíe drásticamente las metas finales de esa estrategia, pero cuando menos se espera una modificación de estilo, más urbano y civilizado en consulta con sus socios tradicionales en la UE y con sus ocasionales adversarios en el resto del mundo.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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‘Pititas’ en Bielorrusia

/ 18 de septiembre de 2020 / 02:57

La función diplomática tiene —a veces— sabores amargos y, uno de ellos me tocó vivir en 1996, cuando llegó a París, en visita oficial, el autócrata (que en la época no lo era tanto) bielorruso Alexandre Lukachenko, recién estrenado como dictador en ciernes. Por azar de las circunstancias tuve que entregarle en sus callosas manos la medalla de la Unesco, con la que se retrató festivamente en la sede de su embajada.

Era fornido hijo de la tierra, con inocultable aire campesino, mostacho estilo hitleriano, apuraba las copas de champagne, ante la vista admirativa de su séquito y la paciencia de su intérprete que adornaba —con esfuerzo— la prosodia de su discurso. Pocos hubieran apostado que aquel novato aprendería con tanto rigor el método estaliniano de la conservación del poder. El 9 de agosto pasado, deseaba reelegirse por sexta vez, luego de un cuarto de siglo apoltronado en la silla presidencial. En su intento, montó un fabuloso fraude cuyo escrutinio le otorgó la victoria con 80% de los votos, frente a Svetlana Tsikhanouskaya (37), única contrincante, que recogió el 10%. La protesta de la ciudadanía no se dejó esperar y las calles capitalinas de Minsk y de Brest, Grodno, Moguiliov, Gomel en provincia, desde entonces, se llenan de miles de manifestantes que vociferan su descontento. Las fuerzas de seguridad reprimen con la acostumbrada energía empleada en pasadas ocasiones similares, pero ahora la arremetida del pueblo los asusta.

La analogía de esos eventos, con la revolución de las “pititas” ocurrida en octubre/noviembre pasados, en Bolivia, es singular. Fobia antiprorroguista por la longevidad en el cargo, la burda personalidad de ambos dictadores, las manipulaciones constitucionales, la corrupción encubierta y, sobre todo, el montaje de descarados fraudes, particularmente en centros rurales de difícil control opositor.

Presa de pánico ante la embestida popular, Lukachenko apeló a su reacio socio Vladimir Putin, con quien las relaciones son vidriosas por el rechazo de Bielorrusia a amalgamarse con Moscú en una sola entidad estatal. Es decir, quería inducirlo a una intervención de salvataje, como aconteció en Ucrania o en otros países de la ex órbita soviética. Putin, cauto, juega la carta neutral, con tibios comentarios, por cuanto los rebeldes no han manifestado ningún sentimiento hostil antirruso. La posición geográfica del país hace que sea una presa geopolítica codiciada por Occidente, porque, no obstante que Minsk es parte de la Unión Económica Euroasiática, receptora de ayuda financiera, el autócrata siempre ha mantenido coqueteos con la Unión Europea. Por ello, Bruselas no tardó en expresar su condena ante la represión y su franco desconocimiento al triunfo de Lukachenko. Paralelamente, Estados Unidos también observó idéntica postura, aunque con cierto tiento, explicable por la actual atmósfera preelectoral. Las movilizaciones de masa, con huelgas y kilométricas cadenas humanas, continuarán hasta conseguir la salida del sátrapa, como último objetivo. Entretanto, se exige la liberación de prisioneros, el fin de la represión, proceso contra los manipuladores del fraude y la convocatoria a nuevos comicios.

Entre las semejanzas con la rebelión boliviana se podría añadir cierta pasividad del estamento militar que, ante la magnitud de la protesta, prefiere adoptar una postura institucional sin comprometer su lealtad con la persona del tirano. Si Evo Morales acusa al imperialismo de querer adueñarse del litio, Lukachenko clama que Washington aspira crear un “cordón sanitario” alrededor de la Federación Rusa que incluya, además los países bálticos. Una intriga que nadie apoya.

Hasta el momento de escribir estas líneas, aún es difícil apostar por el colofón en uno u otro costado. No obstante, la orfandad de Lukashenko, pareciera ser tan abismal como la de Evo Morales.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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