Voces

sábado 16 ene 2021 | Actualizado a 04:58

La A de Anamar

/ 25 de octubre de 2020 / 06:57

La noche de la partida. Ana María Romero de Campero era presidenta del Senado cuando emprendió su vuelo sin retorno. Era la noche del 25 de octubre, la recuerdo con nitidez porque era mi décimo día en la dirección de La Razón. La primera trasnochada. Ya tarde llegó a nuestra redacción el dato no confirmado de que doña Anita nos había dejado. Llevaba meses delicada de salud. Tocaba confirmar y trabajar con doble esmero por tratarse de esa irrepetible referencia del periodismo nacional. Su colega más cercana, Ana Benavides, ya tenía el teléfono apagado, esa era nuestra primera confirmación. Periodistas, políticos, autoridades, amigos, obreros, Bolivia toda sintió un doloroso temblor en el pecho en las horas siguientes. Pasaron exactamente 10 años de ese frío 25 de octubre y siguen abiertos los brazos para envolver a una mujer que puso brillo y toma de posición en el periodismo, que dignificó la política, que inventó la Defensoría del Pueblo, que enamoró al pueblo boliviano.

Su camino. De reportera en varios medios y agencias de noticias a columnista de La Razón. De periodista a Directora del periódico católico Presencia. De Ministra de Prensa e Informaciones de Walter Guevara Arce a Presidenta del Senado bajo el gobierno del Movimiento Al Socialismo, después de aceptar una invitación bajo su anuncio imponente de no perder su espíritu crítico con el mundo político. De mediadora en más de un conflicto del país a primera y más querida Defensora del Pueblo. Competente, segura de ella misma, solidaria, profundamente femenina, fuerte como firme, valiente. Ana Benavides me dijo en esos días, con hondo dolor, que la vio partir hacia la cremación tan solita. Nunca sola, Anita, seguimos millones con ella. Y ella nos miró votar millones hace siete días. Nunca sola. Nunca olvidada.

La cueca. No puedo decir que la conocí bien en lo personal. La seguí con atención en sus diferentes facetas y observé sus huellas en la construcción de la historia boliviana en las últimas décadas, como tantos testigos de su paso. Puso en nuestra mesa dignas piezas periodísticas, logró encauzar afiladas tensiones sociales y políticas; inventó un palacio de todos en la Defensoría del Pueblo que después quedó grande para otros; no le tuvo miedo a la política y menos al qué dirán. Una noche de esas, la periodista Sandra Aliaga convocó a algunos amigos para compartir en su casa en honor a Anita. La recuerdo sentada, cómoda, en el sillón. Chimenea al lado. Pide al de la guitarra su cueca favorita, No le digas. Y con luz en su mirada canta: Si te encuentras con la Ninfa, no le digas que he llorado, dile que en los ríos me viste lavando oro para su cofre. Ahí está ella todavía, calentando nuestros corazones.

Mejor claveles. Queda una confesión por hacer. Su florero está en mi escritorio sin ningún permiso de la dueña. Resulta que cuando mi madre se entera de la partida de Anamar, suelta su tristeza con el adiós más sentido. Luego se queda pensando y me comunica su determinación: “Te daré su florero”. ¿Qué florero? Solo entonces me revela que cuando Romero de Campero era directora del periódico Presencia y mi madre tenía una florería en la planta baja de aquel edificio, la pequeña empresaria mandaba rosas todos los lunes a la Dirección. Lo hacía en señal de agradecimiento ya que Presencia encargaba todos sus ramos a la planta baja. Anamar mandó ese entonces a la diminuta casa de flores dos recipientes de vidrio idénticos, hermosos por igual. Los lunes subía uno con las mejores rosas y bajaba el de la semana anterior con las marchitas. Cuando mi madre me contó esta historia se acordó que Romero había sido dulcemente clara cuando le expresó su preferencia: “clavelitos”. Después dejó de ser la Directora y nadie más pidió flores allí arriba y mi madre se quedó con uno de los floreros guardado, a la espera de su dueña. Al enterarse que no lo reclamaría ya, la ex pequeña empresaria decidió dármelo un día después de la irreparable pérdida, yo cumplía 10 días en la dirección de La Razón y me moría de miedo. Antes de que usted lo piense, lo escribiré yo: ni con toda su cristalería en mi poder me atrevería a pensar en tocar los talones de su ímpetu periodístico. Pero me niego rotundamente a devolver el florero porque llegar a mi oficina y verlo con o sin flores a lo largo de esta década, me recuerda ese rostro de madre, me trae esa sonrisa de defensora del pueblo (así, con minúsculas) y me lleva el demonio de la lucha.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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La A de atrapados

/ 3 de enero de 2021 / 07:02

Atrapados en las redes. Pocos peces logran salir por los mínimos huequitos que estas redes sociales, pese a su tupido entramado, dejan sin control. Peces tamaño ispi que se quedan en un mar excluido del pequeño gran planeta de lo que pasa en “las redes”. Y sí, hay cosas que existen y que transcurren por fuera de ellas. Ya se habrán dado cuenta los “marketineros” de las campañas políticas, ya lo habrán comprendido los líderes políticos urbanos. Pero miremos hoy el interior de ellas.

Para sobrevivir ahí hace falta integrar la manera de operar de los gigantes contemporáneos. La columnista de La Razón Eliana Quiroz nos explicó hace poco cómo funcionan los algoritmos polarizantes: las plataformas de Internet son empresas privadas que cotizan en bolsa, venden acciones y tienen que demostrar que son un buen negocio, o sea que multiplican sus usuarios y que éstos interactúan. La clave es enfrentar (los mensajes amables no generan reacciones) y apostar a que haya gente dispuesta a altos niveles de violencia con tal de ganar la pulseta de posiciones. Nada que ver con ideas complejas o trabajadas. El negocio es el enfrentamiento puro y duro.

Para salir vivos, recomendamos, desde nuestra confesada inexperiencia, algunos tips basados en el “se sufre pero se aprende”.

Tip en Twitter: cuidar esos deditos antes de formar parte del enorme coro de trinos de la Bolivia “enredada” en la polarización, radicalización y la violencia. Trinar como en la morenada, sin llorar; pero sobre todo, sin herir. Y ojo con el vino: le pasó a mi amigo Abelardo Nomeacuerdo que una de esas noches de pandemia se preparó un logrado plato solitario que buscó la compañía de una botella de vino. Juntos abrieron Twitter y… al día siguiente hubo que volver angustiados para descubrir los mensajes de reproche o franco ataque que “el suero de la verdad” había inspirado bajo la luna.

Tip en Facebook: cuidar esos deditos antes de formar parte de la borrachera de la desinformación; o antes de mostrarnos  y exponernos a que nos juzguen en un nuevo trabajo o a que nos identifique un ladrón feisbuquero cuando salimos de vacaciones o a que nos encasille una nueva amistad o un cliente. Sin embargo, como le pasó a mi amiga Francisca Nosequé, se puede descubrir, gracias al feis, que, por ejemplo, un albañil es ante todo una permanente fuente de humor. No vino nunca a pintar la casa pese al compromiso, pero qué buenos memes en medio de la pandemia. El Feis es como una cajita de fósforos, útil para encender una fogata de amor como peligroso y capaz de quemarnos vivos. Como a Juana, la francesa.

Tip en WhatsApp: cuidar esos deditos antes de provocar la tercera guerra mundial desde nuestros encontrones bilaterales o multilaterales o cuadrilaterales. Paciencia de Cristo cuando alguna fuente periodística manda un mensajito a la directora de un diario a las 11h42 de la noche para asegurarse que la noticia de su interés llegó a la Redacción. La receptora, presa del autoritarismo de la confirmación de recepción del mensaje, debe decir algo. Más vale, todos somos blanco de las peores sospechas si dejamos a alguien en “visto”. Y mucho cuidado con cada palabra. Un emoticón mal empleado es un cachorro de dinamita. En el teclado está el diablo.

Tip para grupos de WhatsApp: cuidar esos deditos, amarrarlos, antes de mandar al cuerno el grupo en cuestión. Comenzando con los grupos de trabajo que se reproducen como conejos: el grupo de gerentes, el grupo de equipo de fútbol, el grupo de secretarias, el grupo de periodistas, el grupo del turno y así hasta el infinito y más allá. Cuidadito con mandar la foto equivocada al jefe; cuidadito con reenviar el mensaje al autor de lo reenviado, cuidadito con la llamada que se dispara desde la cartera o el bolsillo, cuidadito con los comentarios sin antes colgar la llamada. Cautela en los grupos de los edificios o del barrio o de la promo del cole: serenidad ante las oraciones religiosas, oídos sordos a las expresiones discriminatorias, paciencia cuando todos, uno a uno, agradecen con manitos y corazones de todo tipo.  Pero sobre todo, cuidadito con los tonos empleados en los grupos de madres y padres, pueden ser una bomba atómica. No escribirse con la pareja en el grupo del curso. Pensar cien veces antes de escribir en mayúsculas (no a todos les gusta el griterío), cien veces antes de meter la política en los asuntos del cole, cien veces antes de la ironía hiriente. La palabra mal empleada no tiene retro.

Moraleja: Deditos, cuenten hasta diez.

Moraleja dos: Más vale silencio en mano que palabras bailando.

Moraleja de cierre: Mejor diccionario en mano que papelones rondando.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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La A de ‘Wilma A’

/ 20 de diciembre de 2020 / 00:42

Wilma Alanoca, ministra de Culturas del gobierno de Evo Morales, asilada en la Embajada de México prácticamente un año junto a otros actores políticos, aceptó ser entrevistada en Piedra, papel y tinta, uno de los espacios de los periódicos La Razón y Extra. La invitamos por el carácter noticioso de su testimonio después de 12 meses esperando un salvoconducto que no llegó pero también, y sobre todo, porque fue la única mujer que pasó la etapa más larga de ese encierro. La larga experiencia diplomática del encargado de Negocios, Edmundo Font, planteó sin duda una base sólida y cálida, como dicta la tradición mexicana, pero no pudo hacer mucho, supongo, con la soledad de la Wilma/mujer. No lo había pensado hasta que una tarde recibí un mensaje en mi teléfono: “Hola. Soy Wilma A”. De un número cualquiera, podía ser Wilma A como podía ser Juan H o Arturo M. Contesté cautelosa pero contesté. Y al ir tejiendo palabras con los dedos, decidí que, sin importar quién esté del otro lado de esa línea, la periodista mujer tenía que mandar una señal solidaria, una señal de aquí estoy, te contesto, trato de aliviar tu situación, no te juzgo porque no me corresponde y te aseguro que tu encierro pasará. Es todo lo que alcanzaba mi confianza con una exministra a quien entrevisté en la televisión dos veces. No la conocía de ningún encuentro adicional. Wilma estaba encerrada, angustiada y eso bastaba no para jugar a la heroína envalentonada desde afuera pero sí para enviar un mensaje humano. Me mandó después otro testimonio de su madre, una mujer de pollera de la tercera edad que vivió el allanamiento de su casa y según detalla, el maltrato y la confiscación de su capital de trabajo y, como postre, de sus joyas. Se suma el dolor de saber a su hija encerrada en una casa sureña bajo el asedio militar, policial y ciudadano. Esa madre, sola a su manera. Sola debió sentirse también la otra señora que por ese tiempo conocí en un viaje del centro a la zona Sur de La Paz en minibús. Subí como Susanita con mis zapatos nuevos en una caja que sostenía con ilusión. El contacto fue tan inmediato que al minuto yo abría mi caja de cartón para mostrar la compra a mi compañera de asiento. De los zapatos pasamos al miedo de la pandemia y el salto fue directo al miedo de que se desate la violencia de noviembre. Me confesó que sola en su casa, no podría hacer nada si “los masistas” vuelven a bajar con palos y fuego. La miré mejor en la obscuridad de ese bus y me puse en su lugar. El temor y la soledad. Como los que sintió Patricia Hermosa, la última jefa de gabinete de Evo Morales, cuando caminaba por la zona del Cementerio porque tuvo que irse a casa de su suegra después de que precintaran su departamento. Fue en una de esas esquinas que cuatro uniformados la detuvieron para decomisar la famosa libreta militar del líder cocalero junto a otros documentos. Fue en otra esquina de la calle Sucre donde no la dejaron salir del vehículo policial cuando pidió un baño. Fue en otra esquina de Obrajes donde la encerraron acusada de sedición y terrorismo y donde se frustró su embarazo. Fue en otra esquina de ese centro penitenciario donde la encerraron con candado, con la bendición de un baño y la ausencia de una ducha. Fue en otra esquina de esa enfermería/celda que desde una ventanita se acercaba una voz para darle apoyo psicológico, la misma por donde recibía las galletas de los amigos que se jugaron el pellejo al visitarla en la cárcel. Solo temor y soledad podía entrar por ese cuadrado de luz. Como las soledades de Susana Rivero lejos de sus hijos, de la periodista Casimira Lema mirando el ataque a su casa, de la periodista Claudia Fernández cuando salió de la suya antes de que le rompan los vidrios, de Adriana Salvatierra corriendo de un lugar a otro, de Nadia Cruz cuando atacaban la Defensoría, de la expulsada embajadora de México, María Teresa Mercado, cuando abrió su puerta para dar asilo, de Cecilia Requena cuando quiso tender puentes, de Gabriela Montaño en Buenos Aires, de la viuda del muerto de Senkata, de la madre del muerto de Sacaba. Todas se parecen a la soledad que nos mostró esa foto de periódico: una  mujer de pollera que salió a la calle a defender “su narrativa”, en medio de los gases, con las trenzas semideshechas, la mirada perdida, sosteniendo como nunca la bandera boliviana pegada a la wiphala.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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La A de amado

/ 6 de diciembre de 2020 / 06:57

Ese miércoles, al agotarse la mañana, quienes vibramos junto a él en las últimas décadas vivimos un congelamiento que solo el sentimiento sabe explicar. “Algo se detuvo en punto muerto y fue tan grande ese silencio” canta el otro gaucho, Fito Páez. La alerta de un teléfono interrumpe una reunión de trabajo. Se fue Maradona. ¿Cómo sigue la vida en la América Latina que se sintió más grande y más digna gracias a su eterna luna de miel con la pelota? ¿Cómo sigue en esa pelota inmensa que es el mundo la pasión del fútbol sin el gigante? Escasos minutos sin el 10 y ya un columnista me reclamaba no tener nada en nuestro periódico digital. Chau reunión, chau planes de miércoles, chau Diego. Los ojos de gran parte de la esfera que habitamos se volcaron sobre él y en el universo internet se pintaban los colores de la bandera argentina. Comenzaba la despedida.

Que el anuncio en La Razón Digital, que el informe especial en La Razón del día siguiente, que Extra busca las mejores imágenes. ¿Cuál será el titular? Imposible superar la osadía de ese impreso francés que puso en letras enormes: “Dios ha muerto”. En contraposición, los canales argentinos lo devolvieron a la mortalidad y al pecado. Ya están cacareando sobre la pelea con la hija, el papel de la primera esposa, el famoso “entorno” (palabra sin nombre ni apellido que carga en sus espaldas la acusación, el origen del mal, la culpa de casi todo).

En el centro de Europa, el presidente francés Macron le dice jugador suntuoso e impredecible. Le dice bailarín con botines, artista, mago del juego, gobernante de la pelota. Evoca el ‘86, cuando en el partido más geopolítico de la historia del fútbol contra la Inglaterra de Margaret Thatcher se registran los dos goles más recordados porque traían justicia sobre las Malvinas y con ella, justicia sobre la América invadida. La soberbia insolente, sentencia Macron, de nuestro enfant terrible. Y qué.

Mientras tanto, en ciudad de Baires se critica la mala organización del gobierno; las decisiones de la ex y dos hijas del astro; la actitud de los que no llevan barbijo y el irrespeto a la distancia en las aglomeraciones de lugares simbólicos desde donde se despidió a Gardel, a Perón y a la llorada Evita durante varios días. Para este cuarto amado, ocho horas y chau Buenos Aires, no te vuelvo a ver.

Una cámara registra, mientras se prepara el velatorio en Casa Rosada, una muchacha en la entrada de La Bombonera. Blusa cualquierita, pantalones cortos que limpian el piso sobre el que se sienta para descansar de su indecible desconcierto, barbijo chueco, mal peinada, cero maquillaje, su hijo de menos de seis le da vueltas mientras espera que saque su tristeza. La mirada de esta embajadora del pueblo no se quiere despegar del piso, le tiembla el pecho, le arde el cuello, le falta el aire, le falta Diego.

Los expertos en fútbol, en leyes, en medicina, en farándula o en nada, desfilan en la pantalla chica, en los periódicos o en las redes para calcular los millones declarados, contar los hijos, confirmar el porcentaje de un imaginado testamento. Mientras un dron sobrevuela la ceremonia íntima, una relatora comenta que es difícil ser hija o esposa o expareja o pareja o amigo de Maradona. Y remata: “Nuestro dron se mantiene a distancia porque queremos ser muy respetuosos de este momento”. A las horas, un conocido periodista se asombra: ¿Cómo la muerte vuelve buena a una persona mala?

Desde que hay autorización, frente al ataúd, desfila la gente. No paran de pasar; hay guardias que garantizan que el adiós no dure más de un par de segundos. Suficientes para dejar delante de esa caja de madera todo el amor. O un oso de peluche. O la camiseta más querida guardada años en la pequeña habitación villera, un aplauso nacido del alma, un grito de estadio, un beso mojado en lágrimas, una mirada, una bandera, un Che, un puño en alto, un “gracias Diego” a todo volumen. Quien cree que es difícil definir la palabra pueblo solo tiene que mirar este desfile para llevarse la más estricta definición. El pueblo de Diego pasó frente a él para devolverle la vida.

Un caricaturista ecuatoriano dibuja al 10 junto a San Pedro, quien le explica que son nubes y no droga. En la calle, otro argentino responde a la pregunta del periodista: “Vine porque tuve una infancia muy difícil, de muchas carencias, y ver jugar a Diego me dio toda la alegría del mundo”. Fidel Castro, Hugo Chávez o Evo Morales deben saber, donde estén, que el incontestable revolucionario de la cancha les debe un par de lecciones. Y es que cuando el pibe pobre hizo soñar a su familia y al barrio, hizo soñar al planeta.

La canción de Rodrigo me persiguió desde el miércoles. Y hoy que al escribir esto ofrezco mi diminuto adiós a este pedazo de pueblo, caen las notas del piano de Fito y bañan sus palabras: Cuando solo vemos bruma, cuando el cuento terminó, todo nos parece intrascendente. Sabe amargo el licor de las cosas queridas, se acabó lo mejor, ¿quién nos quita esta herida? Tengo que correr, tienes que correr, a toda velocidad. Es la hora de huir. La despedida.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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La A de ‘A por él’

/ 22 de noviembre de 2020 / 01:32

“A por él” es una expresión española que a muchos latinoamericanos nos choca por el simple hecho de juntar dos preposiciones. Pero viene muy bien para referirse a la bronca con la que se precipitaron contra el propietario de esta empresa periodística, Carlos Gill, en cuanto asumió el gobierno transitorio de Jeanine Áñez.

El baile comenzó con un sindicato de trabajadores de La Razón que planteó justas demandas sobre atrasos en los pagos de salarios derivando en el paro de actividades de un número importante en la Redacción que no impidió, sin embargo, que el diario circule al día siguiente, contra todo pronóstico. Poco después, en medio de la crisis política y económica poselectoral del año pasado se sumó el reclamo de periodistas por el editorial ¿Golpe de Estado? y las caricaturas de Al-Azar críticas al gobierno inesperado de Áñez; se remató con el pedido de salida de la Directora del diario como condición para cualquier diálogo con el propietario. Las medidas asumidas por el gobierno transitorio ante la pandemia dieron el golpe de gracia a una crisis económica insostenible en una empresa que debía destinar el 80% de sus ingresos al pago de su planilla. Las impostergables medidas de reducción de personal fueron las que convirtieron a “don Carlos” en “el magnate” que deja a trabajadores en la calle por no citar otras perlas que circularon en las redes con amplia difusión de extrabajadores y un par de entusiastas periodistas hace años pendientes del devenir de La Razón. Paralelamente, algunos medios de la competencia se sumaron a tan ardiente fogata para llenar sus páginas de información y opinión con la versión que más les gustaba de la peor crisis de La Razón y Extra: que Carlos Gill era el empresario detrás del masismo y que La Razón aprobaba sus contenidos en el Ministerio de Comunicación de Evo Morales porque dependía de la publicidad gubernamental. Y se dieron cuerda con esa cantaleta que alimentaba su satisfacción. Paralelamente, la entonces senadora Carmen Eva Gonzales iniciaba una demanda legal contra Carlos Gill con varias acusaciones sobre la compra de este medio. Semanas después, sorpresivamente recibimos una mañana la visita de una fiscal y tres investigadores en las instalaciones centrales de la empresa periodística en La Paz. Exactamente a la misma hora llegaban representantes del Ministerio de Trabajo para hacer una inspección no anunciada de nuestras medidas de bioseguridad. Fueron semanas en las que circuló un informe dependiente del Ministerio de Economía bajo la batuta de Óscar Ortiz difundido por manos de periodistas apuntando a que La Razón y Extra se habían adquirido con fondos del programa “Evo Cumple”. Publicamos un extenso comunicado rechazando rotundamente con pruebas documentadas todas las acusaciones que, por supuesto, no tuvo la misma resonancia que el escándalo inicial lanzado por la esfera política y amplificado por ciertos parlantes mediáticos. Así, este culebrón no está cerca de terminar: continúa la defensa legal del accionista mayoritario de la empresa, nos guía la confianza que da la transparencia. Tampoco se detiene el esfuerzo de su equipo por sacar a flote los diarios tan duramente golpeados en estos últimos meses. El prestigio de nuestras marcas periodísticas y la lealtad de nuestros lectores resultaron ser una amalgama más sólida que la bronca y la mala fe.

Resiliencia, trabajo, sacrificio, creatividad, austeridad, solidaridad y alegría resultaron ser el cóctel más dulce de la sobrevivencia. Es cabalmente en ese intento de deletrear “sobrevivencia” con el abecedario del esfuerzo que recordé la noche en la que conocí a Gill. Yo llevaba poco tiempo en el cargo cuando él pudo llegar, pese a la altura paceña, a la rotativa. Recuerdo que había como una decena de personas en mi oficina, entre miembros del directorio, jefes de Redacción, gerentes, Carlos y la todavía asustada nueva Directora. Al terminar la reunión, él pone el punto final deseándome suerte y da paso a la desconcentración. Cuando terminan de salir todos, cierra la puerta con los dos adentro para decirme claramente que podía yo trabajar con quien me sienta a gusto y con autonomía en las decisiones. Y que podía contar con él. Pasó una década. Miro hacia atrás y constato que se confirmó lo ofrecido en aquel primer encuentro. Hoy puedo decir alto y claro que de Carlos Gill solo hemos recibido confianza en la gestión de la empresa, su distancia sana de las decisiones periodísticas de los medios, el aporte de soluciones en los directorios, la serenidad en los días y noches de tormenta, el optimismo y la risa en medio de la obscuridad. Él tiene muchas expresiones según el momento, según la dificultad, según la celebración; pero si hay que elegir una, no tengo dudas de mi favorita: “De lo malo, lo bueno”. Y aquí estamos.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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La A de Al-Azar

/ 8 de noviembre de 2020 / 03:24

“Yo te conozco de antes, cuando me fui no me alejé.”

Fito Páez

Cuando me incorporé a La Razón, Al-Azar ya tenía su espacio en las páginas de opinión. Un gran pedazo del país conoce su talento. A quien me quiera escuchar le digo que es el mejor caricaturista que hoy tiene Bolivia. Se llama Alejandro Salazar, estudió arquitectura y es autodidacta en el seductor mundo de la caricatura. Dibujante compulsivo, ha ilustrado un largo número de publicaciones y al mismo tiempo es un prisionero de la caricatura política siendo en el fondo un prófugo de los cálculos políticos. La de líos que desataron sus caricaturas. A la Dirección llegaban desde atrevidas quejas de ministerios a través de inexpertos comunicadores, burdos intentos de autoridades municipales al insinuar que había desinformación, diplomáticas precisiones de embajadores de todos los plumajes sobre los temas internacionales, hasta cartas con amenazas de iniciar procesos enviadas por comités cívicos por “insultar a los orureños” o “faltar al respeto a los tarijeños” cuando no “ciudadanos indignados con un dibujo” que después intentaron quemar nuestras oficinas. Siempre fue fácil sacar cara por este lápiz ingenioso y crítico pues se sumaban en minutos los apoyos en las redes y en la vida real. Hasta que se desató la crisis poselectoral del año pasado. No le tembló la mano e hizo desfilar tanques, pinochos y pueblo perseguido en el cuadrito blanco que comparte frontera con el espacio editorial. Y como el atrevimiento es contagioso, en esos días se publicó un editorial que titulaba ¿Golpe de Estado? al que un grupo de periodistas de La Razón le quitó los signos de interrogación, lo puso en una canastita con las caricaturas de Al Azar y salió por el bosque mediático a decir que no estaba de acuerdo con el texto ni con el dibujo. Se encendió así un conflicto que ya se cocinaba a fuego lento. A las preocupaciones absolutamente legítimas del sindicato de esta empresa reclamando por el atraso de días en el pago de salarios, el atraso de meses en el pago de un bono de transporte o el descontento con la gestión de la directora, se sumó este desacuerdo. Nada más sano que un periodista disienta del editorial o de la caricatura. Pero consideraciones como ésta ya no cabían cuando lo que exigía al propietario era la renuncia de la directora (asunto que ya da para una telenovela turca con actores cruceños, paceños, poblanos y pueblerinos) y se pedía en voz baja no publicar a Al-Azar. No cedimos. A la fogata de amor se unieron voces externas que opinaron más con la bronca que con la información completa y veraz. La seño de la Dirección se quedó y sigue dando batalla al lado de la rotativa. Pero un espíritu tan sensible como Alejandro dejó de batir sus alas. Por unas semanas publicamos el espacio en blanco porque el artista me encargó comunicar a los lectores que dejaba de dibujar por no contar con las condiciones mínimas y en respuesta a la protesta de periodistas de su misma casa periodística. Se calló, dobló sus alas y se fue a pie.

La historia que rodea su alejamiento es más compleja, tiene que ver con una cadena de ataques políticos, mediáticos y judiciales al propietario de este periódico, Carlos Gill. Respondimos en su momento mediante una publicación en este mismo diario sin la esperanza de convencer a los que siguen tirando piedras a nuestras ventanas pero con la certeza de haber aclarado las dudas de un número imponente de lectores que sigue comprando nuestras ediciones y ha decidido reproducirse en nuestras página y plataforma digitales. Sin embargo la lucha no es completa si, pese a una interesante propuesta fotográfica en estos meses, ese rectángulo de papel sigue sediento del cosquilleo del lápiz que interpreta e interpela desde la inteligencia, la genialidad, el humor. Así que nos volvimos a sentar con el artista de la discordia.

Al-Azar vino con el aire de siempre. Sigue con barba, no perdió el gusto por los jeans, aún conserva la voz baja, su risa que todo lo compone goza de buena salud y, como era de esperarse, llegó en compañía de su inseparable timidez. Quedamos en que retoma su trabajo tres veces a la semana: el miércoles y viernes en la página editorial y el domingo en el Animal Político. Quedamos en que caricaturista y periódico tienen que aprender a cuidarse mejor uno al otro y compartir las responsabilidades. Cuando terminó la reunión sacó sus alas, las desdobló y se las enganchó en la parte superior de su espalda, sobre el delgado suéter. Y se fue a dibujar para regalarle a usted el retorno que hoy celebro a todo color. Mariposa tecknicolor. “Y hoy solo te vuelvo a ver”.

Claudia Benavente es doctora en ciencias sociales y stronguista.

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