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domingo 25 oct 2020 | Actualizado a 07:15

El partido de Trump aún puede ser la ruina

/ 17 de octubre de 2020 / 22:28

Después de 2016, nadie debería dar nada por hecho pero, en este momento, todo parece indicar que Joe Biden puede vencer a Donald Trump, y tal vez por un amplio margen. Sin embargo, el partido de Trump todavía puede tener la posibilidad de infligir un enorme daño a Estados Unidos y al mundo en los próximos años.

En primer lugar, aunque también se espera que los demócratas asuman el control del Senado, las probabilidades no son tan altas como en la contienda presidencial. ¿Por qué? Porque el Senado, que le da al votante promedio en Wyoming 70 veces más peso que al votante promedio en California, es un organismo muy poco representativo.

Y parece que un presidente que tal vez esté a punto de dejar de tener influencia por no reelegirse (y que perdió el voto popular incluso en 2016) junto con un Senado que representa a una minoría del pueblo estadounidense están a punto de instaurar una supermayoría de derecha en la Corte Suprema. Si quieren un adelanto de lo mal que esto puede resultar, vean lo que está pasando en Wisconsin.

Verán, Wisconsin está pasando por una espantosa ola de coronavirus, que parece encaminada a igualar la ola que golpeó a Arizona en el verano. Al final, Arizona logró contener el brote con órdenes de usar cubrebocas, cierres de bares y restricciones a las reuniones en espacios cerrados. Sin embargo, la legislatura republicana de Wisconsin obstaculizó los intentos de Evers de controlar la pandemia.

Y el miércoles un juez republicano bloqueó una orden que limitaba el número de personas que pueden reunirse en bares y otros lugares públicos.

Entonces, en Wisconsin, un partido rechazado por el electorado está logrando infligir un daño inmenso, que tal vez incluya cientos de muertes innecesarias. Y algo similar pero mucho peor podría ocurrir muy fácilmente a nivel nacional.

Antes que nada, si bien Trump tiene muy pocas posibilidades de ganar el voto popular, aún podría obtener la victoria, aunque a duras penas, en el Colegio Electoral. Si lo hace, podría ser el fin de la democracia en Estados Unidos.

Un resultado más probable es que Trump pierda, pero que los republicanos conserven el Senado. En ese caso, sabemos exactamente lo que pasará: sabotaje fiscal a gran escala. Es decir, el Partido Republicano, al que no le han importado en absoluto los déficits presupuestarios de Trump, redescubrirá repentinamente los males de la deuda gubernamental y bloqueará todos los esfuerzos del gobierno de Biden para sostener la economía y los niveles de vida frente a una pandemia.

Incluso si los demócratas logran hacerse del control del Senado y la Casa Blanca, ahora es casi seguro que se enfrentarán a una Corte Suprema de 6 votos contra 3; es decir, un tribunal dominado por los nombramientos de un partido cada vez más extremista que solo ha obtenido el voto popular a la presidencia una vez en las últimas tres décadas.

En las audiencias de confirmación de Amy Coney Barrett, los demócratas han insistido, con razón y de manera comprensible, en la posibilidad de que un tribunal de este tipo utilice argumentos transparentemente espurios para anular la Ley de Atención Médica Asequible, que ocasionaría que decenas de millones de estadounidenses se queden sin la cobertura de un seguro médico.

El fallo de Roe contra Wade también está en peligro evidente.

No obstante, diría que la mayor amenaza de este tribunal es para la política ambiental.

Pongámoslo de esta manera: supuestamente, Charles Koch está invirtiendo millones de dólares para que se confirme a Barrett.

Eso no se debe a su apasionada oposición al derecho al aborto, ni siquiera, probablemente, a que desee que se anule la Ley de Atención Médica Asequible. Lo que busca, sin duda, es un tribunal que bloquee la regulación gubernamental para las empresas y, sobre todo, un tribunal que frene los esfuerzos del gobierno de Biden para tomar medidas contra el cambio climático.

Como era de esperarse, cuando a Barrett se le preguntó durante su audiencia sobre el cambio climático, pronunció las temidas palabras: “Ciertamente no soy científica”. A estas alturas, todos sabemos lo que eso significa.

No es una expresión de humildad; es una señal de que el orador tiene la intención de ignorar la ciencia y oponerse a cualquier intento de evitar la mayor amenaza que enfrenta la humanidad.

Es difícil exagerar lo peligroso que será si el poder de la Corte Suprema termina siendo utilizado para socavar la protección del medioambiente. Biden ha dejado claro que la acción climática será una parte central de su agenda económica. Y esta acción está a punto de llegar demasiado tarde. Ya estamos empezando a ver los efectos del calentamiento global en forma de incendios e inundaciones y si desperdiciamos los próximos años puede que sea demasiado tarde para evitar la catástrofe.

En otras palabras, si una Corte Suprema conformada por republicanos bloquea una política climática efectiva, no solo será indignante, sino desastroso para Estados Unidos y el mundo. Así que no podemos permitir que eso suceda. Olvídense de todo lo que se ha dicho sobre las normas (que solo parecen aplicar a los demócratas de todos modos). Aquí lo que está en juego podría ser el futuro de la civilización.

Diría que la mayor amenaza de la Corte Suprema de Estados Unidos es para la política ambiental

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y Columnista de The New York Times

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¿A cuántos estadounidenses matará Ayn Rand?

/ 24 de octubre de 2020 / 04:22

Hace mucho tiempo, en una nación muy muy lejana (en realidad, apenas la primavera pasada), muchos conservadores menospreciaron el poderío del COVID-19 y calcularon que solo causaría problemas en Nueva York. Es cierto que en los primeros meses de la pandemia el área de Nueva York, que fue el puerto de entrada para muchos visitantes infectados provenientes de Europa, sufrió un fuerte embate. Sin embargo, concentrar en Nueva York las acciones en respuesta a esa acometida también ayudó a respaldar la retórica de derecha sobre una “matanza estadounidense” causada por los terribles males de las ciudades densamente pobladas y diversas. Los estados rurales blancos se creyeron inmunes.

A fin de cuentas, Nueva York controló el brote viral, en gran parte gracias al uso generalizado de cubrebocas, y en este momento esa “jurisdicción anarquista” es uno de los lugares más seguros del país. Con todo y que existe un preocupante repunte en algunos barrios, en especial en comunidades religiosas que no han respetado las normas de distanciamiento social, la tasa de positividad de la ciudad de Nueva York (la fracción de pruebas que muestran la presencia del coronavirus) se ubica apenas por encima del uno por ciento.

Por desgracia, justo cuando Nueva York logró contener su pandemia el coronavirus se disparó fuera de control en otras áreas del país. Observamos un mortífero repunte durante el verano en una extensa zona del Cinturón del Sol. En este momento, el virus se propaga con rapidez por una vasta extensión del Medio Oeste; es posible que las Dakotas, en particular, sean ahora los lugares más peligrosos de Estados Unidos.

El fin de semana pasado, Dakota del Norte, cuyo promedio diario de casos nuevos de coronavirus superó los 700, solo tenía 17 camas disponibles en sus servicios de terapia intensiva. Dakota del Sur, por su parte, tiene una aterradora tasa de positividad del 35%. Aunque la tendencia es que las muertes vayan desfasadas con respecto a las infecciones y hospitalizaciones, en este momento ya se registran más muertes en las Dakotas que en el estado de Nueva York, cuya población equivale a diez veces la población combinada de las Dakotas. Lo peor es que hay muchas razones para temer que la situación empeore conforme las temperaturas más frías obliguen a las personas a permanecer en espacios interiores y la COVID-19 interactúe con la temporada de resfriados.

¿Pero por qué sigue pasando esto? ¿Por qué Estados Unidos sigue cometiendo los mismos errores?

El desastroso liderazgo del presidente Donald Trump, por supuesto, es un factor importante. No obstante, también culpo a Ayn Rand o, de manera más generalizada, a una interpretación distorsionada del liberalismo libertario, una malinterpretación del concepto mismo de libertad.

Si le ponemos atención a las frases que usan los políticos republicanos ahora que la pandemia arrasa sus estados, se percibe una gran negación de la ciencia. La gobernadora Kristi Noem, de Dakota del Sur, ha adoptado por completo la ideología de Trump: cuestiona la utilidad de los tapabocas y alienta la realización de eventos que podrían ser superpropagadores (el festival de motocicletas de Sturgis, que atrajo a casi medio millón de motociclistas a su estado, quizás haya sido clave para disparar el número de infecciones virales).

Claro que también se escucha mucha retórica libertaria, comentarios sobre la “libertad” y la “responsabilidad personal”. Incluso los políticos dispuestos a decir que la gente debería cubrirse la cara y evitar las reuniones en interiores se niegan a aplicar sus facultades para imponer reglas en ese respecto, con el pretexto de que esas acciones deberían ser el resultado de una elección individual.

Qué tontería.

Es cierto que hay muchas decisiones que deben basarse en preferencias individuales. El gobierno no tiene por qué opinar acerca de tus gustos culturales, tus creencias o las actividades que realizas con otros adultos capaces de dar su consentimiento.

Pero rehusarnos a utilizar un cubrebocas durante una pandemia o insistir en reunirnos en grupos numerosos en espacios interiores no puede comparase con la decisión de a qué iglesia asistir. Es más parecido a verter aguas residuales en una presa que les surte agua potable a otras personas.

Aunque parezca increíble, todavía hay muchas personalidades destacadas que no parecen comprender (o no están dispuestas a hacerlo) por qué debemos cumplir con las reglas de distanciamiento social. La principal razón no es que queramos protegernos a nosotros mismos. Si fuera así, por supuesto que sería una cuestión de elección personal. Pero en este caso, más bien se trata de no poner en peligro a otros. Es cierto que usar una mascarilla protege en cierta medida al portador, pero su principal función es reducir las probabilidades de que esa persona infecte a otros.

En otras palabras, en estos momentos cualquier conducta irresponsable es, en esencia, una especie de contaminación. La única diferencia radica en cuán grande es el cambio de conducta necesario. Se puede hacer mucho para controlar la contaminación con solo regular a las instituciones de tal forma que las plantas eléctricas emitan menos dióxido de azufre o exigir que los automóviles tengan convertidores catalíticos. Si bien las decisiones individuales, como preferir papel o plástico, caminar o conducir, no son totalmente intrascendentes, sus efectos son tan solo marginales.

Controlar una pandemia, en cambio, requiere sobre todo que las personas modifiquen su conducta: que cubran su rostro o eviten convivir en bares, por ejemplo. No obstante, el principio es el mismo.

No niego que algunas personas se enfurecen a la mínima insinuación de que deberían soportar algún tipo de molestia en favor del bien común. De hecho, por razones que no comprendo bien, parecen enfurecerse todavía más cuando la molestia involucrada es trivial. Por ejemplo, ahora que el número de estadounidenses que mueren cada semana de COVID-19 ronda los 5.000, Donald Trump está obsesionado con los problemas que parecen ocasionarle los inodoros de bajo consumo.

Pero no es momento de preocuparnos por obsesiones insignificantes. Tal vez Trump se queje de que “lo único que escuchas es COVID, COVID, COVID”. Sin embargo, lo cierto es que el rumbo actual de la pandemia es aterrador. Por eso necesitamos más que nunca tener al mando a políticos dispuestos a tomar en serio el problema.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía y columnista de The New York Times.

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El enfoque estalinista de Trump hacia la ciencia

/ 30 de septiembre de 2020 / 02:57

Estos días he estado pensando en Trofim Lysenko.

¿En quién? Lysenko era un agrónomo soviético que decidió que la genética moderna estaba equivocada y que, de hecho, era contraria a los principios marxistas-leninistas. Incluso negó la existencia de los genes, mientras insistía en que las posturas sobre la evolución desacreditadas hace mucho tiempo eran, en efecto, correctas. Los verdaderos científicos se maravillaron ante su ignorancia.

Sin embargo, a Josef Stalin le simpatizaba, por lo que las posturas de Lysenko se convirtieron en doctrina oficial y los científicos que se negaron a respaldarlas fueron enviados a campos de trabajo o ejecutados. El lysenkoísmo se convirtió en la base de gran parte de la política agrícola de la Unión Soviética y al final contribuyó a las desastrosas hambrunas de la década de 1930.

¿Todo esto le suena un poco familiar dados los recientes acontecimientos en Estados Unidos?

Quienes se preocupan por una crisis de la democracia en Estados Unidos (todos aquellos que están poniendo atención) suelen comparar a Donald Trump con autócratas como el húngaro Viktor Orbán y el turco Recep Tayyip Erdogan, no con Stalin. De hecho, si el Partido Republicano se ha convertido en un partido extremista y antidemocrático, y es cierto, es un extremismo de la derecha.

Sin embargo, aunque nadie acusaría a Trump de ser un izquierdista, su estilo político siempre me recuerda al estalinismo. Al igual que Stalin, Trump ve conspiraciones vastas e inverosímiles en todas partes: anarquistas que de alguna manera controlan las grandes ciudades, izquierdistas radicales que controlan a Joe Biden de algún modo, conspiraciones secretas en su contra en todo el gobierno federal. También resulta significativo que aquellos que trabajan para Trump, así como los oficiales estalinistas, terminan siendo expulsados y vilipendiados de manera constante, aunque no son enviados a los gulags, al menos no todavía.

Y el trumpismo, así como el estalinismo, parece inspirar un especial desdén por la experiencia y una afición por los charlatanes.

El 24 de septiembre, Trump dijo dos cosas que, si me preguntan, merecían titulares. Lo más alarmante es que se negó a comprometerse a llevar a cabo una transición pacífica del poder si pierde las elecciones.

No obstante, también indicó que podría rechazar los nuevos lineamientos de la Administración de Alimentos y Medicamentos  (FDA, por su sigla en inglés) para aprobar una vacuna contra el coronavirus, con el argumento de que el anuncio de estas directrices “suena a una estrategia política”. ¿Cómo?

Muy bien, todos entendemos lo que está pasando aquí. A muchos observadores les preocupa que el equipo de Trump, en un esfuerzo por influir en las elecciones, anuncie que tenemos una vacuna segura y eficaz contra el coronavirus lista para administrarse, aunque no la tengamos (y es casi seguro que no la tengamos tan pronto). Así que la Administración de Alimentos y Medicamentos estaba tratando de tranquilizar al público sobre la integridad de su proceso de aprobación.

Y realmente necesitamos esa tranquilidad, porque el gobierno de Trump nos ha dado todas las razones para desconfiar de las declaraciones de las agencias de salud pública.

El mes pasado, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (los CDC, por su sigla en inglés) emitieron una nueva directriz que establecía que no era necesario que las personas expuestas al coronavirus que no presentaran síntomas de COVID-19 se hicieran la prueba para confirmar que tenían el virus, contrario a las recomendaciones de casi todos los epidemiólogos independientes. Los informes posteriores revelaron que este nuevo lineamiento fue desarrollado por personas con cargos políticos, y no cumplió con el proceso de revisión científica.

Hace poco, los CDC advirtieron sobre la transmisión aérea del coronavirus (en esta ocasión, coincidiendo con lo que dicen los expertos) pero pocos días después de manera repentina eliminaron esa directriz de su sitio web. No sabemos exactamente lo que pasó, pero es difícil no notar que el lineamiento retirado habría dejado claro que los recientes mítines de Trump, en los que participan grandes multitudes en espacios cerrados, con pocas personas con cubrebocas, constituyen importantes riesgos para la salud pública.

Así que la Administración de Alimentos y Medicamentos estaba tratando de asegurarnos que no se dejará corromper por la política como parece ser que le sucedió a los CDC. Y, en esencia, Trump humilló a la agencia. Su afirmación de que las nuevas pautas suenan políticas en realidad significaba que no eran lo suficientemente políticas, que quiere mantener abierta la posibilidad de anunciar una vacuna a fin de que le ayude a quedarse en el poder.

Sin embargo, si personas viles en la política están tomando las decisiones en los CDC y se le dice a la FDA que se calle y siga la línea del partido, ¿quién asesora a Trump sobre la política de la pandemia? Que pasen los charlatanes.

Se sabe que la presión desastrosa de Trump para una pronta reapertura en abril estuvo influenciada por los escritos de Richard Epstein, un profesor de Derecho que de algún modo decidió que era un experto en epidemiología y que la COVID-19 no mataría a más de 500 personas, un número que acabó por convertirse en 5000, que es más o menos la cantidad de personas que mueren a la semana en la actualidad.

Pero el charlatán del momento es Scott Atlas, un radiólogo sin experiencia en enfermedades infecciosas que, a pesar de ello, impresionó a Trump con sus apariciones en Fox News. La oposición de Atlas al requisito de usar cubrebocas y su defensa de dejar que el coronavirus se propague hasta que hayamos alcanzado la “inmunidad grupal” están muy en desacuerdo con lo que dicen los epidemiólogos de verdad, pero es lo que Trump quiere oír y al parecer Atlas se ha convertido en un asesor clave de la política de la pandemia.

Eso es lo que me hizo pensar en Trofim Lysenko. Como Stalin, Trump denigra y acosa a los expertos y sigue los consejos, sobre lo que deberían ser cuestiones científicas, de personas que no saben de qué están hablando, pero le dicen lo que quiere oír.

¿Y saben qué sucede cuando un líder nacional hace eso? La gente se muere.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times Company, 2018. Traducción de News Clips.

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¿Qué tiene Trump contra los cubrebocas?

/ 23 de septiembre de 2020 / 02:32

Lo crean o no, y sé que mucha gente se negará a creerlo, en estos momentos puede que la ciudad de Nueva York sea uno de los mejores lugares de Estados Unidos para evitar contraer coronavirus.

En todo el estado de Nueva York, la cantidad de personas que mueren diariamente a causa de COVID-19 apenas es ligeramente superior a la cantidad de personas que fallecen en accidentes de tráfico. En la ciudad de Nueva York, solo alrededor del 1% de las pruebas de coronavirus dan positivo, en comparación con, por ejemplo, más del 12% en Florida.

¿Cómo llegó Nueva York a este punto desde los días de pesadilla de abril? No es ningún misterio: la inmunidad grupal parcial puede ser un factor menor, pero lo más importante es que el estado hizo cosas sencillas y obvias para limitar la transmisión del virus. Los bares están cerrados; comer en espacios cerrados sigue estando prohibido. Y lo más importante, el uso de cubrebocas es obligatorio y, en general, la gente los usa.

Nueva York no es la única historia de éxito. Al principio, el gobernador republicano de Arizona, Doug Ducey, lo hizo todo mal; no solo dejó abiertos los bares, sino que se negó a que los alcaldes (en su mayoría demócratas) de las ciudades más grandes del estado impusieran el uso obligatorio de cubrebocas en sus localidades. El resultado fue un enorme aumento de los casos: durante varias semanas de julio fallecía casi la misma cantidad de personas diariamente en Arizona, con una población de siete millones de habitantes, que en toda la Unión Europea, con una población de 446 millones de personas.

Entonces Ducey dio marcha atrás, cerró los bares y los gimnasios. No impuso el uso obligatorio de cubrebocas en todo el estado, pero permitió que las ciudades tomaran medidas. Y tanto los casos como las muertes disminuyeron de manera marcada, aunque no a los niveles de Nueva York.

En otras palabras, sabemos lo que funciona. Por ello resulta extraño y aterrador que al parecer Donald Trump haya decidido pasar las últimas semanas de su campaña de reelección burlándose y desalentando el uso de cubrebocas y otras precauciones antipandémicas.

El comportamiento de Trump en este y otros temas en ocasiones parece un rechazo a la ciencia, lo cual es cierto en lo que a esto respecta.

Después de todo, su escepticismo con respecto a los cubrebocas no solo está en desacuerdo con lo que casi todos los expertos externos han declarado, sino que está en conflicto directo con lo que dicen sus propios funcionarios de salud, gente como Robert Redfield, el jefe de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades nombrado por Trump. Horas después de la declaración en el Congreso de Redfield de que los cubrebocas son “la herramienta de salud pública más importante y poderosa que tenemos” en la lucha contra la pandemia, Trump dijo que “hay muchos problemas con los cubrebocas”.

Pero creo que también es importante entender el argumento que estaba tratando de presentar con mis ejemplos de Nueva York y Arizona: la defensa de los cubrebocas no se basa solo en una detallada investigación científica que a la gente común y corriente le puede parecer difícil de entender. Este argumento también se confirma por la experiencia vivida en regiones que sufrieron graves brotes de coronavirus pero que los controlaron.

Entonces, ¿cómo puede ser que la campaña en contra de los cubrebocas siga siendo un factor importante que impida a Estados Unidos hacer frente a esta pandemia?

A veces se ve a personas que sugieren que el uso de cubrebocas, en cierta forma, es incompatible con la cultura individualista de Estados Unidos. Y si eso fuera cierto, sería una condena de esa cultura. Después de todo, hay algo muy equivocado en cualquier definición de libertad que incluya el derecho a exponer gratuitamente a otras personas al riesgo de enfermedad y muerte, que es lo que significa negarse a usar un cubrebocas en una pandemia.

Sin embargo, no creo que esto sea un fenómeno cultural profundamente arraigado. Algunos podrán desestimar el consenso generalizado que veo a mi alrededor diciendo que Nueva York no representa al “verdadero Estados Unidos”. Pero incluso dejando de lado el hecho de que el Estados Unidos del siglo XXI es principalmente urbano, casi la mitad de los estadounidenses viven en áreas metropolitanas con más de un millón de personas, ¿dirían lo mismo de Arizona?

Y tengan en cuenta que desde que me acuerdo, muchas tiendas y restaurantes han tenido carteles en sus puertas con la leyenda “sin camisa, sin zapatos, sin servicio”. ¿Cuántos de estos establecimientos han sido asaltados por multitudes de manifestantes con el pecho desnudo?

En resumen, la campaña contra los cubrebocas no tiene que ver realmente con la libertad, el individualismo ni con la cultura. Es una declaración de lealtad política, impulsada por Trump y sus aliados.

¿Pero por qué hacer un tema partidista de lo que debería ser una política de salud pública clara? La respuesta bastante obvia es que estamos viendo los esfuerzos de un político amoral para rescatar su tambaleante campaña.

La recuperación parcial de la economía de su caída a principios de este año no le ha dado a Trump los dividendos políticos que esperaba. Sus intentos de despertar el pánico con la afirmación de que activistas radicales van a destruir los suburbios no han tenido éxito y, en términos generales, los electores ven a Joe Biden como el mejor candidato para mantener la ley y el orden.

Y tal vez sea demasiado tarde para cambiar la opinión de la mayoría de los votantes que creen que Trump ha renunciado a luchar contra el coronavirus.

Así que su última estratagema es un intento de convencer a la gente de que la amenaza de la COVID-19 ha terminado. Pero el uso generalizado de cubrebocas es un recordatorio constante de que el virus sigue ahí fuera; por eso el renovado impulso de Trump de ir en contra de la más simple y sensata de las precauciones de salud pública.

Como estrategia política, esta estratagema tal vez no funcione, pero sí conducirá a muchas muertes innecesarias.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times Company, 2018. Traducción de News Clips.

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La respuesta de Trump al coronavirus fue más que incompetente

/ 13 de septiembre de 2020 / 05:31

La mayoría de los casos en los que los automóviles matan a los peatones seguramente reflejan negligencia: los conductores estaban demasiado ocupados hablando por el celular o pensando en sus partidos de golf como para darse cuenta de que un anciano cruzaba la calle delante de ellos. Un puñado son actos de homicidio, como cuando un hombre mató a una mujer al dirigir su auto directamente contra los manifestantes en un mitin neonazi en Charlottesville, Virginia.

Sin embargo, los conductores a veces terminan matando a otras personas porque incurrieron en un comportamiento claramente peligroso, como conducir muy por encima del límite de velocidad y pasarse varios semáforos en rojo. Las muertes resultantes no se consideran un asesinato. Pero pueden considerarse un homicidio involuntario, que es cuando una persona no tenía la intención específica de matar a alguien, pero sus acciones irresponsables acabaron por quitarle la vida de cualquier modo.

Hasta esta semana pensaba que el manejo desastroso de la COVID-19 por parte del presidente Donald Trump era simplemente negligencia, incluso si esa negligencia era intencionada; es decir, que no entendía la gravedad de la amenaza porque no quería oír hablar de ella y se negó a tomar medidas que podrían haber salvado miles de vidas estadounidenses porque implementar políticas efectivas no es lo suyo.

No obstante, estaba equivocado. Según el nuevo libro de Bob Woodward, “Rage”, no es que Trump no supiera; a principios de febrero sabía que la COVID-19 era mortal y que se transmitía por vía aérea. Y no estamos hablando de recuerdos que se contraponen: Woodward tiene una grabación de Trump. Sin embargo, el mandatario siguió celebrando grandes mítines en interiores, menospreciando las medidas de precaución y presionando a los estados para que reabrieran la economía a pesar del riesgo de infección.

Y sigue haciendo esas mismas cosas, incluso ahora.

En otras palabras, una gran fracción de los más de 200.000 estadounidenses que seguramente morirán de COVID-19 para el día de las elecciones habrán sido víctimas de algo mucho peor que mera negligencia.

Hay que decirlo claramente: si un ciudadano particular hubiera hecho lo que ahora sabemos que hizo Trump sin duda estaría en serios problemas jurídicos. Por ejemplo, pensemos en las demandas que probablemente se interpongan contra el director ejecutivo de una empresa que sabía que el lugar de trabajo de su compañía era peligroso pero que mintió sobre ello, se negó a tomar medidas y amenazó a los trabajadores con despedirlos si no se presentaban a laborar.

Ahora bien, Trump no se enfrentará a una rendición de cuentas comparable, en parte por el cargo que ocupa, en parte porque el partido que dirige es pusilánime y no lo hará responsable de nada. Pero dejemos de lado el hecho de que tenía conocimiento por un momento, ¿de acuerdo? La enormidad de la mala conducta de Trump debería ser la historia principal aquí, no la especulación sobre si enfrentará alguna consecuencia.

¿Hay alguna excusa para las acciones de Trump? Un argumento que a veces se escucha es que, una vez que se ajusta a la población, se encuentra que algunos países europeos han perdido casi a tanta gente por la COVID-19 como el Estados Unidos de Trump, aunque nuestra reciente tasa de nuevas muertes es mucho más alta, por lo que pronto nos alejaremos del pelotón.

Sin embargo, cuando las acciones de un ciudadano ordinario ocasionan la muerte de otra persona, tanto las circunstancias como la motivación importan.

De los demás países con altas tasas de mortalidad, Italia fue la primera nación occidental en tener un brote importante y hubo muchas muertes antes incluso de que los expertos comprendieran en su totalidad lo que había que hacer.

Suecia y el Reino Unido sufrieron mucho porque en un principio confiaron en la doctrina de la “inmunidad de grupo” para resolver la pandemia. Esta fue una política terrible, que el Reino Unido acabó por abandonar. De manera oficial, Suecia nunca cambió su política, aunque en la práctica terminó recurriendo al distanciamiento social generalizado.

No obstante, hay una gran diferencia entre los errores, aunque sean mortales, y el engaño deliberado. Solo en Estados Unidos el jefe de Estado sabía que estaba tranquilizando a la gente sobre una enfermedad que él sabía no solo que era mortal sino además de fácil propagación.

Trump justificó su ocultamiento de los peligros de la COVID-19 como un deseo de evitar el “pánico”. Eso es mucho decir de un tipo que comenzó su presidencia con advertencias sobre la “carnicería estadounidense” y que actualmente está tratando de aterrorizar a los suburbios con visiones de hordas desbocadas de antifascistas. Pero, ¿exactamente cuáles eran los peligros del pánico que le preocupaban?

Después de todo, decir la verdad sobre el coronavirus no habría sido como gritar “¡Fuego!” en un teatro lleno de gente. Lo único que el temor hubiera motivado a hacer a la gente habría sido quedarse en casa cuando fuera posible, evitar las aglomeraciones, lavarse las manos, entre otras cosas. Y todas estas acciones eran algo que la gente debería haber estado haciendo. De hecho, una vez que la gente comenzó a “entrar en pánico” en lugares como Nueva York, las tasas de infección bajaron mucho.

Por supuesto, todos tenemos una idea bastante buena de lo que Trump estaba diciendo en realidad: a lo largo de esta crisis, fuentes fidedignas han informado que quería restarle importancia a la crisis por miedo a que las malas noticias pudieran dañar su amado mercado de valores. Es decir, sintió que necesitaba sacrificar miles de vidas estadounidenses para apuntalar el Dow.

Resulta que estaba equivocado: las acciones se han mantenido altas a pesar del creciente número de muertes. Pero el hecho de que se equivocara sobre lo que había que sacrificar no altera el hecho de que su voluntad de hacer ese sacrificio fuera totalmente inmoral.

El resultado final es que está mal decir que Trump manejó mal la COVID-19, que su respuesta fue incompetente. No, no lo fue; fue inmoral, rayando en lo criminal.

Paul Krugman es premio Nobel de Economía. © The New York Times Company, 2018. Traducción de News Clips.

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Trump y el ataque de los anarquistas invisibles

/ 6 de septiembre de 2020 / 03:38

El jueves por la mañana caminé de ida y vuelta por buena parte de Manhattan (¿por qué todos los consultorios médicos están en el East Side?) El día era hermoso y la ciudad lucía alegre: las tiendas estaban abiertas, la gente bebía café en las áreas destinadas para sentarse ubicadas en las aceras que han proliferado durante la pandemia, Central Park estaba lleno de corredores y ciclistas.

Pero debo haberme imaginado todo eso, porque el presidente Donald Trump me asegura que Nueva York está asediada por “la anarquía, la violencia y la destrucción”.

A solo dos meses de que termine la campaña presidencial, resulta evidente que Trump ha decidido que no puede contender solo con base en su historial ni atacar de manera eficaz a Joe Biden. En cambio, se enfrenta a los anarquistas que, insiste, gobiernan en secreto el Partido Demócrata y están devastando las ciudades de Estados Unidos.

No hay mucho qué decir sobre las declaraciones de Trump de que gente “en la oscuridad de las sombras” controla a Biden y de que gente misteriosa vestida de negro está amenazando a los republicanos, excepto que no hace mucho tiempo hubiera sido inconcebible que cualquier político de un partido importante fuera partícipe de este tipo de teorías conspirativas.

Pero hay algo más qué decir sobre sus afirmaciones de violencia desenfrenada y destrucción en “jurisdicciones anárquicas”: a saber, que estas afirmaciones tienen poco parecido con la realidad mayormente pacífica.

Sin embargo, los anarquistas invisibles son todo lo que le queda a Trump. Para entender por qué, hablemos de problemas reales: la pandemia y la economía.

Hace unos meses la campaña de Trump sin duda esperaba poder dejar atrás el coronavirus. Pero el virus se negó a cooperar.

No es solo el hecho de que la reapertura prematura condujo a una segunda ola enorme de infecciones y muertes. De igual importancia, desde un punto de vista político, ha sido la propagación geográfica del COVID-19.

Al principio de la pandemia fue posible afirmar que el COVID-19 era un problema de las grandes ciudades y los estados demócratas; los electores de las zonas rurales y los estados republicanos pudieron descartar la amenaza con mayor facilidad en parte porque era relativamente improbable que conocieran a personas que se hubieran enfermado. Sin embargo, la segunda ola de infecciones y muertes se concentró en la región conocida como el Cinturón del Sol.

Y aunque el aumento de casos en esa región parece estar disminuyendo poco a poco ahora que los gobiernos estatales y locales han hecho lo que Trump no quería que hicieran (cerrar bares, prohibir grandes reuniones y exigir el uso de cubrebocas), parece haber un aumento en la región del Medio Oeste.

Lo que esto significa es que para el día de las elecciones casi todo el mundo en Estados Unidos conocerá a alguien que haya contraído el virus y también sabrá que las repetidas promesas de Trump de que iba a desaparecer eran falsas.

En lo que respecta a la economía, todo indica que la rápida recuperación de mayo y junio se ha estabilizado, si bien el desempleo sigue siendo elevado. El informe del empleo del viernes probablemente muestre una economía que sigue abriendo puestos de trabajo, pero nada como la recuperación de la “súper V” que Trump sigue afirmando que sucedió. Y solo habrá un informe más del mercado laboral antes de las elecciones.

Además, la política de la economía depende más de cómo se siente la gente que de lo que digan las cifras oficiales. La confianza del consumidor sigue siendo baja. Las evaluaciones de las empresas encuestadas por la Reserva Federal van de poco entusiasta a abatido. Y no hay suficiente tiempo para que esto cambie mucho: Trump no va a poder promoverse diciendo que hubo un auge económico de aquí a las elecciones.

Así que necesita hacer su campaña oponiéndose a esos anarquistas invisibles.

Ahora bien, ha habido algunos saqueos, daños a la propiedad y violencia asociados con las manifestaciones de Black Lives Matter. Pero los daños a la propiedad han sido menores comparados con los disturbios urbanos del pasado (no, Portland, Oregon, no está “en llamas todo el tiempo”) y mucha de la violencia no viene de la izquierda sino de los extremistas de derecha.

También es cierto que ha habido un aumento reciente en los homicidios y nadie sabe con certeza a qué se debe. No obstante, hubo muy pocos homicidios el año pasado, e incluso si la tasa que hemos visto a lo largo del año se mantiene, la ciudad de Nueva York tendrá sustancialmente menos homicidios en 2020 que cuando Rudy Giuliani era alcalde.

En resumen, no hay una ola de anarquía y violencia más que la desatada por el propio Trump. Pero, ¿los electores pueden dejarse influir por las fantasías escabrosas del presidente?

En realidad, podría ser así. Por alguna razón, hay una larga historia de desconexión entre las realidades de la delincuencia y la percepción pública. Como el Centro Pew ha señalado, entre 1993 y 2018 los delitos violentos en Estados Unidos se desplomaron; los asesinatos en Nueva York cayeron más del 80%. Sin embargo, durante ese periodo los estadounidenses no dejaron de decirles a los encuestadores que la delincuencia estaba en aumento.

Y con los viajes y el turismo tan escasos, de modo que la gente no logra ver la realidad de otros lugares con sus propios ojos, puede ser muy fácil para Trump fingir que nuestras grandes ciudades se han convertido en paisajes infernales distópicos.

Lo que no está tan claro es si esta mentira ayudará a Trump, incluso si la gente la cree. “Estados Unidos se ha ido al infierno bajo mi mando, así que deben reelegirme” no es el mejor discurso de campaña que se me ocurre.

Y las encuestas sugieren que, de hecho, el miedo no es amigo del presidente. Por ejemplo, en una encuesta nueva de Quinnipiac, un amplio margen de los participantes declaró que tener a Trump como presidente los hace sentir menos seguros. Las reacciones a Biden fueron mucho más favorables.

A pesar de ello, cuenten con que Trump seguirá despotricando contra esos anarquistas invisibles. Son todo lo que le queda.

Paul Krugman es profesor de Economía en la Universidad de Princeton y Premio Nobel de Economía de 2008. © 2015 The New York Times. Traducción de News Clips.

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