Voces

jueves 22 oct 2020 | Actualizado a 17:17

El libro de Evo

/ 17 de octubre de 2020 / 03:53

El mero anuncio de la aparición  —impreso en Buenos Aires— del libro Volveremos y seremos millones despertó la curiosidad del público por conocer el texto que —a priori— muchos atribuían a algún escribidor de su entorno, precipitada presunción basada en el conocido poco afecto del líder masista para con el alfabeto. Pero prontamente, al leer las primeras páginas y arribar —con tedio— a las últimas, toda duda se disipa. Es un lenguaje hablado, donde nadie como él podía destruir la prosodia y la sintaxis de la bella lengua castellana con tanta fobia, equivalente solo a su antiimperialismo visceral que trata de explicar con reflexiones más subjetivas y hepáticas que ideológicas.

Morales se solaza contando por enésima vez su autobiografía, ahora condimentada con otros ingredientes truculentos incubados durante ese voluntario exilio. Se percibe que el hilo conductor del relato es la justificación de su precipitada huida de la Casa Grande del Pueblo, dejando las puertas abiertas a sus adversarios. Repite incesantemente que no fue un acto de cobardía, pero deja entrever, con nostalgia, haber perdido la oportunidad de pasar a la Historia, si no como Túpac Katari cuando menos como Salvador Allende, a quien dedica varias páginas de admiración, pero sin lamentar no haber tenido el coraje de imitar su heroísmo. Por excusa al rápido escape, revela que el vicepresidente, sus ministros y ministras lloraban copiosamente rogándole que salve su vida (y consiguientemente, la de ellos).

Otros elementos que animaron su defección, aparte de la neutralidad militar y policial, es el pedido de su renuncia formulado por la Central Obrera Boliviana. O sea que el principal movimiento social también lo repudiaba. Entonces, no le quedaba otra opción que replegarse a su bastión del Chapare donde pernoctó en el monte, siempre atenido a su consigna “primero la vida” (para él) y relegando el eslogan de “Patria o muerte” para sus bases. Su manía de persecución lo lleva a inventar mini complots de militares que querían apresarlo y sin embargo permiten que aquel avión mexicano lo rescate in extremis.

Sorprende que admita ingenuamente que perdió el referéndum del 21F “por 70.000 votos” y confiese que sus seguidores hilvanaron triquiñuelas pseudo-legales para soslayar la Constitución y posibilitarle una cuarta postulación. Luego adviene el 20-0, que ocupa al autor bajo el epígrafe de “una elección limpia y un golpe sucio” para redimirse del monumental fraude en su favor, perpetrado aquel día. No comprende la masiva reacción popular rechazando la farsa electoral en 21 días de feroz resistencia. Y, ante el acuartelamiento de la Policía, cuando acude al estamento militar clamando auxilio, el comandante Williams Kaliman le advierte que no habría suficientes balas para reprimir la protesta.

Con amargura se queja que, además, los militares le quitaron el control del avión presidencial, su juguete preferido. En esas circunstancias, aparece el tiro de gracia: se difunde el informe de auditoría de la OEA que, confirma las irregularidades ocurridas el 20-0. Momento crucial que lo impulsa a proponer “renuncio a mi candidatura, quiero nuevas elecciones, con nuevos tribunales electorales, con nuevos actores políticos, sin Evo Morales…” Pero ya era tarde, muy tarde. Después de 14 años de embustes, Bolivia ya no cree en su palabra. Tiene que renunciar bajo los acordes de tocata y fuga.

Como colofón, Evo Morales evita evocar sus pesadillas y prefiere recordar sus sueños y uno de ellos es el eventual triunfo el 18-O, de la dupla masista que podría gritar desde la plaza Murillo: Kawsachun coca, wuñuchun yanquis (viva la coca, mueran los yankis).

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Nuevo giro en el multilateralismo

/ 2 de octubre de 2020 / 03:35

Desde la pretenciosa proclama “America first”, la objeción de Trump hacia las modalidades tradicionales de la relación multilateral en el mundo, la política externa de Washington ha acumulado más fracasos que victorias y sus objetivos, al menos inmediatos se han visto truncados ab initio. Hoy que se recuerda en asamblea virtual, el 75 aniversario de la ONU, Trump parece reafirmar lo que sentenciaba hace cuatro años, que “el futuro no será de los mundialistas, sino de los patriotas”, y con esa obsesión en mente, desahució el convenio nuclear con Irán, se alejó del acuerdo climático logrado en París y fustigó a sus socios de la OTAN, conminándolos a contribuir mayormente al sustento financiero de la entidad, además de incrementar sus propios presupuestos militares. También impuso sanciones a personeros de la Corte Penal Internacional. Más adelante, ante la inesperada irrupción de la pandemia del COVID-19, atacó fieramente a la Organización Mundial de la Salud (OMS), acusándola de ser sumisa a las directivas chinas. Paralelamente, retiró a su país como miembro de la Unesco, dejando una millonaria deuda por concepto de cotizaciones impagas.

Sin embargo, el magnate se fue dando cuenta de que sus impulsos irracionales dejaban vacíos prontamente llenados, principalmente, por la diplomacia china con recursos humanos y financieros, lo cual, en la lucha por la hegemonía planetaria, resultaba en notorias ventajas para el Imperio del Medio. Entonces, a partir del año en curso, Trump cambió de estrategia y optó por el entrismo más ostensible. Se comenzó por copar la presidencia del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), donde el voto ponderado favoreció a Mauricio Claver-Carone, que como David Malpass en la dirección del Banco Mundial y  Geoffrey Okamoto, número dos del Fondo Monetario Internacional (FMI), fueron todos ellos cercanos colaboradores de Trump. La lucha continúa ahora en la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico), en la que como Secretario General se trata de acomodar a Christopher Liddell, actual director de gabinete de la Casa Blanca. La búsqueda de poder continua en la OMC (Organización Mundial de Comercio), donde se empuja al americano Alan Wolff para reemplazar al brasileño Roberti Azevedo, confiando que esa agencia —por fin— penalice a China y no como hasta ahora sea complaciente en el diferendo sobre derechos aduaneros que tiene con Washington.

Quizá sea tarde para mitigar la carrera china que, al presente, ya controla la Organización de Aviación Civil Internacional (OACI), la FAO (Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), la ONUDI (Organización de Naciones Unidas para el Desarrollo Industrial) y la Unión Internacional de Telecomunicaciones( UIT), proyectando apoderarse en marzo de 2021 de la OMPI (Organización Mundial de la Propiedad Intelectual)

Toda aquella calistenia diplomática desplegada por Trump en este tiempo de probable fin de reino no se traduce en un repentino golpe de timón en la opinión que le merecía el multilateralismo, sino en servirse de las estructuras existentes para revertir lo que él percibe como un antiamericanismo de sus rivales en dichas instituciones. Es decir, quiere usar la herramienta multilateral para avanzar lo que en su criterio serían los mejores intereses estadounidenses.

Un cambio de gobierno en la Casa Blanca el próximo 3 de noviembre, quizá no varíe drásticamente las metas finales de esa estrategia, pero cuando menos se espera una modificación de estilo, más urbano y civilizado en consulta con sus socios tradicionales en la UE y con sus ocasionales adversarios en el resto del mundo.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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‘Pititas’ en Bielorrusia

/ 18 de septiembre de 2020 / 02:57

La función diplomática tiene —a veces— sabores amargos y, uno de ellos me tocó vivir en 1996, cuando llegó a París, en visita oficial, el autócrata (que en la época no lo era tanto) bielorruso Alexandre Lukachenko, recién estrenado como dictador en ciernes. Por azar de las circunstancias tuve que entregarle en sus callosas manos la medalla de la Unesco, con la que se retrató festivamente en la sede de su embajada.

Era fornido hijo de la tierra, con inocultable aire campesino, mostacho estilo hitleriano, apuraba las copas de champagne, ante la vista admirativa de su séquito y la paciencia de su intérprete que adornaba —con esfuerzo— la prosodia de su discurso. Pocos hubieran apostado que aquel novato aprendería con tanto rigor el método estaliniano de la conservación del poder. El 9 de agosto pasado, deseaba reelegirse por sexta vez, luego de un cuarto de siglo apoltronado en la silla presidencial. En su intento, montó un fabuloso fraude cuyo escrutinio le otorgó la victoria con 80% de los votos, frente a Svetlana Tsikhanouskaya (37), única contrincante, que recogió el 10%. La protesta de la ciudadanía no se dejó esperar y las calles capitalinas de Minsk y de Brest, Grodno, Moguiliov, Gomel en provincia, desde entonces, se llenan de miles de manifestantes que vociferan su descontento. Las fuerzas de seguridad reprimen con la acostumbrada energía empleada en pasadas ocasiones similares, pero ahora la arremetida del pueblo los asusta.

La analogía de esos eventos, con la revolución de las “pititas” ocurrida en octubre/noviembre pasados, en Bolivia, es singular. Fobia antiprorroguista por la longevidad en el cargo, la burda personalidad de ambos dictadores, las manipulaciones constitucionales, la corrupción encubierta y, sobre todo, el montaje de descarados fraudes, particularmente en centros rurales de difícil control opositor.

Presa de pánico ante la embestida popular, Lukachenko apeló a su reacio socio Vladimir Putin, con quien las relaciones son vidriosas por el rechazo de Bielorrusia a amalgamarse con Moscú en una sola entidad estatal. Es decir, quería inducirlo a una intervención de salvataje, como aconteció en Ucrania o en otros países de la ex órbita soviética. Putin, cauto, juega la carta neutral, con tibios comentarios, por cuanto los rebeldes no han manifestado ningún sentimiento hostil antirruso. La posición geográfica del país hace que sea una presa geopolítica codiciada por Occidente, porque, no obstante que Minsk es parte de la Unión Económica Euroasiática, receptora de ayuda financiera, el autócrata siempre ha mantenido coqueteos con la Unión Europea. Por ello, Bruselas no tardó en expresar su condena ante la represión y su franco desconocimiento al triunfo de Lukachenko. Paralelamente, Estados Unidos también observó idéntica postura, aunque con cierto tiento, explicable por la actual atmósfera preelectoral. Las movilizaciones de masa, con huelgas y kilométricas cadenas humanas, continuarán hasta conseguir la salida del sátrapa, como último objetivo. Entretanto, se exige la liberación de prisioneros, el fin de la represión, proceso contra los manipuladores del fraude y la convocatoria a nuevos comicios.

Entre las semejanzas con la rebelión boliviana se podría añadir cierta pasividad del estamento militar que, ante la magnitud de la protesta, prefiere adoptar una postura institucional sin comprometer su lealtad con la persona del tirano. Si Evo Morales acusa al imperialismo de querer adueñarse del litio, Lukachenko clama que Washington aspira crear un “cordón sanitario” alrededor de la Federación Rusa que incluya, además los países bálticos. Una intriga que nadie apoya.

Hasta el momento de escribir estas líneas, aún es difícil apostar por el colofón en uno u otro costado. No obstante, la orfandad de Lukashenko, pareciera ser tan abismal como la de Evo Morales.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Batallas diplomáticas en el BID y la ALADI

/ 4 de septiembre de 2020 / 05:47

En la diplomacia multilateral se muestra el pulso de los Estados miembros en los organismos internacionales y la pugna por el control de estos obedece a múltiples factores objetivos en la política externa y hasta subjetivos, en el contacto humano de los protagonistas. En ese marco se inscribe la actual contienda que se libra en dos importantes instituciones. Primero, en el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), cuyos 48 países miembros deberán elegir a su nuevo presidente entre el 12 y 13 de septiembre.

Siguiendo la tradición iniciada en 1959, en pacto no escrito, normalmente se hubiera elegido a cualquier candidato latinoamericano sin dificultad alguna. Pero ocurre que Donald Trump, en su lucha por la hegemonía geopolítica con China (que ya encabeza cuatro organismos onusianos), desea asumir la conducción del banco como instrumento para contrarrestar la creciente influencia del gigante asiático en el hemisferio. Por esta razón, impulsa su propia opción presentando para el puesto a su compatriota Mauricio Claver-Carone, cuya idoneidad no es discutible y que, por el voto ponderado que rige en el BID, tendría el triunfo asegurado, no obstante la oposición de varias naciones latinoamericanas y de los 14 socios de la Unión Europea. Sin embargo, es habitual que el país sede no imponga algún connacional en esa función, porque esa tendencia podría suponer, incluso, un conflicto de intereses.

En otro nivel, la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI), afincada en Montevideo, también tiene que elegir al nuevo Secretario General de esa entidad. Pugnan para aquel cargo, un notorio patricio uruguayo, Sergio Abreu (74), y la actual ministra de Relaciones Exteriores de Bolivia, doctora Karen Longaric, cuya copiosa ejecutoria en la cátedra universitaria y la praxis diplomática son más que sobresalientes. Su postulación no solo significaría la bisagra perfecta entre el Ande y la cuenca platense, sino la ocasión para que una mujer de valía represente a su postergado género. Mientras la Canciller ha recogido apoyo de importantes países asociados, la insistencia del Gobierno charrúa se parece mucho a la actitud de Trump, a quien critica por la misma conducta: esforzarse en ofrendar a su coterráneo aquella canonjía, en un organismo de cuya sede es ciudadano.

Entre los 13 Estados electores, llama aun mayormente la atención que la Argentina, de estridente oposición al propósito de Trump, presente su propio candidato (Gustavo Beliz) a la cabeza del BID, apoyado por México, lo que confirma el activo contubernio que impera en ese eje del mal, donde se pregona razones ideológicas para aprovechar la controversia y adelantar su alfil. Irónicamente, esa lógica no se aplica al caso de la ALADI: se muestran adversos a que un oriundo americano ocupe ese puesto en la sede de su país natal, pero no objetan lo mismo a Montevideo. Esa sinuosa posición es típica del cartel de Puebla, “progres” cuando conviene a sus mezquindades y liberales en sus urgencias personales o sectoriales. Una obscena comodidad.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Lolita

/ 22 de agosto de 2020 / 00:32

En los años 60 estalló aquel best-seller que rompió toda barrera ética en las letras mundanas, cuando el ruso Vladimir Nabokov encontró una editorial francesa para publicar LOLITA, la novela que lo elevaría a la fama universal. Su prosa en elegante inglés es producto de ese orfebre del verbo que impacta al lector desde sus primeras líneas: Lolita, light of my life/fire of my loins (Lolita, luz de mi vida/ fuego de mis muslos), my soul, my sin (mi alma y mi pecado), cuando el protagonista profesor Humbert Humbert, confiesa desde la cárcel la obsesión por aquella niña de 12 años que arruinó su vida para siempre. Como en el Dante ese amor infantil por Beatrice Portinari, también marcó el origen de su afición por las nínfulas que no debían pasar de los 14 años.

El relato de Nabokov nos muestra a un pedófilo virtual, al que se le presentó la oportunidad de salir del closet en estampida, a raíz de la súbita muerte de la madre de Dolores Haze (Lolita), dejando a Humbert como tutor de la huérfana. El autor, por múltiples laberintos nos introduce en la mentalidad de la pedofilia que —a veces— podría crear una cierta empatía por aquel depredador sexual. Trasladando la ficción a la realidad, podemos comprobar que como decía Henri Kissinger: “El mejor afrodisiaco es el poder”, y si el goce de ese dominio dura 14 años, con una notable intoxicación mediática donde se presenta al autócrata como un señor feudal todopoderoso, ese obsequioso culto a la personalidad, es permeable a la genuina admiración de inocentes nínfulas predispuestas al sometimiento erótico. En analogía, recordemos a Vargas Llosa que denuncia en La fiesta del Chivo, a aquellos genuflexos padres que ofrendaban sus hijas púberes hasta la cama del dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo.

Pero la pérdida del ejercicio del poder deja desnudo al mandatario depuesto, que, en playas extranjeras, desprovisto de sus charreteras, ya no tiene encanto. Entonces no le queda más remedio que volver a la tribu y para mitigar sus urgencias convocar desesperadamente a su joven amante, por temor a que como al profesor Humbert, otro pedófilo más avisado y residente en las proximidades, le arrebate su presa. Son los momentos en que la obsesión se torna en un tormento, que, unido a las disidencias internas, a las llamadas telefónicas no respondidas y a las alucinaciones provocadas por celos reales o imaginarios, impulsan a las acciones más imprudentes. Si los problemas de Humbert se agrandaron por la riesgosa costumbre de llevar un diario que reveló sus aberraciones, hoy en día los celulares cumplen esa tarea. Y si esos imprescindibles adminículos caen en manos de la Policía, los mensajes íntimos y las fotos reveladoras de situaciones inconfesables, podrían constituir pruebas irrefutables del delito de estupro que figura en el Código Penal.

Queda, no obstante, una salida decorosa, convertir el romance consensuado en una bella historia de amor que culmine como en el cuento de hadas, en suntuoso matrimonio.

De esta manera, el indomable célibe, deberá ejercer —no sin esfuerzo— su añorado poder, esta vez, como guerrillero de alcoba que —fatigado— lo deje sin aliento para persistir en la innoble manía de ordenar bloqueos insensatos.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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Santa Sofía: retorno controvertido al Islam

/ 8 de agosto de 2020 / 11:20

La primera vez llegué casi a pie a Estambul junto a un puñado de condiscípulos del London School of Economics, allá por 1960 cuando esa bella ciudad mitad asiática, mitad europea no contaba ni con medio millón de habitantes. Desde entonces soy visitante reincidente de la metrópoli turca donde inefablemente rindo reverencia a Aya Sofia, la soberbia basílica construida por Justiniano en 537 a.C. para el culto ortodoxo en la antigua Constantinopla. Luego, sería convertida en catedral católica de 1204 a 1261 durante el periodo bizantino que, ante la caída de esa capital imperial ocupada en 1453, por Mehmet, el conquistador, es transformada —a su vez — en mezquita hasta que en 1934 Mustafá Kemal (Attaturk) instaura la República impulsando un proceso de modernización que también toca a Aya Sofia al adaptarla en museo acorde con su concepción del Estado laico. Así fue como por 86 años esa joya arquitectónica era visitada por millones de turistas y en ese marco fue declarada por la UNESCO como patrimonio de la Humanidad, considerado como símbolo de la tolerancia mutua entre el mundo cristiano y el Islam.

Por ello, la decisión del presidente turco Recep Tayyip Erdogan adoptada el 10 de julio pasado de revertir ese sacro lugar como mezquita para la comunidad musulmana, ha provocado un tsunami de protestas en todo el planeta, comenzando —obviamente— por su tradicional enemigo griego, portaestandarte de la Iglesia Ortodoxa, pasando por Rusia cuyo clero es ávido partidario de Putin y por Francia que emitió enérgico reclamo. Amén de otros países cristianos e incluso, musulmanes.

En cambio para Erdogan, la medida es histórica, cuando proclama  que “Turquía se ha desembarazado de una vergüenza, la resurrección de Aya Sofia es un presagio para la liberación de la mezquita Al-Aqsa en Jerusalén “. Preludio de conflicto con Israel.

Por su parte la Unión Europea y particularmente la UNESCO han advertido su desacuerdo con la medida. En efecto, siendo Aya Sofia un sitio declarado como patrimonio de la Humanidad y habiendo Turquía suscrito la convención respectiva, la soberanía que invoca Ankara no tiene lugar y dará origen a agrias disputas dentro de esa Organización.

Inútil anotar que Erdogan con ese paso ha fortificado su influencia en los círculos más conservadores de su país, desplazando al kemalismo más proclive a forjar una imagen pro europea y occidental. Hoy, está claro que para Erdogan el Imperio Otomano será el modelo de la Turquía moderna, al conmemorarse el centenario del Tratado de Sevres (10 de agosto de 1920) considerado por los turcos, como una profunda humillación. Paralelamente, Erdogan acaba de suscribir un memorable pacto de alianza con Faiez Serraj, jefe del gobierno del acuerdo nacional (GAN) en Libia, connubio que cambiará el balance estratégico en el Norte de África y en el Mediterráneo oriental. Con ese convenio se institucionaliza la intervención militar turca, presente ya en Tripolitania para mitigar los avances del Mariscal Khalifa Haftar, fuerte en Cirenaica, en la guerra civil que se libra allí. Sin embargo, la ambigüedad de su política externa muestra que su pertenencia a la OTAN no le impide dotarse de armamento militar en Rusia. Aquellos vaivenes no ayudaran a la sempiterna aspiración de Turquía de devenir algún día miembro de la Unión Europea.

No obstante, Erdogan tiene una baza en el ajedrez geopolítico: su trato con los europeos de contener la avalancha migratoria africana que les preocupa, no como un gesto romántico del versátil sultán, sino por los miles de millones de euros que recibe por ese servicio.

Carlos Antonio Carrasco es doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia

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