Voces

jueves 22 oct 2020 | Actualizado a 17:09

Inconsciencia

/ 30 de septiembre de 2020 / 02:52

El mundo en llamas es uno de tantos titulares que preponderó en las últimas semanas por la prensa nacional e internacional. Pues sí, nuestra Madre Tierra arde por nuestra negligencia; el cambio climático desde hace dos siglos indica que la temperatura del planeta entró en estado de fiebre y que con el pasar de los años se está haciendo más aguda, sin embargo, seguimos echando más leña al fuego.

Ante toda la evidencia científica, prepondera la inconsciencia. Los glaciares y hielo en las zonas polares cumplen la función de regular la temperatura global y mantener en equilibrio la acidez y alcalinidad de los mares, hoy están en el punto de no retorno. El hielo de la Antártida se derrite hasta seis veces más rápido que hace 40 años.

La humanidad alteró el 75% de la superficie terrestre, según informe del IPBES y la biodiversidad está en un punto crítico: el 84% de especies acuáticas disminuyeron. La Amazonía, el pulmón y reservorio de agua dulce presenta síntomas de pérdida de funcionalidad en sus ecosistemas. Un estudio de RAISG (Red Amazónica de Información Socioambiental Georreferenciada) indica que su capacidad de almacenamiento de carbono disminuyó no solo por deforestación, sino que casi la mitad es por degradación de los bosques; este dato debe alarmarnos, los bosques se degradan por los incendios y las sequías cada vez más extremas.

La intolerancia y el creernos especie superior que puede modificar la genética pasando parámetros de ética a título de combatir plagas, enfermedades y mejorar rendimiento en la producción, hoy nos cobran factura. La salud de los ecosistemas está en fase de deterioro, así lo demuestra el sitio Ramsar Laguna Concepción, un humedal clave para la producción está en agonía, miles de peces y fauna acuática perecieron porque la escasa lámina de agua está contaminada y sedimentada por la deforestación de casi todo su entorno.

Impotencia es lo que se siente ante casos de crueldad sucedidos con el tucán Tuki Tuki, la osa hormiguera Valentina, y cientos de animales que mueren en silencio y quedan invisibles porque no avanzamos en racionalidad. Mientras sociedades más avanzadas buscan revertir el daño, muchos apoyan el desarrollo enfocado en eliminar bosque para el agronegocio; es equivocado pensar que el bosque en pie es tierra floja.

Estamos al límite de tiempo, las acciones deben ser acertadas para salvar el planeta. En época electoral es crucial analizar y evaluar propuestas ambientales que vislumbren el cuidado de nuestra naturaleza como la base del desarrollo. Planeta sano, debe ser la premisa de la política ambiental. Cuanto más sigamos fracturando la naturaleza y no frenemos el comercio ilegal de vida silvestre, es probable que surja otra pandemia. Nos enfrentamos a una crisis ambiental sin precedentes. Es tiempo de actuar con racionalidad y consciencia ambiental.

Marlene Quintanilla es directora de Investigación y Gestión del Conocimiento de la Fundación Amigos de la Naturaleza.

Temas Relacionados

Comparte y opina:

Alfa y omega

En miles de años de civilización no hemos comprendido que los más afectados por este tipo de acciones somos nosotros, los humanos

/ 14 de abril de 2020 / 06:31

¿Quién pensó que el mundo luciría como hoy? ¿Los sucesos que hoy transcurren en nuestras vidas se vislumbran como el principio o final? La vida no volverá a ser igual tras la crisis global desatada por el COVID-19. Al parecer es el fin de una era económica altamente dependiente de la globalización para los países industrializados. Y para países como el nuestro, quizás represente la culminación de la explotación de las materias primas. Bolivia, como otros países en vías de desarrollo, se enfocó en la explotación de sus recursos naturales, relegando el conocimiento y la investigación por otras prioridades. Hoy el mundo ha puesto su esperanza en la ciencia para afrontar la pandemia.

Nos encontramos en una suerte de “arresto domiciliario” por maltratar a la Madre Tierra. Hemos exterminado bosques tropicales (los más biodiversos) a un ritmo sin precedentes: 12 millones de hectáreas (30 canchas de fútbol por minuto) deforestadas a nivel global en un solo año (2018), según estimaciones de World Resources Institute (WRI). A ello se suma la tragedia de los incendios forestales (cada vez más severos), el tráfico de especies, la contaminación y una larga lista de acciones que generamos en contra de nuestro propio hogar.

En miles de años de civilización no hemos comprendido que los más afectados por este tipo de acciones somos nosotros, los humanos. Carlos Zambrana-Torrelio, científico boliviano que monitorea epidemias relacionadas con la vida silvestre (EcoHealth Alliance), indica que hemos destapado la Caja de Pandora, pues las alteraciones de los ecosistemas estarían propiciando el brote de nuevos virus que se escapan al control humano.

Parece que estamos en el omega (final) de nuestra habitual forma de vida: miles de extranjeros repatriados, abordando su última oportunidad para llegar a casa. Millones de personas confinadas, esperando que la tempestad pase para retomar la normalidad. El dinero es inútil frente al COVID-19. Este coronavirus ataca sin discriminar y nos quita lo fundamental: el aire. Sin tiempo definido, la espera de una vacuna se torna tensa e incierta. Mientras tanto, los ecosistemas se recuperan, la biodiversidad retoma lo que es suyo, y nos corrobora que la naturaleza no necesita a las personas, que está preparada para evolucionar…

Entonces, será qué necesitamos trazar un plan B para este principio, o inicio (alfa), en el que trascurrirán nuevas formas de encarar la educación, la salud, la vida familiar, nuestras fuentes laborales (cada vez más digitales y virtuales), el transporte (hoy la bicicleta se ha vuelto indispensable). Quizás es el momento de ser más amigos de nuestro planeta.

Marlene Quintanilla, directora de Investigación y Gestión del Conocimiento de la Fundación Amigos de la Naturaleza (FAN)

Comparte y opina: