Voces

jueves 29 oct 2020 | Actualizado a 01:44

¿El retorno a la República?

/ 31 de agosto de 2020 / 02:44

En un auditorio atiborrado de empresarios agroindustriales, la crema y nata de la oligarquía cruceña y, por lo tanto, la élite económica más influyente de Bolivia, la presidenta transitoria, Jeanine Áñez, al momento de presentar su plan de “reactivación de la agroindustria” que favorece a los más poderosos de este país, reivindicó la República y, además, planteó la disyuntiva política: la “izquierda populista” (y la “dictadura”) o la “libertad” (el Estado de derecho y la “libre iniciativa”). Finalmente, arengó a los agroindustriales: “Vengan con la democracia, vengan con la República y vengan con valores republicanos”.

Más allá de un discurso electoralista, esas palabras develan la restauración oligárquica en curso. El golpe de Estado, perpetrado el pasado noviembre, fue el inicio del retorno a la República. Y, por efecto colateral, significó menguar el proyecto estatal empujado por los pueblos indígenas: el Estado Plurinacional para resarcir la exclusión y segregación histórica. La gestación de la República fue un continuum del legado colonial. En esa su República, las reducidas élites pertrechadas en sus lugares de privilegios y cobijadas bajo los valores republicanos gobernaron a Bolivia a gusto y placer, en consonancia a sus propios intereses en desmedro del grueso de la población: los indígenas.  

Cuando la presidenta de facto hizo ese llamado “al retorno a la República” a los empresarios agroindustriales aludió a esa República aristocrática, excluyente y, por lo tanto, negadora del indígena. Fue una invitación a adherirse a ese proyecto restaurador o, quizás, a la inversa: la ratificación de su compromiso político de ser la “encargada” para rencauzar regresivamente a esa Bolivia señorial.

Al despuntar el año, en las entrañas de la mismísima Casa de la Libertad en Sucre, en el salón donde se rubricó el acta de fundación de la República, Jeanine Áñez sin sonrojarse por pronunciar un epíteto racista lanzó otra invitación: “Evitar el retorno de los salvajes” al gobierno, en alusión directa a los partidarios y la base social de Evo Morales, o sea, a los indígenas/campesinos. No es casual, a los pocos minutos de su posesión presidencial, Áñez levantó una Biblia descomunal para días después masacrar a indios y pobres. Posteriormente, ordenó quitar de la banda presidencial la wiphala, esa bandera ajedrecista de multicolores, ícono de los pueblos indígenas devenido en símbolo patrio y quemada por los golpistas.

El discurso de la democracia y la consigna del supuesto fraude electoral solamente fueron artimañas discursivas para esconder el verdadero propósito de la movilización de la clase media urbana, en octubre y noviembre de 2019: el proyecto restaurador oligárquico. No debemos ignorar, la derecha siempre fue conspirativa y golpista. La derecha siempre usó un arsenal discursivo que sirvió para marear la perdiz. En esa agazapada discursiva, las movilizaciones promovidas por sectores oligárquicos fue enarbolar la bandera de la democracia para consumar paradójicamente el golpe de Estado.

Desde el siglo XIX, la derecha oligárquica se apropió de palabras sagradas: Libertad, Igualdad, Fraternidad y Democracia, pero otorgando un sentido en consonancia a sus intereses de grupo. Entonces, el anuncio de retornar a “la República sin salvajes” no significa volver a esos valores republicanos constitutivos, la derecha jamás comulgó con esos valores, sino es retornar a esa República excluyente y colonial que siempre sirvió para el aprovechamiento mezquino de un puñado de odiadores seriales del indio: los oligarcas.   

Yuri Tórrez es sociólogo.

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Dos caminos que traza el cine

/ 28 de octubre de 2020 / 04:27

¿Existe algo más evidente que las imágenes? Tenemos la costumbre de decir, una imagen vale más que mil palabras. Me apropio de esa frase para transportarlos hacia la magia de lo que las imágenes y el sonido pueden lograr en el inconsciente del ser humano y cómo a través del cine, por ejemplo, se pueden lograr grandes cambios en la educación y sensibilización. El cine conmueve, razona, valora, transforma, construye, influye, pero sobre todo transporta hacia realidades y ficciones que pueden generar movimientos y respuesta ciudadana.

El cine tiene el poder de mostrarnos dos caminos: el de la razón, que nos muestra historia, problemas y amenazas; el del corazón, ese deseo interno que nos lleva a soñar, a imaginar, llorar, reír, vivir experiencias únicas a través de la pantalla grande. También a valorar la vida y todo lo que nos rodea. Las oportunidades de un desarrollo sostenible alcanzable van de la mano por ambos caminos. La razón por un lado que nos dice lo que está pasando y el corazón por el otro, que impulsa el deseo de soñar.

En este mundo globalizado hemos llegado al extremo de una obsolescencia programada, con un consumismo sin límites y donde como sociedad, tenemos la responsabilidad y compromiso de actuar y dejar de ser ciudadanos pasivos. Estamos viviendo una crisis global. La pandemia del COVID-19 nos dejó sin respiración y aliento, junto a todo lo que ya veníamos pasando: cambio climático, hambre, guerras, desigualdad y ahora tenemos el gran desafío de mirar a un futuro donde tomemos decisiones acertadas en beneficio de todas y todos, sin diferencias sociales ni raciales. Por esto y más, vuelvo a apoyarme en el cine para que, a través de imágenes, sonidos, historias, animaciones logremos abrir mentes y corazones que nos inspiren a ser mejores personas, a tomar decisiones ambientalmente responsables y que quizás, en algún momento, juntos unamos esfuerzos por cambiar esta realidad que nos tiene tan distantes.

La memoria que nos dejan documentales, largometrajes, películas y cortos son realmente una herencia que es muy difícil calcular su valor, son una verdadera fuente de conocimiento y sabiduría que no podemos dejar de lado. La libertad de las ideas mediante la imagen y la palabra son su mayor registro.

Abramos corazones, inspiremos caminos innovadores, hagamos que una imagen, un sonido, una melodía puedan cambiar la forma de pensar o actuar, o que reafirmen que el camino y las decisiones que tomamos, sean responsables con uno, el entorno y el planeta.

Karina Sauma es directora de Comunicación de la Fundación Amigos de la Naturaleza.

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Casi un año, recuento de daños

/ 28 de octubre de 2020 / 04:25

En pocos días, el régimen transitorio de Jeanine Áñez terminará su casi un año de mandato, devenido de una crisis política provocada por varias circunstancias, entre ellas las fallidas elecciones de 2019, la rebelión del sector conservador del país, la injerencia extranjera, el boicot institucional y los errores políticos de Evo Morales y del MAS.

Pretender convencer con criterios personales sobre una versión de los hechos es complicado, no necesariamente por la polarización del país, sino por la imposición de una fuerte corriente discursiva desde el sistema político y las mediaciones.

A la hora del recuento de daños, siempre será posible rebatir posiciones sobre la realidad.

Partamos del principio. Morales y el MAS abusaron de la fe de los electores al pretender una cuarta postulación después del referéndum de 2016 que les dijo no a esa posibilidad y ampararse en una coartada ante el Tribunal Constitucional.

Luego, el Tribunal Supremo Electoral (TSE) validó esa candidatura y, a pesar de observar los tiempos, permitió unas improvisadas primarias. Desacierto, no así descalificación.

Con esos antecedentes, la narrativa del “fraude” ya había tomado cuerpo desde mediados de año. Un embajador incluso hizo circular  en junio encuestas que señalaban que el “72% de los bolivianos cree que en las elecciones habrá fraude”. Y los políticos de oposición se sumaron al coro.

Para las elecciones, el TSE estaba demacrado; al mínimo error era vulnerable al descrédito y al boicot. La suspensión de la difusión de resultados preliminares (TREP), que no era vinculante, fue su acabose. Este año, con la anulación de cuajo del Direpre a horas de las elecciones no ocurrió lo mismo.

En esa circunstancia el candidato Carlos Mesa convoca a sus militantes movilizarse frente a los tribunales electorales (luego ocurren las quemas). No es sedición ni terrorismo. Y la misión de la OEA, oficiosa y tendenciosa, adelanta sus consideraciones y desata el descrédito del TSE, escamotea la institucionalidad de la democracia y origina el desastre.

Como ahora, pero más compactos, los detractores del MAS desconocen los resultados de la votación, y Mesa pasa de reclamar segunda vuelta a denunciar fraude, pero pierde soga y cabra.

Las pititas (cordones) copan las esquinas de las ciudades (¡vaya qué respeto y tolerancia democrática de sus oponentes que ni se atrevieron a romperlas!). Aparece Luis Fernando Camacho, invoca a las Fuerzas Armadas (dijo luego que su papá pagó a los militares) y pacta con la Policía un motín nacional: Mesa, como principal contendor electoral, guarda silencio y el Gobierno no se anima a denunciar “sedición”.

Las Fuerzas Armadas le piden a Morales la renuncia. Ni es insubordinación, ni menos sedición. “Es la rebelión del pueblo”, dirían Camacho y los movilizados.

Camacho cruza las calles de La Paz en andas, con seguridad policial, y toma el Palacio Quemado; planta la Biblia, y tampoco es sedición. Es la toma fáctica del poder.

Renuncia Morales rodeado de dirigentes y los militares ni caso le hacen; le siguen los de la eventual sucesión: Álvaro García, Adriana Salvatierra, Rubén Medinacelli y Víctor Borda. Se generan dos días de desgobierno en el país y aparece la senadora de oposición minoritaria Jeanine Áñez.

Áñez se autoproclama “ipso facto” en menos de 10 minutos luego de esperar un día lo que al final fue un simple comunicado del Tribunal Constitucional. Luego viene la “pacificación” con las masacres de Sacaba y Senkata, y sus aliados no dicen nada sobre la grave violación de derechos humanos. Pasa todo, y el MAS vuelve a ganar las elecciones, aunque hay extremistas que cuestionan su votación, el TSE no tiene los mismos detractores de 2019.

Rubén Atahuichi es periodista.

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Nuevas subjetividades sociales en la victoria del MAS

/ 28 de octubre de 2020 / 04:22

¿Cuáles son las causas de la victoria aplastante del MAS el 18 de octubre? Por cierto, hay varios intentos de explicarlo. La victoria sorprende a muchos y no tanto a nosotros. Sorprende porque el logro se produce después de haber sido acusado el MAS de fraude electoral en 2019, y Evo Morales, de corrupción y de estupro. Algunas responden a esa pregunta a partir de la pésima gestión del COVID-19 por el Gobierno, el racismo propalado por sectores conservadores o del odio al indio, y por la esperanza de recuperación económica ofertada por Luis Arce.

Éstas ayudan a explicar la derrota de las élites blancas del país, pero hay un detalle que atraviesa todo esto, que posiblemente ubique mejor el fenómeno que no solo es político, sino social. La coyuntura tiene su validez; sin embargo, nosotros sostenemos que esto es un proceso más profundo: es de carácter estructural, que la coyuntura lo hace visible radicalmente. 

¿Qué es ese hecho de carácter estructural? El 19 de octubre habíamos escrito en nuestro muro de Facebook lo siguiente: “El logro del 52 o 53% es gracias al apoyo decidido del movimiento aymaquechua de las ciudades y las áreas rurales. Un movimiento heterogéneo pero sustancial”.

Mi hipótesis es que esto se debe a que en Bolivia nació una nueva subjetividad social aymaquechua y que ahora esa subjetividad es un hecho politizado. Eso significa que ese gobierno debe ser hegemónicamente de este pueblo. Los jailones no aportaron votos y por tanto su representación debe ser según esa realidad. Su núcleo de esa politización es el indianismo-katarismo y sus diferentes expresiones del tupackatarismo, ayllismo, nacionalismo y otros. La crítica será importante, como siempre debe ser en todo momento”.

¿Qué es esa nueva subjetividad social? El tema de la subjetividad ha sido poco tomado en cuenta en las ciencias sociales en Bolivia, pero es un tema crucial en otras latitudes. La sociología clásica aborda la subjetividad como ideología con Marx, como sentido dado a la acción social por Weber y el acatamiento del individuo al hecho social por Durkheim.

Ahora desde la antropología cultural, los estudios culturales ligados a estudios poscoloniales y los feminismos han ido más allá de los clásicos. Para Guatari, por ejemplo, la subjetividad es una producción social. Importante. Pues este es un fenómeno social ahora dado en sentires en tanto fenómeno colectivo e individual. O sea, emociones y sentidos.

Lo que se está produciendo en Bolivia es la subversión de las subjetividades dominantes. Y en base a ello ahora ha nacido ese nuevo sentido de pertenencia a la nación, porque la gente siente ser el país mismo. En las calles y en diferentes lugares piensan y hablan “de que somos nosotros el país”. Y eso se expresa fundamentalmente en el movimiento aymaquechua desde las luchas sociales. Por ejemplo, el 14 de agosto, en plena pandemia en la Ceja de la ciudad de El Alto, se pudo observar una multitud decidida a ir más allá del propio MAS. Y también se observó una actitud no de sumisión, sino de asedio al poder. En El Alto el apoyo superó el 76% a favor del MAS y en las áreas rurales es casi cerrado. Al cierre del cómputo oficial por el TSE, el MAS obtuvo el 55,10% de los votos.

Este hecho había sido tratado como voto “étnico” por A. Zalles. El aymara ya tenía su efecto electoral con V. H. Cárdenas en 1993, y con el MAS en 2005. Esa subjetividad también ahora se observa en Q’ara Q’ara, Cochabamba. Así lo coyuntural solo devela lo estructural. Un dato importante. 

Pablo Mamani Ramírez es sociólogo.

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¿Cuál MAS ganó y por qué?

/ 27 de octubre de 2020 / 08:12

Desde las elecciones nacionales y pasada la perplejidad tras los resultados —para muchos, incluido el Sr. Michel que, al filo de medianoche, mencionaba un 45% obtenido por el MAS—, dos preguntas han permeado los comentarios y opiniones —descontando los triunfalistas y revanchistas, tan aturdidos como los demás—: ¿Cuál MAS ganó? Y en la misma lógica: ¿Por qué ganó? Responderé la segunda primero.

La primera respuesta es que hubo una amplia autonegación de la realidad. Desde centrarse en el rechazo a Morales y su rosca que tendría mayoritariamente la población —actora de “las pititas”— como la razón decisiva al decidir el voto, o en la negación de las tendencias que anunciaban la mayoría de las encuestas —el “cártel de las encuestadoras mentirosas” para Jorge Quiroga y Luis Fernando Camacho—; confiar en que un posible “voto útil” aparecería como factor de victoria, como en 2019 pero sin necesidad de ganarlo en campaña directa —reclamándolo como derecho frente a un librero— o por la infravaloración del verdadero impacto de la crisis económica y social tras el coronavirus en la gran mayoría de los bolivianos —muchos de la clase media emergente que dejaban de serlo y otros que cruzaban los límites de las estadísticas de las pobrezas. Muchos nos equivocamos porque —conscientes los que opinábamos sí de que el “milagro económico” entre 2008 y 2015 no fue resultado de ningún arte de barbiloque sino de fenómenos de mercado donde no incidíamos— no comprendimos que, para los que ahora vivían con muchas escaseces y avizoraban mucha más, el “milagro” sí sucedió y les benefició y el “milagrero” era Luis Arce Catacora. Hasta acá mi mea culpa.

Las del 18 fueron elecciones tranquilas, sin conflictos relevantes ni violencia, algo contra los augurios que llevábamos semanas esperando. ¿Acaso agosto no fue el desborde de la violencia marcada por el desprecio al prójimo? Lo fue. ¿Acaso Arce y Choquehuanca no eran quienes representaban el regreso de los violentos? Y entonces empieza la duda.

¿Es que hay hoy “un MAS” —trancado en su pasado de soberbia, corrupción y despilfarro— o hay “varios MAS”? Como para muchos en Bolivia que pensaron que Luis Arce Catacora fue “el ministro del éxito económico del MAS” y su vicepresidencial David Choquehuanca Céspedes, “el indigenista conciliador que relegaron los que ‘se robaron’ el MAS”, también muchos de ellos pudieron pensar que “había otro (u otros) MAS”. Arce y Choquehuanca hicieron mucho por poner distancia con Morales: Arce no apoyó los bloqueos de agosto y afirmó que “Evo debe aclarar sus asuntos pendientes con la justicia”; Choquehuanca repitió en varias ocasiones que “él no era del MAS sino de IPSP”. ¿Fueron táctica o convicciones? El tiempo lo dirá.

Como mencioné en mi anterior columna (Indecisos (y políticos) golean para el MAS, 20/10], Bolivia llegó a octubre 2020 para terminar un proceso electoral iniciado en octubre 2018, fracasado en octubre 2019 con el fraude y que llegó ahora tras tres postergaciones de fecha comicial por la pandemia, sin finalizar la crisis sanitaria e inmerso dentro de una amplia crisis económica que pondrá en jaque al próximo gobierno. Pero no solo fue el cansancio de los electores y todo lo antes mencionado los que decidieron el voto: también debió pesar el “Octubre Negro” de 2003 y cuán posible podría volver la inestabilidad —que hizo saltar dos gobiernos: a Sánchez de Lozada y a De Mesa.

Si la estrategia ganadora fue el distanciarse del MAS “duro” y presentar a Arce como “el mago de la economía”, pronto sabremos si el próximo Gobierno podrá —o querrá, quizás— mantener el equilibrio entre el MAS “duro”, el posible MAS “conciliador” —“renovador”— y los no-masistas que votaron por Arce: Un equilibrio azaroso.

¿Arce y los que lo acompañen podrán paliar la crisis? Lo que resulte —por éxito o fracaso— definirá los próximos cinco años.

José Rafael Vilar es analista y consultor político

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Masas de agosto y voto de octubre

/ 26 de octubre de 2020 / 02:25

Mucho antes de que naciera el sol, nacieron los Uru-Chipaya, ícono de una de las culturas originarias más antiguas de América Latina. Salieron ilesos de la arremetida cultural desde los incas hasta la colonia española. Síntesis del Estado Plurinacional. Allí, un reportaje gráfico, el día de las elecciones, registra ciudadanos con sus trajes típicos solo para fechas especiales, emitiendo su voto. Ellos sintetizan lo nacional-popular que apostó a las elecciones para recuperar la democracia desportillada desde el golpe de Estado de 2019.

René Zavaleta hablaba que la crisis y el acto electoral son dos formas de revelación de lo social y lo político. Ambas, son intensas y movimientos estructurales como moleculares de la sociedad abigarrada boliviana. En efecto, para comprender la coyuntura política ambas formas se imbrican.

Hace un año, como parte de una cruzada conspirativa antes de las elecciones y posteriormente urdiendo el discurso del fraude electoral y la defensa de la democracia y, a la vez, azuzando el odio de la clase media urbana, protagonizaron una movilización para forzar la renuncia presidencial de Evo Morales con el auxilio de un motín policial y la renuncia de una autoridad castrense devino en un golpe de Estado posesionando a Jeanine Áñez como presidenta transitoria, que a los pocos días perpetró masacres contra indígenas/campesinos. Posteriormente, el gobierno de Áñez se tiñó de un autoritarismo atroz con persecuciones políticas y judiciales.

La pandemia posibilitó que este gobierno se sumergiera en un pantanal de corrupción. Con el saqueo de los recursos naturales y acompañada con un discurso del miedo para provocar zozobra en los sectores sociales articulados a lo nacional-popular. Un sometimiento a los rectores impuestos por el gobierno norteamericano. Todo ello mermó significativamente el proyecto de restauración oligárquica/conservadora en curso.

Mientras tanto, después de una perplejidad inicial, lo nacional-popular organizó la resistencia al golpe de Estado, que sirvió para recuperar el ajayu del Movimiento Al Socialismo- Instrumento Para la Soberanía de los Pueblos (MAS-IPSP). En efecto, esa mística eclipsada por la burocratización partidaria fue recuperada en el curso del interregno autoritario del gobierno de Áñez.

Quizás, el momento decisivo de las movilizaciones de lo nacional-popular fue en agosto. Allí, las masas de agosto —parangón a lo que Zavaleta denominó las masas de noviembre de 1979 para dar cuenta de la autodeterminación de las masas para abortar el golpe de Estado de Alberto Natusch—, con su movilización lograron blindar la fecha para las elecciones que inclusive fue leída equivocadamente por muchos analistas políticos, anunciando el declive de la hegemonía del MAS-IPSP y, por lo tanto, vislumbraban, una vez más, la derrota de lo nacional-popular. En esa lectura miope, no preveían el potencial democratizador y la advertencia del “cuarto intermedio” fue factor decisivo para bajar las ínfulas de sectores propensos a la ruptura constitucional abonando el decurso democrático.  

Entonces, los ecos de las masas de agosto movilizadas ondeando wiphalas, esgrimiendo el discurso democrático —en 2019 fue usado por la clase media movilizada—, se tradujo en la victoria electoral del 18 de octubre de 2020. Quizás, lo más importante de la diferencia electoral amplia obtenida por el MAS-IPSP despejó cualquier tentación de prorroguismo golpista o fraude electoral. Así se recuperó la democracia.

Yuri Tórrez es sociólogo.

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