Voces

sábado 8 ago 2020 | Actualizado a 11:05

Esto no es un poema de amor

/ 29 de julio de 2020 / 09:40

Hemos vuelto a los años setenta, onda retro de repente. Veremos marchas en defensa del voto democrático. Escucharemos discursos exigiendo el derecho a elegir. Leeremos a periodistas, como en los setenta, sostener al régimen con tinta manchada de sangre. Daremos la razón a aquellos que hace rato nos advirtieron que el gobierno “transitorio” no es tal, que no hicieron lo que hicieron para irse nomás, que llegaron para quedarse.

Nos han metido de golpe en un túnel del tiempo para regresarnos a nuestro pasado más funesto y nefasto. Estamos dentro de la peor película de ciencia ficción serie zeta, berreta. Con nocturnidad y alevosía, como en los setenta, han decidido una madrugada postergar por tercera vez las elecciones. Es la “dictadura perfecta”: la que te anuncia una fecha para votar y la anula, la anuncia y la anula, así ad eternum.

Por cierto, algún día nos dirán que esta última convocatoria fue ilegal e inconstitucional, que no se respetó el estado de derecho, que el Poder Legislativo (como en el ascenso de generales sin ratificación del Senado) fue ignorado olímpica y antidemocráticamente. Pasó lo mismo con el litio. Un día (el pasado sábado) nos “enteramos” de que la verdadera razón del golpe (lithium coup, lo llaman afuera) fue el litio. Algún día también nos contarán cómo se mató en Senkata y Sacaba. Ese gran día está llegando.

Una semana después del 6 de septiembre están programados partidos de fútbol (deporte de contacto y contagio: véase la segunda división de España) de Bolívar y Wilstermann por Copa Libertadores en La Paz y Cochabamba. Pero no podemos votar. Ya se puede viajar en flota entre algunos departamentos con las ventanas de bus selladas. Pero no podemos votar. Nuestras ciudades están repletas de colas y más colas. Y los equipos de fútbol vuelven a entrenar, todos apretaditos a la salida del córner. Pero no podemos ejercer un derecho que tanto sacrificio costó hace décadas. Dicen que no se puede y apelan hipócritamente a la salud. Estamos inmersos dentro de la más cruel de las pesadillas distópicas.

¿Qué cambia entre el 6 de septiembre y el 18 de octubre? Nada, cambia todo pero no cambia nada. Quieren ganar tiempo pero el tiempo está en su contra y siempre estará a favor de los pequeños. ¿El 18 de octubre será el nuevo “pico” de la pandemia, don Salvador? ¿Tenemos un pico móvil? ¿Votaremos cuando llegue la vacuna —baza electoral— allá por el primer semestre del próximo año? ¿O votaremos en agosto de 2022 cuando lo diga el “informe científico”? ¿Para entonces ya estará lista la venta/regalo del litio para Tesla? ¿De verdad creen que la vacuna dichosa servirá para que olvidemos tanta muerte, tanta corrupción, tanta persecución?

La estrategia de tumbar (otra vez) las elecciones se armó a fuego lento/mediático y funcionó contra el deseo popular reflejado en todos los sondeos (más del 70% admitimos la intención de ir a las urnas a pesar de todo). Cualquier ser pensante sabe que la razón de postergar una y otra vez la fecha es el pánico a un regreso democrático del MAS. Lo demás es intoxicación, muerte y bronca popular.

“Se pueden sembrar nabos en la espalda del pueblo“, dijo una vez Tamayo. “Nabos seguro se pueden sembrar, pero ¿cosechar? No se puede porque la espalda se sacude y cuando se sacude…”, me cuenta mi cuate teatrero Percy Jiménez. Vivimos en un permanente día de la mentira, en un bucle eterno de bulos y engaños, en una repetitiva jornada de la marmota. Todas las falacias son la misma, todos los ventrílocuos son el mismo. Nos mean a diario y la tele dice que llueve nomás.

Los sondeos marcan un 20% de indecisos, los que dictarán sentencia sobre si habrá o no una segunda vuelta. Los que deciden (que no están en el Palacio Quemado, por cierto) no saben o no quieren saber que en cada postergación de fecha esa balanza de indecisos cae del lado azul. ¿Es la proscripción de la sigla del MAS el próximo paso? ¿Se puede hacer desaparecer a la mitad de la sociedad boliviana? ¿Se volverá a unir toda la derecha para que renazca la “mega/junt’ucha” cuando el MAS esprinte en la recta final para ganar por una cabeza? “Podrán cortar todas las flores, pero no podrán detener la primavera”, dijo una vez un poeta comunista. Esto no es un poema de amor, es una canción desesperada.

Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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Severino Zapata, una calle y un olvido

/ 15 de julio de 2020 / 09:29

Severino Zapata, usted se esfumó en la historia. Desapareció, sin dejar rastro, apenas una calle. Todo lo que sabemos hoy se reduce a sus días como último prefecto del Litoral con base en Antofagasta. ¿Cuándo nació? ¿Dónde murió? Después de la invasión de nuestras costas soberanas, se pierde todo su rastro. Sabemos que peleó con Eduardo Abaroa, Ladislao Cabrera y 130 patriotas bolivianos en la defensa de Calama; que combatió en Tacna en la batalla del Alto de la Alianza. Y después, la nada. La Alcaldía de La Paz colocó su nombre en una calle cortita a un costado de la Universidad Mayor de San Andrés. Calle S. Zapata. Muchos años después, la gente del barrio rebautizó la calle como “General Zapata”. Las películas mexicanas que honraban la legendaria Revolución Mexicana estaban de moda. Los buenos eran cuates y los malos eran pinches. Usted no llegó a general, se quedó en coronel, antes de perderse en nuestra memoria.

Hemos olvidado su nombre, camarada Severino, y lo peor nadie se acuerda de su ejemplo, de su pacifismo, de su entrega, de su fidelidad y valentía, de sus palabras. De como se enfrentó sin miedo a George Hicks, gerente de la poderosa Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta. De como salió el doncito inglés con el rabo entre las piernas aquel catorce de febrero maldito huyendo al buque blindado Blanco Encalada fondeado en el puerto. De como le dijo en su cara que usted había dado la orden expresa de rematar todos los bienes de su empresa por no pagar impuestos, el famoso 10%, la excusa de la usurpación.

Don Severino, usted siempre confió en el talente de los pueblos hermanos y civilizados pero cuando la monstruosa injusticia mostró su cara no dudó ni un segundo. “Sin fuerza para combatir a los invasores que, alentados por nuestra debilidad, hacen gala de la entereza usurpando derechos y hollando la dignidad del boliviano, a nombre de la Patria abofeteada, os llamo, bolivianos, a que os reunáis en torno del desagarrado pabellón de Bolivia…”. Leo hoy sus palabras en el periódico El Comercio y me emociono.

Hemos olvidado también, coronel, que junto a su escasa guarnición de 60 gendarmes, salió por tierra hacia Cobija para montar la resistencia, que echó la última mirada hacia el puerto de Antofagasta para divisar a los tres vapores blindados de Chile con planchas de nueve pulgadas, que abandonó solo cuando se consumó la invasión. Pocos recuerdan que luego se replegó al interior del litoral para preparar la defensa de Calama, que usted estaba dispuesto a cumplir, mientras resistía en el vado de Yalquincha, aquella vieja divisa de la Roma antigua: «Dulce et decorum est pro patria mori».

¿Cómo llegó la hora de su muerte? Tal vez corrió la suerte de muchos soldados entristecidos por la pérdida absurda de nuestro mar: el suicidio. Como lo hizo el general José Manuel Rendón en septiembre de 1908 en Iquique. Sabemos que también estuvo en la última batalla de la guerra, entre los 5.500 soldados bolivianos y 6.500 peruanos en el terreno desértico del Alto de la Alianza, cerca de Tacna, al mando de la 2.ª División del Ejército Boliviano con cargo de los Batallones Tarija 7°, Chorolque 8° y Grau 9°. Y despúes, la nada. Dicen que volvió a La Paz, dicen que apenas queda su apellido en una calle.

Hoy me he acordado otra vez de usted, coronel Zapata. La Alcaldía de La Paz está renombrando las calles del centro con el apoyo de una empresa de pinturas. De la privatización del espacio público, hablaremos otro día. Hoy su calle, don Severino, ha pasado a llamarse “calle Emiliano Zapata”. Ha sido solo por 24 horas, no tema. El alcalde Luis Revilla me ha dicho en Twitter que ha sido un error y en verso ha añadido: “Ya he instruido la corrección, gracias por la preocupación”. En la calle solo queda un número, el 110, junto a un chifa. Dice “S. Zapata”, ese Zapata que es el nuestro. Ese Zapata olvidado como tantos otros que llevan las calles su nombre. ¿Quién se acuerda de un camarada suyo, J.J. Pérez? ¿Y de Lisímaco Gutiérrez, Agustín Aspiazu, Belisario Salinas, capitán Ravelo, Pedro Salazar, Fernando Guachalla…? Son nombres, son calles, cerca de la suya, nada más. Se ama sin razón y se olvida sin motivo. Don Severino, usted simplemente no se lo merece.

*Ricardo Bajo es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter:
@RicardoBajo

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Fútbol boliviano: la última ‘ch’ampa’ guerra

Análisis. ¿Saldrá adelante una “nueva” licitación televisiva del fútbol boliviano en la peor coyuntura internacional posible cuando incluso la Bundesliga negocia a la baja?

/ 7 de julio de 2020 / 20:47

Una incidencia entre los clásicos rivales: Bolívar y The Strongest. Archivo La Razón

Como la pelota está parada en nuestro fútbol (y lo que queda), el “show” lo regalan (para no variar) nuestros queridos/amados/odiados dirigentes, espejo distorsionado de nuestra manera de estar en el mundo. El penúltimo “espectáculo” no gira alrededor del juego, por favor. La pelota hace rato que está manchada y sucia por disputas aún más turbias. Dicen que donde hay mucha plata y poder, surge la corrupción.

El fútbol lamentablemente cambió para mal, para siempre en los años noventa con la llegada de la televisión y su apuesta desproporcionada por los famosos y exclusivos “derechos” de transmisión. Entonces desembarcaron en el universo futbolero los personajes más “variopintos” de la galaxia: jeques del Golfo Pérsico más dictatorial, nuevos ricos de Europa del Este gracias a las mega-privatizaciones tras el colapso soviético, magnates de la construcción y diferentes representantes de los negocios más oscuros de la galaxia. En Bolivia los nuevos “ricos” se apellidan Salinas y Claure, Claure y Salinas, tanto monta, monta tanto.

Ambos protagonizan desde hace años una encarnada lucha fratricida (de “hermanos”) por el poder, el prestigio social… y la plata. El vil negocio del fútbol se ha convertido en el mejor medio para alcanzar reconocimiento público. Cámaras, luces y acción: aquí y en la China. La pelota importa poco o nada. Y sus protagonistas (futbolistas e hinchas) importamos menos aún. Por eso el fútbol ha vuelto en Alemania, España, Italia, Inglaterra… sin gente, con audios grabados y monigotes en las gradas. “The show must go on”.

La última ‘ch’ampa’ guerra gira obviamente alrededor de los benditos “derechos” televisivos, el único “recurso natural” inagotable de plata contante y sonante ante la deserción paulatina del público en la última década, la inexistencia de estrategias de marketing moderno y la creciente depauperación de nuestro nivel futbolístico. La batalla por la redistribución es barrio por barrio como en el Chicago de los años 20. Estamos condenados al extractivismo futbolero por naturaleza. Cada jefe mueve sus fichas como en un tablero de ajedrez. Cada “boss” cuenta –por supuesto– con su barra mediática a sueldo dedicada a aplaudir como en triste “show” grabado de televisión. Nadie es inocente.

El objetivo de Claure es sencillo: dar jaque mate a la reina, Salinas. Mover la silla y subir al trono. Su estrategia también es simple: divide y gobernarás. Claure es ambicioso, como todo nuevo rico, por eso tiene entre ceja y ceja a un viejo enemigo, Freddy Téllez, automarginado de momento a causa de unas escaramuzas con la libertad de expresión como excusa. Como liga de fútbol, somos un fracaso; como culebrón, la rompemos, nadie supera el nivelazo de nuestras “vedettes”. En sus vacaciones particulares, el “liberado” Téllez dispara a diestra y siniestra contra su coco particular: Claure y la venta turbia de entradas en  el Mundial de Estados Unidos 1994; Claure y el edificio “de” Bolívar en Obrajes; Claure y su no estadio; Claure y su pasión por las maquetas… Claure, el próximo emperador, está desnudo, grita en las redes sociales don Freddy.

La partida sobre el tablero es “apasionante”. De momento Claure va ganando esta guerra sucia, táctica y posicional, suma peones de ajedrez y vive feliz en los “Estados Pandémicos de Norte América” entre la pesadilla diaria de Trump y el glamour de sus extravagantes socios futboleros en el Inter Miami: Beckham y los hijos del ultraderechista Mas Canosa (ver el estreno fílmico “Red Avispa”). La telenovela suma villanos, malos malísimos.

¿Saldrá adelante una “nueva” licitación televisiva del fútbol boliviano en la peor coyuntura internacional posible cuando incluso la Bundesliga negocia a la baja? ¿Volverá a ganar Quiroga gracias a la cláusula de preferencia que todos los clubes firmaron a cambio de unos pesos más? ¿Por qué se pelean todos por esos derechos si nuestro fútbol es el peor del subcontinente y supuestamente no es rentable? ¿Es viable el plan Claure a contrarruta del espíritu de FIFA y Conmebol bajo el cual los derechos son de los entes matrices? ¿Contraatacará Claure con otra propuesta diviendo “forever” al fútbol entre el grupo de los ocho clubes bajo paraguas de Salinas y el grupo de los seis bajo la sombrilla de Claure? ¿Sacrificará Salinas la cabeza de Téllez para salvar la suya? ¿Afectará ese posible divorcio a la estabilidad en The Strongest? ¿Es viable el plan Claure o es pan para hoy y hambre para mañana? ¿Volverá Téllez de “vacación” vivito y coleando tras esta penúltima ridícula batallita que por ahora gana Salinas cuando Claure iba venciendo de inicio? ¿Retornará el fútbol en septiembre como opio para calmar al pueblo?

La hinchada se hace estas preguntas y mil más. Las respuestas ccomo la famosa e inexistente transparencia– están en al aire. Solo tengo una certeza: en esta champaguerra de egos, en esta patética telenovela de intereses particulares, perdemos todos. Pierde la selección de nadie –maltratada e ignorada por todos– y pierde nuestro querido (y nunca bien ponderado) fútbol. Porca miseria.

*Es periodista

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Teresa se llamaba dolor

Réquiem por Teresa narra un suicidio/feminicidio desde la perspectiva del hermano de la víctima.

/ 1 de julio de 2020 / 06:53

Villa-Matas pega en el clavo: “no se escribe —contrariamente a lo que creen tantos— para entretener aunque la literatura sea una de las cosas más entretenidas que hay, ni se escribe para eso que se llama ‘contar historias’ aunque la literatura está llena de relatos geniales”. No. Se escribe, dice el catalán, “para atar al lector, para adueñarse de él, para seducirlo, para subyugarlo, para entrar en el espíritu del otro y quedarse allí, para conmocionarlo y conquistarlo”.

Réquiem por Teresa es la mejor novela que he leído en mucho tiempo. Han pasado varias semanas desde que levanté de ella la mirada y sigo conmovido, conquistado, seducido. Tuvieron que pasar meses para que el libro del guatemalteco Dante Liano llegara a mis manos (bien baratito, como debe ser, gracias al Fondo de Cultura Económica, al cambio, 20 bolivianos). Se puede publicar y tener éxito con literatura buena y accesible, señores y señoras.

En agosto del año pasado, Paco Ignacio Taibo II me recomendó Réquiem para Teresa en la Feria Internacional del Libro de La Paz. Fuimos al poderoso stand de México y la novela no había llegado.

Semanas después, mi hermana viajó desde Frankfurt a Guadalajara y me compró la encarecida recomendación. Tuve que esperar a las últimas navidades para la reunión familiar en Bilbao y aún la lectura se dejó esperar hasta que comenzó el encierro por pandemia en La Paz. Después, gozar y sufrir, con banda sonora de Elvis, ante un retrato que ya pintó el poeta mexicano Juan de Dios Peza: “El carnaval del mundo engaña tanto/ que las vidas son breves mascaradas/ aquí aprendemos a reír con llanto/ y también a llorar con carcajadas”.

Réquiem por Teresa narra un suicidio/feminicidio desde la perspectiva del hermano de la víctima. Es el monólogo del perdedor, el que vio cómo un obtuso militar guatemalteco apagó la llama vital de Teresa y le dio, cobarde, el soplido final. Es la confesión desgarradora frente a un remolino de recuerdos verdugos.

La narración alterna interlocutores y planos con lenguaje coloquial, a ratos localista, que se empalma con la poesía gracias a la amalgama del humor. Todo ocurre en una tarde de farra que deviene en una noche decadente durante la tocada del más famoso imitador de Elvis en Guatemala. Hay cerveza a chorros, hay rock, y hay un duelo —oscuro y constante— por la muerte de Teresa.

Réquiem por Teresa retrata la metamorfosis terrorífica de una chica lista y bonita (auto) destruida, sometida a los golpes por una estructura patriarcal que no perdona, abandonada en la isla de las soledades repleta de gente sorda y ciega. “En Guatemala tu deber de hombre es también ese: defender medievalmente a tus mujeres. Y si no, fallaste, mano, como fallé yo esa mañana angustiosa en la que la Teresa llamó llorando porque el Pirata le había pegado por primera vez”. En primera persona, el hermano escarba en la amargura por no haber hecho nada para evitar la muerte, una “culpa que se retuerce como sabandija en la culebra”.

¿Por qué los hombres necesitamos ingentes cantidades de trago para hablar de nuestros sentimientos? ¿Por qué la masculinidad más tóxica nos envenena con soberbia y violencia? Es el sino de un continente derrotado por el machismo asesino que genera dolores colectivos. Ese imitador grotesco, panzón, entrañable y decrépito parodia a un símbolo ajeno, consciente de su degradación. Es la misma degradación de Teresa, de Guatemala, de Bolivia y de América Latina. “Sangre, sudor y mierda, las lágrimas en este continente son un lujo”.

Ante el feminicidio y el dolor, es fácil caer en lo cursi, en la pornomiseria o en lo obsceno de la culpa. Liano se mete en el lodazal y sale a flote con una “novelita” de 135 páginas, ambientada en los años 80 de las dictaduras militares centroamericanas, tan pasmosamente parecidas a nuestros días en lo cobarde, en lo corrupto.

“Vámonos de esta mierda, vámonos por favor a algún lugar donde la mente se ponga en blanco, en donde todo sea como fue alguna vez, sin felicidad, sin ausencia”, dice el narrador que llora a Teresa. Un narrador que, a estas alturas se ha adueñado de este lector, ha entrado a su espíritu y allí sigue. Voy a agradecer a mi hermana, precisamente a ella, este gran regalo.

Ricardo Bajo
es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual
Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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Nuestro periodismo es un cadáver

¿Por qué ahora en los canales de aquí y de allá los nombres de los programas se basan en el apellido del periodista?

/ 17 de junio de 2020 / 05:54

Por qué la mayoría de los últimos escándalos de corrupción no han sido publicados en los medios hegemónicos de comunicación? ¿Por qué las redes sociales y los “Uniteles” de turno con jefes que van/vienen han ganado la batalla? ¿Por qué los mejores periodistas de derechas y de izquierdas ya casi no trabajan en los medios tradicionales? ¿Por qué ya casi no hay colegas de prestigio en canales, radios o periódicos? ¿Hace cuánto que no ves o escuchas una buena entrevista/ charla/conversación en la tele o en la radio? ¿Por qué muchas veces los diarios se te caen de las manos sin nada bueno que leer? ¿Por qué las contrapartes se buscan al día después de la nota publicada? ¿Por qué no se imprimen ya medios alternativos como El Juguete Rabioso? ¿Leemos ya exclusivamente en el digital y por ende leemos/entendemos peor? ¿Por qué hay tanta gente que se niega a ver canales nacionales o comprar diarios bolivianos? ¿Por qué tenemos que leer prensa extranjera para enterarnos de las cosas feas? ¿En qué momento colegas/ “buena gente” exigen censurar a colegas/ “mala gente” sin rubor? ¿Se soluciona todo atacando/amenazando a periodistas? Esta columna no tiene respuestas, es como el teatro.

Todo este panorama de incertidumbres, catástrofe, ahogo y revanchismo no es nuevo, no arrancó ni hoy ni ayer. Hace años que los colegas que conozco, de izquierdas o de derechas, migraron a las universidades, a las ong, a las fundaciones, a la escritura o simplemente cambiaron de oficio. Algunos pusieron un bar.

Las empresas/estancias mediáticas del buen/mal negocio despiden sin rubor o los periodistas se van, monta tanto. En el mundo la crisis del periodismo impreso ha encontrado una “salida mágica” ante el fenómeno de las redes/celulares que “informan”, entretienen, intoxican y opinan por el mismo “precio”, ante la desaparición progresiva de la publicidad que también se ha esfumado por arte de birlibirloque: la suscripción digital. ¿A cambio de qué? De buenos contenidos, de lindas crónicas, de buenas plumas, de investigaciones, de producción audiovisual de calidad… y de descuentos/ofertas en el cine, en el super, en el comercio de turno. ¿Cómo serán las redacciones de periódico del futuro? Obviamente no serán aquellas repletas de personas marcadas a sangre y fuego por las famosas tres “d”: depresivas, dipsómanas y divorciadas. ¿Serán viables en nuestro país redacciones con más de 50 personas? ¿Se acelerará la terciarización de suplementos, revistas y productos especiales de los diarios para ahorrar en personal y plata? Los mineros fueron obligados a partir hacia el Chapare tras la salvaje “relocalización” neoliberal, ¿a dónde nos van a mandar a los cientos/miles de periodistas sin pega?

En nuestro medio donde la suscripción digital se ve como algo lejano, marciano y/o simplemente imposible, las empresas mediáticas del mal/buen negocio despiden a los periodistas y/o éstos se van, tanto monta. ¿Por qué? Porque estorban, porque no se cuadran, porque ya no entran en el modelo del “bisnes”, porque se sienten/son ajenos y se van calladitos para no molestar al patrón. Y así, lo único que queda son las penas, pena de nosotros y pena de otros, lectores, oyentes y televidentes que todavía no han salido corriendo huyendo de la peste, el asco, la plaga. Las estancias mediáticas del buen/mal negocio que cambian de camiseta según el viento que sopla prefieren pagar a tres cuates dos salarios de miseria para fabricar una pinche nota para las redes y lograr miles de “likes” masturbatorios.

¿Por qué ahora en los canales de aquí y de allá los nombres de los programas se basan en el apellido del periodista? ¿Ese es el futuro? ¿Apostar a la “independencia” del colega de turno y no al logo desgastado del medio mercenario de turno? ¿Esa será la vacuna salvadora para esta infopandemia? ¿Y si apostamos por la honestidad?

Nuestro “viejo” periodismo es un puto cadáver, está muerto tirado en la calle y el “nuevo” todavía no ha nacido, peor ni siquiera se lo espera. En este maldito claroscuro solo alcanzo a sufrir sin parar perfiles de monstruos, miedos y mentiras. Es mi melancolía insurrecta, es mi infinita tristeza.

Ricardo Bajo
es periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual
Le Monde Diplomatique. Twitter: @RicardoBajo.

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Rojo de ira, como su poncho

‘Alborada’ no dejó huella en la historia del cine boliviano; apenas referencias periodísticas breves a su rodaje paceño

/ 3 de junio de 2020 / 06:08

Charles todavía no es Aznavour. Estamos en octubre de 1962 y un equipo de cineastas franceses ha llegado a La Paz para terminar el rodaje de una “road movie” en tecnicolor. Son los tiempos de la “nouvelle vague”. El director tiene 26 años y se llama Jean Gabriel Albicocco. Su única credencial es su opera prima, “La muchacha de los ojos de oro”. Los tres protagonistas de su segunda película son su compañera Marie Laforêt, de 23 años; el italiano Franco Fabrizi, de 46 años (Fausto en “Los inútiles” de Fellini); y Charles Aznavour, un hijo de inmigrantes armenios nacido en París hace 38 años.

En La Paz casi nadie les tira pelota, ni al épico rodaje ni al famoso “chansonier”, pero sí se fijan en ellos la revista Nova y el semanario deportivo Panorama. La primera tiene al maestro Jorge Ruiz como encargado de su sección de cine. Precisamente don Jorge, al frente del flamante Instituto Cinematográfico Boliviano, echa una mano a Albicocco.

Su competencia en el semanario Panorama es Teddy Córdova, periodista deportivo y apasionado cinéfilo de gustos conservadores. En su búsqueda de los actores, Ted se larga al Hotel Crillón y allí se topa con el trío. Charla con Marie, quien está apunada y con un tobillo dislocado; mientras el fotógrafo Nils Valle dispara embrujado foto tras foto. Y entre charla y charla con las estrellas galas, el gacetillero asiste perplejo a una escena también épica: los camareros del hotel no dejan entrar a Aznavour al comedor porque no lleva corbata, lo que evidentemente le molesta. Charles, “un hombre chiquitito y de aspecto demasiado fino” (Córdova dixit) grita y amenaza, “rojo de ira”.

La película que están rodando, casi sin plata, se llama “Le rat d’Amerique” (en castellano “Alborada” o “Amanecer”; en inglés, “Rat trap”; y en italiano, “Il sentiero dei disperati”). Está basada en una novela de aventuras y picaresca escrita por Jacques Lanzmann, que ha sido comparada incluso con “El viaje al fin de la noche”, de Céline.

“Le rat d’Amerique” se estrenó en París en 1963 con gran éxito tras su paso por el Festival de Cannes. Y después se exhibió en casi toda Europa, incluso al otro lado del “Telón de Acero”, donde ven la obra como la justificación de algunos principios de la doctrina marxista. En Paraguay pasa desapercibida, y luego el dictador Alfredo Stroessner, tarde y mal, la prohíbe porque tiene escenas rodadas en un barrio antiguo y pobre de Asunción, La Chacarita, “que atentan contra la realidad del país”. En Chile tiene un estreno fugaz, a pesar de sus secuencias en Santiago, Arica y el campamento minero de la “Disputada de las Condes”. El afiche en castellano dice cosas como éstas: “sus fieras pasiones y candentes amores sobrepasan la inmensidad del continente”, “un apasionante amor ilumina la heroica y violenta odisea del inmigrante”.

“El rata de América” narra las andanzas de un pintor francés que se busca la vida (y el amor) en Asunción, Santiago, Arica y La Paz, para después regresar (derrotado, vivo y nostálgico) en barco a Francia, dispuesto a olvidar para recordar después. Aznavour escucha durante todo el periplo melodías para su futuro repertorio, aprende guaraní, corre mil aventuras, se enamora y se junta con asesinos, bohemios, mineros, putas y una banda de contrabandistas que vende armas para una (otra) guerrilla sediciosa en Bolivia.

Tras su éxito pasajero, la cinta desaparece de la faz de la tierra y se da por perdida. Pero a principio de este siglo, una copia es hallada en los bajos de los estudios Gaumont de la capital francesa y es reestrenada en 2008 en el certamen de cine Arica Nativa (hermano del Festival Radical de La Paz).

“Alborada” no dejó huella en la historia del cine boliviano; apenas referencias periodísticas breves a su rodaje paceño. De aquel medio día de octubre, cuando los camareros (siguiendo escrupulosamente las reglas de la época) impidieron la entrada a ese francés bajito tampoco se sabría nada de no ser por Teddy Córdova. Quizás tampoco se sabrá que a falta de corbata, el parisino llevaba un poncho rojo, como iba a ser su ira. Charles todavía no era Aznavour.

Ricardo Bajo, periodista y director de la edición boliviana del periódico mensual Le Monde Diplomatique. Twitter: RicardoBajo

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