Voces

viernes 26 feb 2021 | Actualizado a 09:16

El miedo al ‘otro’

El Covid-19 ha resultado muy efectivo para la desmovilización, para la aceptación y para la exacerbación del miedo al ‘otro’.

/ 28 de marzo de 2020 / 22:24

Desde octubre pasado, el catálogo de injusticias que hemos tenido que soportar se hace tan pesado que ya la indignación se cansa. Y peor ahora, que el Covid-19 ha resultado muy efectivo para la desmovilización, para la aceptación y para la exacerbación del miedo al “otro”. Porque el miedo al coronavirus es abstracto, inasible. Mientras que el miedo a quien se te aproxima tosiendo por la calle es concreto, y hace emerger lo más básico de nuestros instintos de supervivencia.

Y no es que hayamos estado escasos de ese rechazo visceral a quien consideramos ajeno a nuestra identidad, perteneciente a un grupo alterno, inferior, distinto al grupo que consideramos “nuestro”. El “quién soy yo” se define, desde siempre, en relación a quién no soy, a quién es el otro. La idea misma del estado nacional se basa en crear la ilusión de una comunidad imaginada, que borra nuestras diferencias y nos hace sentir que todos somos parte del mismo bando. Pero en tiempos de dictadura y de corona no hay amor que valga. La cuarentena nos separa físicamente uno del otro, y las redes sociales se convierten en el espacio donde se ventilan todos los miedos, disfrazados de un odio que no por ser ancestral es menos doloroso.

El temor al contagio se ha convertido en una excusa más para trazar las diferencias entre los “civilizados”, que educadamente obedecen al Gobierno y se quedan recluidos, y los “salvajes”, que comen chuño y salen a la calle a vender a pesar de las prohibiciones. A estos últimos debe caerles el más duro peso de la ley, dicen quienes se proveen en el supermercado una o dos veces cada día.

El miedo genera violencia, eso es sabido. Violencia de policías metiendo a la gente a patadas a sus casas. Violencia del ministro que amenaza con cárcel y persigue a quienes se atreven a publicar un video no autorizado. Violencia de vecinos que impiden a los enfermos ser atendidos en hospitales públicos. Violencia simbólica que racializa el virus y lo pinta de alteño, colla, cocalero, indio… No importa si es en relación a un virus o a un proceso político, el miedo al otro es el justificativo para todas las injusticias que nos han impedido ser una sola comunidad imaginada a lo largo de casi dos siglos. Y el miedo se exacerba en momentos de crisis, cuando la sobrevivencia física o política del grupo dominante se percibe en riesgo, y el culpable es el “otro”.

Considerar al otro “salvaje” (vándalo, terrorista, horda…) implica bestializarlo, y justifica el odio de quien siente amenazados sus privilegios. Si el “otro” es una bestia sedienta de sangre que está viniendo a tu barrio a saquearte y a atacarte, es “normal” que quieras defenderte. Y es natural que lo odies. Considerar al otro “ignorante” (engañado, llama, masiburro…) implica inferiorizarlo y justifica, por tanto, el desprecio de quien siente avasallado su espacio. Si el “otro” es un ignorante, que no sabe lo que hace ni por qué lo hace, es “normal” que quieras quitarle el derecho a decidir por sí mismo. Y es natural que lo excluyas y lo arrincones.

Considerar al otro “sucio” (pagado, corrupto, narcotraficante…) implica inmoralizarlo y justifica, por tanto, el asco de quien se cree superior. Si el “otro” es un ser sin valores ni principios, que actúa solamente por intereses bajos, es “normal” que lo excluyas de la vida social. Y es natural, casi, que se lo elimine por completo.

Es descorazonador ver el nivel de violencia simbólica y verbal que campea por las calles y las redes sociales desde octubre. Claro que antes también existía, pero estaba más escondida. Claro que ese miedo disfrazado de odio, desprecio y asco está en la esencia misma de nuestra formación social y nacional. Las trincheras que los vecinos construyeron en las esquinas de sus casas para defenderse de las “hordas de salvajes” que venían para atacarlos desde El Alto o las áreas rurales se han repetido cíclicamente en nuestra historia. Aunque no las veamos, siguen ahí. Es un virus más peligroso que el Covid-19, la peste y el cólera combinados.

* Es cineasta

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Días de Fiesta

/ 13 de febrero de 2021 / 23:34

Este año el Ekeko no vino. Y si lo hizo fue de forma clandestina: pequeños puestos dispersos por la ciudad, sin ruido ni nueces. Por mi zona no se instalaron yatiris; eran las propias vendedoras las que bendecían las miniaturas sin mucho rito pero con la mejor de las intenciones. Claro, se entiende: había que evitar las aglomeraciones. Y con ese fin la ciudad sacrificó su fiesta más significativa e interesante.

La Alasita es la fiesta de las Illas: espíritu de las semillas de plantas, animales y personas. La semilla que se celebra, se multiplica. Y al multiplicarse las semillas se propician los frutos, se reproducen los animales y florecen las esperanzas de los humanos: Que este año pueda terminar mi casita. Que nadie se enferme en mi familia. Que finalmente pueda casarme. Que mi hija se gradúe. Que mi negocio prospere. Que se resuelva el juicio que tengo pendiente. Que me contraten. Que se concrete el viaje que anhelo. Que no me falte el pan, la salud ni la risa.

¡Cuánta falta nos hace el Ekeko este 2021! Fue un despropósito postergar la fiesta, porque la esperanza siempre se dará modos para mantenernos vivos. La fiesta de la Alasita, que se celebra el 24 de enero al mediodía, se mantuvo a pesar de las ordenanzas. La Feria de Alasitas, que es solo un mercado de artesanías, se postergó hasta cuando la pandemia lo permita.

Algo similar sucederá con el Carnaval, la fiesta de la precosecha, del agua, de las despedidas. Estando el virus al acecho, no podemos celebrar como si no existiera. Pero hay que darnos modos para celebrarlo, porque este es el tiempo en que se agradece a los muertos por haber traído lluvias y se los despacha para que se regresen por donde han venido. Este es el tiempo en que se celebran las sementeras y se advierte a las papas que están todavía bajo tierra: debes crecer grande, fuerte, como un membrillo. Es tiempo de adornar a los animales con cintas de colores, de llenar los techos de flores, de globos y de serpentinas. Tiempo de rociar con azúcar y con semillas doradas las esquinas de las tiendas, de festejar al minibús, al camión y a los bueyes. Son, otra vez, las Illas las que se celebran en febrero: crezcan, florezcan, fructifiquen, reprodúzcanse. Celebramos aquello que nos alimenta y nos sostiene, no importa si es una chacra o una peluquería, una yunta o una computadora. Reafirmamos así la vida que le atribuimos a todo lo que nos rodea. Celebrar el Carnaval es celebrar la vida y su potencial de reproducción y de abundancia. ¡Qué falta nos hace celebrar la vida en este tiempo de muerte y de incertidumbre!

El COVID-19 nos ha quitado los abrazos y los apretones de manos. Nos ha quitado el trabajo, los clientes, los cumpleaños, los teatros, las películas, los conciertos. Nos ha quitado la abundancia, nos ha quitado los planes y, desgraciadamente, nos ha quitado a muchos amigos y parientes. No dejemos que nos quite también la fe en días mejores. No hace falta aglomerarnos para celebrar la vida, para ch’allar nuestras herramientas y nuestras esperanzas. Solo hace falta unas cuantas semillas, unos granos de arroz, unos pétalos de flores en las esquinas de nuestras casas y nuestros negocios. Solo hace falta que el mismo alcohol con el que obsesivamente nos frotamos las manos, lo rociemos a la tierra mientras agradecemos por las lluvias de diciembre y enero, y recomendamos a la muerte que se vaya por donde vino: que deje de llover, que las papas crezcan como membrillos, que vuelvan los clientes y el trabajo, que sanen nuestros enfermos, que se multipliquen las semillas, se propicien los frutos, se reproduzcan los animales y florezcan las esperanzas de los humanos.

    Verónica Córdova es cineasta.

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Zamba para no morir

/ 31 de enero de 2021 / 00:33

Estamos rodeados de muerte, y todas las muertes duelen. Algunas nos duelen de lejos, por empatía humana, porque aun sin conocer a quien falleció entendemos que lo amaban.

Otras nos duelen en la mente, porque sabemos que quien se fue era enorme. Como El Mallku, que no necesita nombre ni apellido porque es pura palabra y puro desafío. Muchos nunca compartimos con él un café, una charla, ni siquiera una mirada. Pero sentimos su muerte como un desgarro, porque su presencia cambiaba algo fundamental en el país entero: era el recordatorio constante de lo que en el fondo somos. Él siempre supo que era esencial, y por eso lo predijo: “Incluso de muerto, debajo de la tierra, voy a seguir gritando”. La historia lo recordará, vivo.

Otras muertes nos duelen en el pecho, en la garganta, en los planes que nunca se cumplieron. Como la partida del sociólogo Juan Carlos Pinto, que duele mucho porque mucho era lo que él le daba al mundo. Sin ser tan visible, era tan consecuente y tan necesario como El Mallku. Porque Juan Carlos reflexionaba, enseñaba, escribía, inspiraba. Durante los meses duros de la dictadura no dejó nunca de resistir, en la acción y en el pensamiento: siempre solidario, siempre amable, siempre sereno. Sus reflexiones acerca del Proceso de Cambio y lo que debemos hacer para consolidarlo son ahora más necesarias que nunca. La muerte lo sorprendió a medio camino, cuando tenía delante suyo el campo, el fruto y la miel. Pero ha dejado tanto dicho y escrito que el olvido no lo va a vencer. Seguirá creciendo en el sol, vivo.

Hay muertes que, no por esperadas, son menos tristes. Personas que vivieron una vida larga, añosa, llena de frutos, brotes, semillas que se esparcieron con el viento y dieron a su vez vida a nuevos árboles. Como don Chechi Nogales, leyenda de la prensa en Cochabamba y papá de mi mejor amigo en la adolescencia. Su historia de vida y sus anécdotas cubriendo la muerte del Che fueron fuente e inspiración de una de mis películas. Sus enseñanzas formaron a varias generaciones de periodistas, que ojalá sigan su ejemplo de ética, de rigor y de profundidad reflexiva. El vacío que deja no es tal: está lleno de historias. Y su voz, repetida en ondas de radio y televisión, impresa en ejemplares de prensa, se quedará repartida en el aire, siempre.

Y la que duele más hondo, más intenso, es la muerte de Gil Imaná. Un maestro del arte, un creador de mujeres-montaña, de munachis de amor, de grupos campesinos organizados y desafiantes. Muchos conocen su obra, pero pocos saben de su enorme dulzura. Era un ser de luz, un suave viento, él mismo una montaña ocre y amparadora. Ahora va de camino por el agua, descalzo, desnudo, siguiendo los pasos de su amada Inés que se le adelantó por el camino. Inés Córdova y Gil Imaná son ya eternos, y están juntos en esa eternidad líquida que es el Lago sagrado, donde juraron re-encontrarse. Nos dejan una estela de colores, de trazos, de textiles, de metales y de piedras que a pesar de su belleza todavía no alcanzan para darnos consuelo.

Estamos rodeados de muerte. Pero ¿no estamos así desde que empezamos a vivir, desde que existimos como especie? En la escuela nos dicen, con toda claridad, que los seres vivos nacemos, nos reproducimos y morimos. Sobre cómo, cuándo y dónde nacer no tenemos control alguno. Simplemente sucede. Lo mismo pasa con la muerte. Lo que está al medio de esos dos momentos es lo que vale. Algunos se reproducen en hijos, nietos, columpios, humintas, navidades. Otros eligen las ideas, las palabras, el arte. Todas son maneras de vencer a la muerte, porque hacen que quien se va en realidad se quede. Pero ninguna evita que, para los que se quedan, la muerte cale hondo y duela.

     Verónica Córdova es cineasta.

    

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No es lo mismo, pero es igual

/ 17 de enero de 2021 / 01:41

La semana pasada una turba de seguidores de Donald Trump tomó violentamente las instalaciones del Congreso de Estados Unidos, con el objetivo de impedir que se certifique oficialmente la derrota de su líder en las elecciones presidenciales. Poco después empezaron a circular ingeniosos memes comparando ese evento con lo ocurrido en Bolivia en 2019, cuando una turba de seguidores de Mesa, Ortiz, Cárdenas y otros perdedores de las elecciones presidenciales atacaron y quemaron instalaciones de los Tribunales Electorales Departamentales para impedir que se termine el conteo oficial de los votos.

La justificación para ambas acciones es una palabra sin pruebas que la respalden: Fraude. Desde mucho antes de las elecciones, el candidato Trump cuestionó el sistema electoral norteamericano y a las personas a cargo de administrarlo. “Será el fraude más grande de la historia”, afirmó en Twitter el 24 de mayo pasado. O sea: un “fraude monumental”, como se dice por estos pagos.

Una vez realizadas las elecciones y verificada su derrota, Trump se negó a reconocer esa realidad y llamó a sus seguidores a movilizarse para defender su voto. Exactamente lo mismo que hizo Carlos Mesa cuando en 2019 perdió contra Evo Morales por un 10% de diferencia. Decir que hubiera ganado la elección si se iba a segunda vuelta, es lo mismo que decir que Bolivia hubiera ganado el Mundial si no lo hubieran eliminado en la primera fase.

Tanto en Estados Unidos como en Bolivia, las declaraciones de fraude sin respaldo real encendieron iras irracionales y generaron violencia con tintes fascistas. Entre los cánticos de la turba que atacó el Capitolio se podían oír insultos a legisladores demócratas y amenazas contra la izquierda y los inmigrantes, y se podía ver muchos símbolos antisemitas. En los puntos de bloqueo de Bolivia los cánticos incluían insultos racistas, machistas y homofóbicos. En ambos casos, hubo también profusión de banderas nacionales, de biblias y de carteles con alusiones religiosas.

En Estados Unidos se está investigando ahora la participación en la toma del Capitolio de grupos paramilitares muy bien organizados, con armas, logística y asesoría de militares y policías en retiro. En las movilizaciones de 2019 en Bolivia sucedió exactamente lo mismo: en muchos puntos de bloqueo de la Paz vimos la presencia de jóvenes cruceños que se hacían cargo de la organización y la logística con tácticas sospechosamente similares a las castrenses. En el caso de Cochabamba se ha mostrado incluso videos de policías coordinando con los motoqueros.

El rol de la Policía y el Ejército, en el caso boliviano, fue determinante. Cuando ambas fuerzas traicionaron su rol constitucional y se plegaron a las fuerzas sediciosas, cayó el gobierno legalmente establecido. En el caso norteamericano eso no ha sucedido. La posesión del presidente electo está prevista para dentro de unos días y, con un poco de suerte, ese país (y el mundo) se librará de Donald Trump el 20 de enero. Aquí también prevaleció la democracia y nos libramos del gobierno dictatorial instalado por la traición del Ejército y la Policía, la ambición de la oligarquía agroindustrial y la ceguera de las clases medias “pititas”.

Hay algunas diferencias. Ayer el Congreso gringo aprobó el inicio de un juicio político contra Trump por incitar a la violencia. Sus cuentas en redes sociales fueron canceladas, como las de muchos de sus seguidores. Aquí quienes incitaron a la quema y toma de instituciones todavía se campean impunemente. Muchos son candidatos a alcaldes o gobernadores y escriben lo que les da la gana en sus redes sociales. Tanto allá como acá, la justicia es la última de las prioridades.

Verónica Córdova es cineasta.

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Un ojo adelante y otro atrás

/ 3 de enero de 2021 / 07:05

Hay dos formas de comenzar un nuevo año. La primera es quemando en la calle o tirando por la ventana aquello que te trajo dolor, parálisis o descontento durante los meses pasados. Esta manera reflexiva de terminar una etapa implica mirar hacia atrás para recontar agravios, errores y traspiés, con el valor de reconocerlos y asumirlos para que no se repitan en la etapa que comienza. La noche de Año Nuevo, en esta tradición, hacemos un recuento de todo lo malo que vivimos este malhadado 2020, que en realidad comenzó dos meses antes con 21 días de intolerancia y violencia, con un golpe de Estado, con dos masacres y con miles de familias destruidas, perseguidas, separadas, heridas y encarceladas. Ya desde sus primeros minutos, 2020 vino arrastrando un clima de incertidumbre y de angustia.

Después vino la pandemia con su carga de temor, aislamiento e impotencia. Se perdieron vidas, se perdieron trabajos, se perdieron ingresos y se perdieron confianzas. Muchos perdieron abuelos, esposos, madres, hijas. En el intento desesperado de salvarlos, muchos perdieron sus ahorros de toda la vida. La generación más joven perdió un año de escuela. El país perdió en un año reservas, proyectos y certezas que le tomó una década construir.

En 2020, todos perdimos algo. Pero no podemos cerrar este año solamente haciendo un catálogo de agravios. Hay que tirar por la ventana los dolores y las rabias, sacudirse las penas (como migas de la falda) y quemar todo lo que nos hizo daño: la intolerancia, el racismo, la indolencia, la violencia, la corrupción, la flojera, el miedo, la desconfianza. Hagamos una enorme hoguera, y veamos cómo se queman la bronca y la tristeza hasta disolverse en cenizas.

La segunda forma de comenzar el año es mirando hacia adelante, enumerando las esperanzas que le darán forma a nuestras acciones en cada uno de los meses que se avecinan. Doce uvas, doce meses, doce de la noche, doce campanadas. Hay quienes cuentan billetes, hay quienes cambian el color de sus calzones, hay quienes cargan una maleta y salen corriendo por la calle. Hay quienes solo sueñan con un abrazo, y este año es probable que no lo tengan. No importa: cualquiera sea la cábala, los deseos para el siguiente año son concretos, redondos y jugosos como una uva tarijeña:

Que en 2021 derrotemos al virus del COVID-19. Que seamos capaces de cuidarnos unos a otros y que el Estado cumpla su función de protegernos. Que no haya hospitales que rechacen pacientes, ni pacientes que mueran en abandono. Que los barbijos no nos conviertan en números sin rostro y el miedo no nos convierta en enemigos. Que en 2021 recuperemos nuestro ajayu colectivo y derrotemos la intolerancia y el racismo que nos divide en dos bandos. Que haya justicia para los muertos, los heridos, los perseguidos y los encarcelados, para que nunca nadie más se atreva a hacer un golpe de Estado. Que empecemos el proceso de reconciliarnos: que se cuenten las historias, que se reconozcan los errores, que se curen las heridas.

Que en 2021 se remiende lo desgarrado, se repare lo roto y se comience de nuevo, en todos los ámbitos. Que haya trabajo, que haya pan, que haya libros, que haya rosas. Que haya vida y ésta se disfrute en libertad, en dignidad y en abundancia.

Existen dos formas de comenzar un nuevo año y ambas son necesarias para cerrar el ciclo. Mirar atrás, para aprender de lo vivido. Y mirar adelante, para convertir la esperanza en objetivos.

Verónica Córdova es cineasta.

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Itinerario de un golpe

/ 20 de diciembre de 2020 / 00:37

Dice el historiador Eric Hobsbawm que escribir la historia de un periodo reciente, que uno ha vivido, es de alguna manera recolectar, amplificar y corregir los propios recuerdos. Y por muy insignificante que sea la parte que vivimos, como testigos o actores, debemos contribuir a entender por qué sucedieron los eventos, para evitar que se repitan.

Yo no soy historiadora, pero siento como muchos la responsabilidad de preservar datos y sucesos que pueden fácilmente perderse en la vorágine de información que, desde todos los bandos, oscurece y obnubila la reconstrucción de octubre y noviembre de 2019.

Una fuente importante para la reconstrucción histórica son los reportes de medios de comunicación, a los que se suele considerar veraces y neutrales, capaces de consignar información verificada y balanceada. La prensa boliviana de esas semanas no puede, sin embargo, ser considerada fuente válida. Para empezar, porque muchos medios escritos no se imprimieron los días de la crisis y sus versiones digitales están solamente en la Web, desde donde pueden ser modificadas o desaparecer en cualquier momento. Pocos medios televisivos llegaron a los lugares de los hechos para reportar, por ejemplo, las masacres. Unos por cuidar la seguridad de sus periodistas, otros porque los pobladores indignados les negaban el paso. Y otros también porque su línea editorial requería que muestren algunas cosas pero escondan otras. Las radios comunitarias habían sido silenciadas días. La Kawsachun Coca y la Soberanía de Cochabamba fueron saqueadas e incendiadas. A pocas cuadras de mi casa, paramilitares tomaron la sede de la CSUTCB y torturaron al director de Radio Comunidad. Lo golpearon, lo amarraron de un árbol y lo agredieron delante de todos los vecinos.

A pesar de todas estas dificultades, el historiador que quiera reconstruir los hechos de octubre y noviembre puede hacerlo a través del Internet. A falta de medios que cubran los eventos, miles de testigos ciudadanos grabaron en su teléfono cada situación y la publicaron en las redes. Vimos así cómo un grupo de periodistas interroga a un joven documentalista, lo increpa y finalmente lo entrega a la Policía para que lo detenga. Su crimen: no ser periodista. Vimos a los soldados disparar contra la gente. Vimos a los heridos caer y desangrarse. Es cierto: hay que tener mucho cuidado de analizar, comparar y vetar los testimonios y las imágenes que circulan en Internet. Puede que haya material descontextualizado o manipulado. Puede que se cuelen noticias falsas. La misma acuciosidad que debe tener todo historiador al evaluar sus fuentes, y más, debe aplicarse a las redes.

Sin embargo, a diferencia de Octubre de 2003 o de otro momento histórico, del golpe de Estado de 2019 tenemos evidencias que nos permiten reconstruir su itinerario. Gracias a la valentía de miles de ciudadanos vimos el heroísmo y la desesperación, vimos la impotencia y el abuso, vimos la represión y vimos la resistencia. Todos vimos el golpe de Estado que ahora niegan.

Por eso, pueden desgañitarse gritando que no fue golpe. Pueden echar a andar sus máquinas de opinión y poner a escribir a todos sus amanuenses. Pueden ampararse en interpretaciones torcidas de la Constitución. Pueden oponerse a dar curso a juicios e investigaciones, pueden negarse a aceptar conclusiones y pueden declararse perseguidos políticos y víctimas de una vendetta. Lo que no pueden, no podrán hacer nunca, es borrar las miles de video-evidencias que los testigos y víctimas del golpe de Estado han plantado en el ciberespacio, como banderas de resistencia y como hitos que nos permitirán, poco a poco, reconstruir la historia. Para que nunca se repita.

Verónica Córdova es cineasta.

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