Voces

miércoles 3 mar 2021 | Actualizado a 04:54

‘Tatake’, nuestro gigante

/ 22 de junio de 2019 / 21:25

Las ciudades modelan su imaginario todos los días, especialmente cuando reciben algo inusual que rompe la rutina y se lo apodera para sí misma. Esto ocurrió cuando Wálter Quisbert Limachi irrumpió en el escenario urbano rebautizado posteriormente como Tatake, en alusión a un personaje malévolo asiático, enemigo del héroe híbrido Kalimán y su acompañante Solín, exitosa radionovela popular que se la puede encontrar aún en compactos en las ferias de El Alto. Su desmesurado tórax y su altura de 2,35 lo transfiguraron en un personaje singular, que se disputaban políticos, fraternidades y entrenadores deportivos.

Durante su corta estadía en Chile, en la década de los 70, emprendió su carrera como boxeador y fue reclutado para representar a Bolivia en los Juegos Bolivarianos de 1977, con la innegable ventaja de su estatura y la fuerza descomunal de sus 123 kilos. Dada la peculiar inutilidad de los deportistas bolivianos para ganar medallas de oro, el triunfo de Tatake sobre sus adversarios, quienes lo miraban boquiabiertos, desató una euforia inédita en los aficionados al box pero, sobre todo, fue aprovechado por los políticos de entonces para justificar sus actos represivos (era un año conflictivo por las movilizaciones sociales en los estertores de la dictadura militar).

Obligado por la Ley del Servicio Civil Obligatorio, Quisbert nos representó en aquel certamen deportivo y su actuación fue la más exitosa por el aura, casi circense, que sus patrocinadores armaban. Esa medalla lo marcó para el resto de su vida. Nunca más dejaría los cuadriláteros, ya sea como luchador, boxeador o promotor. Sus presentaciones posteriores llenaban el Coliseo Cerrado de la calle México. Fue un renacer del box boliviano. Con Isidro Guarachi, otro destacado púgil boliviano, le dieron impulso, aunque efímero, a esta disciplina deportiva en el país.

En su ciudad natal, La Paz, nunca fue derrotado. Y eso me trae a la memoria a un tío que era un seguidor incondicional suyo, quien nos venía a buscar para llevarnos al Coliseo, hacer fila durante horas, y obtener los mejores sitios para animar a nuestro ídolo con gritos machistas como “¡Dale como a tu chola!”, y otros estribillos que se confundían con la algazara popular que no mide su entusiasmo con protocolos de finura y que ahora serían políticamente incorrectos y censurados por su ordinariez.

En una ocasión sus promotores trajeron a un luchador venezolano muy apuesto, una especie de Tarzán latino al que no habían advertido que se iba a enfrentar con un hombrón de 2,25 metros de altura y 123 kilos de peso o un poco más, ya que el éxito había incidido positivamente en su peso. Cuando el luchador venezolano subió al ring, un grupo femenino numeroso vitoreaba al Tarzán llanero, que de un salto subió a las cuerdas del cuadrilátero para lanzar besos a las damas que suspiraban y le arrojaban flores, entusiasmadas por la reciprocidad del púgil. El ingreso del Tatake fue apoteósico, con su capa azul y plata y en cada pierna un enano enmascarado que se balanceaba al paso del gigante. La reacción del público fue de un fervor que nos remontaba a los circos romanos.

Los encuentros entre pesos pesados no profesionales solamente duran tres rounds de tres minutos, por uno de descanso. Por lo tanto, entre 12 a 15 minutos debe suceder todo. Luego de algunos airados reclamos, el púgil venezolano tomó valor, animado por su entrenador y seguro de que tenía una técnica superior a su rival.

Se escabullía de los largos brazos de Tatake, quien no lograba ni rozar su humanidad. Entonces envalentonado por su agilidad, le propinó un golpe directo al rostro, haciendo volar su protector bucal y ocasionándole una hemorragia nasal. Fatal momento, Tatake retiró la sangre con su antebrazo sin ningún estilo y lanzó un huaracazo huracanado de derecha que el púgil venezolano eludió con un juego de cintura, pero cometió otro error fatal: se irguió otra vez para atacar, sin pensar jamás que el huaracazo podía volver en reversa. Un ruido de algo quebrado sonó en el Coliseo. Final del combate. Según nuestro tío, Quisbert revolucionó el box con este golpe letal.

Quisbert Limachi nació en la zona del Gran Poder, y el sábado anterior, en la entrada de nuestro Señor del Gran Poder, recordamos su presencia cuando danzaba con paso cansino, saludando a la gente que lo aplaudía y vitoreaba. Fue nuestro héroe.

* Artista y antropólogo.

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El monstruo de la cola larga

/ 31 de enero de 2021 / 00:38

Debo recorrer varias cuadras para llegar al banco a sacar dinero, antes de salir, desinfecto la mascarilla con alcohol aromatizado con manzanilla y cargo mi alcohol en gel. Soy afortunado, tengo sueldo, a mi familia no le faltará alimentos y atención. En mi barrio, un grupo de la Junta de Vecinos, durante el confinamiento del año pasado, solicitaba que donáramos alimentos para los más necesitados, los que viven al día y también mueren al día. Ya no lo hacen porque un sacerdote jesuita, hace más de 10 años, montó un comedor popular en mi zona y la fila que antes de la pandemia y del golpe se había reducido, ahora ha dilatado su tamaño notoriamente. La mayoría son personas de la tercera edad, como yo, no tienen familia y se sienten solos. En las filas se ponen a charlar y no guardan la distancia sugerida para evitar contagios, hablan y cuentan de los que faltaron este día: “El Manuel ha partido, ¡mejor! estaba muy solito”; “Margarita estaba enferma, el bicho le agarró, también partió”. Cada día hay espacios vacíos que son ocupados inmediatamente por otras personas. La mayoría son varones. Reciben sus raciones en envases descartables porque ya no pueden ocupar el comedor por temor a más contagios y la vulnerabilidad de los comensales.

Las señoras cocineras se esmeran, desde muy temprano los aromas de cilantro, orégano y el chasquido de las asaduras alegran la calle. Trabajan riendo y alegres. El acto de cocinar es un arte que se ejecuta con todo el cuerpo, como todo el arte que comunica. Ellas comunican la alegría porque este día muchas personas tendrán comida segura y esperanza. Pero la cola crece todos los días…

El afán de las mujeres de la ciudad empieza muy temprano, muchas veces cargadas de sus hijos, recorren kilómetros para vender sus productos, se quejan. Dicen: “Ya no hay venta, la gente gasta poco, apenas nos alcanza para comer”.

Según las estadísticas últimas del INE (Instituto Nacional de Estadística), el consumo de pollo, leche y otros productos de la canasta básica ha bajado notoriamente desde hace un año. Una población que no se alimenta correctamente, con tres comidas como mínimo al día, es más vulnerable a cualquier contagio y la pandemia la devora. Y las filas de vendedoras siguen creciendo y se sienten desoladas. También, en algún momento, engrosarán otros comedores solidarios.

Paso por el SEGIP (Servicio General de Identificación Personal), una gigante fila de jóvenes y adultos, todos silenciosos y mirando sus celulares, esperan que avance. Es todavía muy temprano y no atienden al público sino a partir de las 08.30.

Cerca del Banco me encuentro con un amigo que me reconoció; yo no pude porque transita vestido como extraterrestre, con mascarilla que le cubre enteramente el rostro. No se acerca, me habla de lejos, escoltado por su hija, está aterrorizado y me hace un recuento de los amigos de nuestra generación que sucumbieron al COVID.

De lejos veo la inmensa cola para la atención en el Banco, es un público heterogéneo. No tengo más remedio que enfilarme y esperar, esperar… y pienso: Mantenemos un ejército que nos cuesta mucho dinero, ¿por qué no se convierten en comedores populares con productos de Emapa y evitamos la desnutrición de familias empobrecidas? Así, en vez de masacrar ciudadanos indefensos, ahora proclamarían la solidaridad y la vida.

La nutrición, si no va acompañada de educación, provocará un retraso irremediable en estas generaciones. Tenemos dos canales estatales que llegan a todo el territorio y pueden ser el vehículo ideal para la educación a distancia. El Ministro de Educación puede delegar nuevas competencias a estas instituciones, ¿qué espera?

¿Por qué la banca no habilita cajas para la tercera edad? Existía un servicio para los jubilados con problemas de salud que recibían su sueldo en sus domicilios. ¿Por qué no se retorna a esa modalidad para evitar aglomeraciones dolorosas?

El monstruo de la burocracia fortalece su cola cada día que pasa y nos estrangula, impide una atención eficaz en los servicios de salud y educación. El poder político debe usarse para cuidar la vida, el único bien sagrado que justifica su aplicación creativa porque no deseamos volver a la pesadilla del año pasado.

          Edgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

        

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Los círculos de la zalamería

/ 6 de diciembre de 2020 / 07:06

Hace aproximadamente un año tratamos sobre el mismo tema, advirtiendo cómo los adulones del expresidente Evo Morales, al que encasquetaron una campana Ray-Ban para que viera lo que ellos querían que vea, le condujeron a la pesadilla que todos vivimos  hace un año. En la gestión del presidente Arce aparece esa misma táctica que nos puede conducir a un perverso círculo de la repetición. Para evitar la ingrata experiencia, debe mantener la costumbre de visitar los mercados populares para ponerse al tanto de la realidad; la campana que le colocaran —simulando una corona— no le permitirá ver.

Tarea imprescindible del Presidente es desarticular la quinta columna que inventó el Gral. Mola durante la Guerra Civil española, a través de grupos incrustados que le servían de informadores y saboteadores al interior mismo de sus adversarios. Las muestras que dio al prescindir de un ministro que apenas pone el pie en el ministerio tiende su red de corrupción, fue encomiado por la oposición, militantes y simpatizantes del oficialismo. Pero eso no es todo, aún anidan al interior varias autoridades que tienen observaciones por la Contraloría, con antecedentes de abuso de autoridad y malos manejos de los recursos públicos y, contra todo pronóstico, están dentro, para regocijo de los opositores que, al no tener un horizonte ideológico, intentarán medrar de los errores del oficialismo.

El abogado Mario Urdidinea hacía circular un ensayo sobre la nueva clase republicana que se engendró en Bolivia con la burocracia estatal, fundando círculos de influencia en los que la ideología y lealtad son ajenas a sus propósitos. En este texto, develaba las artimañas para ingresar al aparato estatal y asentarse como grupo, y favorecerse con los dineros del Estado; éstos subsisten cuando cambia el gobierno, ocultos en distintas esferas de poder y son los perros falderos que gestionan apoyos para lograr que otra vez —alguno de ellos— continúen en cargos importantes para acrecentar el negocio y ser favorecidos. Por supuesto que esta repelente caterva cuenta con personas de toda índole, no solo pelafustanes que buscan una pega, sino personas con formación académica que conocen los vericuetos burocráticos y sus atajos a partir de la corrupción.

Una de las primeras promesas del Gobierno fue remozar a todos los personeros del Estado y promocionar a nuevos servidores públicos; no fue así, actitud que generó un descontento y desazón en sus militantes y simpatizantes que fueron humillados y masacrados en Senkata, Sacaba, Huayllani y otras regiones de Bolivia. Lo consideran una deshonra a sus muertos, ya que muchos cargos recayeron en individuos que usufructuaron de manera abusiva del poder, acusaron de fraude descarado a su gobierno que se derrumbaba, cerraron el pico —asustados bajo su cama — y nunca lo defendieron.

Estos círculos, a su vez, ya se sirvieron de otros gobiernos, incluyendo los dictatoriales, acoplan intereses a través de proyectos, licitaciones, donaciones; maquillan deudas con el Estado y regresan para borrarlas, entre otras argucias.

Es necesario distinguir, en todo caso, a funcionarios de carrera a los que deben respetar sus derechos; también, en términos éticos, es necesario que exfuncionarios que fueron autoridades regresen a compartir su experiencia con los nuevos. Pero premiar a exfuncionarios despóticos, que tienen cuentas pendientes con la Contraloría, declarados personas no gratas, como un viceministro y varios directores recién posesionados, son injustificables errores que causan indignación y crearán resistencia. ¿La ciudadanía podrá confiar en autoridades que abusan de su circunstancial poder?

Es la hora de los chupamedias y oportunistas, esta clase camaleónica e híbrida que repta en los pasillos del poder, entre la política y la delincuencia, entre los consabidos cafecitos para montar su empresa política perversa y servirse de los recursos públicos. El prestigio que debería tener el ejercicio de la militancia política no existe. El nuevo Gobierno, con una legitimidad incuestionable, adolece del mismo mal y si el presidente Arce no se quita la campana Ray-Ban, estará cobijando al huevo de la serpiente en el interior de su gobierno, condenado a repetir la historia. Ha dado una señal importante y la ciudadanía espera que obre de la misma manera con estos círculos tramposos.

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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Un mundo distópico

/ 22 de noviembre de 2020 / 01:26

La utopía, como se sabe, significa  en “ningún lugar o la tierra de ningún sitio” y se difundió a partir del texto de Tomás Moro (1516). En este texto, Moro describió una isla ideal, sin excluidos, lugar de armonía y paz. Este deseo “inalcanzable” se convirtió en un mito para los gobernantes del siglo XVI, etapa de numerosos conflictos bélicos y religiosos en Europa. Su antecedente es la Politeia de Platón.

Es a partir del Renacimiento que los textos utópicos aparecieron continuamente, así La ciudad del Sol de Tomasso Campanella (1612), New Atlantic de Francis Bacon (1627), entre otras, diseñaban los anhelos de una sociedad sin incertidumbres y temores, creando una metapolítica que permitía contrastar con las estructuras injustas de poder real y tomar acciones para corregirlas.

Esta necesidad provocó en los pensadores a elucubrar soluciones para que el estado belicoso pudiera ingresar a una etapa de acuerdo duradero, de esta manera apareció el Leviathan (1650) que promovía el contrato social con el Estado para establecer soberanía a partir de un gobierno que represente a la sociedad. Locke, con Ensayo sobre el entendimiento (1690), se preocupó del manejo discrecional de estas representaciones y planteó el derecho a la rebelión contra un Estado opresivo. Todas estas obras son clásicas en las ciencias sociales y muchos de sus argumentos todavía influyen de distinta manera en la vida colectiva. Todas buscaban un bienestar, paz, justicia y certidumbre.

La humanidad, a base de pequeñas utopías que parecían irrealizables, alcanzó bastantes logros que permitieron a la humanidad avanzar, por ejemplo, en la jornada laboral de ocho horas, el seguro social, el derecho a la educación de hombres y mujeres en igualdad de condiciones, entre otras conquistas sociales menores y otras mayores que constituyen una tarea global, como la preservación de la vida, el medioambiente y la igualdad de derechos de todos los seres humanos, sin excepción.

Sergio Vilar, un estudioso del tema, asegura: “Al no tener utopías, el presente resulta estéril: solo se sobrevive en una serie de reproducciones simples de lo que fue y fuimos”.

Los acontecimientos diarios nos señalan que el mundo tiene siempre malas nuevas, sucesos negativos que se acumulan desde hace siglos y que la humanidad no puede resolverlos y, lo más desastroso: los países del primer mundo los viven como todos, en distintos grados e intensidades.

Los avances rutilantes de la ciencia más bien han acentuado señales distópicas, como el hecho de que un microscópico virus pone en jaque al mundo y todo su aparato científico no puede vencerlo todavía y tal vez no lo haga, sin embargo, no cesa la fabricación de armas letales; la violencia y el racismo develan que estamos retrocediendo a los miedos apocalípticos de la Edad Media.

Hay un estado de crispación que se manifiesta en las conductas de las personas que ejercen la intolerancia en vez de la convivencia, a esto contribuye la manipulación de la información al servicio de corporaciones con propósitos de dominio, así las redes sociales, varios medios escritos y la televisión se han convertido en armas letales que no te matan, pero penetran tu consciencia que es otra manera de morir.

El historiador Max Nettlau dice: “Cualquiera que sea el descubrimiento, la realización de un ideal considerado utópico, se sabe que mañana será un arma más de destrucción, que será vulgarizado en el sentido comercial”.

La distopía es lo contrario de la utopía, ambas son laicas y terrenales, aunque como dice Jhon Gray, las religiones también te ofrecen paraísos utópicos, agregamos, también distópicos como el infierno y el purgatorio.

Este término empezó a usarse a finales del siglo XIX por Jhon Stuart Mill, su raíz griega dys significa “malo”, se refiere a un lugar (topos) malo, no deseable para los seres humanos. La literatura y las artes se han nutrido de este estado de crisis, así en 1860, Lord Litton publicó La raza futura, en la que prefiguraba el desarrollo solamente de la técnica, la ciencia y la corrupción, que conduciría al mundo hacia la desdicha en desmedro de los valores humanos.

Hemos pasado la pesadilla de un año distópico y extenuante, con una tropa de políticos de cuarta categoría: ¿Qué nos pasó para merecer esto?

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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Renovar la vida

/ 8 de noviembre de 2020 / 03:30

El achiku, abuelo Cumbay me mira desde su fanal, me acompaña varias décadas y mis hijos, desde niños, nunca le tuvieron miedo. Es mi ñatita o calavera que me ayudó en mi catarsis para recuperar mi qamasa o coraje e impidió que me apoltronara en la tibieza. Después de estar al borde de la muerte, a consecuencia de la masacre militar de Noviembre de 1979, (Masacre de Todos Santos), me topé con un cráneo y en sueños me dio su nombre: Cumbaé, como el lugarteniente guaraní de Juana Azurduy.

 Es la octava de noviembre, el momento en que debemos honrarle, así, después que un ser deja de existir, para que su alma se vaya, no vuelva y perturbe se lava su ropa el octavo día y se la quema o regala; pero las almas que no han recibido un trato amoroso antes de partir, ya sea porque murieron violentamente, como en las masacres de Senkata y Sacaba o en desastres naturales, vagan por el mundo, entonces hay que brindarles cobijo y cariño para que se reintegren al gran círculo del alma mundo o jacha ajayu para renovar la vida convertidos en semillas. Por eso la honramos compartiendo un abundante almuerzo, acompañado de chicha kulli y música sacra indígena. Es tiempo hembra, cuando los muertos son  semillas que deben dar frutos en pleno jallu pacha, o tiempo húmedo y alimentarnos para que nada  falte, para que todos comamos; y si los viejos nos estamos quedando, que los jóvenes regresen y nos impulsen y, si los jóvenes tienen dudas y temores, los viejos debemos ir adelante para contagiarles nuestro coraje. Para que todos vayamos juntos y nadie se quede atrás.

¿De dónde viene todo este ciclo de rituales que empieza el 1 de noviembre y se prolonga durante cuatro meses hasta el Anata Carnaval?

El sistema religioso de las naciones originarias tiene una vinculación estrecha con los ciclos agrícolas y la fusión íntima naturaleza-ser humano, cosmovisión ajena a la tradición occidental judeocristiana que más bien promueve la separación del ser humano de la naturaleza y, para quienes su teleología se resume en irse al paraíso o infierno, según como haya sido su comportamiento moral en la tierra, por lo tanto el cielo es contrario a la tierra. En la filosofía indígena, el cielo es un reflejo de la tierra, así los espíritus se van a Wiñay Marka, la ciudad eterna donde no existe el infierno y se los espera a todos por igual para que bajen a este mundo, por eso en la distribución de los niveles que se arman el 1 de noviembre para recibirlos, están los tres de la cosmovisión originaria: la alaxpacha, o el mundo de arriba, para la tradición judeocristiana es el cielo; la akapacha o el mundo donde moramos, comemos, gozamos y sufrimos, para la tradición occidental es el lugar del pecado punible en el más allá y, finalmente, la mankha pacha o mundo de abajo: para la tradición judeocristiana es el infierno, para el mundo indígena es el lugar donde mora la pareja del chacha (Hombre) y warmi (Mujer) Supay, que guardan las riquezas minerales, las semillas, donde residen el sapo, la víbora y las hormigas que emergerán en el Anata Carnaval para celebrar la vida y la abundancia que nos brinda la Pachamama, después de un arduo trabajo.

 El 21 de diciembre, equinoccio de verano, fecha probable de la celebración de las illas e ispallas llamada Alasita, trasladada al 24 de enero, después de la negociación durante la tregua de la rebelión de 1781,  encabezada por la pareja de Túpac Katari y Bartolina Sisa, es el preludio a la gran celebración de la vida y la fecundidad en el Anata. Las treguas cíclicas entre estos imaginarios son transversales a la vida social, económica y política, y generan un espacio de estabilidad corta. El mundo indígena y su influencia en los comportamientos subjetivos son un muro para la mayoría de los políticos bolivianos que, desde la invención republicana, intentaron eliminar el logos indígena que se devela en los sincretismos y la yuxtaposición, como resistencia política y cultural. No habrá pacificación mientras no entiendan y aprendan que en Bolivia existen otras realidades profundas.

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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Por la boca de las urnas hablamos…

/ 25 de octubre de 2020 / 07:09

Una semana antes de las elecciones nacionales, fuimos a distendernos a la bahía de Guaqui, puerto donde las gaviotas marinas hicieron su hogar desde los años 40, atrapadas en los vagones del tren de carga y se adaptaron al lago. Decidimos dar un paseo en bote; desde la popa, una chola sonriente repartía fideos tostados para que estas aves nos persiguieran; así lo hicieron en gran número. Al bajar del bote nos dijo: Este domingo las bocas de las urnas van a hablar por nosotros. Jamachnaka (aves), eso dicen.

Hace algunas semanas comentamos el escepticismo democrático de Borges, quien, después de las elecciones en Argentina —luego de una sangrienta dictadura— manifestó que le habían refutado espléndidamente por sus resultados. Eso nos ocurrió a nosotros cuando entendimos la visión de la señora que delegaba su voz a las urnas dotadas de vida.

El rotundo fracaso de los grupos y asociaciones políticas coyunturales, todas conformadas para enfrentar al IPSP-MAS, fue debido a múltiples factores que ya todos reconocen, entre ellos el absoluto desconocimiento de la Bolivia profunda, a la que éstos califican como premoderna, ignorante y salvaje. El principal candidato de la derecha democrática, Carlos Mesa, nunca pasó la frontera cultural de la Pérez Velasco en La Paz, jamás llegó al Plan Tres Mil en Santa Cruz y menos al mercado Calatayud en Cochabamba, espacios de encuentro y entrelazamientos entre las urbes y áreas rurales. Estos son territorios donde se negocia, celebra y acuerdan acciones. No se acercaron a los cuerpos y por lo tanto no fueron capaces de intentar descifrar cómo se comportarían estas colectividades mayoritarias, para quienes todo tiene vida, desde la tierra hasta un automotor. Ante la arremetida restauradora del viejo orden republicano, restablecieron el silencio como arma de autodefensa, asimilada desde los tiempos cíclicos del awqa pacha, (tiempo de guerra) coloniales, durante la república, en el año de desgobierno que agoniza, y enfrentar a los grupos racistas y conservadores.

 Durante la satanización al anterior gobierno del MAS, no dudaron en usar las peores artimañas jurídicas y comunicacionales que pusieron en manos de crápulas dispuestos a todo por recibir un estipendio jugoso; entonces, como arma, el silencio implicaba saber cernir el trigo del vidrio molido. Ocultaron los combustibles para impedir el desplazamiento en el área rural, sabían que ese voto leal al IPSP no podían voltearlo. Los campesinos caminaron varias leguas, comunidades enteras se desplazaron cargando el apthapi y llegaron a sus centros de votación. El silencio, como instrumento, obligaba caminar por los túneles interconectados que no ven desde la ciudad. Prometieron que el uso del carnet caducado sería válido para la votación ¿Sería cierto? El estar en silencio también implicaba desconfiar. Enormes filas en el Segip durante varias semanas, aseguraron que un posible pretexto de última hora no impediría hacer hablar a las urnas. Los restauradores republicanos aseguraron que el pueblo daría el voto castigo al MAS, pero usaron su gastado lenguaje de odio y estar en silencio comporta, sobre todo, saber oír y castigar al revés.

Ese domingo, en la iglesia de Guaqui, construida con los sillares milenarios de Tiwanaku, donde se venera al Tata Santiago y se baila morenada en su día (25 de julio), hicimos rebautizar con su nombre nuestro viejo automotor, con otras personas. Todo está vivo aquí, por eso se delega a las urnas para que hablen por ellos, por eso en tiempo de apronte belicoso es mejor estar: ¡Callaro… nomás!

Los derrotados en las urnas no salen del shock; prisioneros del internet, creen que hubo fraude. Deambulan en las plazas, confundidos, se resisten a creer que solo vivieron una ficción alimentada por grupos de poder que, desde la televisión y las redes sociales, aprovecharon precisamente eso que indilgan al mundo indígena y cholo, ignorancia. Algunas personas quieren irse a otro país y les responden que las puertas están abiertas de par en par, otros les dicen que más bien estudien la historia de Bolivia pero no en los libros de Carlos Mesa. Sin horizonte, sin líderes creativos, se desvanecerán un tiempo para volver a aglutinarse y conformar una oposición ciega. Las urnas hablaron y ahora empieza lo más difícil.

Édgar Arandia Quiroga es artista y antropólogo.

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