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El miedo de un ángel

/ 3 de junio de 2020 / 14:16

El COVID-19 nutre el imaginario también con piezas literarias. En estas páginas, un cuento y un poema

Acodada en la ventana, sostenía equilibradamente un inquieto mentón que se mecía de uno hacia otro lado. Sus dedos sueltos y traviesos jugaban sobre sus mejillas a la manera de pequeñas baquetas sobre dos tamborines. Mientras mantenía la mirada en la calle, sus labios hacían un extraño movimiento. Murmurando, talvez tarareando, o describiendo en voz baja lo que sus pequeños ojos capturaban desordenadamente. Los techos de las casas, los árboles robustos, los pajarillos de la mañana, el quiosco de la esquina, una lata vacía, una piedra redonda.

¿Qué es eso? Ah, nada. Solo el viento arrastrando un pedazo de papel. Aquel perro se parece a…, no, es otro. ¿Por qué estará en la calle? ¿Acaso no es peligroso también para los animales? ¿Qué es eso? Ah… otra vez el viento. Se oye un ruido. Gira la cabeza: —¿Mamá?—, silencio por unos segundos. Ah, es la abuela. Abuela siempre tiene dulces. Mira más lejos. ¿Qué es eso? Ah, otro perro. ¿Está solo? Siempre están solos. El parque. Quiero ir al parque.

No, mamá dirá que no. Grita aburridamente: —¡Mamá…¡. ¿Puedo ir al parque?—, no hay respuesta. Gira otra vez la cabeza. Ya no está la abuela. Está sola. Mira otra vez por la ventana. ¿Qué es eso? Ah, es solo el viento.

Intentaba reconocer en aquel ambiente negado aquello que su mamá, su abuela e incluso la televisión le advertían sobre un peligro que acechaba a niños y adultos, hombres y mujeres, ricos y pobres por igual. Pero no lo conseguía. Lo buscaba por todas partes, en todos los objetos, en todo lo que sus ojos podían capturar.

Como muchos niños, Angelita quedó confinada en su casa, en una pequeña vivienda sobre la que estaba construido su mundo. Era hija única y vivía con sus papás y su abuela materna. Era una niña de cinco años y seis meses que insistía en que tenía seis.

Todos los días por la mañana, mientras sus papás aún dormían, se levantaba temprano para sorprender a ese desconocido virus. Corría hacia la ventana para verlo caminando por la calle, arrastrarse por la acera o volar por entre las ramas de los árboles. El virus le era una persona extraña, un objeto desconocido que nunca había visto, un lugar que nunca había visitado. Pero estaba en su cabeza; en sus pensamientos; en cada pequeño movimiento.

No sentía miedo por el virus porque el miedo precisa de materializarse en “alguien”, en “algo” o en “algún lugar”. Ella sentía curiosidad. Ese tipo de curiosidad que mantiene los sentidos en alerta, esa curiosidad que inquieta. Porque como decía Burke, “no es tanto la realidad de la amenaza, sino cómo imaginamos esa amenaza lo que nos renueva y restaura”.

Algo distinto ocurría con sus papás y su abuela. En realidad pasaba todo lo contrario. En ellos el miedo no se manifestaba a través de la curiosidad, sino a través del estrés, la desesperación, la tristeza, la rabia, el enojo, la pena, la decepción, etc. Un conjunto de sentimientos confusos y contradictorios, tal vez porque los seres humanos son, en muchos aspectos, seres confusos y contradictorios, con pandemia o sin ella.

Al mismo tiempo que seguían atentamente las noticias sobre la enfermedad, el virus evolucionaba al igual que el miedo en sus padres, desde una simple precaución a un estado de alerta exacerbado. Evitaban de todas las posibles formas el contagio. Sospechaban de todo elemento extraño. El hermetismo había llegado a su punto máximo.

Las visitas estaban prohibidas, incluyendo a los familiares. Las salidas para el abastecimiento de alimentos estaban guiadas por un procedimiento que podría parecer exagerado. La ducha era usada constantemente para desinfectar a sus papás cuando llegaban del mercado o del trabajo. No eran necesarias algunas provisiones porque las elaboraban en casa. Las ventanas que daban a la calle estaban aseguradas por clavos de dos pulgadas para que no fueran abiertas. Las puertas se cerraban con doble seguro durante todo el día. En la cocina había más productos desinfectantes que fruta. En el patio más bolsas plásticas que juguetes.

El mal que recorría por las calles era el mismo mal que la abuela recordaba cuando Moisés dijo: “Así lo ha dicho Jehová. A la medianoche yo pasaré por en medio de Egipto. Y todo primogénito en la tierra morirá. Desde el primogénito del faraón que se sienta en su trono hasta el primogénito de la sierva que está detrás de su molino”. Entonces solo quedaba el encierro y marcar las puertas con alcohol y lavandina a falta de sangre y vísceras de cordero. “Nacimos con miedo y moriremos con miedo”, repetía con un aire de sabiduría profética .

Una mañana fría, mientras todos dormían; una neblina densa cayó suavemente al nivel del suelo y se arrastró perezosamente por las paredes hasta los techos. Semejaba a un animal fantasmal que reptaba lenta y torpemente. Angelita tiritaba por el frío, pero estaba segura de que esa rara malignidad, que confundió con el virus, no traspasaría el cristal que los separaba. Sus pupilas se dilataron frente a la luz tenue que pasaba a través de la neblina.

Esta vez la tenía enfrente, por fin la veía en toda su extensión y magnitud.

—¡El virus!—, dijo en voz baja. No parece malvado. Es grande. Pero no malvado. No tiene ojos, ni boca. Tampoco rostro ¿dónde está su rostro? ¿Tiene cabeza? No veo sus pies. Ni su cola. ¡Ah, no es un animal! ¿Es un fantasma? No, los fantasmas no existen. Lo dijo mamá.

¿Pero qué es? No tiene forma. Tiene un cuerpo grande. Parece espuma. ¿Qué es? ¿Se cayó del cielo? Parece una nube. Las nubes son blancas. Pero las nubes no pueden bajar del cielo porque son de Dios. ¿Qué es? ¿Me vio? ¿Me busca? ¿A quién busca? ¿Habrá gente en la calle? ¿A dónde va? ¡Está en el techo! No podrá entrar. Papá cerró todas las puertas y ventanas. ¡El patio! ¡Quiere entrar por el patio!

Corrió a través de la sala y pasando por la cocina llegó a la puerta que da hacia el patio. Vio cómo la neblina cubría el cuarto pequeño donde dormía la abuela. La neblina espesa se posó sobre el pequeño cuarto. Se mantuvo sobre ella por un tiempo que pareció detenerse.

Angelita se quedó mirando, con la boca abierta y los ojos acuosos. Quiso salir. No se lo permitió un extraño sentimiento que nunca había experimentado. Una especie de escalofrío que corrió por sus pies descalzos hasta sus mejillas. Era miedo. Ahora sentía miedo porque ahora sabía cómo era el virus. Corrió a su cama junto a sus papás. Se tapó con la frazada hasta la cabeza. Cerró los ojos. Lloró en silencio. Se durmió.

El miedo, el primer sentimiento humano desde que Adán mordió la manzana prohibida por Dios y fue echado del paraíso. Para Angelita el miedo no fue el primer sentimiento que conoció, pero fue el que siempre recordaría a partir de ese día. Durante toda la mañana no quiso salir de la cama. No desayunó, ni quiso jugar como todos los días. Sus padres no la molestaron, pensaron que había dormido mal y la dejaron descansar. Pero algo había cambiado en ella. Algo de inocencia había perdido ese día. Nunca lo sabrían.

A la hora del almuerzo, su mamá salió de la cocina, pasó por el patio y entró en el pequeño cuarto de la abuela. Llamó desde la puerta insistentemente sin hallar respuesta. Entró. La miró recostada en la cama con los ojos aún cerrados y los pómulos hundidos por el paso de los años. Sostuvo su mano sobre el hombro para despertarla. Tiró de ella dos veces —¿Mamá?—, dijo con una voz suave y trémula. La miró otra vez. Puso la mano en su frente.

Sintió su piel arrugada y fría, pálida e inerte.

Se sentó en la cama, al lado de su cuerpo. Apretó con las manos un pequeño paño que llevaba siempre que cocinaba. Juntó las rodillas, agachó la cabeza. Un nudo en la garganta se hizo de pronto y empezó a llorar.

Esa tarde Angelita y sus padres lloraron juntos y sintieron miedo. No sabían si la abuela había muerto por senectud o por el virus. No sabían qué hacer. El miedo no era el verdadero enemigo, el miedo solamente les devolvió el conocimiento esclarecedor de que el mal existe.

VIRUS

Ana María Giloff – maestra jubilada

Deslizándose por la noche
Revolcándose en la niebla
Viene desde muy lejos
Algo que tú no esperas
Ese espíritu viajero
Es tan fuerte y tan letal
Que busca a la raza humana
Para marcar su final
Se oye el clamor de inocentes
Y son gritos de dolor
Dónde están nuestros amores
Dónde está nuestra ilusión
Y solo responde el silencio
Y una gran desolación
Pero el ser humano es fuerte
Y es la creación de Dios
Derrotará este misterio
Y tendrá la solución.
Aprendamos a ser nobles
A practicar el perdón
Enmendar nuestros errores
Y utilizar la razón
Para salvar a este mundo
De este terrible dolor.

Ariel Flores – escritor

La ‘buena fe’ en la negociación marítima

La negociación de buena fe que Bolivia exige no está dejada a la buena voluntad de las partes. Se trata de una negociación institucionalizada o jurisdiccional, en la que cualquier acción o conducta que evidencie la violación o el intento de violación de este principio tendrá efectos jurídicos.

/ 19 de marzo de 2016 / 04:02

Siguiendo la línea definida aquel histórico 23 de marzo de 2011, cuando el Gobierno boliviano tomaba la decisión soberana de acudir a los tribunales internacionales para resolver el conflicto marítimo con Chile, el 24 de abril de 2013 el Estado Plurinacional de Bolivia presentaba la demanda marítima boliviana ante la Corte Internacional de Justicia (CIJ) de La Haya. Dos años, un mes y un día para materializar aquel “histórico discurso” en un “documento histórico”, que propiciaría un cambio fundamental en la política exterior boliviana.

En dicha demanda, Bolivia pretende demostrar ante el más importante órgano judicial de las Naciones Unidas que la República de Chile tiene una obligación y que, por tanto, debe negociar de buena fe un acceso plenamente soberano al océano Pacífico para Bolivia.

Los miembros de la CIJ decidieron sobre su competencia y se espera que próximamente ingresen al fondo de la controversia, cuando Chile presente su contramemoria hasta el 25 de julio de 2016. 

El escenario más optimista y favorable es, desde luego, aquél en que la CIJ determine que Chile tiene una obligación y, por tanto, ambos países ingresen en un complejo proceso de negociación bilateral.

En esta hipótesis, las preguntas que surgen de una buena parte de las bolivianas y los bolivianos son: ¿puede una negociación propiciada por la CIJ tener un resultado distinto de todas las negociaciones que se llevaron a cabo entre ambos países, en diferentes tiempos y gobiernos?, ¿acaso Bolivia no ha aprendido de su más que centenaria experiencia de acercamientos oficiales y negociaciones frustradas por Chile? 

En fin, ¿por qué después de aquel histórico triunfo para Bolivia que ha significado el resultado obtenido sobre la competencia de la CIJ, hoy la posibilidad de una negociación nos genera escepticismo y desconfianza?

Fueron varias las tentativas que nos acercaron significativamente a una solución definitiva al enclaustramiento marítimo boliviano. Lamentablemente, a la manera de tragicomedia, todos los anhelos de recuperar nuestra cualidad marítima terminaron en la frustración y el fracaso; sea por la dureza en la posición diplomática de Chile (una diplomacia deshonesta y engañosa, sea por contra-argumentos vacíos de justicia y derecho, sea por una limitada visión de desarrollo compartido con Bolivia, o cualquier otra razón.

Si todas las negociaciones no tuvieron éxito fue porque en el fondo todas tenían el mismo vicio de nacimiento. Se trata de un elemento subjetivo en la conducta y accionar de la política exterior chilena que ha impedido que prosperen todas las tentativas de solución conocidas, en una larga historia de negociación marítima. Este elemento es la “buena fe”.

Es la característica subyacente que se percibe cuando se reflexiona sobre las causas que llevaron al naufragio de importantes momentos de acercamientos oficiales que siempre estuvieron cerca de una solución definitiva. La ausencia de buena fe por parte de Chile estuvo presente en todos esos momentos de negociación, desde 1904 hasta la Agenda de los 13 puntos.

Ésta es la razón del escepticismo y la desconfianza en una futura negociación con Chile, pero también es, la razón por la que una negociación de “buena fe” solo puede ser posible en el marco de la CIJ.

Ahora bien, sobre la formulación de este principio (bona fides) pueden hacerse no pocas meditaciones, ya que esconde una multiplicidad de consecuencias no exploradas del todo en la doctrina internacional, tanto menos en la doctrina nacional.  

Se trata de un principio contenido en la Carta de las Naciones Unidas que exige el cumplimiento de buena fe de las obligaciones internacionales (Art. 2.2). La Convención de Viena sobre el Derecho de los Tratados reconoce la buena fe en una triple dimensión: como principio universalmente reconocido (preámbulo); como parte sustancial del principio pacta sunt servanda [lo pactado obliga] (Art. 26); y, como regla general de interpretación de los tratados (Art. 31.1). Asimismo, la Resolución 2625 (XVII) del 24 de octubre de 1970 establece el cumplimiento de buena fe de las obligaciones contraídas de conformidad con los principios y normas del Derecho Internacional. 

También se desarrollaron diferentes e importantes tesis que tratan de explicar las bases consensuales del principio de buena fe. Pero, para la teoría moderna, claramente descrita por el profesor César Sepúlveda, “el solo consentimiento no puede constituir el fundamento del Derecho Internacional, por más que sea un ingrediente poderoso, porque existen principios y normas independientes del consentimiento de los Estados, y para eso hay que buscar el principio de la buena fe, que es una fuente más elevada jerárquicamente que el derecho consuetudinario y el de los tratados, que es parte de las normas imperativas, o ius cogens”.

Entonces, la buena fe es un principio estructural del Derecho Internacional que impone a los Estados obligaciones de comportamiento que llaman a cierta coherencia o lógica de conducta por parte de los Estados. Se trata de un principio de muy elevada importancia, de amplio contenido y de vastos efectos jurídicos.

La demanda marítima se sustenta sobre una negociación de “buena fe” que necesariamente expresa un carácter sustantivo para la futura negociación. Aunque exista la presunción de que toda negociación entre Estados se realiza o debe realizarse de buena fe, no se trata de un dato menor.  

La negociación de buena fe que Bolivia exige no está dejada a la buena voluntad de las partes. Se trata de una negociación institucionalizada o jurisdiccional, en la que cualquier acción o conducta que evidencie la violación o el intento de violación de este principio de carácter imperativo tendrá efectos jurídicos.

La posible negociación no puede omitir esta obligación de comportamiento; por tanto, Chile no podrá rehuir del cumplimiento de este principio sin serias consecuencias. El principio de buena fe es la condición sine qua non para la futura negociación y la CIJ es la garantía jurisdiccional del respeto y la vigencia de ese principio.

Así como un juez puede tachar a una de las partes de mala fe en el transcurso de un proceso judicial, la CIJ podría declarar que el Estado chileno actúa de mala fe en la negociación bajo su jurisdicción y, en consecuencia, establecer una responsabilidad internacional. El principio de buena fe es la razón por la que una negociación al amparo de la CIJ será cualitativamente distinta de otras negociaciones bilaterales.

A decir de Guillermo Lagos Carmona “Una hermosa página del Derecho Internacional del futuro está por escribirse en esta parte de nuestra América… pero es previo contribuir con los elementos que permitan que, en el porvenir, se la lea”. Bolivia se proyecta, de forma casi inminente, hacia una de las negociaciones internacionales más importantes de este siglo. Es importante, casi vital, estar preparados para escribir esas páginas.

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