martes 4 ago 2020 | Actualizado a 21:27

Freud, según Netflix

Esta especialidad del cineasta se trasunta en la serie, cuya atmósfera es siniestra y premonitoria, y en la que la sangre y el grotesco no escasean.

/ 3 de abril de 2020 / 16:38

Foto: Netflix

Una de las escasas contribuciones del emporio del streaming, Netflix, a aliviar la cuarentena que hoy cumple más de un cuarto de la humanidad, ha sido el estreno de la primera temporada de la serie Freud, que dirige el austriaco Marvin Kren, experto en películas de terror. Esta especialidad del cineasta se trasunta en la serie, cuya atmósfera es siniestra y premonitoria, y en la que la sangre y el grotesco no escasean.

La serie trata de una serie de asesinatos terribles, relacionados con sesiones de espiritismo, médiums, orgías e incluso… brujas. Todo ello escenificado a fines del siglo XIX, en una Viena gris pero hermosa, en la que el joven Freud hace sus primeras incursiones en la psiquiatría y descubre conceptos/teorías, tales como “inconsciente” o “represión”, que lo harían el padre de la psicología moderna.

La breve presentación de estos descubrimientos y los títulos de los capítulos, que hacen referencia a fenómenos médicos (“histeria”, “trauma”) o a elementos del psicoanálisis (“inconsciente”, “deseo”), constituyen la única parte de la serie que tiene una relación más o menos admisible con la biografía y el aporte del verdadero Sigmund Freud. 

El resto juega con los monstruos y las tierras ignotas a las que la teoría de Freud hizo referencia y dio carta de ciudadanía científica. Me refiero, claro está, al ello, al fondo instintivo, salvaje y casi incomprensible para la razón que se agita en los seres humanos, escondido dentro de una suerte de “closet mental”, al que ha sido confinado por las prohibiciones culturales y prácticas de la vida social.

Ahora bien, decir que una serie, un filme o un libro tratan del ello, es cometer una generalidad: significa que pueden tratar de casi cualquier cosa, con tal de que esta sea morbosa y obscena. Así ocurre en efecto en la serie, sin que el pobre de Freud –el histórico– tenga nada que ver con ello.

Por eso, escuchar al director Kren diciendo que “su psicoanálisis (el de Freud) y los conceptos del ello, el yo y el súper yo no surgieron de la nada, están basados en las experiencias de un genio atormentado que conoce, de primera mano, las múltiples caras del ser humano (entrevista con Vogue)” solamente puede hacernos encoger de hombros, para luego proferir un socarrón: “¡Oh, claro!”.

Seguramente Freud, como todos, basó su teoría en sus propias experiencias, pero entre estas no estaba el esnifar grandes cantidades de cocaína (aunque fuera un usuario de esta droga, en su época de curso legal) ni el hipnotizar a las personas como si se tratara del mismísimo mago del circo.

Con esta salvedad, si se quiere biográfica, digamos de esta serie lo siguiente: que su ambientación es envolvente y estética, que las actuaciones son atractivas, que los horrores no lo son tanto, como suele suceder, y que la trama resulta intrigante, aunque también sea deshilvanada y absurda. En suma, que se trata de un producto con todas las características que buscan y aprecian los consumidores del “género negro”.

Ahora que un horror verdadero atraviesa las calles desoladas de las metrópolis del mundo, un poco de este horror de tramoya puede resultar un antídoto pasable.

Aunque habría que decir también, aun a riesgo de quedar como un pedante, que, en este tiempo de encierro, además podríamos leer los ensayos de Freud. Mencionaré Moisés y la religión monoteísta, El malestar en la cultura o La interpretación de los sueños, entre los de mayor interés para el lector profano. La psiquiatría contemporánea, sin dejar de reconocer la importancia del aporte de Freud, clasifica a aquellos de sus discípulos que continúan intentado sanar a las personas por medio de conocimientos que tienen más de un siglo, o de hacerlo con una avanzada retórica “lacaniana” y sin experimentos, dentro de la clase de los pajpakos (y, si debiera fiarse solamente de la serie de Netflix, haría lo propio con el propio Freud). En cambio, nadie discute la fama de este como escritor: el médico vienés fue uno de los grandes ensayistas de todos los tiempos.

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Roberto Choque Canqui y las rebeliones indígenas

/ 22 de julio de 2020 / 00:15

Quienes quisiesen gobernar Bolivia contra los indígenas, o de espaldas a ellos, mostrarían muy poco conocimiento de la historia del país.  De una manera un poco hiperbólica —digamos que “a la Fausto Reinaga”— se podría afirmar que la historia de Bolivia no es más que la sucesión de las rebeliones indígenas contra los abusos y los ninguneos de los blancos.

Claro que para llegar a ello tendríamos, de un modo también indianista, que considerar a los trabajadores mineros como indígenas —que el marxismo etiquetó como proletarios—.  Así, incluso a la Revolución Nacional y a las insurrecciones de principios de este siglo podríamos considerarlas movimientos indígenas que, en alianza y en simultánea contradicción con diversos sectores mestizos, se activaron para detener injusticias y remodelar realidades.

No solo la historia, entendida como “serie de grandes eventos”, sino la constitución misma de la sociedad nacional puede verse como el resultado de estas luchas, que nunca han terminado de triunfar ni tampoco de ser derrotadas. Bolivia también es lo que los indígenas han hecho secularmente desde las trincheras de su insubordinación. La lucha indígena ha configurado a sus participantes (generando el caudillismo, la desconfianza,  el disimulo, la infinita capacidad de sufrimiento de los indígenas) y a sus adversarios, alentando, entre otras cosas, el racismo de los blancos (lo pudimos ver en los sucesos posteriores a la caída de Evo Morales).

Se requiere de sabiduría para tratar de comprender a la gente que lucha. Digamos, por ejemplo, a las montoneras de Pablo Zárate Willka, que, en el último año del siglo XIX, asesinaron a los soldados conservadores y liberales al grito de “ahora sí, guerra civil” (bueno, algo parecido). Esto hubiera exigido a los blancos de la época revaluar sus acciones, que provocaron esa reacción en primer lugar. En otras palabras, les hubiera exigido desmontarse del privilegio, lo que no les resultaba fácil. Más práctico para ellos era tender, alrededor del privilegio, el muro del prejuicio racial: “Crueles y salvajes”, “serviles en el trato, terribles en la venganza”, o “se mataban entre sí; buscaban volar la planta y, con ella, la ciudad”.

Uno de los historiadores más destacados de las rebeliones indígenas acaba de fallecer. A Roberto Choque Canqui le debemos estudios sintéticos y a la vez comprehensivos de las “tempestades en los Andes”, como Historia de una lucha desigual o El indigenismo y los movimientos indígenas de Bolivia; así como monografías sobre luchas singulares, entre ellas, paradigmáticamente: Jesús de Machaca, la marka rebelde. Cinco siglos de historia.

Habiendo sido un historiador competente, Choque Canqui escribió, además, desde una perspectiva política. A diferencia de Reinaga —que, antes que buscar el proyecto indígena, lo derivó de su pensamiento y trató de imponerlo de arriba abajo—, Choque Canqui intentó inferir este proyecto de las luchas concretas de los indígenas a lo largo del tiempo.

Partió de que “las rebeliones indígenas fueron, son y serán un tema vigente mientras las condiciones de exclusión se mantengan”. Creyó que los indígenas debían conocer a sus héroes, a los personajes que habían sacrificado comodidad, libertad y vida por su causa. Y concluyó que “el indio, en el proceso histórico de su lucha social, política y cultural ha desarrollado una serie de resistencias contra la explotación del hacendado y las autoridades políticas de la oligarquía”. Y que estas resistencias componen el indianismo o “la ideología del indio que lucha, en todo el proceso histórico, por su liberación”.

Mi comparación entre Roberto Choque Canqui y Fausto Reinaga no es casual. Me parece que el historiador está, junto con el ideólogo, entre los cuatro o cinco mayores intelectuales bolivianos provenientes del mundo indígena. Tal es su estatura. La vigencia e importancia de su legado son, hoy que vivimos un proceso de “desindigenización” de la cultura nacional y de sus instituciones, más evidentes que nunca.

Fernando Molina es periodista

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En defensa de la memoria de Sandra Aliaga

Puede Archondo seguir entregado a la triste ocupación en la que está desperdiciando sus largos años de estudio y su talento escritural. Allá él. Pero que no se meta con un nombre que ya debería estar más allá de los odios, las miserias y los rifirrafes del periodismo nacional.

/ 16 de julio de 2020 / 23:30

Mi padre, que entonces era filocomunista, estaba preocupado por mi inminente ingreso al Partido Obrero Revolucionario de Guillermo Lora, así que pidió la ayuda de algún conocido del PCB, quien, a su vez, le pidió a uno de sus camaradas que hablara conmigo para tratar de disuadirme de dar semejante paso. Corría el año 1983 y la persona que se ofreció a cumplir ese insignificante encargo fue Sandra Aliaga. Tomamos un café en alguna de las cafeterías que estaban cerca del Monoblock, donde yo comenzaba a estudiar economía. Ella era unos diez años mayor y ya se había convertido en docente universitaria en el área de su especialidad, la comunicación social.

Como era totalmente previsible, el encuentro no logró su objetivo, pero en cambio nos hizo –por así decirlo– conscientes el uno del otro. Las ocasiones de encuentro se multiplicaron después, en especial desde que yo cambiara la economía por el periodismo y me convirtiera en un “comunicador social”, en un colega de Sandra, aunque con inclinaciones distintas a las suyas: Mientras que ella se dedicaba a la comunicación para el desarrollo, lo mío eran las salas de redacción de los periódicos y la edición de libros. Nunca fuimos amigos en el sentido fuerte del término, pero en cambio nos tuvimos afecto por nada menos que 36 años, desde ese café algo incómodo de nuestra juventud hasta diciembre del año pasado, cuando Sandra falleció prematuramente.

Como quienes la conocieron pueden confirmar, era una persona amable y benigna, y fue una precursora en muchos campos. Se merece un recuerdo agradecido o al menos compasivo, y sobre todo no se merece eso que en este momento le está haciendo Rafael Archondo a su memoria, con una reiteración que no permite pensar en el descuido o la casualidad, y que indigna por su malicia y su simultánea puerilidad.

Archondo anima un blog con muchos lectores llamado La Hache Parlante, que se dedica principalmente a la chismografía sobre periodistas y políticos. Ahora mismo está empeñado en una campaña contra los propietarios, gerentes y directores de La Razón, tratando, como se dice, de “hacer leña del árbol caído”. Pues bien, tal es su negocio y no tiene caso objetarlo. Cada uno sabe a qué dedica su breve tiempo sobre la tierra. Sin embargo, no sería correcto permitirle desmanes contra una persona estimable y que no tiene la posibilidad de defenderse (y que, por otra parte, está visto que nadie más va a defender en este tiempo de miedo y de calculados reacomodos políticos y periodísticos).

Como buen cultor del sensacionalismo, Archondo presenta un hecho normal y hasta trivial —que Sandra Aliaga fuera parte del directorio de La Razón— como la prueba —descubierta primicialmente por La Hache Parlante, claro está— de que aquel periódico estaba al servicio del vicepresidente del anterior gobierno, Álvaro García Linera. Este hecho puede ser cierto o no, no interesa para lo que aquí tratamos. Lo que cuenta es que la presencia de Aliaga en el mencionado Directorio no conduce a esta conclusión, y sugerirlo, como hace Archondo, es INJURIOSO.

Archondo menciona los nombres de los miembros del Directorio de La Razón en 2019 y luego hace esta pregunta: “¿Qué tienen en común estos nombres? Sin duda alguna, su afinidad de larga data no solo con el gobierno del MAS, sino sobre todo con el entonces vicepresidente Álvaro García Linera”.

“Sin duda alguna” una mentira, al menos en lo que se refiere a Sandra Aliaga, que no era “muy cercana” a García Linera, como señala Archondo en otra parte. Pero, ojo, que no estamos hablando de una simple imprecisión. Archondo NECESITA que Aliaga sea “alvarista” para poder sostener, acto seguido, que el exVicepresidente controlaba La Razón A TRAVÉS DE ELLA (y otros). Aquí ya entramos en el terreno de la difamación.

Sin duda Sandra simpatizaba con el gobierno de Morales, aunque con críticas que no se callaba. Esta es una cosa. Otra muy distinta, decir que era la operadora de este gobierno en La Razón. Y también resulta muy distinto decirlo no solo una vez, sino reiteradamente, ensañándose con una colega que acaba de fallecer y que no puede decidir, como los otros aludidos, si quiere contestar o no.

Resulta especialmente desagradable el reciente artículo de Archondo (“La separata/ El fallo”) sobre un veredicto del Tribunal de Ética de la Asociación de Periodistas, que presidía Sandra, en torno a una separata de la Vicepresidencia contra Página Siete aparecida en La Razón: “El diario agredido, Página Siete –dice Archondo–, recurrió un mes más tarde al Tribunal de Ética Periodística presidido por Sandra Aliaga y conformado por otras cuatro personalidades. La queja fue desestimada por los tribunos. Aliaga no firmó el fallo. La Razón cantó victoria de inmediato. Se convalidaba el derecho de cualquier medio a circular textos y fotos del cliente que pudiera pagarlo… Lo que muy pocos sabíamos entonces era que García Linera mandaba en La Razón…»

¿Por qué Archondo trae a colación este hecho, que no tiene ninguna actualidad, resulta intrascendente y en poco ayuda a su causa contra La Razón (ya que fue este periódico el que venció el envite)? ¿Y por qué acompaña esta nota con una foto del Tribunal de Ética con el siguiente pie: “En la foto, del 6 de febrero de 2018, Aliaga, Villena, Soruco, Casassa e Ichazo juran al TEP. Ella lo hace con el puño”? ¿Qué busca esta alusión al puño en alto de Sandra? Sin duda no se trata de identificarla mejor, ya que ella es la única mujer de la foto. Lo que Archondo quiere sugerir, entonces, es que si Aliaga levanta el puño, es masista y —como ya sabemos que es miembro del Directorio de La Razón— además favorece a este periódico en su calidad de presidenta del Tribunal de Ética… Los hilos de la insidia son sutiles, pero Archondo no es tan hábil como cree para tejerlos. En realidad, con esta incursión en la historia última del periodismo ha dado un paso en falso. En su nota, no ha podido evitar incluir que Aliaga “no firmó el fallo”, lo que, leído sin sesgos, echa abajo sus presunciones. Incluso si él, prudentemente, se cuida mucho de informar a sus lector que Aliaga no firmó JUSTAMENTE por su condición de miembro del Directorio de La Razón. Una condición que solo era secreta para La Hache Parlante o, mejor dicho, que este blog vuelve secreta a fin de rodear su cuento de una atmósfera conspirativa. La prueba que Archondo esgrime sobre la supuesta clandestinidad de este cargo es pueril: Según él, Aliaga “nunca” se habría jactado públicamente del mismo.

Sandra Aliaga no entró al susodicho Directorio por sus contactos con García Linera, como supone, inventa y miente Archondo, sino por su amistad —archiconocida en el mundo periodístico— con la directora de La Razón, Claudia Benavente. Y por afinidad ideológica con la línea editorial del periódico, como por otra parte resulta absolutamente lógico. ¡Bueno sería que los dueños de los periódicos buscaran asesores y directivos que fueran feroces adversarios de sus ideas y sus formas de hacer las cosas! Tal extremo no ocurre, estoy seguro, ni siquiera en el directorio –unipersonal– de La Hache Parlante.

Puede Archondo seguir entregado a la triste ocupación en la que está desperdiciando sus largos años de estudio y su talento escritural. Allá él. Pero que no se meta con un nombre que ya debería estar más allá de los odios, las miserias y los rifirrafes del periodismo nacional.

*Fernando Molina es periodista

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Los tambores del resentimiento

La cuestión racial es un tabú. ¡Qué incomodidad la que produce cuando se introduce en el debate boliviano!

/ 8 de julio de 2020 / 09:38

Mi anterior columna ponía en evidencia el racismo de un laureado poeta nacional. Éste respondió en su muro de Facebook con varias sandeces y ninguna explicación. Algo interesante escribió, empero, cuando puso que yo estaba golpeando los “tambores del resentimiento (racial)”.

Esta acusación era un eco de la que inopinadamente me había arrostrado meses atrás H.C.F. Mansilla: “Molina y los otros han retrocedido un siglo para explicar la Bolivia de hoy. Son personas retrógradas en el sentido en que enfatizan aspectos que ya no responden a la problemática actual, como si todo se pudiera explicar a través de la confrontación étnica entre la Bolivia tradicional (blanca y urbana) y la Bolivia indígena y campesina”. Para Mansilla, el enfoque de “Molina y los otros” — que él denomina “mentalidad étnico-racial”— tiene un “carácter premoderno”.

Quisieron los dioses de la ironía que un par de meses después de que este argumento fuera publicado estallara el movimiento “premoderno” Black Lives Matter, a raíz del cruel asesinato de un negro por un policía estadounidense. Mansilla debe seguir preguntándose —si acaso mantiene el sentido de la responsabilidad intelectual— cómo es que los“procesos de ciudadanización” que él cree han superado la “confrontación étnica” en Bolivia a partir de los años 50, no han logrado en cambio mucho en los Estados Unidos.

Por supuesto, Mansilla tampoco tiene razón en cuanto a Bolivia. Esos “procesos de ciudadanización” existieron, pero no superaron la confrontación y en especial la denigración étnica. No lo hicieron ni en el campo de la vida cotidiana ni en el campo de la política.

El rechazo de Mansilla a análisis como los de “Molina y los otros” tenía su origen en el deseo de salvar al movimiento de los “pititas” —con el que el escritor se identificaba— de todo componente racista. Provenía de este cálculo y no del amor a la verdad que uno tiende a suponer arde en un alma filosófica. Por otra parte, el rechazo del laureado poeta tenía el propósito, compartido por la mayoría de los blancos bolivianos, de esconder el racismo debajo de la alfombra, a fin seguir disfrutando de la fiesta en paz, sin tener que oír las razones de los indios (convertidas en pura retórica “masista”). En el fondo, el poeta pretendía decir lo mismo que denuncia la frase acuñada por el indianista Carlos Macusaya: “El racismo no existe en Bolivia, indios de mierda”.

La cuestión racial es un tabú. ¡Qué incomodidad la que produce cuando se introduce en el debate boliviano! ¡Hasta los intelectuales progresistas blancos comienzan a sudar la gota gorda! O, para decirlo con más precisión, sudan la gota gorda cada vez que no se habla de esta cuestión en referencia a los indios (ya sea para verlos como “pobrecitos” o como sujetos heroicos de alguna construcción futurista: revoluciones, capitalismos heterodoxos, etc.), sino en referencia a los blancos. Unos blancos que, desaparecidos de la historia intelectual, los intelectuales progresistas también prefieren no ver.

Tomemos por ejemplo a Luis Tapia analizando el movimiento de los “pititas”. ¿Vio en algún momento que eran blancos los que se movilizaban contra indios —y viceversa—? No, no lo vio. A este respecto, Tapia coincidió completamente con Mansilla: el marxismo trascrítico se dio la mano con el conservadurismo aristocratizante para borrar el clivaje racial de la coyuntura y, en particular, para invisibilizar a los blancos. Para la entente Tapia-Mansilla, estos podían ser “clases medias”, podían ser “comités cívicos”, podían ser “agrupaciones ciudadanas”; lo que no podían ser en ningún caso —hubiera sido “premoderno”— era ser blancos. Como dice Robin Diangelo: “Los blancos solamente se ven a sí mismos como gente”.

Siguiendo estos análisis hasta sus últimas consecuencias, se debe concluir que el indianismo, en todas sus ramas, es “premoderno”… Esto, en el caso de Mansilla. En el de Tapia, el poscolonialismo que el autor pregona debe quedar en suspenso a la espera de otros momentos más “clásicos” en los que los indios luchen por las selvas y no por defender al “monstruoso” Evo. Así es como estos intelectuales les jalan las orejas a los indígenas por no plantear sus luchas en los términos que ellos les prescriben. Una actitud que tiene un nombre, pero que me abstendré de pronunciar para que no se me acuse de tañer los “tambores del resentimiento”.

Termino con una proclama: No habrá ninguna forma de superar el resentimiento —que en efecto es una de las cualidades negativas del ser boliviano— si no rompemos el tabú y, con él, el privilegio.

Fernando Molina es periodista

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Los “igualados”

El racismo rara vez propone la eliminación de las razas que desprecia. En general, trata de contenerlas “en su lugar”

/ 25 de junio de 2020 / 06:16

La señora imagina la peor forma de ofender a su adversaria política. Encuentra entonces un adjetivo muy interesante. Le espeta: “¡Igualada!”. ¿Qué quiere decir? Que es una india que ha roto el orden racial tradicional; en lugar de aceptar su inferioridad natural, intenta “igualarse” a sus superiores, esto es, a los blancos.

Alguien podría decir que la expresión refleja la ignorancia de la persona que la usó. Tal explicación me parece evasiva y simplista. Hace poco, un poeta bastante bueno, muy respetado y homenajeado por sus colegas del mundillo literario, posteó lo siguiente en su muro de Facebook: “El cholo ha robado su esencia al indio y ahora todo ha quedado hecho mierda. Atención con esa frase. Me la acaba de decir, por teléfono, un viejo amigo que vive desde hace 30 o 40 años en pleno campo (…) Cuando vuelvas, me dice (…) ya no reconocerás montón de cosas y llorarás de pena e ira. La fealdad y el desastre se impusieron totalmente, hasta en el último caserío alrededor”.

No puede argüirse que este escritor sea “ignorante”, al menos no en el sentido directo de esta palabra. Y, sin embargo, se indigna por lo mismo que la señora de arriba: porque los indios hayan dejado de ser lo que solían ser —esto es, lacónicos, abnegados y estéticos elementos de un paisaje arcádico— y, convirtiéndose en cholos, se “igualaran”… Ahora que manejan autos ruidosos, ahora que construyen feos edificios, ahora que ponen negocios contaminantes, “todo ha quedado hecho mierda”.

El racismo rara vez propone la eliminación de las razas que desprecia. En general, trata de contenerlas “en su lugar”, a fin de que no se desborden y, con ello, desorganicen y afeen a la sociedad.

Como ejemplo, tenemos a los poligenistas del siglo XIX. Estos ideólogos creían que Dios había creado cada raza por separado, concediéndole cualidades distintas. Si una era fuerte y flexible, estaba llamada a trabajar en el campo; si otra era inteligente y racional, debía ocuparse de las tareas espirituales, de civilizar a las demás. De modo que las razas, todas ellas, resultaban necesarias para la armonía del mundo. El único asunto era que no se “igualaran”. Había que eludir la mezcla. Los procesos de hibridación, a diferencia de los de segregación, respondían no a la voluntad divina, sino la rebeldía humana ante las órdenes de Dios. Equivalían, entonces, a “pecados originales”. Todo cruce racial era una Caída.

Así era, por ejemplo, para los racistas del sur de los Estados Unidos, que crearon sociedades segregadas e impusieron obstáculos legales de distinto tipo para impedir que sus exesclavos ejercieran su derecho al voto. ¿Qué querían evitar? Que, contra natura, los negros se “igualaran”.

Los poligenistas creían que la desigualdad conservaba la forma original de la Creación y la paz entre las razas. En parte llevaban la razón. Cuando una raza tiende a “igualarse” violenta sin duda los “derechos” que otra raza siente que tiene de disfrutar su superioridad. Empuja a esta, entonces, a la lucha. En nuestro tiempo, máxima paradoja, esta lucha suele darse en nombre de la igualdad y el antirracismo.

Se trata, claro está, de la igualdad de antes —de antes de la “igualación” —, es decir, de la conservación de la jerarquía. Cuando los indios eran indios nomás y no procuraban trepar como cholos. Se trata, también, del antirracismo que podemos encontrar en una sociedad segregada. Porque ¿acaso hoy tendríamos reclamos, insultos, violencia —en suma, racismo—, si ninguno antes hubiera tratado de “igualarse”? Por supuesto que no; la maldad no habría comenzado jamás sin ese acto antinatural, provocador y feo.

El racismo y, en particular, el aborrecimiento por parte de los racistas de los procesos de lucha por la igualación racial puede constituir una fuerza política formidable, incluso en estos días en que la democracia busca contenerlos. Los economicistas (marxistas mecanicistas, nacionalistas de la vieja escuela y neoliberales) y los culturalistas (cierta clase despolitizada de antropólogos e indianistas) tienden a obviar o menospreciar su enorme potencial. De igual manera, el deseo de “igualarse” sigue alimentando la insubordinación y la resiliencia de las razas oprimidas, para oprobio de gente como el poeta ese que, temblando de “pena e ira”, se abismaba en el odio y el espanto.

Fernando Molina es periodista

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Los deseados ojos verdes

En una sociedad transversalmente racista, la única conducta rentable es ser racista

/ 11 de junio de 2020 / 06:08

¿Qué hizo Fernando Vásquez que le costó el puesto de ministro de Minería? Dicho sucintamente: se jactó de poseer un determinado fenotipo (blanco, pelo crespo, ojos verdes). Dejando de lado el alboroto que esta conducta produciría, digamos que la misma resulta muy frecuente en la sociedad boliviana. Desde niño recuerdo haber escuchado a miembros o amigos de mi familia ufanarse por lo mismo: porque un bebé recién nacido tenía “ojos claros”, o era “rubiecito”; o porque tal prima casadera “era mucho” para su pretendiente más moreno.

Al crecer me fui dando cuenta de que estos sentimientos se hallaban difundidos por toda la sociedad. No importaba de qué rasgo indígena se tratara, alguien siempre podía sentirse feliz de tenerlo en menor proporción que alguien más. En ese sentido, el Ministro defenestrado no tiene nada de peculiar. Lo raro en Bolivia, en realidad, es encontrar a alguien que no se compare o compare a los demás en términos raciales. En nuestra sociedad, todas las relaciones están mediadas por procesos de racialización: El primero de estos procesos es la afirmación de uno mismo como blanco. De él surge el fenómeno del “blanqueamiento” o transformación de la persona, a través de distintas estrategias económicas, simbólicas, psicológicas y estéticas, en un “blanco funcional”. Esto es, en alguien que funciona como blanco, sin importar si “verdaderamente”  lo es o no.

El segundo proceso es la discriminación de aquellos que no cumplen con los requisitos fenotípicos y de pigmentación exigidos para ser blancos; es decir, la designación de los demás como indios. “Mira a este Ministro, se había creído crespo y de ojos verdes”; o “si la ves bien, no es más que una cunumí”.

Los procesos mencionados son las dos caras de una misma moneda. Dudar del mérito racial de otros protege al sujeto de una sospecha idéntica sobre él mismo y, entonces, lo afirma como blanco.

Las disputas por la posesión del “mejor” capital biológico son constantes y contribuyen a explicar, entre otras causas, la inseguridad y la desconfianza de los bolivianos. Excepto los muy blancos y los muy indios, que tienen un lugar claramente definido, todos los demás debemos jugar, todo el tiempo, juegos de roles. Esto nos demanda, por un lado, jactarnos de nuestra propio capital fenotípico (“yo, por si acaso, tengo canas”) y, por el otro, despreciar el fenotipo de los demás (“este es de medio pelo”). En una palabra, nos demanda ser racistas. Necesitamos serlo para conectarnos con el grupo al que aspiramos a pertenecer. Debemos, por ejemplo, convalidar con la risa o el asentimiento los abundantes comentarios y chistes racistas, a fin de evitar “ser antipáticos” ante el grupo. O debemos repetir la forma de trato a los “inferiores” que nuestro grupo considere válida: por ejemplo, tutear a los indígenas, tener criadas, etc.

El racismo sirve para enclasarnos en un grupo. En esa medida, cumple un papel económico y está inscrito en las estructuras de la sociedad. Ayuda a obtener los bienes que es posible capturar a través del grupo: empleos, matrimonios, relaciones políticas y otros. En una sociedad transversalmente racista, la única conducta rentable es ser racista. Lo que hizo Vásquez no fue otra cosa que tratar de rentabilizar su racismo, usándolo para ganarse la simpatía de determinadas clases sociales y evitar que su pasado político fuera cuestionado.

Hasta aquí, todo claro. Sin embargo, simultáneamente, el racismo está mal visto e incluso está prohibido. En la esfera intelectual, “no se puede” hablar de razas y antagonismos raciales, y hay que actuar como si de verdad se creyera que las diferencias entre bolivianos provienen de distinciones étnicas, esto es, puramente culturales. Como si de verdad se creyera, por ejemplo, que un blanco se siente superior a un indígena porque, mientras él le reza a la Virgen María, el indígena cree en la Pachamama.

La superestructura ideológica y normativa que se opone al racismo incluye esta clase de supersticiones, pero sigue siendo un logro civilizatorio. A ella le debemos la expulsión de Vásquez del Ministerio. Constituye el “superyó” social: la autocontención colectiva. El racismo, en cambio, surge del “ello” social, del acervo de pulsiones inconscientes de la población.

El “superyó” mantiene la paz social, evita el caos. Sin embargo —como respecto al individuo enseñó Sigmund Freud—, cuando no existe un “yo” racional que medie entre el “superyó” y el “ello”, el “superyó” puede ser un frágil cascarón, que mantenga su autoridad únicamente en los espacios sociales altamente regulados, como el trabajo o la práctica política, y deje las calles y los hogares librados a la violencia de la neurosis y el trauma.

Fernando Molina, periodista

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