miércoles 27 ene 2021 | Actualizado a 21:30

¿Erraron las encuestas?

/ 18 de noviembre de 2020 / 15:27

Más que en los datos de las encuestas, el problema estuvo en la mirada de los analistas

Foro de Análisis Político de la FES: “Elecciones 2020: encuestas, conteos rápidos, votos”

Las encuestas preelectorales no se equivocaron: identificaron entre un 22% y un 28% de indecisos. En teoría, estos indecisos podrían inclinarse a favor de cualquiera de los candidatos, o distribuir su preferencia de manera proporcional en todos ellos. Ahora sabemos que la mayoría de estos indecisos optaron por el Movimiento Al Socialismo (MAS). En cambio, las encuestas fueron bastante precisas en prever el voto de Carlos Mesa (Comunidad Ciudadana, CC) y Luis Fernando Camacho (Creemos), como se muestra en el gráfico adjunto.

Analistas: el problema

Más que en los datos de las encuestas, el problema estuvo en los analistas. Hubo tres tipos de analistas. En primer lugar, estaban los que miraban estos datos con el ojo derecho. Razonaron que, según las encuestas, solo un tercio apoyaba al MAS, y que los otros dos tercios no querían que este partido vuelva al gobierno. Por tanto, estimaron que Carlos Mesa subiría en su intención de voto y forzaría una segunda vuelta, en la cual sería elegido Presidente.

Un segundo grupo de analistas trató de mirar los datos con los dos ojos. Afirmaron que como los indecisos estaban en todos los segmentos, tanto en el área urbana (con un ambiente a favor de Mesa), como en el área rural (en un contexto a favor de Arce), en occidente, como en oriente (a favor de Camacho), estos votantes al final distribuirían su voto de manera proporcional entre los candidatos y se mantendrían las tendencias. Es decir, con una diferencia entre Arce y Mesa de cerca del 10%.

Finalmente, un tercer grupo de analistas miró los datos con el ojo izquierdo. Sostuvieron que entre los indecisos había un “voto oculto”. Después de la renuncia de Evo, en un ambiente antimasista, varios votantes no querían revelar su intención de voto, que al final favorecería al MAS. Tuvieron razón. Solo que no se imaginaron que casi la totalidad del 20% de indecisos apostaría por el partido azul.

Sin embargo, aunque los datos proporcionados por las empresas encuestadoras, con el 25% de indecisos en promedio, estaban bien, la pregunta persiste: ¿por qué en las encuestas no se pudo identificar que la mayoría de los indecisos votaría por el MAS? Existen ciertos parámetros que ayudan a prever estas tendencias. Por ejemplo, la percepción de los indecisos sobre la marcha general del país, la aprobación o desaprobación de la gestión de Áñez, su opinión positiva o negativa de los diferentes candidatos, su perfil sociodemográfico, etc. Con esta información se construyen índices de afinidad de los indecisos y, por medios estadísticos, se identifica la probabilidad del voto de los mismos. Nada de esto ocurrió. Los analistas tuvieron que realizar complicados ejercicios adivinatorios para tratar de precisar cuál sería el comportamiento de estos indecisos.

Comparación necesaria

¿Qué pasó en realidad el 18 de octubre? ¿Hubo en los hechos un 20% de indecisos que en masa votaron por el MAS? ¿O tal vez hubo un voto oculto que no fue identificado por las encuestas preelectorales? Fueron ambas cosas, pero no es posible saber con precisión el peso de los indecisos y el peso del voto oculto.

Si se comparan los resultados de las elecciones de 2019 y de 2020 se puede constatar los siguientes tres aspectos. Primero, el MAS incrementó su votación en más de 15% en el altiplano paceño, la ciudad de El Alto, Cochabamba y Oruro.  Segundo, el MAS incrementó su votación entre un 5% y un 10% en el área de influencia de este partido: el área rural de Potosí y el área rural de Chuquisaca. Tercero, en los demás departamentos de la ex “Media Luna”: Tarija, Santa Cruz, Beni y Pando, la votación del MAS fue prácticamente igual a la de 2019.

Es decir, entre 2019 y 2020 el MAS recuperó el voto en su base social de tierras altas. Voto que se había perdido cuando Evo quiso prorrogarse inconstitucionalmente como candidato a Presidente. Hay cerca de un 10% del padrón electoral que apoya al MAS; pero no al evismo. Es un voto popular que demanda renovación y “rostros nuevos”, y que en 2019 votó por Chi.

Tres segmentos

A partir de este análisis se puede concluir que el 18-O, el voto del MAS estuvo conformado por tres segmentos. Primero, el voto duro, que más o menos llega al 35% del padrón electoral, y que fue identificado claramente por las encuestas preelectorales. El segundo segmento puede ser denominado como “voto oculto” y que llega al 10%. Son los que en 2019 votaron por Evo, y que después de su derrocamiento, mantenían la decisión de apoyar al MAS; pero no quisieron revelar sus intenciones a los encuestadores. El tercer segmento está conformado por los “indecisos”, que más o menos llegan al 10%. Son aquellos que en las elecciones de 2009 y 2014 votaron por el MAS pero que, luego del intento del evismo de lograr una reelección indefinida del caudillo, aún violando la Constitución, optaron por el No en el referéndum del 21-F de 2016, y votaron por Chi en 2019, porque su imagen respondía a la demanda electoral de los indecisos de sectores populares: “lo nuevo” en la política.

Este 10% de indecisos optó por Arce Catacora en 2020. Tomaron la decisión las últimas semanas antes de las elecciones por dos razones. En primer lugar, su voto por el MAS fue por descarte, ya que, en el campo popular, no había ninguna oferta que represente la renovación que ellos buscan. En segundo lugar, el voto de estos indecisos fue un voto “de resistencia”. Frente a la represión y ante la discriminación sufrida en el régimen de Jeanine Áñez, optaron por el MAS para reafirmar su identidad étnico-cultural y política.

(*) Julio Córdova es director de Diagnosis SRL

(**) Sociólogo. Llevó a cabo estudios sobre movimiento evangélico, cultura, política y derechos sexuales y reproductivos en Bolivia.

Felipe Quispe, el indianismo hoy

La muerte de ‘El Mallku’ bien puede estar cerrando un ciclo, bien puede estar abriendo otro

Felipe Quispe Huanca, “el Mallku”

Por Iván Bustillos

/ 27 de enero de 2021 / 10:51

El punto sobre la i

Felipe Quispe Huanca, “el Mallku”, ha sido el indianismo vigente y persistente desde fines del siglo pasado. Con distinto énfasis, tres estudiosos aymaras (Carlos Macusaya, Pablo Mamani y Esteban Ticona) destacan el fundamental, decisivo, lugar en la historia del líder indígena campesino fallecido el martes 19. Pero, como en todo proceso, su muerte acaso también sea el principio de algo, tal vez inaugure una nueva etapa en la historia de la Bolivia plurinacional que compartimos todos. El tiempo dirá.

Felipe Quispe Huanca tiene la misma relevancia que Tupac Katari y Zárate Villca, pues es un referente fundamental en la historia, arriesga el investigador aymara Carlos Macusaya. “El Mallku” es una figura histórica equiparable porque marca procesos posteriores: “después de Túpac Katari se genera la independencia de Bolivia; con Zárate Willca ocurre la reconfiguración política del país, con el traslado de la sede de gobierno a La Paz; y con Felipe Quispe, el movimiento que él va encabezar, condiciona lo que vendrá posteriormente, la propia elección de Evo Morales”.

Quispe interpeló lo que se puede llamar el “orgullo identitario” indígena cuando esto no era un tema central, pero que luego se fue convirtiendo en un auténtico “eje de articulación política, el tema identitario”, remarca Macusaya.

La debilidad mayor de Quispe acaso fue su “poca capacidad para generar alianzas”, lo que le hubiera permitido tener influencia en otros sectores, apunta el investigador.

Añade que el terreno electoral para Quispe nunca fue “una apuesta seria”; en 2002 (cuando fue candidato a la Presidencia, y consiguió seis diputaciones con el Movimiento Indígena Pachakuti, MIP) y hace poco (como candidato a la gobernación), más fue por presión de sectores sociales que por convicción política electoral.

PODER

Así, aunque parezca contradictorio (cuando el poder político en el país no se alcanza sino mediante el voto), la dimensión de Quispe no es electoral, insiste Macusaya: “Lo electoral nunca fue el fuerte de Felipe Quispe, lo fundamental en él fue la confrontación con los grupos de poder”, y es aquí donde lograba mucho apoyo y simpatía, lo que no necesariamente, mecánicamente, se convierte en apoyo electoral.

Por esto, provoca el escritor aymara, en realidad la última postulación de “El Mallku” a la Gobernación (en la que no pocos le daban la posibilidad de ganar la elección) “no solo era una apuesta por la Gobernación, sino una apuesta por regenerar el propio movimiento indianista, de articular a nuevas generaciones, de proyectar una organización que vaya más del propio Felipe Quispe; lamentablemente la vida no le dio”.

Ahora, ante la imagen común que se tiene de “El Mallku” de líder político solo de la reivindicación rural, que este siempre fue su límite, Macusaya niega que sea así, que Quispe más bien, aún hoy, “estaba en proceso de maduración, no paraba de aprender”. Si en 2001 o 2003 Quispe tenía una mirada centrada en lo rural y no tuvo una buena relación con organizaciones urbanas, de último, especialmente los años recientes, buscó expandirse hacia lo urbano, “Quispe hizo un trabajo de hormiga en El Alto, en las movilizaciones que demandaban la renuncia de Jeanine Áñez”.

Otra “limitación” que es común endilgarle a Quispe es su liderazgo indígena andinocéntrico, radicado en el occidente del país, incluso en el solo departamento de La Paz. Al respecto, Macusaya afirma que ello no es a causa de una mayor o menor capacidad de Quispe, algo subjetivo, sino por el hecho de que gran parte de la población aymara está concentrada en el occidente. Lo que más bien el investigador apunta como una “flaqueza” de “El Mallku” es que no pudo articular precisamente al aymara expandido en el país, al colla en los valles o el oriente que en muchos sentidos ha “construido” las grandes ciudades, que es la vena, por ejemplo, del comercio informal. “Una población que ha envuelto el país y que no ha tenido un acompañamiento discursivo entre los distintos líderes políticos de origen indígena”, Quispe entre éstos.

Por su parte, el sociólogo Pablo Mamani remarca que la relevancia de “El Mallku” proviene del hecho de que tiene su “don”, no tanto personal, sino “construido social e históricamente”, de “expresar la voz, el sentir, la vida, las frustraciones, los deseos y las luchas de los pueblos en los que estos hombres viven; y Felipe Quispe expresó exactamente eso”.

Peor, o mejor, según quien vea, tratándose de un pueblo como el aymara, destaca el sociólogo alteño: “El Mallku” “enorgulleció enormemente a un pueblo vilipendiado, amenazado a la extinción, que ha sido tratado con un lenguaje racista, y que Quispe respondió con un lenguaje punzante, ágil y de metáforas, que es lo que caracteriza a la lengua aymara”.

Otro hecho que no deja pasar Mamani es la masiva presencia en su velorio y entierro de jóvenes, “de 35, 20, 18 años, juventud que enormemente sintió cómo perder a un padre, un amigo, un hermano, un alguien como ellos mismos”.

LIDERAZGO

Acaso una limitación de “El Mallku”  fue no haber podido internacionalizar su liderazgo, conectar el movimiento indígena boliviano con sus pares en México, Guatemala o El Salvador, entre muchos otros.

Ahora, acaso una barrera que no pudo superar por “su carácter o por su línea ideológica fue no haber llegado a la clase media, a la clase alta blanca, mestiza del país”; lo que, anota Mamani, “honestamente no le interesaba, pero que hubiera sido interesante que él dialogara con estos sectores para que entiendan su proyecto”.

Y es llegado a este punto que el sociólogo Mamani plantea un debate clave en torno al proyecto político indígena originario campesino: la concepción que, palabras más palabras menos, se tiene del mismo como segregacionista y retrógrado, el famoso que sólo quieren volver al pasado, y sólo ellos, las naciones originarias.

“Felipe Quispe no tiene un proyecto separatista, como se dijo algún momento, sino que su proyecto es profundamente incluyente y modernizador. Él no pregonaba volver a las ojotas, volver a los tiempos idos, como una especie de retorno a un pasado; él nunca quiso eso. Es cierto, habló del Tahuantinsuyo, pero uno del siglo XXI, uno que puede rescatar muchos elementos, pero plantados en una contemporaneidad del siglo XXI, del siglo XXII”.

En relación a sus pares indígenas de tierras bajas, lo que encuentra Mamani, y no tanto personalizando en Felipe Quispe, es el mutuo respeto que hay, por ejemplo, entre los aymaras y los guaraníes: hay como un “mirarse como dos pueblos guerreros y valientes: lo que hicieron los guaraníes en Kuruyuki se respeta y admira acá; y yo estuve por aquellas tierras, y respetan mucho lo que aquí se hizo con Zárate Willka, en Octubre 2003, y ahora con Felipe Quispe”.

Que “Felipe Quispe es el que pregona el odio, el racismo a la inversa, el Estado etnocentrista andino”, reclama el sociólogo Mamani, son más bien construcciones de los sectores oligárquicos del país.

En cuanto al futuro del indianismo o indigenismo, ahora sin Felipe Quispe, para Mamani se viene una radicalización que muchos (entre ellos el MAS y Evo Morales) no están sabiendo leer: “lo que yo pude ver (en el velatorio y entierro de “El Mallku”) es que el movimiento tupakatarista, el movimiento indianista se va radicalizar; esa juventud que estuvo hoy (el miércoles) presente juró, literalmente juró, tener el espíritu de Felipe Quispe para conquistar la libertad plena de este pueblo, y cuando digo esto no me refiero sólo al pueblo aymara, sino al quechua, al guaraní”.

Así, predice el sociólogo: “el futuro de la imagen de Felipe Quispe se va multiplicar en dimensiones mayores de lo que posiblemente no se esté imaginando”. 

Por su lado, el sociólogo y antropólogo Esteban Ticona remarca que Felipe Quispe, “el Mallku”, es parte de una historia de lucha sindical y política de al menos 50 años, que tiene que ver con el katarismo de los 70 del siglo pasado. “Después de don Genaro Flores, de Juan de la Cruz Villca, creo que don Felipe es el que va heredar toda esa experiencia de lucha; él es un personaje fundamental” de todo este periodo, el “protagonista de fines del siglo XX y principios del XXI”, destaca.

Ya en el plano ideológico, y aclarando que “El Mallku” en rigor no es “indigenista”, sino “indianista”, Ticona afirma que este líder sobre todo es el que más consecuentemente llevó a la práctica el pensamiento de Fausto Reinaga: “todo lo que él (Quispe) abrazó como corriente política es el indianismo, que tiene que ver mucho con Fausto Reinaga, es uno de los grandes ejecutores de lo que pensaba Fausto Reinaga”.

Ejecutor y continuador del connotado ideólogo indianista, precisa Ticona. Un ejemplo de ello, apunta, es la tesis de “las dos Bolivias” que ya está en el libro de Reinaga La Revolución India, que “El Mallku” “volvió a plantearla, ya en otro contexto”.

Ticona establece al menos tres grandes etapas en la evolución de Felipe Quispe: la de los Ayllus Rojos (cuando fue parte del Ejército Guerrillero Túpac Katari), entre 1986 y 1992; la segunda, de finales de los 90, cuando asumió la secretaría ejecutiva de la histórica Confederación Sindical Única  de Trabajadores Campesinos de Bolivia (CSUTCB); y la tercera, su participación político partidaria, cuando fundó el Movimiento Indígena Pachakuti (MIP) y postuló a la presidencia en las elecciones generales de 2002 y de 2005; en la primera, él mismo (junto con otros cinco militantes del MIP) logró la diputación.

RENUNCIA

Quispe renunció a ser diputado en mayo de 2004, para, dijo esa vez, “estar con las bases”. Lo que pasa, apunta Ticona, es que “veía un sistema parlamentario que no estaba entendiendo lo que se estaba planteando en ese entonces; encontró un espacio político tradicional conservador, aunque sabemos que eso se ha ido transformando desde 2006, pero antes fue para Quispe una profunda decepción de la clase política del país; para él era inútil estar en un escenario político donde no le escuchaban”.

En cuanto al futuro del movimiento indianista del que formaba parte Felipe Quispe, pero que ahora deberá seguir sin él, Ticona (coincidiendo con Pablo Mamani) asegura que siguiendo la actividad de “El Mallku” en los últimos años vio “muchísimo contacto con los jóvenes”; docente en la Universidad Pública de El Alto (UPEA) fue “mentor” de muchos de ellos. Hay varios jóvenes que hoy día se llaman movimiento indianista katarista; así, “hay como una reemergencia con distintos énfasis, incluidas muchas mujeres, lo que marca una diferencia con lo que pasaba en los 70, que eran más de varones”, enfatiza Ticona. 

La muerte de “El Mallku” es un verdadero shock para todos sus seguidores, y sin duda eso mismo motivará el mayor activismo de esos jóvenes. Cada vez más ligado a los jóvenes pero esta vez más urbanos, en El Alto, en la UPEA, Ticona ve aquí que “hay un contexto urbano rural muy interesante. Yo creo que va haber una respuesta, que no creo que sea inmediata, pero va marcar un horizonte muy interesante hacia adelante, y claro, tal vez haya que comparar lo actual con la generación katarista indianista de los 70, que tenía poca formación académica, universitaria, que hoy sí la tiene; muchos de estos jóvenes que han estado muy cerca de Felipe tienen que ver con varias carreras. Creo que se avecina otra etapa, después del shock tan fuerte como fue la partida de don Felipe; una etapa muy interesante. No va ser tan fácil olvidarlo a don Felipe”.

Pero hay un aspecto que, insiste Macusaya, sería muy “saludable” remarcar: el perfil intelectual de Felipe Quispe, “el Mallku”, de escritor y lector. Titulado en Historia por la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA), docente universitario, tiene en su haber varios textos.

“Hay que recordar que don Felipe no fue sólo un actor, ejecutor de cosas, sino que también fue un pensador; de lo que yo recuerdo son cinco libros que ha escrito; esto nos da una idea de lo que él hacía, pensamiento y acción”, apunta Ticona.

Al respecto, Macusaya cuenta cómo en varias ocasiones lo vio buscando las “joyas” bibliográficas que a veces se encuentran en los libros usados del sector de la riel en la feria de la 16 de Julio. “Su primer libro fue sobre Túpac Katari, Túpac Katari vive y vuelve… carajo; pero también escribió en la cárcel, escribió sobre la caída de Goni, sobre una huelga de hambre que protagonizó; hizo su tesis de licenciatura sobre el Congreso Indigenal; tenía otros proyectos sobre el tapete para trabajarlos. Felipe Quispe fue una figura que influyó en el ámbito de las ideas”.

 (*) Iván Bustillos es periodista de La Razón

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Joe Biden y Latinoamérica

Biden es conocido por su convicción de promover transparencia, igualdad y buena gobernanza

/ 27 de enero de 2021 / 10:45

Dibujo libre

La elección de Joe Biden como presidente de Estados Unidos trae con ella oportunidades para que el país reestructure su agenda en países de Centroamérica, Sudamérica y el Caribe. Biden es conocido por sus convicciones de promover y sostener transparencia, igualdad, y buena gobernanza, todo lo que su predecesor no demostró ni siquiera para servir de ejemplo a otros países.

Muchos piensan que Biden tendrá una agenda similar a la de la administración de Barack Obama en cuanto a Latinoamérica. Es fácil especular esta posibilidad pero es importante entender que la situación económica, política y social en estos países hoy en día es diferente a la de los ocho años de la administración de Obama. El impacto económico que ha causado el COVID19 ha fracturado gravemente las economías y llevado a mucha gente a la pobreza o a buscar países donde refugiarse, como el caso de la migración masiva de Venezuela a Colombia.

Biden tiene una buena trayectoria en Sudamérica ya que viajó a países latinos muchas veces durante la administración Obama y fue el encargado de varios temas que conciernen a la región. Por otra parte, su Secretario de Estado, Antony Blinken, también está preparado para aconsejar al Presidente ya que fue consejero anteriormente y está al tanto de los problemas que afectan a Latinoamérica y que continúan siendo una preocupación como la corrupción, tráfico de drogas, crimen, desigualdad económica y problemas de medioambiente.

Cuba. El país del caribe ha sido sancionado por Estados Unidos por varios años, lo cual ha llevado a mucha gente a la pobreza. Las sanciones impuestas a Cuba fueron levantadas por la administración de Obama, lo que dio la esperanza de un progreso para Cuba y sus ciudadanos. Sin embargo, esta alegría solo duró hasta 2021, cuando Donald Trump decidió calificar a Cuba como un país que financia el terrorismo. Esto es como un golpe al Gobierno cubano y definitivamente ha quebrantado la posibilidad de llegar a mejorar las relaciones bilaterales con Estados Unidos. Joe Bien y su administración se enfrentan a esta decisión impulsiva que Donald Trump ejecutó antes de terminar su gestión presidencial y tendrán que trabajar con el Gobierno cubano para reestablecer relaciones nuevamente con condiciones que ambos países lleguen a acordar.

Venezuela. La agenda de Estados Unidos en Venezuela puede que no cambie mucho con la administración de Joe Biden. El presidente venezolano, Nicolás Maduro, no ha sabido gobernar su país democráticamente y tampoco ha podido administrar la economía del país con el propósito de beneficiar a sus ciudadanos. La economía quebrantada más los efectos de la actual pandemia ha causado que venezolanos se refugien en otros países causando la migración más grande en la historia de Sudamérica.

Biden no solo tiene que continuar con las sanciones económicas, sino también tiene que buscar maneras de ayudar a restaurar la democracia en Venezuela. Otro punto de preocupación es la relación de Venezuela con Irán. Las sanciones impuestas no están teniendo mucho efecto, ya que estos países han decidido establecer comercio entre ellos, lo que ayudó a balancear el impacto de las sanciones.

México. El actual presidente Andrés Manuel López Obrador ha sido buen aliado del gobierno de Donald Trump, a tal punto que le tomó mucho tiempo aceptar el triunfo de Biden como presidente de los Estados Unidos. Biden y López Obrador tendrán que buscar maneras de trabajar juntos, especialmente con respecto al tema de la migración.

La pandemia continúa causando un movimiento de ciudadanos de países de Centroamérica hacia México y de México a Estados Unidos. Esto representa un problema inmediato para Biden ya que la situación económica de Estados Unidos se encuentra quebrantada por el impacto del COVID-19.

Otro tema que se debe abordar en México es el tráfico de drogas, que no solo plaga al país y a sus ciudadanos sino también a países vecinos. Se espera que Joe Biden trabaje para ayudar a combatir este tema.

Brasil. Jair Bolsonaro se enfrenta con un Presidente que no va a tolerar temas que Donald Trump no tomó en serio, como la continua deforestación de la Amazonía y que el COVID-19 se siga saliendo de las manos en Brasil. Bolsonaro tomó a Trump como modelo para lidiar con el virus, error que el país está lamentando ahora.

La administración de Biden tiene el tema del medioambiente como uno de los centrales en su agenda política. Biden considera a Brasil como uno de los pulmones del mundo y piensa abordar este tema con el Presidente brasileño para evitar la deforestación del Amazonas, causada por compañías y sus intereses.

Triángulo del Norte (Guatemala, Honduras y El Salvador). La Administración de Biden planea invertir estratégicamente 4 mil millones de dólares para ayudar a combatir problemas que afectan a Guatemala, Honduras y El Salvador.

Esta inversión ayudará a una mejora a largo plazo, pero a corto Biden necesita encontrar formas de parar la migración de ciudadanos a otros países a causa de la pandemia.

La administración de Joe Biden se encuentra bien posicionada para abordar temas en Latinoamérica. Las próximas elecciones presidenciales en varios países en la región puede que presenten la oportunidad de establecer mejores relaciones bilaterales.

(*) Génesis Román M. es politóloga, boliviana residente en EEUU

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Biden en La Casa Blanca: Ninguna ilusión

Biden llega a la Casa Blanca con un equipo de personas íntimamente ligadas al gran capital estadounidense

/ 27 de enero de 2021 / 10:42

Dibujo libre

Puede parecer un consejo vano, pero hay que recordar el torrente de ilusorias expectativas que despertó el triunfo de Barack Obama en 2008. Reflejo de la profunda penetración del mensaje neocolonial, los cánticos triunfalistas que destacados intelectuales de la “progresía” europea y latinoamericana entonaran en vísperas de la inauguración de su mandato fueron rápidamente acallados ni bien el afroamericano puso manos a la obra (secundado por Joe Biden) y dedicó ingentes esfuerzos a salvar a los bancos de la “crisis de las hipotecas subprime” olvidándose de los millones que fueron estafados por aquellos. Dado que ya se escuchan, si bien con un tono aflautado, algunas letanías parecidas a las del 2008, parece oportuno recordar estos antecedentes para no caer en nuevas —y previsibles— frustraciones.

Biden llega a la Casa Blanca con un equipo étnicamente más heterogéneo que el de Donald Trump, casi en su totalidad conformado por varones blancos. Pero en todos los casos se trata de personas que más allá de su diversidad étnica y cultural están íntimamente ligadas al gran capital norteamericano. El Departamento de Estado será dirigido por Antony Blinken, un halcón moderado, pero halcón al fin, que cree que su país tendría que haber fortalecido su presencia en Siria para evitar la llegada de Rusia. Blinken apoyó la invasión a Irak en 2003 y la intervención armada en Libia que culminó con la destrucción de ese país y el linchamiento de Muamar El Gadafi. Ha dicho que “la fuerza debe ser un complemento necesario de la diplomacia”, en línea con el pensamiento tradicional del establishment. Por lo tanto, a no confundirse.

El Jefe del Pentágono propuesto por Biden es un afrodescendiente, Lloyd Austin, un general de cuatro estrellas con 41 años de actividad en el Ejército y cuya ratificación en el Senado puede verse comprometida por dos razones. Primero porque la ley establece que ese cargo solo lo puede ocupar un militar que haya abandonado el servicio por lo menos siete años antes, y Austin recién lo hizo en 2016. Segundo, porque hasta fechas recientes era miembro del Directorio de Raytheon, uno de los gigantes del complejo militar-industrial, gran proveedor de las Fuerzas Armadas de Estados Unidos. Además Austin, un hombre con buen olfato para los negocios, es también socio de un fondo de inversión dedicado a la compraventa de equipos militares. Pequeñas incompatibilidades, dirán los medios hegemónicos, siempre tan complacientes con lo que ocurre en Washington.

La segunda línea del Departamento de Estado tiene como figura estelar, en el cargo de subsecretaria para Asuntos Políticos, nada menos que a Victoria Nuland. Este personaje es un super-halcón que en la Plaza Euromaidan de Kiev alentó y repartió botellitas con agua y pastelitos a las hordas (similares a las que asolaron el Capitolio el 6 de enero en Washington) que sitiaban la casa de gobierno de Ucrania y, en febrero de 2014, derrocaron al legítimo gobierno de ese país. Una conversación telefónica entre el embajador de Estados Unidos en Ucrania y Nuland, inesperadamente filtrada a la prensa, quedará para siempre en los anales de la historia diplomática porque cuando aquel le hizo saber que la Unión Europea no estaba muy de acuerdo con derrocar al gobierno de Víktor Yanukóvich la Nuland respondió con un seco: “Fuck the European Union!”(¡A la mierda la Unión Europea!) No está demás agregar que esta bella persona está casada con Robert Kagan, un ultraderechista autor de varios libros en donde exalta el Destino Manifiesto de Estados Unidos, defiende sin tapujos la ocupación israelí de Palestina y recrimina a los gobiernos europeos por su cobardía en acompañar a Estados Unidos en su cruzada civilizatoria universal. Todo queda en familia.

Por si lo anterior no fuera suficiente para disipar cualquier esperanza en relación al recambio presidencial en Estados Unidos termino con dos citas de un artículo que Joe Biden publicara en la revista Foreign Affairs (MarzoAbril 2020, Volumen 99, Nº 2, pp 6476). Se titula Por qué Estados Unidos debe conducir nuevamente. Rescatando la política exterior después de Trump y allí lanza un rabioso ataque en contra de Rusia y China. De la primera dice que la sociedad civil rusa resiste con valentía la opresión del “sistema autoritario y la cleptocracia de Vladimir Putin”. Sobre China, reafirma la necesidad de “endurecer nuestra política” hacia el gigante asiático. De lo contrario, asegura, China continuará “robando la tecnología y la propiedad intelectual” de nuestras empresas. (El periodista Rick Gladstone, en un artículo publicado en el New York Times del 7 de noviembre de 2020, después de su artículo en Foreign Affairs, asegura que Biden se refirió a Xi Jinping como “un matón”).

Difícil que con personas como las que ha reclutado para los cargos clave de su administración y con una retórica como la que brota de su puño y letra el mundo pueda respirar tranquilo y confiar en que, ahora sin Trump, las tensiones del sistema internacional disminuirán significativamente.

(*) Tomado de Página 12, Argentina.

(**) Atilio Borón es sociólogo y politólogo, argentino

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El problema con los debates

Es sano y justo debatir ciertos temas, pero no todo es debatible públicamente

/ 27 de enero de 2021 / 10:38

Sala de prensa

Está de moda plantearse debates sobre todo: legalización del aborto, machismo, feminismo, etc. En principio, parece una buena idea, pero ¿será tan buena? ¿A qué precio? En teoría, el fin de un debate es intercambiar ideas para llegar a la verdad, una disputatio en el sentido escolástico del término. Como diría el filósofo Alfredo Sáenz, es una batalla intelectual para admitir o rechazar una tesis o planteamiento.

Sin embargo, muchos de los ‘debates’ públicos hoy no parecen llegar a este fin: pronto se convierten en discusión iracunda o burlesca. Fulano impone sus ideas, Mengano también impone las suyas, y ambos pelean por ver quién las impone de forma más bonita y que ‘humille’ al otro; la audiencia se emociona.

Así fue como se impusieron las ideas equivocadas a lo largo de la historia: el iluminismo jacobino, el comunismo, el liberalismo, etc. La propaganda moderna suele consistir en eso: mentiras o medias verdades expresadas de manera convincente.

La retórica muchas veces favorece al error: le da oportunidad de ser expuesto en forma agradable al intelecto. El intelecto saborea, disfruta y digiere esto, y la mente termina contaminada con ideas erróneas que suenan bonitas.

Fue gracias a la exposición del error que hoy, por ejemplo, vemos a la ‘Edad Media’ como la peor época, cuando en realidad tuvo mucho esplendor y alto nivel intelectual. El historiador Claudio Mayeregger lo explica así: la categoría ‘Edad Media’ es ideológica, favorece a gobernantes que nos hablan de un pasado horrible y de un presente feliz con ellos.

La idea de que todo debate público es bueno y deseable parte del nominalismo, filosofía que concibe a la realidad como negociable y que nuestro consenso define la verdad. Para llegar a una auténtica disputatio, necesitamos asumir lo contrario: que existe una verdad objetiva y que podemos llegar a conocerla, no a consensuarla.

¿Es bueno debatir públicamente si 2+2=4 o si la tierra es redonda? De la misma manera, ¿es lícito debatir sobre si abortar es malo? El terraplanismo y el movimiento proaborto son errores. El error no tiene derechos. No se puede debatir con personas que niegan verdades tan básicas. Los debates así de delicados y complicados es mejor hacerlos en privado y entre expertos.

Ojo con esto: la persona tiene derechos, pero el error no. Debemos condenar al error en cuanto idea a evitar, no a la persona en cuanto difusora del error. Pero en circunstancias determinadas, negar a una persona el derecho a hablar públicamente no viola su dignidad; al contrario, la reafirma. Corregir al que se equivoca es un acto de caridad; disuadirlo de esparcir errores también lo es.

El sociólogo Miguel Poradowski sostiene que un gran problema de nuestros tiempos es el antropocentrismo: creemos que todo debe estar centrado en el hombre, en la persona. En este sentido, se dice que no importa lo que el ser humano diga, lo importante es que debemos permitirle decir todo solo por ser humano.

Otro gran problema, según indica el economista Daniel Marín, es el liberalismo o idolatría de la libertad: creemos que la libertad es un bien absoluto. En otras palabras, se la concibe como un fin y no como un medio. Se nos dice que la libertad es lo máximo y que es bueno ser libres, pero no que es mejor usar esa libertad para hacer el bien que para hacer el mal.

Entonces, el antropocentrismo y el liberalismo juegan un papel muy importante en la concepción de que todo debate público es bueno. Sin embargo, no es así: no es ético dejar que un terraplanista transmita un mensaje supersticioso y sin fundamentos en un debate televisivo. Tampoco es ético permitir a cualquier persona difundir errores; es decir, ideas que claramente contradicen la verdad de las cosas.

En su libro Mirari Vos, Bartolomeo Cappellari advertía sobre una actitud muy penosa: la de asumir que los errores difundidos se compensan con algún libro que enseñe la verdad. Esa actitud va contra la lógica, ya que implica hacer un mal seguro y mayor por la pequeña esperanza de un bien resultante.

En este sentido, es absurdo despenalizar el aborto suponiendo que “nadie nos obliga a abortar” y que “pocos van a querer hacerlo”. El hombre tiende al error, le apetece lo prohibido. La medida sí o sí va a causar un efecto negativo. Jugar al rebelde sin razonar es actitud infantil y tendenciosa.

En todo caso, los debates privados parecen ser más sanos que los públicos cuando se trata de conversaciones honestas. A solas, no hay riesgo de desviar a una audiencia enorme con ideas erróneas; pero en público sí lo hay, y peor aún si quienes debaten son inexpertos o simples ‘influencers’ que se hacen pasar por expertos.

No se malentienda todo esto: es sano y justo debatir ciertos temas, pero no todo es debatible públicamente, como nos quiere hacer creer la retórica endulzante del relativismo. Entonces, tengamos debates, pero primero analicemos si nuestra intención con ellos es conocer la verdad  o solamente imponer nuestros prejuicios ideológicos, y si existe riesgo o no de desviar el intelecto de una audiencia considerable.

(*) Aarón Mariscal Zúñiga es comunicador

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Exportar hoja de coca, una cuestión política

Hay dos caminos: pedir que la hoja de coca salga de la lista de estupefacientes, y generar acuerdos de comercio entre Bolivia y países interesados

Celebración del Día Nacional del Acullico, el lunes 11 en la plaza Murillo

Por Iván Bustillos

/ 20 de enero de 2021 / 15:47

El punto sobre la i

En el Día Nacional del Acullico (cada 11 de enero desde 2017), en la Vicepresidencia del Estado se presentó el libro Hoja de coca: antecedentes y perspectivas para su exportación, una investigación de Patricia Chulver y Jesús Sanez, patrocinada por la Fundación Acción Semilla y la Fundación Friedrich Ebert Stiftung. El texto tiene la virtud de poner nuevamente en agenda la producción masiva de la Hoja Sagrada, ya no solo en vista al mercado local, sino de otros países, limítrofes y no. El libro, además, vuelve a plantear que al margen del hecho económico en sí, la propuesta de viabilidad del mercado ampliado de la coca, al menos hoy, es esencialmente política.  Pero en esto hay que ver una línea de continuidad, antes que una ruptura: la hoja de coca, como un hecho de reivindicación cultural siempre tuvo un carácter político.

La hoja de coca, desde 1961, año en que se establece la Convención Única de las Naciones Unidas sobre Estupefacientes, fue parte de polémica política: una vez que en dicha Convención expresamente se dice (artículo 49, inciso 2e) que “la masticación de hoja de coca quedará prohibida dentro de los 25 años siguientes a la entrada en vigor de la presente Convención” (el plazo del cuarto de siglo feneció en 1989), en septiembre de 1975, el gobierno de facto presidido por Hugo Banzer Suárez se adhirió a la Convención sin presentar reserva alguna a la misma. Y es que el menosprecio estatal por la coca viene de antes, del propio gobierno de la Revolución Nacional, pues fue en la propia Convención, en marzo de 1961, cuando Bolivia (bajo el gobierno de Paz Estenssoro) fue signataria de la misma (conteniendo su artículo anti-acullico).

Es a este carácter político a que el 11 de enero reciente se refirió el vicepresidente Choquehuanca al afirmar que “en 1961 hemos permitido que la hoja de coca entre a la Lista 1 de plantas prohibidas [Lista 1, sustancias consideradas “muy adictivas o de probable uso indebido”]”.

Por eso, al año siguiente de la llegada al poder del Movimiento Al Socialismo (MAS), en 2007, recordó Choquehuanca, “se empezó a trabajar para que la hoja y la cultura se respeten, que la comunidad acepte el acullico y nuestra cultura, y es así que se establece una ley que respeta el acullico”.

Bolivia, bajo el segundo gobierno de Evo Morales, en junio de 2011, comunicó oficialmente que denunciaba (se retiraba de) la Convención de 1961; ello para que el 1 de enero de 2012 pida nuevamente su readmisión, pero esta vez con la reserva de que rechaza los artículos del documento que condenan al acullico como “una forma de cocainismo y adicción”, como diría a este suplemento en una entrevista pasada el politólogo neerlandés Martin Jelsma.

Bolivia logró reingresar a la Convención, armada de su reserva, solo un año después, el 1 de enero de 2013. A su retorno se habían opuesto solo 15 de 183 países, número que no alcanzó el tercio de Estados miembros necesario para vetar a un país.

Así, desde esa fecha, el acullico y otros usos lícitos de la hoja de coca son reconocidos como legales en el territorio nacional.

En la presentación del referido libro, Choquehuanca, en su peculiar estilo, habló de poner en agenda en lo inmediato el objetivo de exportar hoja de coca: “Bolivia debe encarar el reto de hacer conocer al mundo las propiedades alimenticias, medicinales y ancestrales de la Hoja Sagrada”, aseveró en su discurso.

Pero he aquí de nuevo la prevención de los estudiosos: hablar de la exportación de coca en primer lugar es superar el práctico veto que todavía pesa sobre la hoja en su estado natural; una tarea entre estudios científicos y acciones políticas en la diplomacia boliviana.

De aquí que la investigadora Chulver enfatice que para promover la exportación se puede acudir a dos acciones: uno, “solicitar la desclasificación o reclasificación de la hoja de coca, ya que está dentro de una de las listas más duras” de estupefacientes de la Organización de Naciones Unidas; y, dos, la posibilidad de celebrar lo que se llaman “acuerdos inter se (entre sí, en latín)” entre dos países para asuntos de exclusivo interés mutuo.

En lo primero, pedir que la hoja de coca sea sacada de la drástica Lista 1, Chulver insiste en que “la idea de la reclasificación tampoco es una locura porque es algo que se ha discutido en Viena (Austria) el año pasado”, por eso ve importante “llevar este debate a esferas diplomáticas”.

En declaraciones a este suplemento, a fines de 2019, el politólogo Martin Jelsma, una de las mayores autoridades en el tema, advertía que acaso éste sea el camino más largo, pues implica toda una revisión de investigación y literatura científica por parte de la Organización Mundial de la Salud (OMS) y su debate.

En cuanto a los acuerdos inter se, también Jelsma (en el libro de Chulver) recuerda la vigencia de la Convención de Viena de 1969 sobre el Derecho de los Tratados, en el artículo que dice que “dos o más partes en un tratado multilateral podrán celebrar un acuerdo que tenga por objeto modificar el tratado únicamente en sus relaciones mutuas”.

Y, esto precisamente (la posibilidad de acuerdos bilaterales que incluso modifiquen un tratado mayor en contra), destaca Chulver, es lo que se está explorando con el cannabis (marihuana) “entre países interesados en justificar bajo los tratados internacionales un mercado legalmente regulado y la posibilidad de abrir comercio en productos de cannabis entre ellos”. De la misma manera, aterriza todo esto Chulver, “para legitimar el comercio internacional de coca, una posible solución podría encontrarse en un acuerdo inter seentre Bolivia y los países interesados en importar hoja de coca boliviana, ahora producida de forma lícita”.

La potencialidad de los mercados bilaterales, destaca el estudio de Chulver y Sanez, por ahora contempla al menos seis países posibles importadores de coca: Ecuador, México, Argentina, Irán, España y Holanda.

En el caso de Ecuador, ya en noviembre de 2018 hubo la intención de la exportación de derivados de coca, mediante un acuerdo bilateral; lamentablemente no llegó a concretarse.

Sobre México, los autores informan que “este país ha manifestado explícitamente al Estado boliviano su interés en desarrollar conocimiento e investigación científica de las propiedades medicinales de plantas o productos naturales, incluida la hoja de coca desde 2017, lo que reafirmó en diciembre de 2018”.

En cuanto a Argentina, acaso el mayor mercado exterior de la hoja de coca boliviana, Chulver destaca la Ley Nacional 23.737, vigente desde 1989, que establece procedimientos específicos para la extracción, manipulación, importación y fabricación de sustancias prohibidas. “Dentro de esta ley se encuentra el artículo 15, en el cual se habla exclusivamente de la hoja de coca: ‘la tenencia y el consumo de hojas de coca en su estado natural, destinado a la práctica del coqueo o masticación, o a su empleo como infusión, no será considerada como tenencia o consumo de estupefacientes’”.

En lo relativo a Irán, el trabajo de Chulver y Sanez destaca que este país “ha ofrecido a Bolivia la transferencia de nanotecnología para el desarrollo industrial. En el ámbito de la hoja de coca, se comprometió a enviar una comisión de alto nivel para hacer un diagnóstico con el objetivo de mejorar el sistema de salud pública y a realizar una investigación científica sobre las cualidades de la hoja de coca”.

Finalmente, en cuanto a España y Holanda, la investigación detalla que en España, en 2016, hubo una “oleada de medios de comunicación que anunciaban la consolidación de mercados de productos derivados de la hoja de coca”. Se trata, remarca, de un mercado que “además de abarcar el consumo de la población migrante boliviana, que hasta 2016 era de 89.115 residentes, también tiene población colombiana, peruana, española y catalana”.

Finalmente, en referencia a Holanda, el libro cuenta: “Si vemos el resto de Europa, podemos tomar el ejemplo de la bebida llamada Coca Blue, que se comercializa bastante y está elaborada con coca peruana, publicitada como coca boliviana. La botella tiene un valor de 240 euros. La exportación [de hoja de coca] es formalizada y acompañada con resguardo policial hasta Holanda, donde se produce la descocainización de la planta, para después ser transportada hasta Irlanda, donde se produce el licor”.

(*) Iván Bustillos es periodista de La Razón

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