jueves 25 feb 2021 | Actualizado a 20:38

La grandeza de River, la flaqueza de Boca

Jorge Barraza, periodista argentino

/ 18 de enero de 2021 / 08:51

Si existe un insulto imperdonable para un hincha de Boca es decirle que su equipo ‘gallineó’. Y más en Copa Libertadores. Pero esta vez los xeneizes no reaccionaron ante la “afrenta”, quedaron chatos, son conscientes del papelón. Ellos mismos masticaban rabia: “jugamos a lo River”. Agravado porque veinticuatro horas antes River había dado una sobrada muestra de coraje ante Palmeiras; a punto estuvo de la hazaña de levantar un 0-3 en Brasil, habiendo arrinconado durante 101 minutos al Verdão en el Parque Antarctica. Con once y con diez hombres. Y así como River casi consigue la proeza —le sobraron fútbol, guapeza y situaciones— Boca se pudo haber traído cinco o seis goles de Vila Belmiro; directamente, no compitió.

Más allá de los matices, fue una semana espectacular de Copa que prestigió la competición, jerarquizó el producto ante la televisión y los patrocinadores. Un solo encuentro, uno de los 155 que componen el torneo justificó todo el desarrollo y quedará grabado por años: Palmeiras 0 – River 2. Partido que honra a la Libertadores; evocó las grandes noches coperas de los ‘60, los ‘70 y los ‘80. Palmeiras fue a la final y River a su casa, pero la grandeza no se mide sólo con resultados, también con actitud. Vimos en River el fuego sagrado que distingue al jugador rioplatense. Fueron dos horas en que estuvo en vilo el continente futbolístico.

Remontar el 0-3 de la ida en Avellaneda parecía utópico ante un grande de Brasil y en San Pablo, pero el equipo de Gallardo (nunca tan certera la asociación) salió a comerse vivo a Palmeiras y a los 44 minutos ya estaba dos goles arriba con dos cabezazos, uno matador del paraguayo Rojas y otro del colombiano Borré. Lo tenía acorralado a Palmeiras futbolística y sobre todo anímicamente. Metido en su arco, atribulado, el once dirigido por el portugués Abel Ferreira no encontró respuestas en toda la noche ante la superioridad millonaria. Poco orgullosa forma de llegar a una final. Y hubo cinco jugadas polémicas, de las que habló Sudamérica: en las cinco se falló en contra de River. Un precioso gol de Montiel y un penal a Borré estuvieron bien anulados por mínimos fuera de juego anteriores; el penal de Alan Empereur a Suárez (lo vimos unas ochenta, cien veces) nos parece falta, aunque reconocemos que es discutible. Luego hubo dos más: una equivocada doble amarilla a Robert Rojas faltando 37 minutos cuando ni había cometido infracción; y, por último, un intento de rechazo del arquero Weverton que le erró a la pelota y le pegó con su puño en la cara al chileno Paulo Díaz; claro penal que el VAR, tan minucioso en otras, no vio. Muchas veces hablamos de la suerte de River con los arbitrajes, esta vez prácticamente se le escurre una Libertadores por errores en su perjuicio. Pese al éxodo de figuras desde 2015 hacia acá (Lucas Alario, Pity Martínez, Scocco, Juan Fernando Quintero, Martínez Quarta, Exequiel Palacios y varios más) Marcelo Gallardo ha sabido mantener a River en lo alto de la consideración, con el hambre competitivo intacto. Y con juego arrollador.

Luego vino otro plato fuerte: Santos-Boca. En 1963, con Pelé y Coutinho, el Peixe le ganó la final en La Bombonera; en 2003 el Boca de Tevez se desquitó en el Morumbí sobre el once de Diego y Robinho; y en esta semifinal, aún con Tevez en cancha (casi dieciocho años después), Santos lo dejó de a pie. En Buenos Aires se había dado un abúlico 0 a 0.

En su cajita de zapatos de Vila Belmiro, el eterno club de Pelé salió a buscar el partido en tanto Boca, irreconocible, asumía una actitud similar a la de Palmeiras, timorata, defensiva, impotente. No es buen equipo Boca y le quedaba grande el traje de finalista, pero se le esperaba otra respuesta espiritual. Flaqueó feo. El Santos que será recordado por sus dos bajitos -Marinho 1,68 y Soteldo 1,60- le ganó 3-0, que tranquilamente pudo ser el doble. Que el fútbol evoluciona lo marca este hecho: la camisa 10 que durante 20 años fuera de Pelé ahora es de un venezolano, Yeferson Soteldo. Y la lleva bien. Marcó un golazo que terminó de derrumbar a Boca.

La idea de que pudiera reeditarse una final entre Boca y River salpimentó el último tramo de la Copa. Se dio todo lo opuesto, definirán Palmeiras y Santos. Y aunque están llenos de historia, de tradición, no despiertan lo mismo que los Primos. Ahora parece una definición descafeinada. Sin distinción de colores y nacionalidades, todos los hinchas hubiesen preferido otra final entre Boca y River. Con fallas, con limitaciones, la pasión que ponen los equipos argentinos los torna atractivos en competencia, sobre todo en juegos eliminatorios. Ni hablar si llegan al choque decisivo. Y estas semifinales lo grafican: impactaron más por lo que hizo River y no hizo Boca que por las prestaciones de Santos y Palmeiras, aún ganando. Siempre hay algo para ver en un Boca-River: un espectáculo vibrante como el de Madrid en 2018, que encandiló al mundo, la intensidad, la rivalidad, las broncas. Hasta las patadas son memorables en un superclásico. Lo sintetizó Juan Carlos Barberis, un discreto lateral derecho que actuó en ambos equipos en los años ’60; antes de un clásico le preguntaron cómo afrontaría el gran duelo: “Hoy dejo la sangre en la cancha, la mía y la de los contrarios”, respondió. Así juegan, por eso gustan.

Las semifinales entre brasileños y argentinos -apasionantes- reeditaron la discusión sobre si hay que quitarles cupos a ellos para darles a otros medios menos poderosos. Muchos piensan así. ¿Y eliminar a quienes dan las mejores funciones…? Parece ir en contra de toda lógica.

Santos buscará sus cuarta corona y parte con una ventaja para la finalísima del sábado 30 de enero en Maracaná: su resonante victoria sobre Boca es una inyección de fe, de entusiasmo. Palmeiras es la contrafigura, la forma tan poco elegante de arribar a la cita lo deja con dudas. En su camino quedaron Guaraní, Bolívar, Tigre, Delfín, Libertad. Cuando le tocó un acorazado como River, le tembló el pecho. Pero esto es fútbol, el único territorio donde todo puede suceder.

Adiós, Leopoldo; reposa, guerrero

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 21 de febrero de 2021 / 21:22

El juez italiano Sergio Gonella dio los tres pitazos postreros del Mundial ’78 y Leopoldo Luque, cerca suyo, levantó sus brazos en triunfo. Ambos están muertos ya. Gonella, aliviado de haberse sacado de encima una pesa de una tonelada: no era un premio aquella final sino un Gólgota. Por la importancia, el ambiente y porque se pegaron duro. Argentina quería ser, por fin, campeón, Holanda no deseaba otro subcampeonato. Luque, con el rostro y la camiseta ensangrentados producto de un golpe con el antebrazo de un defensor holandés; pero feliz, exultante. Era lo último que podía pasarle en ese Mundial. Y lo más leve. Una abolladura más, ésta solamente física. Con toda seguridad, ningún otro futbolista en la historia sufrió durante un Mundial las adversidades del centrodelantero argentino, pruebas que su coraje fue superando como en una carrera de obstáculos, sorteaba uno y aparecía otro.

“No hay cosa como la muerte para mejorar a la gente”, ironizaba Borges. ¿Fue un jugador excepcional, Luque…? Fue un delantero importante, muy fuerte mentalmente, que sabía con la pelota, al punto de haber comenzado como volante ofensivo por su capacidad técnica. Él mismo lo contaba: “Yo era 10, pero Unión contrató a Victorio Cocco, que era un crack, imposible sacarle el puesto, así que Juan Carlos Lorenzo me dijo: ‘Desde ahora usted va a ser el 9’. Y quedé ahí”. ¿Era un goleador notable…? No, arañó los 140 tantos en toda su campaña, pero hizo los goles justos en los lugares y momentos clave. En 1974 marcó algunos trascendentes que sirvieron para el ascenso de Unión de Santa Fe a Primera División. En 1975, en un certamen de 38 fechas, apenas anotó ocho, aunque dos fueron a River, uno de local y otro de visita, lo cual determinó que el club de la banda roja adquiriera su pase. Llegó al Monumental un viernes a la noche, debutó horas después frente a Boca en La Bombonera en la fecha inicial del Torneo Nacional ’75 y convirtió el gol del triunfo por 2 a 1. Y en el Mundial ’78 hizo cuatro veces red. No le sobraban, pero le alcanzaban.

A fines de 2016 le dijo a Diego Borinsky, de El Gráfico: “Mi último ídolo fue Johan Cruyff. Estaba en la B con Unión, veía el Mundial ‘74 por televisión y hacía cuentas, pensaba si en el siguiente podría tener yo una chance. Y mirá cómo son las cosas, en el Mundial ‘78 me tocó usar el número 14, por abecedario, el mismo número que llevaba Cruyff”.

Le costó todo a Luque, deambular por clubes de ligas menores y torneos regionales. Con 25 años seguía jugando en Primera B. Persistió, luchó y un día el sol salió también para él. El ascenso con Unión, el reconocimiento, la Selección… El oportunismo era su aliado, su santo protector. Siendo todavía jugador unionista, Menotti le dio una chance en la Copa América ante Venezuela en Caracas: ganó Argentina 5 a 1 con un gol de Kempes, otro de Ardiles y… ¡tres de Luque…! Insólito, más goles que Kempes, el Haaland o el Mbappé de aquel tiempo. Y se quedó con la celeste y blanca. Vino el Mundial y Argentina armó una delantera potente, virtuosa: Bertoni, Luque y Kempes. Eran tiempos de camisetas entalladas y pantaloncitos muy cortos y ajustados, que enfatizaban los cuádriceps. Entre eso y sus bigotazos tipo Pancho Villa, Leopoldo tenía legiones de admiradoras.

A su gol en el estreno ante Hungría (2-1) le seguiría el drama. El 6 de junio de 1978 Argentina afrontaba su partido más difícil, ante una Francia fuertísima con Platini, Rocheteau, Bossis, Tresor, Battiston, Lacombe… Iban 1-1 cuando, cerca del final, Luque recibió un pase de Ardiles y sacó una bomba que dejó parado al arquero Demanes. “Ya cuando iba a mitad de camino sabía que iba a entrar, porque el arquero estaba quieto todavía, se tiró tarde. Al ratito me luxé el codo…”

Gritó ese gol como un poseído sin saber lo que había pasado, lo que pasaría. Argentina se puso en ganancia, pero un par de jugadas después Luque cayó mal y el codo se le subió casi hasta el hombro. El dolor del brazo era inaguantable. “Me acomodaron el codo, me pusieron el brazo en cabestrillo y me mandaron al vestuario. Pero hice dos pasos, me acordé de mi familia y volví al campo, porque el Flaco ya había hecho los dos cambios y no podíamos quedarnos con diez. Y porque me acordé de mi papá y de mi mamá. Imaginé que mi vieja era capaz de venirse corriendo desde Santa Fe si no me veía en la cancha. Entré para que me vieran que caminaba, jugué un rato con el brazo colgado”. Lesión fea.

No sería lo peor. Eso vendría tras los festejos en el camarín. Horas antes del partido, mientras viajaba a Buenos Aires para ir a ver el juego, murió su hermano Oscar en un accidente automovilístico. “Mi papá dio la orden de que no me avisaran para que yo jugara”. Se enteró de la tragedia a la mañana siguiente, en la concentración, al llegar al desayuno. “Estaba toda mi familia ahí, raro, pero pensé que habían viajado por mi lesión. La veía a mi vieja sentadita al fondo, llorando, se acercaron mi viejo y mi tío y me dijeron: ‘El Cacho tuvo un accidente y se mató’. ¡Qué te puedo contar de lo que sentí en ese momento!”.

Eran la gloria y la fatalidad danzando como si tal cosa en la mente de un hombre; el país en éxtasis y quien acababa de hacer el gol que desató el delirio haciendo trámites mortuorios. “Siempre se habló de una relación de esa Selección con los militares, pero cuando fuimos con mi papá, mi mamá y mi cuñada a la morgue a reconocer el cuerpo no hubo nadie del Gobierno que nos diera una mano. Es más: tuve que pedirle plata a Passarella, del pozo común que teníamos en el grupo, para pagar la ambulancia y trasladar el cadáver a Santa Fe. Ni siquiera una autoridad que me dijera: ‘Le acompaño el sentimiento’. Se hablan tantas estupideces…”

Inmediatamente hizo los 470 kilómetros hasta Santa Fe. Se despidió para no volver, en dos semanas terminaba el Mundial, entre la lesión y la desgracia no había retorno posible. Faltó en la jornada siguiente y Argentina perdió 1-0 contra Italia. ‘Tenés que volver, ¿no ves que sin vos pierden…?’, me dijo mi viejo. Para mi papá, yo era el mejor del mundo. Falté también ante Polonia y al día siguiente me sumé a la concentración en Rosario”.

Leopoldo no entregaba el puesto así nomás. Lo cuenta Ricardo Benítez, su amigo de toda la vida y su ayudante de campo: “No aflojaba ni que le doliera el alma. Estando en River tenía problemas de rodilla, Labruna le dijo que descansara, que estaba Ramón Díaz en el banco. Y Leo me decía: ‘Qué Ramón Díaz… si le doy el lugar a este no juego nunca más’. Cuando dirigía a Unión les avisaba a los jugadores: ‘Muchachos, el que deja la camiseta después tiene que hacer cola, eh…”

Lo vendaron, lo infiltraron, soportó el dolor, pero estuvo ante Brasil. “Le pedí a Menotti jugar y anduve mal. Mi brazo era una morcilla. Practicaba caídas en los entrenamientos. Fue otra guerra más, nos matamos a patadas. Y para colmo, uno de ellos, Oscar, me metió un codazo en un salto y me dejó todo el ojo negro”. Al encuentro siguiente, menos dolorido, le hizo un doblete a Perú y luego la final. Maltrecho, exhausto, dio las hurras: terminó con la medalla dorada en el pecho.

Es la historia de un guerrero que el lunes perdió su batalla contra el Covid. Nuestros respetos, campeón.

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Sudamérica: Estamos en la B…

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 14 de febrero de 2021 / 22:21

Nos contentaron con el referí. Bayern-Tigres, donde se decidió el Mundial de Clubes, lo dirigió el uruguayo Ostojich. En Rusia 2018 igual, la final Francia-Croacia fue arbitrada por Pitana, argentino. Y ya empezamos a entrever que Wilmar Roldán pitará el último juego en Catar 2022. Cuando te designan el árbitro es porque estás fuera de todo, un premio consuelo. Y desde hace tiempo, los partidos que deciden los títulos grandes se los dan a los sudamericanos. Antes íbamos por la corona, ahora volvemos con un llavero y un pin. Es una primera radiografía de lo que acontece con nuestro fútbol continental, que supo ser el más admirado y ganador del mundo, actualmente ninguna de las dos cosas.

Bayern Munich, como era de prever, ganó el Mundial de Clubes; lo imprevisible es que, en la final, venciera apenas por 1-0 a un equipo mexicano. Y con un gol discutidísimo en el que Lewandowski habilitó a su compañero Pavard tocando el balón con el brazo. Aunque tampoco eran David y Goliath; en Rusia, México derrotó a Alemania y le clavó la primera estaca de la eliminación. No obstante, el Bayern era ultrafavorito. Pero Tigres de Monterrey se le plantó firme, lo esperó con actitud combativa, y al Bayern se le complicó. Ya no es la máquina trituradora que vimos en la última Champions. Ganó su sexto título de la temporada 2019-2020 y sigue siendo una excelente dotación, pero ahora más normal. Les pasa a todos los equipos que basan su éxito en la presión y la intensidad física: en un momento aflojan.

El tema es otro: por quinta vez desde que existe el Mundial de Clubes (2005), el representante sudamericano no llegó a la final: perdió con Tigres. Nunca un representante de Concacaf había eliminado al de Conmebol. Y este por primera vez no logra siquiera el tercer puesto: lo desplazó el Al Alhy egipcio. El triste antirécord es de este Palmeiras obrero campeón de la Libertadores. Si le cambiaran la camiseta nadie, jamás, acertaría que es un equipo brasileño. Podríamos pensar que es de Bulgaria o Moldavia. En sus últimos cuatro partidos internacionales marcó un gol: fue 0-2 con River, 1-0 a Santos, 0-1 versus Tigres y 0-0 ante el Al Ahly, que lo venció por penales. Y ese solitario gol lo consiguió en su único remate al arco en 112 minutos de juego. Seamos honestos: no se esperaban milagros después de la pavorosa final con Santos, tampoco que quedara cuarto entre cuatro.

Otra estadística perturbadora: hará una década que Sudamérica no corona en el Mundial de Clubes. Cuando este torneo se decidía mediante la Copa Intercontinental -un enfrentamiento directo entre Europa y Sudamérica- en 43 ediciones se registraron 22 conquistas de nuestros clubes contra 21 de aquellos; desde que pasó a ser Mundial de Clubes van 13 coronaciones europeas frente a 3 sudamericanas.

El fútbol criollo sigue acumulando indicadores inquietantes, en todos los campos. En 2022 se cumplirán veinte años sin un título en el Mundial de selecciones. Y en 2018 no se llegó ni a semifinales. Peor que eso: no pescamos ni el goleador (Kane), ni el mejor jugador (Modric), ni el joven revelación (Mbappé), ni el arquero estrella (Courtois). ¡Ni el premio Fair Play…!

Tal vez lo más preocupante de todo, porque el área juvenil representa el futuro: en los primeros 18 campeonatos mundiales Sub-20, Sudamérica ganó 11 (6 Argentina y 5 Brasil). Los últimos cuatro fueron para europeos: Francia, Serbia, Inglaterra y Ucrania. ¡Ucrania…! Y Brasil ni clasificó.

La FIFA publicó su reporte global de fichajes de jugadores profesionales. Entre los diez más caros, sólo hay uno de este continente, Mauro Icardi. Ninguno de los veinte clubes involucrados, ni comprador (una obviedad) ni vendedor pertenece a nuestra región. En las grandes transferencias que se rumorean para el próximo verano europeo no se mencionan a futbolistas sudamericanos. Salvo Messi y Neymar (los últimos zares) los nuestros han desaparecido de los ránquins de excelencia o de valor de mercado, cuando antes eran los más apreciados. Bayern Munich conquistó la Champions sin figuras sudamericanas en su once titular (la participación de Coutinho fue casi testimonial); tiempo atrás tenía un buen número, como Lucio, Demichelis, Santa Cruz, Claudio Pizarro, Paolo Guerrero, Rafinha, Dante, Elber, Zé Roberto, Douglas Costa, Luiz Gustavo, Arturo Vidal, James Rodríguez…

No falta tanto para que se vayan Messi, Neymar, Luis Suárez, ¿Quiénes vienen detrás…? Se cortó la cadena. Brasil fue la cumbre del talento. A los Pelé, Tostão, Jairzinho, Gerson, Rivelino los sucedieron Zico, Sócrates, Falcão, Toninho Cerezo, Junior; la posta de ellos la tomaron Romario, Rivaldo, Ronaldo, Ronaldinho, Kaká. Eran todas máquinas de fútbol. Luego comenzó a despintarse el cuadro. Aparecieron los Robinhos y Elanos, más tarde los Fred, Hulk, Bernard, Felipe Melo… (Mejor no decir nada). En el interín, la Divina Providencia dejó una canasta con un niño prodigio: Neymar, ése sí de la talla de aquellos primeros. Tras él cerró la fábrica. Y Ney ya tiene 29…

Hipótesis al margen: ¿qué pasaría si vuelven los clubes mexicanos a la Libertadores, como dicen…? América, Cruz Azul, Chivas, Tigres, Pumas, Pachuca, Toluca… ¡Cuidado…! Puede que se lleven los títulos. ¿Las causas de esta declinación…? Hay un vaciamiento de materia prima, no quedan jugadores de calidad. Y si sale uno, se va instantáneamente. Los futbolistas ya no quieren llegar a Europa, quieren huir. Y los clubes muestran desesperación por vender. Los técnicos también buscan emigrar. Las economías regionales, siempre en estado crítico, conspiran para retener a los buenos. Es casi milagroso que River haya podido conservar siete años a Marcelo Gallardo, aunque algo es seguro, cuando se vaya, no vuelve. Los contratos que perciben allá están a años luz de los de acá. Las dirigencias de los últimos años, en general, han basculado entre la ineptitud y la corrupción, el aspecto deportivo nunca fue su tema central. Y el modelo de negocio es siempre el mismo: vender a los buenos para pagar a los malos. Europa vende fútbol, Sudamérica jugadores. Cuando los cracks comenzaron a irse en manada, nos quedaba el consuelo -y el orgullo- de verlos triunfar allá. Ya ni eso. Hace unos quince años comenzó la declinación, que en el lustro 2015-2020 se tornó abrupta. Lo último que quisiéramos es ser apocalípticos, pero estamos como aquel que cayó desde un piso cuarenta y andaba por el veinte, le preguntaron cómo estaba y respondió “por ahora, bien”. No sirve mentirnos, ingresamos en la UCI, Unidad de Cuidados intensivos.

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‘¿Qué van a tocar, muchachos…?’

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 7 de febrero de 2021 / 20:41

Paciencia de novia: cincuenta y un años esperó la Copa América la aparición de Venezuela. Desde que comenzó en 1916, el aglutinante torneo no albergaba en su seno al seleccionado vinotinto, el Pulgarcito futbolístico de América del Sur. Por fin, en Uruguay 1967 se sumó el décimo hermano de la familia sudamericana.

La número cinco tardó décadas en imponerse y desarrollarse en esa tierra bendecida de Caribe. No despertaba la misma pasión que en la vecindad. El béisbol, el básquet, el box estuvieron siempre por encima en la patria de Bolívar. No tuvo Venezuela la afición ni, sobre todo, la tradición de clubes de los demás países, eran más bien licencias que presentaban equipos durante un tiempo y luego desaparecían.

—Había sí un gran entusiasmo por el fútbol extranjero, los grandes equipos internacionales iban a Caracas, donde se disputaba la Pequeña Copa del Mundo. Cuando comenzaron a pasarse los Mundiales por TV se paralizaba el país el mes completo. Al no participar la selección local —y no tener posibilidades de hacerlo- se miraban todos los partidos y se identificaban con las otras selecciones—, explica Edgardo Broner, brillante periodista argentino-venezolano que siguió a todas partes a la Vinotinto y acompañó su crecimiento.

Y en cierto modo entró de casualidad en aquella Copa de 1967 pues fue justo la única edición de la historia que no se hizo por invitación, se obligó a jugar una eliminatoria previa. Chile-Colombia, Paraguay-Ecuador y Venezuela-Perú debían enfrentarse para determinar quién entraba y quién no. Fueron choques a partido y revancha. Chile y Paraguay pasaron el corte en la cancha, ganando, pero Venezuela logró un lugar por retiro de Perú, que desistió de participar. Menos mal, le hubiese costado vencer a los peruanos, que atravesaban un momento estelar de su fútbol, con muchos buenos jugadores, como lo demostrarían un par de años después clasificando brillantemente al Mundial de México ‘70.

La novel representación venezolana se tomó en serio su debut copero. Rafael Franco, técnico argentino considerado un maestro en el ambiente del fútbol venezolano, viajó al frente del equipo. El profesor Andrés Parodi, reputado preparador físico y entrenador chileno, estuvo a cargo de la parte atlética. La delegación llegó al país de Obdulio Varela muy trajeada, vistiendo un terno color rojo a cuadros con rayitas negras, pantalón negro, camisa blanca y corbata. Llamaron la atención en su arribo a la terminal de ómnibus.

—Empezamos mal: al vernos de traje y corbata nos preguntaron si éramos músicos. A Franco lo abordaron unos periodistas y dijo que íbamos a aprender. Le contestaron que para eso se iba a la escuela.

La graciosa evocación proviene de Rafa Santana, canario de Las Palmas que llegó a Caracas a los doce años y es tan venezolano como el joropo. Rafa fue la revelación del equipo en el campeonato, pues marcó tres goles, uno a Argentina en el estreno, otro a Bolivia y por último a Paraguay.

Lo de los trajes generó más de una ocurrencia. Lo cuenta el profesor Parodi en su libro “Mis treinta años en el fútbol venezolano”.

—Nuestro uniforme de vestir nos destacaba entre las demás delegaciones. Cuando no jugábamos era obligación ir al estadio Centenario a ver los demás partidos con esa vestimenta de gala. Una noche de esas estábamos en las tribunas observando el encuentro entre Bolivia y Paraguay y llegaron los argentinos, que venían también a presenciar los juegos, cuando Roma, arquero de la selección albiceleste, al vernos juntos nos miró atentamente y con sorna nos preguntó: “¿De qué orquesta son ustedes…?” Ganas tuvimos de contestarle una grosería, pero preferimos sonreír, aunque tuvimos una defensora, una muchacha uruguaya que estaba muy cerca de nosotros le ripostó: “No seas grasa, argentino…” Roma quedó mudo y desde el fondo de nuestro corazón agradecimos conmovidos la gentileza de esta joven.

Rafa Santana también tuvo su pequeña revancha con Roma: le hizo el gol del honor en el 5 a 1 que les propinó Argentina.

-Fue mi primer gol en el torneo y el primero de Venezuela en una Copa América. Roma les dijo de todo a sus defensas, no le gustó nada que un venezolano se lo hiciera. Lo celebré como si hubiésemos ganado un Mundial, porque además le pegué con la de caminar, la zurda. Era una euforia futbolística, sin la intensidad de los millones, el dinero para nosotros no existía, no había premios ni viáticos, sólo la alimentación necesaria y una cama. Pero la chispa del venezolano en las concentraciones es algo increíble. No dejarte dormir, cambiar la pasta de dientes, dejarte afuera… En todo eso éramos los campeones, nadie nos ganaba en humor. Hasta que llegábamos a la cancha…

La vestimenta siguió generando episodios para los debutantes. En el partido frente a Chile, debido a que los uniformes de ambos equipos eran parecidos -rojo Chile, borravino Venezuela- se hizo un sorteo para decidir quién cambiaba de colores. Perdió Venezuela y se encontraron con que no tenían camisetas alternativas. Era una emergencia; alguien encontró un juego de camisas de Peñarol, que hacía de local en sus partidos en el Centenario y vistieron esas. “¡Con ustedes… la Vinotinto…!” Pero salieron los principiantes luciendo los colores negro y oro de los mirasoles.

Después de tres derrotas (frente a Chile, Uruguay y Argentina), Venezuela logró su primer triunfo en la competencia: 3-0 a Bolivia.

—Lo que lamento es que hayamos tenido que esperar cuarenta años para ganar otro partido, me parece vergonzoso-, dice Santana, quien dirigiría a la selección en las copas de 1987 y 1995.

En el medio hubo una larga saga de derrotas humillantes, como aquella de 11 a 0 que le propinó Argentina, que además alineó una selección B. “El fútbol venezolano es un chiste malo”, dijo con su acostumbrada crudeza João Saldanha (“Juan sin Miedo”), periodista famoso y entrenador que armó el equipo de Brasil que luego sería campeón mundial en México ’70 bajo el mando de Mario Zagallo. Al Scracht, con Saldanha en el banco, le había tocado enfrentar en la Eliminatoria de 1969 a la Vinotinto y la derrotó 5-0 en Caracas y 6-0 en Río.

“El fútbol venezolano era como un submarino, nadie lo veía”, dice Richard Páez, el médico que logró la cura. Él fue parte de aquel 0 a 11, pero luego dio vuelta la tortilla siendo técnico: en 2001, la siempre vapuleada Vinotinto pegó un vuelco fenomenal, como si Popeye abriera una lata de espinaca y la tragara de una vez: infló sus bíceps y ganó cuatro encuentros consecutivos en la Eliminatoria. Tumbó en serie a Uruguay, Chile, Perú y Paraguay. Jamás habían soñado con cuatro triunfos al hilo. Ya era otra Vinotinto, menos inocente, más madura y trabajada, con una indiscutible evolución, la que muestra en nuestros días, en que puede vencer a cualquiera.

Venezuela es un cuento con final feliz: ahora también es tierra de fútbol, no sólo de béisbol. La foto que sintetiza todo ese avance la vimos en la final de la Libertadores: es Yeferson Soteldo, un bajito de estatura (1,58) y alto de fútbol que viste la 10 del Santos. El manto sagrado de Pelé ahora lo lleva un venezolano.

(*) Jorge Barraza es periodista argentino

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Jogo feíto

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 1 de febrero de 2021 / 07:08

Estamos ansiosos, nos frotamos las manos, nos acomodamos en el sillón, pedimos silencio al resto de la casa, ssssshhhhh… que empieza la final. “¿Qué final?”, pregunta una voz femenina. “¿Cómo qué final…? ¡La de la Libertadores…!” Los locos del fútbol creemos que el resto del mundo debe estar al tanto de las coordenadas de la pelota, que a tal hora juega el City con el Liverpool y se disputan la punta, que en el otro canal pasan al Barsa con el Atlético y que como el Barsa le regaló al Atlético a Luis Suárez hay que ver si Suárez le mete algún gol al Barsa. Pero no, el resto de la humanidad tiene sus cosas y sigue su vida normal.

Nosotros, en cambio, no cejamos, somos garimpeiros del fútbol, todos los días horadamos la montaña en busca de una piedra preciosa que redima nuestra fe, nuestra persistencia. Soñamos hallar en uno de esos rutinarios martillazos un inmenso filón de oro, por ejemplo aquel Real Madrid 2 – Barcelona 6, o el River 3 – Boca 1 de Madrid, o el mismo Bayern 8 – Barcelona 2. Masticamos tantos partidos desabridos en la esperanza de que detrás de esa piedra puede haber una joya que recompense tanto entusiasmo, tantos afanes… Con esa misma ilusión aguardamos la final entre Palmeiras y Santos en Maracaná, aunque Maracaná sin público es como Venecia sin agua. Pero son dos brasileños, confiamos encontrar la pepita que premie la semana, el mes, quizá el año.

Y ocurre lo inesperado: dos equipos (¡brasileños…!) que salen a pegarse, a defender, a forcejear, a matonear. Cada vez que alguno domina el balón e intenta hacer algo constructivo con él viene un rival y lo choca, lo derriba. Es imposible progresar en el campo de ese modo. Pasan diez minutos, veinte, cincuenta y nada, ni un tiro al arco, ninguno se agrede futbolísticamente, sólo en lo físico. Ambos juegan a lo mismo: obstruir, impedir, evitar, chocar, lo cual no habla bien de ninguno de los entrenadores (el portugués Abel Ferreira en Palmeiras, Cuca en Santos). Y componen la que seguro es la peor final de la historia de la Libertadores. Hicimos una encuesta en una nuestra cuenta de Twitter preguntando si en verdad era la más mala y con más de 1.100 votos el resultado fue “Sí, por lejos” con el 77,6%, en tanto la opción “No, hubo peores” obtuvo el 22,4.

Fue como un concurso de autitos chocadores durante 97 minutos y 27 segundos. En el 98 y 28 un centro de Rony (precioso, valga reconocerlo) fue magníficamente conectado de cabeza por Breno y se convirtió en el único gol del cotejo y en la segunda Copa Libertadores de Palmeiras. Y aquí viene una confesión del cronista: soy palmeirense en Brasil, de toda la vida. Palmeiras era el único que le paraba el carro al Santos de Pelé; por eso y por Ademir da Guía, un negro de cabello rubio, mota pero rubio que jugaba de 10 y era una maravilla, me hice del Verdão. Pero este Palmeiras no representa su juego histórico ni el de Brasil. Hubo diez miembros del arbitraje, cuatro en campo y seis en la cabina del VAR, pero no hubo ninguna jugada para revisar en 104 minutos de acción (aquello de los 90 minutos es cosa del pasado). El postrero gol de Breno fue el único remate al arco del campeón en todo el partido.

La final estaba siendo televisada en directo a 191 países y la cartelería mostraba diez patrocinadores de los gordos (Ford, Banco Santander, Bridgestone, Rexona, Gatorade, Qatar Airways, Mastercard, Amstel, Betfair, EASports), pero el juego fue muy flaco. Quienes salen con el maletín a vender la Libertadores ofrecen pasión y técnica. No hubo ninguna de las dos. Palmeiras y Santos demostraron por qué están tan lejos de la punta en el Brasileirao.

 Brasil sigue siendo ganador (a nivel regional) por tradición, por cantidad de población, por presupuesto, por número de competidores. Sin embargo hace décadas el fútbol brasileño perdió el jogo bonito, aquel estilo brillante y ofensivo que le dio tantos títulos, pero sobre todo tanto prestigio y admiración. Y no sólo como fútbol, su imagen de país se ganó la simpatía universal porque un pueblo con un sentido tan artístico del juego merece respeto. Y hablamos de fútbol, el más difícil de los deportes, el único que no se practica con las manos. Visto de afuera, una de las causas de la pauperización del juego en la patria de Pelé y Garrincha es la proliferación de preparadores físicos en la función de técnicos. Comenzó con Parreira a principios de los ‘70, luego fueron sumándose Claudio Coutinho, Sebastião Lazaroni, Paulo Autuori, Antonio Lopes, Carlos Alberto Silva, René Simões y tantísimos otros. El profesional de lo físico es más planificador, más puntilloso en lo atlético, quizás más riguroso en la disciplina, pero carece de la sensibilidad de quien fue futbolista, no entiende del mismo modo al jugador ni prioriza la técnica o el talento.

La prensa deportiva brasileña calificó de «absurda» la final, adjetivo adecuado, fue tan ordinaria que excede lo malo, lo aburrido, entra en el terreno de lo casi insólito. En cinco años quizás nadie recuerde más de tres nombres de los treinta que tomaron parte, Breno por el gol, Soteldo por ser un venezolano que usa la 10 de Pelé en el Santos y porque mide 1,58, y Marinho, hábil puntero santista que fue el mejor valor de la Copa (no en este partido). Nadie se ganó el bronce. Palmeiras representará a Sudamérica en el próximo Mundial de Clubes ampliado de la FIFA, esperamos que con mejor fútbol.

“No te pido veintiocho toques como el Barcelona, ¡dos te pido…!”, gritaba el inefable Tano Pasman frente al televisor. Acá fue igual: ni dos pases seguidos hubo. Quizás estamos acostumbrados a aquellas máquinas de fútbol que eran el Santos de Pelé y Countinho, el Flamengo de Zico y Junior, al São Paulo de Telé Santana, el Gremio de Renato Gaúcho, el Cruzeiro célebre de Palhinha, Jairzinho, Joazinho.

Hay toda una corriente de mal gusto defendida por millones que inventaron una falsa premisa: jugar bien o ganar. Como si la tosquedad y la falta de audacia fueran el requisito indispensable para el éxito, cuando es exactamente al revés. El gol del campeón lo confirma: un centro excelente y un cabezazo brillante determinaron el título. Lo único que se hizo bien desniveló. El problema fue que, en este caso, los dos se enrolaron en el mismo bando hostil a la pelota. No había de quien burlarse, a quien dedicarle memes. Se jugó feo, se pegó lindo, no hubo remates al arco. Los amantes del resultadismo viven momentos de gloria. “Las finales no se juegan, se ganan”, proclaman-disfrutan-sacan pecho-atropellan. Es su hora, muchachos.

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Se agrandó el Alcoyano

Jorge Barraza, periodista argentino

Por Jorge Barraza

/ 25 de enero de 2021 / 15:53

El fútbol es una metáfora permanente de la vida. Le provee frases para siempre. “La novia le sacó tarjeta roja” (lo dejó), “abrir el juego” (participar a otros), “tirar la pelota afuera” (deslindar responsabilidades), “por amor a la camiseta” (algo que se hace gratis)… Hay decenas. En Argentina, cuando alguien progresa, estrena auto nuevo o simplemente se da más importancia de la debida, es usual decirle “se agrandó Chacarita”. Alude al viejo y querible club funebrero, ahora en la “B” Nacional. Como suele acontecer, la frase fue un acierto periodístico y entró de lleno en el vocabulario popular, millones la utilizaron o la escuchan diariamente. ¿Su génesis…?

En 1948, por la cuarta fecha del campeonato argentino se enfrentaban Chacarita Juniors y Boca. Había sido un flojo comienzo del equipo tricolor, en tanto Boca venía de golear 7 a 2 a Gimnasia y era amplio favorito. Sin embargo, en una tarde inspirada, el local ganaba bien 2 a 0 y la euforia inundaba corazones humildes, pero… Nunca faltan encontrones cuando un pobre se divierte, decía Martín Fierro. Descontó Boca con gol del Atómico Boyé y en el segundo tiempo la angustia sobrevoló las almas chacaritenses. Se lesionó su arquero Segundo Díaz y debió ser retirado del campo; Chaca con diez, porque en esos tiempos no había cambios. El puntero izquierdo Busico pasó a ocupar el arco. Minutos después, ¡penal para Boca…! (un clásico). Protestó el delantero De Luca y el juez inglés Gregory lo expulsó. ¡Chaca con nueve, Boca a tiro de empate y aún faltaba media hora…! Malos presagios. Ejecutó Boyé y la pelota dio en un palo, pero Gregory entendió que Busico se había adelantado y ordenó rematar nuevamente. La hinchada funebrera bramaba, ¡Injusticia…! Justamente por los favoritismos hacia los clubes grandes, y a Boca en especial, la AFA contrató un plantel completo de árbitros ingleses. Pero no había caso, todo parecía seguir igual. Total: volvió a patear Boyé y la bola de nuevo dio en el mismo palo.

A partir de allí, como impulsado por la rabia, crecido por la furia, Chacarita con nueve hombres se le fue encima a Boca y le marcó tres goles más. Final, 5 a 1 y hazaña nunca igualada. A la mañana siguiente, el diario Noticias Gráficas le dedicó ese título histórico: “SE AGRANDÓ CHACARITA”. El nombre del periodista se perdió en la bruma del anonimato.

El sopapo a Boca le confirió fama de equipo bravo, peligroso en su cancha de San Martín, pero volvió a su rutina proletaria de descensos, ascensos, deudas, venta de jugadores a los poderosos, vida de cuadro chico. Hasta que en 1969 la gloria le dijo que sí. Décadas soñando con esa dama coqueta y esquiva; pero sucedió: ella le dio un beso en la boca. Con un grupo de muchachos surgidos de inferiores llegó por única vez a definir un campeonato, nada menos que un cuadrangular frente a Boca, Racing y River. Parecía imposible, pero en semifinal venció a Racing 1 a 0 y en la final arrasó a River 4 a 1 con una actuación sinfónica, plena de belleza y contundencia. El Gráfico le dio la tapa a su estrella, Ángel Marcos, y en páginas interiores encabezó el comentario con una frase inolvidable: “AL FÚTBOL SE JUEGA ASÍ”.

¡Chacarita Juniors en el cielo del fútbol! Parecía increíble hasta pronunciarlo. El país entero se alegró. Estos festejos de pobre son contagiosos, uno los celebra como propios. El estadio de Racing (allí se jugó) reventaba: 64.441 boletos se vendieron. Que entre colados y otras hierbas serían 70.000. La tribuna baja, toda de Chaca, se caía de la emoción. Angel Marcos, el Tanque Neumann, los once héroes funebreros, brazos en alto, fueron a dedicarle el triunfo a aquellos eternos peregrinos de la fe tricolor. Entonces brotó desde el cemento como un trueno, un rugido que era mezcla de llanto, de orgullo y de alegría… Era una vida esperando ese instante sublime.

En 1971, en mérito a su gran juego, fue invitado a participar del prestigioso Trofeo Joan Gamper, del FC Barcelona. Una satisfacción y una responsabilidad, le tocaba enfrentar nada menos que al Bayern Munich. Chacarita había transferido a su gran crack Ángel Marcos a Francia con una condición: que primero jugara el Gamper y luego viajara a Nantes. No era cuestión de pasar vergüenza. Accedieron los franceses y Chaca logró un triunfo sensacional: venció 2-0 al Bayern con Sepp Maier, Paul Breitner, Gerd Müller y Franz Beckenbauer en cancha. Marcos anotó el primer gol. Otra vez los diarios titularon con aquello de “Se agrandó…”. Cada tanto matiza su modestia con alguna proeza. 

En España, de quien lucha y persevera en un objetivo, es común comentar “tiene más moral que el Alcoyano”, pequeño equipo valenciano que ha hecho de la persistencia un estandarte. Dice su himno: “La moral del Alcoyano es famosa en toda España / por experto y veterano siempre hará buena campaña”. Entre 1945 y 1951 supo estar cuatro temporadas en Primera, ahora es uno de los 102 cuadritos de Segunda B que se masacran en canchas peladas para subir a Segunda. Pero el miércoles dio un golpe sobre la mesa de los que hacen historia, y reactualizó como nunca el dicho que lo perenniza: se le paró tieso al Real Madrid, le ganó 2 a 1 y lo eliminó de la Copa del Rey, bella competición que agrupa a todas las capas sociales del fútbol español. Ahí son todos iguales a los ojos de Dios. Estos clubes diminutos viven con ansiedad el sorteo de la Copa a principios de temporada, esperando les toque el Madrid o el Barça. Si se les da, hacen fiesta, no importa si terminan goleados, los verá el país. Y puede que hasta el mundo hable de ellos, oscuros concursantes de un fútbol casero, de partidos casi barriales, donde se escuchan los gritos de los protagonistas: “Corre, hostia… pásala, tío… a por ellos”.

Se dio: el mundo habló del Alcoyano, tumbó al Madrid. ¡Y cómo…! Perdía 1-0, empató cerca del final y forzó el alargue, quedó con diez por expulsión y con uno menos le asestó el segundo. El del nocáut. Hazaña de cuadro chico, hermosa pintura de la pasión. La prensa madridista, esa industria sin feriados, no tuvo cómo esconderlo, lo calificó de “ridículo histórico” y los títulos de tapa fueron calcados: “Bochorno”. Un mazazo inesperado al Madrid y, sobre todo, a la cuestionada figura monacal de Zinedine Zidane, quien sigue hamacándose en el trapecio, pero ya sin red abajo. En la cancha estaba Eden Hazard, cuyo pase costó 160 millones de euros, con lo cual el Alcoyano se solventaría 62 años seguidos en Segunda B. No es broma, su presupuesto total es de 2,6 M€ anuales. Hazard fue una sombra. La luz que iluminó el campo resultó el arquero José Juan, de 41 años, cuyo valor de mercado es de 50.000 euros.

¿La fórmula del Alcoyano…? Ingenio, trabajo y actitud, tres valores que no están relacionados con el presupuesto.

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