Memorias de estaño

Documentos y antigüedades forman parte de la Casa Gerencia de Catavi, que al año se convertirá en museo.

Memorias. Lourdes Peñaranda, encargada del Archivo Histórico Minero Regional Catavi, observa un libro antiguo con tapa de cuero.

Marco Fernández Ríos 27/09/2019 03:34 PM

Es como volver en el tiempo. A pesar de las décadas transcurridas, las paredes de piedra aún mantienen su juventud. Las rejas metálicas, también. No obstante, son difíciles de distinguir entre los pinos que protegen la vivienda que era exclusiva para ejecutivos de la Compañía Estañífera Llallagua, que luego perteneció a la Patiño Mines y que después se convirtió en oficinas de la Empresa Minera Catavi, dependiente de la Corporación Minera de Bolivia (Comibol). De aquellos tiempos quedan la casa restaurada, documentos y objetos que al año formarán parte de un museo que recordará la influencia del estaño en el país.

La historia de Bolivia está ligada a la minería desde el descubrimiento del Cerro Rico de Potosí, que convirtió a la antigua Charcas en el principal productor de plata; hasta la explotación de estaño, que incluso ahora rinde réditos económicos. Tomando en cuenta la valiosa información que hay en las empresas mineras, el 14 de mayo de 2004 —a través del Decreto Supremo 27490—, el Estado boliviano ordenó la creación del Archivo Histórico de la Minería Nacional, con el reto de catalogar 40 kilómetros lineales de documentos. Un poco de esa información se encuentra en la casa que está en Catavi —localidad del municipio de Llallagua (Potosí)—, en una infraestructura que fue denominada Casa de Gerencia.

Del jardín que se ufanaba de tener girasoles, abetos y pinos, solo quedan estos últimos, pues ahora es un piso de tierra y algunas ramas secas en los costados. Pero al cruzar la puerta principal da la impresión de haber vuelto al pasado.

Con un cuaderno que la acompaña durante todo el recorrido, Lourdes Peñaranda —bibliotecóloga y encargada del Archivo Histórico Minero Regional Catavi— espera en la habitación que hace varias décadas fue la sala principal, donde llaman la atención los zócalos y la chimenea tallados en madera, además del machimbre reluciente. Esta infraestructura fue construida aproximadamente en 1918 por la Compañía Estañífera Llallagua, que entonces tenía capitales chilenos, cuenta la anfitriona. “Pero en aquel tiempo no era como está ahora, sino que ha sido remozada cuando Patiño compró la empresa”.

Así es. Con una maniobra que empezó en 1914 y terminó 10 años después, Simón I. Patiño expulsó a los chilenos de la montaña de Llallagua por razones de conveniencia económica y como una muestra de soberanía nacional, señala el libro Un banco en la historia, escrito por Roberto Querejazu Calvo.

Con la nacionalización de las minas (el 31 de octubre de 1952), las propiedades del magnate del estaño pasaron al Estado para ser administradas por la Comibol, entre ellas, la Casa Gerencia. El mayor golpe ocurrió con el Decreto 21060 (del 29 de agosto de 1985), que determinó el despido masivo de mineros. “Con esa política llegó el abandono. Claro que seguía la Empresa Minera Catavi, pero no producía ni explotaba estaño”, cuenta Peñaranda.

Durante ese tiempo, se acumularon montañas de papeles que eran depositados en patios, en cajas e incluso en turriles entremezclados con desechos, rememora la bibliotecóloga Carola Campos en un artículo publicado por el periódico La Época. Es entonces que, en 1999, un grupo de trabajadores del Almacén de la Comibol —dirigido por el líder sindical Edgar Ramírez— empezó a organizar aquellos documentos. Esta acción fue el inicio para el nacimiento del Archivo Histórico de la Minería Nacional, que resguarda documentación de La Paz, Oruro y Potosí, además de las localidades de Catavi, Pulacayo y Karachipampa.

Desde 2011, el Archivo Regional de Catavi recuperó desde cuadernos contables escritos a pulso hasta libros de registro de trabajadores. En ese trabajo se dieron cuenta también de que, en algunos casos, extrajeron información muy importante para beneficio propio; en otros, vendieron archivos para convertirlos en papel higiénico, cuenta Peñaranda. A pesar de todo ello, Bolivia custodia el más grande archivo minero del mundo, asegura Ramírez.

De esa riqueza, al menos 2.000 metros lineales de documentos están repartidos en la Casa Gerencia, en habitaciones amplias que en antaño eran dormitorios lujosos y que ahora tienen los ventanales cubiertos con cartones para proteger las carpetas de los rayos solares.

En cada paso hay un recuerdo: un piano antiguo que todavía deja escuchar sus notas, máquinas de escribir preservadas, algún tocadiscos, microscopios para uso clínico, varias cajas registradoras, fotografías de los empleados, un refrigerador estadounidense de dos metros de alto, placas radiográficas, revistas y libros en varios idiomas que leían los ejecutivos y los trabajadores, fichas para adquirir alimentos en la pulpería y, sobre todo, registros con tapas de cuero y muchos más documentos que cuatro técnicos de archivística se encargan de registrar, con el objetivo de que formen parte de una biblioteca patrimonial —que tendrá material bibliográfico y hemerográfico— y un museo, que se prevé sea inaugurado el próximo año, donde aumentarán muebles y otros objetos que revivirán el apogeo del estaño en el norte de Potosí.

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