Gran Poder, el lenguaje socioeconómico de la fiesta

El historiador Fernando Cajías analiza el prestigio y la devoción en la fiesta que está en constante cambio.

Momentos. Un grupo de cholas vestidas de blanco en la morenada.

Fernando Cajías de la Vega 07/06/2019 02:28 PM

La Fiesta del Gran Poder es una de las megafiestas urbanas de Bolivia, es una celebración colectiva masiva en la que se produce un encuentro social de miles de personas de todas las culturas paceñas y no paceñas, clases sociales, abolengos, conocimientos. Encuentro de género y generacional. Esta fiesta es uno de los escenarios emblemáticos interculturales e intersociales. Sin embargo, también es un escenario de jerarquías y desigualdades. Ya se ha dicho muchas veces que para entender la fiesta es necesario analizarla desde diversos lenguajes: religioso, de identidad, lúdico, artístico, político y socioeconómico. A pesar de que sus diferencias no son excluyentes, el debate está en establecer cuál es la razón principal que mueve a esa participación masiva. Sin desmerecer el gran valor de los otros lenguajes, en este artículo se analizará uno de esos debates: ¿es más importante la devoción al Jesús del Gran Poder o el prestigio social?

Ya en el libro clásico de Xavier Albó y Matías Preiswerk Los señores del Gran Poder (1986) se señala la importancia del lenguaje social y de las jerarquías dentro de la festividad. Si bien en las últimas tres décadas se han dado cambios muy profundos, considero todavía válida su clasificación de los actores de la fiesta en directos, indirectos y ausentes.

Con base en esa división y mis propias observaciones, se considera actores directos a los directivos de la Asociación de Conjuntos Folklóricos del Gran Poder, a los fundadores y directivos de cada una de las fraternidades; a los sacerdotes, cofrades y yatiris; a los fraternos que danzan (los guías y los de la base), a los músicos (compositores e intérpretes), a los empresarios y trabajadores creativos de la fiesta (bordadores, pollereras, sastres, costureras, matraqueros, imprenteros, videastas, zapateros, etc.), la Junta de Vecinos.

Todas y todos merecen estudios especiales, pero actualmente quienes más se consideran un “fenómeno social de la fiesta” son las mujeres, especialmente la chola paceña y los prestes/pasantes. Tanto la chola paceña como los prestes y pasantes han merecido importantes estudios que sería largo enumerar, entre ellos es importante destacar la decena de tesis elaboradas en la carrera de Comunicación Social de la Universidad Católica Boliviana. También se han producido documentales y películas como la producción (documental y de ficción) Entre Santos, Cholas y Morenos, de Okie Cárdenas, recientemente estrenada, en la que sobresalen las entrevistas a los pasantes.

Sin duda, uno de los fenómenos sociales más importantes de las últimas cuatro décadas, en casi todas las fiestas bolivianas, es la feminización de la celebración con una participación masiva de miles de mujeres de toda condición social, de todas las edades e identidades culturales. Su presencia ha producido importantes cambios en las danzas, creando nuevos personajes que antes no existían. La morenada es un ejemplo de ello: las señoras cholas, las señoritas cholitas guías, las cholas antiguas, las chinas morenas, etc.

A diferencia del Carnaval de Oruro, donde en las morenadas predominan, en cantidad, las chinas, las cholas antiguas y las cholitas; en las de La Paz predominan los masivos bloques de las señoras de pollera.

Todas parecen iguales, tienen el mismo traje desde la cabeza hasta los pies, cantan lo mismo e interpretan los mismos pasos. Pero como se demuestra en los estudios mencionados y en mis propios estudios, no todas son iguales. Hay diferencias económicas y de identidad. Económicas en el enorme valor de las joyas auténticas que portan algunas y las joyas de fantasía que portan otras; algunas cubren los gastos con sus excedentes, otras con los ahorros de todo el año y hasta con préstamos. Unas bailan representándose a sí mismas con su traje de gala y no dejan la pollera en su vida cotidiana; otras utilizan el traje de gala para todo evento, pero para la vida cotidiana se visten de modernidad; otras solo utilizan el traje en la Fiesta del Gran Poder, apropiándose felices de la identidad de las “verdaderas”.

Encabezan esos bloques las cholitas guías, jóvenes que derrochan alegría y belleza, elegidas por las parejas de pasantes o a veces por elección de un jurado. Visten con colores más vistosos y mueven sus polleras con más dinamismo para lucir sus bellas mankanchas. Unas de ellas buscaron más sensualidad, abrieron sus mantas, lucieron un leve escote; pero ahora esas libertades les han sido prohibidas. Muchas de ellas combinan en su vida cotidiana la tradición y la modernidad.

Sea como fuere, más allá de las diferencias señaladas, el protagonismo de la chola paceña en el Gran Poder es tan importante que es uno de los principales argumentos para justificar la Declaratoria de la Fiesta como Patrimonio de la Humanidad.

El otro gran fenómeno social es el de los prestes y los pasantes. Es precisamente en torno a este tema donde más surge la pregunta, ¿predomina la devoción o el prestigio social? Si bien algunos estudios se inclinan por afirmar que en ellos predomina el prestigio social, considero que ambos tienen la misma importancia, variando por supuesto de acuerdo con cada personalidad.

También hay que tomar en cuenta los cambios y las diferencias entre preste y pasante. El preste tiene su origen en la época colonial y su tarea era —y en muchos casos sigue siendo— fundamentalmente la organización de la parte religiosa (vestir a la imagen, adornar la iglesia, velar por los momentos religiosos como la misa y la procesión) y la recepción social. En cambio los pasantes se encargan, además, de gran parte de la organización de la fiesta (recepciones sociales, los ensayos, la indumentaria de la fraternidad, la banda de música, etc.).

Todo ello requiere de fuertes inversiones de dinero y de tiempo, por eso ya no es solo una pareja de pasantes, sino cuatro o más.

En todo caso, tanto en prestes como en pasantes, hay una enorme devoción por Jesús del Gran Poder. Parafraseando al sacerdote agustino Hans van den Berg (cuya orden ha estado mucho tiempo en el Gran Poder), que afirma que en el mundo rural aymara todos creen que “la tierra no da así nomás” y que no basta con solo sembrar, sino que se debe hacer rituales a la Madre Tierra, a la Virgen, a San Andrés; se puede comprobar que esa creencia se ha trasladado a la ciudad y la mayoría cree firmemente que “el negocio no da así nomás”, así se hace un ayni con Jesús del Gran Poder. A diferencia de los empresarios de la Quinta Avenida de Nueva York, no atribuyen su éxito solo a su gran olfato empresarial, sino a la ayuda sobrenatural.

También ser preste o pasante significa mucho prestigio social. Para la burguesía culturalmente mestiza, no solo del Gran Poder, llegar a ser pasante es cumplir “el sueño paceño” de ser reyes por un año. Nadie podrá quitarles el orgullo de ser los personajes más visibles durante el recorrido, por las bandas y los símbolos que portan, porque bailan delante de la poderosa banda y junto a ellos, la bella reina de la fraternidad.

Los actores indirectos merecen también ser estudiados. Pero dado el alcance de este artículo, solo mencionaré algunos: los funcionarios culturales del Gobierno Municipal, los jurados, los auspiciadores como Paceña, las comideras, peluqueras; los prácticos, los que hacen negocios en la fiesta, los medios de comunicación. Y sin duda el público, que al igual que los actores diversos son parecidos y diversos, diferentes según las calles del recorrido, en edades, en alegría, en consumo gastronómico. Finalmente, también es un desafío para el investigador el descubrir las razones de los ausentes.

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