Fiesta política luchas por la diversidad

Las identidades TLGB  forman parte de esta celebración que busca la inclusión en el baile

Creatividad. Cada año, David Aruquipa y miembros de la familia Galán diseñan un traje inédito de wapuri.

Naira de la Zerda 07/06/2019 03:04 PM

En medio de la admiración y cariño que David Aruquipa estaba acostumbrado a recibir en las entradas folklóricas cada vez que bailaba como wapuri —una de las figuras de la danza de la kullawada—, comenzó a sonar un nombre particular: Barbarella.   

“La gente se acercaba, nos comentaba cuánto les gustaban nuestros trajes, nuestros pasos y nos decían: ‘Son tan lindos, igual que la Barbarella’”. Lo que el integrante de la Familia Galán —colectivo activista TLGB—  no sabía es que su curiosidad por ese dato lo llevaría a desenterrar una historia oculta por décadas de represión.

“Aún pensábamos que éramos los primeros en irrumpir en las entradas folklóricas con nuestra propuesta feminizada y andrógina del wapuri, así que nos preguntábamos quién podría ser aquella con la que nos comparaban tantas personas”. 

Para su sorpresa, David encontró un referente histórico de lucha por la visibilización de las identidades homosexuales y transexuales en Bolivia, recordado por la memoria oral de la ciudad. Barbarella fue el nombre que Peter Alaiza se dio a sí mismo, cuando se vestía como mujer. Su gran aporte a la fiesta folklórica y religiosa más importante de La Paz —finales de los años 1960 y comienzos de 1970— fue la creación de una de las figuras más populares de la morenada: la china morena.

La sensualidad fue una manera de dejar su huella en la tradición y la fiesta. En aquella época las mujeres no participaban más que como acompañantes de sus esposos. Y la vestimenta con la que irrumpió era considerada escandalosa e inapropiada para una mujer respetable.

“Solía hacer un pequeño acto en el que dejaba caer un pañuelo y al recogerlo mostraba su calzón lleno de volados. De ahí viene su nombre, ya que en aymara “china” es poto. La fiesta fue casi un primer desfile del orgullo gay. Era una manera de hacer pública y visible su identidad, que estaba acorde con los tiempos, con la revolución sexual que estaba cambiando los paradigmas en todo el mundo”, narra David.

En 1974, después de que la irreverente Barbarella —según el relato oral— le robara un beso al entonces presidente de facto, Hugo Banzer Suárez, se prohibió su participación en la entrada folklórica, que comenzaría a cruzar el centro de la ciudad de La Paz. Desde entonces las comunidades fueron su refugio. Las invitaciones a las fiestas patronales llegaron gracias a los amigos que había hecho en el Gran Poder. En ellas siempre fue recibida como una visitante ilustre, con algarabía y admiración.

A pesar de que la historia oficial poco o nada registró sobre ella, el interés de quienes habían seguido su camino, sin consciencia de la herencia que tenían, logró encontrar sus huellas. “La historia de Barbarella fue para nosotros una muestra irrefutable de que la fiesta es un espacio de lucha. Una instancia que nos permite ganar reconocimiento de la gente y también de las autoridades. Es capaz de albergar un discurso político de inclusión, que fue una palestra que nos ayudó mucho”.

La familia Galán y la Fiesta del Gran Poder tuvieron un amor a primera vista. Desde hace más de una década que su paso por la entrada, junto a la fraternidad Nuevo Amanecer, se espera con ansias.

Si bien el camino no fue fácil —incluso se realizó un congreso de fraternidades de kullawa, para hablar sobre los cambios que propusieron al traje de wapuri— la aceptación del público y de los folkloristas les permitió dar a conocer la historia de Barbarella y ser parte del documento de postulación a la Unesco, para que el Gran Poder sea declarado patrimonio.

“Los homosexuales y transexuales fuimos y somos parte de la alianza de identidades marginales que alimentaron esta celebración popular. Es un legado que compartimos junto a migrantes, comerciantes y artistas, que ahora se reconoce”.

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