Coco Manto

Ch’enko total. El papirri: personaje de la Pérez, también es Manuel Monroy Chazarreta

Jorge Mansilla 'Coco Manto'

Manuel Monroy Chazarreta 08/10/2019 02:04 PM

Hace unos cuatro meses atrás decidí ir a buscarlo, me adhería a la campaña para que Coco sea designado Premio Nacional de Culturas 2019, contacté a su hijo Pablo a quien había conocido de muy niño en el exilio mexicano, Te esperamos Papirri, señalo feliz y claro. Entonces me puse a meditar… ¿Cuándo fue la primera vez que le di un abrazo? Apareció mágicamente un recorte de prensa del Semanario Aquí, abril de 1980, Hermoso Festival en Homenaje a Luis, titulaba el recorte: “Durante cuatro horas se realizó un Festival Artístico en el Paraninfo de la UMSA, allí se rindió Homenaje a Luis Espinal, dos meses después de su asesinato”… A un costado estaban las fotos del evento, la de Matilde Casazola, de Julio César Paredes, mi foto de reciente bachiller, las fotos del Taller de Teatro de la UMSA y el hermoso poema dedicado a Luis Espinal de Coco Manto, que en su columna Olla de Grillos decía: Está todo el pueblo en el funeral/ seguro que ha muerto algún general/, pero no se escucha banda militar/ ni hay nadie a caballo con paso marcial (…) Señor, ¿quién ha muerto? Luis Espinal/ ¿Era alguien famoso?/ Un hombre normal/ ¿Por qué lo mataron?/ Por la libertad/ decía de frente siempre la verdad/ y lo torturaron de forma brutal/ y lo victimaron dentro del camal… Aquel día le di el primer abrazo. Ya lo había leído y escuchado mediante un casette en la casa de René Bascopé, otro artista y periodista valiente que asumió la dirección de Aquí en esos momentos tremendos, yo no podía creer que abrazaba a Jorge Mancilla Torres, poeta minero de Uncía, que a los 22 años se volvió Coco Manto; el Basquito me contaba que allá por 1964 aparecía en la escena artística paceña con su voz de fuego, su pluma infinita, su humor inteligente, ya se lo veía con Ernesto Cavour, Dominguez y el Gringo Favre en el Show de los Sábados de Miky Jiménez, asestando golpes finos a la dictadura de Barrientos. Cuando lo abracé por primera vez, sentí el calor de los mineros, el ceño de la copajira, la mirada de llokalla bandido, la sonrisa sincera, sin melodramas, Coco había vuelto recién del exilio banzerista y, otra vez, sin pausa, a darle a la poesía rebelde, al humor valiente antimperialista: Acelerada o con calma/ la poesía ha de ser/ clarita como el singani/ útil como un alicate/ a la hora de su quehacer/ de combate. Quise invitarle un té con té, pero los tiempos eran duros, los paramilitares de García Meza lo perseguían.

Tomo un taxi, doy la dirección al taxista cochala y mientras da vueltas y vueltas buscando el hogar de Coco recuerdo el segundo abrazo. Fue tres meses después, julio de 1980, con mi familia habíamos inaugurado el asilo en el consulado de México, los paras allanaron mi casa y quemaron todo buscando a mi padre y a mi hermano mayor, la residencia del embajador mexicano estaba repleta de compatriotas urgidos, nos metimos nomás al consulado, no había de otra. Al día siguiente apareció Coco Manto con su frazada, su termo, su coquita, su Astoria y su sonrisa bendita. Fue paradójico, en esos tres meses de encierro disfruté mucho de tenerlo tan cerca, le canté mi primera canción, Hoy es domingo, me dijo debería llamarse Ahura es domingo, dio la inyección certera para que naciera el huayño Hasta ahurita, que se lo canté con la angustia de la primera decepción amorosa: Tranquilo, amigo, tranquilo, las mujeres tienen dos (o) varios, me dijo en sus aforismos.

Luego, ya en el destierro mexicano, nos vimos en su departamento de El Altillo que fue espacio de contención de tantas soledades, nos recibía poblado de hijos mientras su esposa, la bella Marthita, hacia milagros ampliando mágicamente un pozole florido con la receta de Ricardo Pérez Alcalá. Festejamos de lo lindo el Premio Nacional de Poesía “Ramón López Velarde”, que le dio el Instituto Nacional de Bellas Artes de México en 1982.

Luego de huayronquear, por fin llegamos al departamento en un callejón valluno, desde un tercer piso bajó el Pablito, Papirri, con calma nomás nos apuraremos, está delicado mi papá, pero muy emocionado de volver a verte. Allí estaba el gran Jorge Mancilla Torres, el entrañable Coco Manto, sentado en su living con la querida Marthita. 37 años habían pasado para este tercer abrazo. Entonces me obsequia sus Breverías, libro vital publicado en 2014 por el periódico La Jornada de México, señala sabio con su dedo, Esto es para ti, Papirri: Dicen que soy muy negativo. No, ¡no lo soy!  ¡Nunca! Me niego a esa calumnia… Y se ríe en serio.

Estuve en el acto, recibiste el Premio Nacional de Culturas, hermano Coco Manto, llegué un poco tarde, llenito estaba, no pude darte el cuarto abrazo, te aplaudí desde gallo. Sabes que te quiero desde el alma, por tu talento virtuoso, tu soneto esencial, tu valentía ejemplar, tu lúcida consecuencia. Entonces respondes desde tu silencio: Más que preguntas propuse respuestas/para asentar la vida que es muy poca/ lucho por ella con lo que me toca/ quiero morirme con las botas puestas.

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