La política es intrínsecamente egocéntrica

Los ciudadanos son forzados a aceptar la decisión unilateral (egocéntrica) de los políticos.

Alejandro A. Tagliavini
18/10/2017 11:11 PM

A diferencia del principio del mercado (las personas interactuando naturalmente), en donde cada parte acuerda con la otra durante toda acción (como cuando un vendedor y un comprador realizan una transacción, precio de por medio), la esencia del Estado es la imposición de sus “leyes” vía su monopolio de la violencia; no importa la voluntariedad ni la cooperación pacífica, sino que el político o burócrata deciden arbitrariamente. Aunque esgriman una “ley” y la justifiquen con argumentos románticos (como que fue promulgada por un Congreso democrático para el bien común), lo cierto es que el ciudadano es forzado a aceptar la decisión unilateral —egocéntrica— del político.  

Dejando de lado el hecho de que la violencia destruye, cuando se vota se está eligiendo entre unos políticos que son más o menos egocéntricos; decisión ciega porque no suelen decir la verdad y, en cambio, recitan melosos discursos con el fin de atraer desprevenidos votantes.

El mismísimo Carlos Menem, expresidente de Argentina y, a pesar de todo, uno de los mejores mandatarios latinoamericanos modernos, contó este chiste: “Perros negros comenzaron a atravesar la frontera porque el Gobierno promulgaría una ley que exigiría matar a esos animales. De pronto, cruza un gato blanco y la Policía le recuerda que no es ni perro ni negro, a lo que el gato le contesta que el gobernante es Carlos Menem” y, como buen político, hará lo contrario a lo que dice.

El presidente chino, Xi Jinping, jefe del Partido Comunista, del Estado y del Ejército, reforzó su poder al ser nombrado “Líder central” del partido, convirtiéndose en el más poderoso desde Mao Tse-tung, blindando su autoridad de cara al XIX Congreso del PCC, que se realizará entre el 18 y 24 de octubre. Además, se aprobó reforzar la campaña anticorrupción que, como en muchos países, parece un arma política contra sus enemigos.

La maquinaria propagandística ha redoblado las loas a Xi Jinping con el fin de consolidar su candidatura para continuar en el poder más allá del 2022. Conocida en China como la fórmula de quishang baxia (siete arriba, ocho abajo), según esta norma no escrita, solo los dirigentes de 67 años o menos pueden ascender en el escalafón, mientras que los de 68 deben retirarse. Para 2022, Xi Jinping, que ahora tiene 64 años, excedería esa marca.

Y para justificar la expansión de sus poderes, el partido comunista está tratando de demostrar que “solo un líder fuerte puede dirigir” otros cinco años de “milagros”. Ahora, hay dos cosas muy sintomáticas. Por un lado, pese a la ingente transformación que ha sufrido China últimamente, su liderazgo continúa aferrado a una retórica y gesticulación comunistas porque esto les permite justiciar un poder central férreo que esconde una pirámide de corrupción.

Por otro lado, desde que crece el personalismo y, por tanto, el poder central (el egocentrismo) la economía ha virado hacia una mayor intervención estatal, una suerte de neokeynesianismo que ha provocado una desaceleración. El Gobierno comunista ha inyectado una enorme cantidad de dinero al punto que la deuda china hoy alcanza el 270% del PIB, sumando la pública, la corporativa y la de las familias.

China es el país de más rápido desarrollo económico en el mundo desde los 80, con un promedio de crecimiento anual del 10% y picos de hasta 13,5%, según los datos oficiales. Pero el año pasado creció solo 6,9%, frente a un 7,3% en 2014, suponiendo que estos números no estén inflados.


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