Murmullos en La Merced

Desde esta perspectiva, Bolivia es un pueblo sin memoria, y Bedregal es el típico modelo del político boliviano.

Édgar Arandia Quiroga
29/09/2018 06:01 PM

La iglesia que se encuentra en el casco viejo de la ciudad de La Paz y que alberga una imagen de la Virgen la Merced, patrona de los presos y del Ejército peruano, se remonta al siglo XVIII. Está cerca del centro de poder político de Bolivia, es más discreta que la Catedral. En ella se celebran misas de difuntos y los días sábados, filas interminables de novios esperan la bendición de sus matrimonios.

Hace unos días asistí en aquella iglesia a la misa de difunto de un amigo con el que no compartíamos las mismas ideas políticas, estéticas, ni religiosas; pero estas diferencias nunca perturbaron nuestra amistad. Este triste motivo fue la ocasión para encontrarme con otras amistades a las que no veía hace muchos años. Algunos llegaron de la Argentina, otros, de Santa Cruz y Cochabamba para despedirlo. Nuestro común amigo era muy querido, porque practicaba el arte de la amistad. Nunca se casó, sus exnovias aparecieron en la iglesia y luego se esfumaron como el humo de las velas. Después del oficio religioso, salimos al pequeño atrio a conversar. Cada uno de los viejos amigos había transitado diversos caminos, y empezaron a desgranar sus opiniones contenidas por muchos años de alejamiento.

El emigrado considera bien merecida la crisis económica y política que sufre la Argentina, porque, para él, la mayoría del pueblo argentino se equivocó con el voto castigo a Cristina Fernández y permitió que gobernara un conocido conservador neoliberal. Advierte que en Bolivia puede suceder algo parecido si nos dejamos llevar por el afán moralizador sin ver el horizonte.

Otro nos pone como ejemplo a Guillermo Bedregal, quien murió días atrás a los 92 años con una pensión suculenta, recordando sus inicios sinuosos como trotskista, para emigrar —sin sonrojarse— al otro extremo, la Falange Socialista Boliviana (FSB), y recalar en el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), como instrumento perverso de la Masacre de Todos Santos (1979). Luego se enriqueció con las latas de manteca de la Comibol, pero no purgó ni un día en la cárcel por estos delitos. Desde esta perspectiva, Bolivia es un pueblo sin memoria, y Bedregal es el típico modelo del político boliviano: oportunista, mentiroso y corrupto.

El amigo silencioso y psicólogo saca su espada y nos ataca con la exjueza Patricia Pacajes: “Así como hay el malinchismo, ahora hay el pacajismo”. —Cómo es eso, contestamos en coro. “A la Malinche la culparon de haber sido la llave para que Cortés destruyera la cultura azteca. Se volvió un paradigma de la persona colonizada y enajenada que sirve a su opresor. Pero en el caso de la jueza, ésta  era, desde estudiante, una mujer que renegaba de sus orígenes indígenas y se teñía el cabello de rubio para alejarse de su pasado. Una vez conseguido el poder, ejecutaba veredictos contaminados con su alienación de duda y moral, caracterizados por la alteración del sentido ético. Vale decir que ahora muchos indígenas que tienen poder se están cobrando los años de exclusión y racismo, convirtiendo su escritorio en un instrumento letal en todos los ámbitos de la administración. Por ello se explica la gigantesca corrupción, ellos dicen: ‘Ahora nos toca’”.

Mientras una suave y extraña llovizna de primavera nos rociaba con su frescor, pasó el senador Arturo Murillo en su vagoneta. “¿Te das cuenta, quienes nos gobiernan?”, dijo el aficionado a la gastronomía, señalando al legislador cochabambino. “Ese señor piensa como en el siglo XVIII, es senador y, según él, yo soy mujer”. Una risa general nos sacudió de la inmovilidad que produce la charla cuando es sabrosa.

Los llegados se sorprendieron de los teleféricos y del servicio que prestan en contraparte del absoluto desorden de la ciudad de La Paz, calles abarrotadas de automotores estacionados en calles estrechas y la histérica conducta de los conductores que no respetan los semáforos. Todos concordamos en que el escenario descrito era la Bolivia que estábamos viviendo. Coincidimos en que el Gobierno durante los primeros cinco años de gestión intentó desmontar la estructura neoliberal, creando nuevas instituciones y engordando el Estado hasta la obesidad, pero se olvidó de culminar el proceso, generando colisiones internas. En este escenario nos sorprenderá el veredicto de la Corte Internacional de Justicia (CIJ), y pese a la poca credibilidad en los políticos, el resultado puede teñirnos de algún pasajero optimismo.

* es artista y antropólogo.

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