¿Mejor mal acompañados?

Los acercamientos se bifurcan cuando de pensar propuestas de sociedad se trata.

Adalid Contreras Baspineiro
11/06/2018 05:50 AM

Se ha convertido casi, casi en un dogma, la afirmación de que la única condición de posibilidad que le queda a las oposiciones es su unidad. Este es un fenómeno recurrente en distintos países de la región, especialmente (aunque no únicamente) en aquellos gobernados por partidos fuertemente enraizados en el poder.

Esta afirmación, que tiene prácticamente el valor de un credo religioso, se materializa con recetarios parecidos y resultados diferentes. Para citar dos casos cercanos, recordemos que la experiencia electoral de la Asamblea Nacional en Venezuela funcionó en tanto ampliación de una línea contestataria de oposición, y que se trozó a momento de plantear propuestas alternativas y de legitimar representatividades. En la experiencia de las últimas elecciones ecuatorianas, la alianza de las principales organizaciones de derecha más alguna izquierda desencantada que se mostraron con rimbombante exposición mediática y altruistas propósitos se desplomó como un castillo de naipes al momento de definir la candidatura, porque todos se consideraban presidenciables.

En nuestro país el tema cobra actualidad en un momento en el que ya se empieza a calentar motores para el próximo proceso electoral, que está a solo 16 meses de realizarse. Estamos prácticamente ya moviéndonos aunque lentamente en el ritmo de los convites que anticipan los compases y las farras del juego electoral, con partidos que se han abierto a la inclusión de plataformas ciudadanas cuyo dinamismo cuestiona, paradójicamente, la estructura clásica de la forma partido.

En los convites previos ocurren ensayos de relaciones bi-tri-o más-partidistas, con acercamientos que quisieran trascender un pacto electoral y materializarse en alianzas estructurales. Tengo la impresión, más cierta que leve, que sus coincidencias radican estrictamente en la significación del 21F y en sus cuestionamientos al afán prorroguista del régimen, pero que los acercamientos se bifurcan cuando de pensar propuestas de sociedad se trata.

Hay comprensiones diferenciadas de lo que se ha venido en llamar el “posevismo”, reflejando proyectos de transición o hacia modelos que cumplan las tareas inconclusas de las revoluciones nacionalista y plurinacional, que consoliden la democracia plena; o en el otro camino, que reinventen formas de regresión al sistema de los ajustes estructurales, para ponerse a tono con la movida continental neo-neoliberal.

También se han ensayado encuentros más estrictamente electoralistas que, al igual que en otros países, sirven para la foto más que para las decisiones. Son, en definitiva, acuerdos de cristalería que lucen bien, pero que pueden oxidarse o resquebrajarse si no se pulen permanente y adecuadamente sus factores de cohesión. No se olvide que son piezas hechas con base en la articulación de múltiples retazos, variopintos y multicolores, cuya unidad depende del pegamento nucleador con el que se los junta. Otras formas de encuentro responden a la peyorativa definición de juntuchas en las que todo cabe sin importar ideologías, lecturas de país, proyectos políticos o creencias.

Este es el ambiente previo en el que se reclama un frente único que no acaba (¿o no empieza?) de concretarse. Y así como van las cosas, pareciera que los apoyos obligados se harán efectivos en la segunda vuelta. Sin duda que no son solo propósitos contestatarios ni acuerdos meramente electorales los que hacen fuerza de cara a una ciudadanía ávida de respuestas. Serán movilizaciones ciudadanas y programas con propuestas viables que enlacen demandas inmediatas con visiones de país inserto en el mundo los que seguirán orientando la construcción de la historia.

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