Corrupción del siglo XXI

Estalló primeramente en Brasil y se expandió al resto del continente.

Carlos Antonio Carrasco
19/10/2018 10:34 PM

El pasado 3 de octubre, la famosa HEC (Escuela de Altos Estudios Comerciales) y el OCP Policy Center de Paris auspiciaron la sexta edición de los diálogos estratégicos, en los que diserté sobre “Las crisis actuales de gobernabilidad y la lucha anti-corrupción en América Latina”. En apretada síntesis, la hipótesis que ofrecí fue que la corrupción es a la vez, causa y efecto de la inestabilidad gubernativa en la región, luego de haber superado la larga noche de dictaduras militares y haberse embarcado en la administración de una bonanza económica, sin precedentes, fruto del alto ingreso recibido por la exportación de materias primas y de productos manufacturados.

Sin embargo, paralelamente se emprendieron grandes trabajos públicos de infraestructura a veces necesarios, pero algunos ejemplos perfectamente prescindibles. En ese marco, una investigación acerca de sobreprecios y comisiones furtivas en la concesión de contratos con el Estado, estalló primeramente en Brasil y se expandió al resto del continente, contaminando a las más altas autoridades y provocando la estrepitosa caída de presidentes, vicepresidentes y ministros. Al centro del voluminoso escándalo se sitúa la empresa constructora brasileña Odebrecht cuyo más alto ejecutivo, cooperando con la Justicia, fue instrumental en el impeachment de Dilma Rousseff (2016) reemplazada por Michel Temer, quien a su vez estaba involucrado en otros ajetreos non-sanctus. Un enérgico juez provincial desenvolvió el ovillo de la corrupción que arrastró al fango, al carismático expresidente Lula de Silva, impidiendo el avance de su candidatura presidencial. Pero su pecado no solo se confina al Brasil, sino se rumora que el líder socialista era el poderoso padrino que inducía a Odebrecht a engrosar los fondos electorales de aquellos presidenciables de su preferencia. En esa tónica, pesquisas judiciales forzaron la dimisión del peruano Pedro Pablo Kuczynski (2018), el encarcelamiento de su predecesor Ollanta Humala (2011-2016) y de su esposa y la demanda de extradición de Alejandro Toledo (2001-2006). Hace unos días, la líder de la oposición Keiko Fujimori fue arrestada por idéntica conducta. En Ecuador, por igual motivo, el exvicepresidente Jorge Glas (2013-2018) purga una pena de seis años; en República Dominicana, están detenidos una docena de exministros; en Venezuela, Nicolás Maduro fue repetidamente señalado, mientras en Colombia las indagaciones continúan. Cosa curiosa, en Cuba, bajo el madrinazgo de Dilma Rousseff quien reconstruye el puerto de Mariel es Odebrecht.

Aparte de ese maná brasilero, en Guatemala, el expresidente Alfonso Portillo (2000-2004) fue aprisionado en Denver condenado a 20 años por lavado de activos; su predecesor el general Otto Pérez Molina (2012-2015) continúa en la cárcel, donde su homologo Álvaro Colom Caballero (2008-2012) le hace compañía; en Panamá, el exmandatario Ricardo Martinelli (2009-2014) acaba de ser extraditado de Estados Unidos; en Nicaragua, la pareja infernal que tiraniza ese pueblo manipula los negocios al estilo de la cosa nostra; en la Argentina, Néstor Kirchner (2003-2007) junto a su pareja Cristina Kirchner (2007-2015) establecieron una cadena de transmisión de coimas directamente desde las empresas corruptoras hasta su residencia particular. Se espera que, a la alegre viuda, hoy senadora, le sea levantada la inmunidad parlamentaria para ingresar a la cárcel.

El tráfico de droga es un elemento importante de la corrupción en varios países latinoamericanos, sea como productores, transportadores o cómplices de los traficantes en la elaboración de la cocaína. La coca se produce principalmente en Colombia (146.000 hectáreas), en Perú y en Bolivia (25.000 hectáreas). El consumo tradicional de esta hoja es muy inferior a la cantidad producida y el excedente, obviamente va directamente al narcotráfico.

Otras modalidades de corrupción envuelven las actividades económicas, bancarias y administrativas en general. La corrupción es endémica y el hastío de la ciudadanía que es inmenso se está traduciendo en el apoyo electoral a postulantes populistas, ávidos de luchar contra ese flagelo. Entretanto, la inestabilidad de las instituciones dificulta la gobernabilidad y la falta de alternabilidad en el mando supremo se explica por el temor que tienen los gobernantes de pasar de presidentes a presidiarios.

* Doctor en Ciencias Políticas y miembro de la Academia de Ciencias de Ultramar de Francia.

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