Panichelli cambió el fútbol por la literatura

Fue jugador de Blooming y The Strongest. Gran goleador. Una lesión le obligó a retirarse

Germán Panichelli, con tres de sus obras en una librería de Córdoba, en Argentina.

Jorge Asturizaga 18/10/2018 10:35 AM
La Paz•

El argentino Germán Antonio Panichelli era un fornido delantero, un goleador de destacada labor en su paso por el fútbol boliviano. Llegó en 1986 para Blooming de Santa Cruz, pero donde sobresalió más fue en The Strongest en los dos años siguientes.

Su mayor virtud en el área era el cabezazo, por esa vía mostró sus dotes. Brilló en la Copa Libertadores de América de 1987 contra los colombianos América y Deportivo Cali y sus casi 50 goles en esos tres años en Bolivia fueron motivo para que River Plate se fijara en él y lo contratara.

La mala suerte hizo que se retire del fútbol antes de debutar en el gigante club de Buenos Aires: sufrió en la pretemporada una rotura de ligamentos y otra lesión de meniscos que precipitaron su adiós cuando aún tenía muchos años por jugar.

Fuera de las canchas, emprendió un negocio personal en su Córdoba natal y tuvo más tiempo para cultivar la lectura, su otra pasión. Cuenta que desde niño leía todo lo que le llegaba a sus manos.

Amante de los libros, años después, mientras dirigía en divisiones inferiores de clubes de su provincia, se animó a escribir novelas relacionadas con el fútbol y hasta ahora lleva cuatro publicaciones y está trabajando en la quinta.

“Desde chico soy un apasionado por la lectura y como desgraciadamente no pude jugar más al fútbol, el hábito de leer me sirvió para escalar etapas en mi carrera. Fui muchas veces técnico en divisiones inferiores, pero los libros me ayudaron a saber expresarme, a tener una cultura general y eso fue importante para desenvolverme con facilidad”, cuenta Panichelli.

Nacido en la localidad de Los Surgentes, provincia de Córdoba, el 20 de junio de 1964, el exgoleador recuerda que un día decidió dar un paso más y se animó a escribir. Desde ahí no soltó más la pluma.

Su “debut” fue con El caso Marino, seguido de 30 días en el infierno; la tercera publicación fue Mi Barcelona y la cuarta, El camino del salmón, que vio la luz este año.

El personaje central es un técnico de fútbol que en cada libro tiene un desafío distinto. Detalla que en El caso Marino    un DT de inferiores y coordinador está ante la situación de un chico que está por debutar y que tiene problemas con el pase y los representantes. Se basó en una situación de Ramón Wanchope Ábila, actual delantero de Boca Juniors, a quien dirigió cuando comenzaba su carrera.

En 30 días en el infierno el DT dirige un club de primera división que debe pelear por evitar el descenso y vive tensiones y circunstancias propias de un plantel en zona roja.

Mi Barcelona lo dice todo, su personaje pasa a ser coordinador de un club y debe armar el equipo de su vida desde la nada.

El camino del salmón cuenta la función de un mánager deportivo y van surgiendo situaciones que el personaje pasa en su club en paralelo a su vida particular.

“Me gusta mucho la novela policial y me basé en esa estructura para escribir. Los libros tienen capítulos cortos con un desafío, desarrollo y el desenlace”, refiere Panichelli.

Agrega que los tirajes fueron cortos, de 300 a 400 ejemplares, solo por hobby y no por algún beneficio económico. “La misma editorial de Córdoba distribuye y vende, el primer libro lleva ya tres ediciones. Más que promocionar una obra, lo mío es contribuir a la divulgación de la lectura”.

De niño y joven leyó mucho a Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa y Eduardo Galeano. A ellos sumó a autores de tramas policiales y de misterio como el italiano Andrea Camilleri y el sueco Henning Mankell, que lo influenciaron en sus obras.

“Por supuesto que en cada obra hay un 50 por ciento de vivencias personales y la otra mitad es ficción, como las personas o los clubes”.

Su misión de contribuir al hábito de la lectura sobre todo en los jóvenes futbolistas le permitió dar charlas en categorías inferiores de los clubes de su provincia. También lo hacía a la par de dirigir en la formación de nuevos valores.

“Habitualmente visito los clubes con la idea de fomentar la lectura en los niños y jóvenes que se preparan para ser futbolistas, quiero que vayan más allá de esta práctica, les aconsejo que terminen sus estudios. Trato de aportar a la persona con el único fin de que se supere y cambie las situaciones en las que todos vivimos en la actualidad”.

Sus publicaciones merecieron elogios por parte de su familia, amigos y futboleros que van más allá de los campos de juego.

Panichelli agradece y no se cansa de repetir que lo suyo es por incentivar la lectura, rubro en el que tiene cuatro “goles” marcados y va por más.

Helados y viajes antes que dirigir

Ni bien se retiró del fútbol, Germán Panichelli instaló una fábrica de helados en Córdoba, negocio que es su principal sustento.

A la par hizo el curso de técnico con especialidad en divisiones menores y dirigió en varias entidades en la provincia de Córdoba.

Cuando se le pregunta sobre la posibilidad de volver a la dirección técnica o probar suerte en Bolivia, dice que prefiere su negocio porque el fútbol no garantiza estabilidad.

“Estoy muy comprometido con mi negocio desde hace años, por tanto se me hace difícil dirigir. El fútbol es muy inestable como para dejar algo que ya está constituido, no vale la pena ir por algo así como cinco partidos y después volver. No se puede dejar la oficina por algo incierto”, comenta el exgoleador atigrado.

Cuenta que cuando lo fueron a buscar los clubes aceptó solo a los de Córdoba para no alejarse de su actividad principal. “No me podía alejar de mi trabajo”.

Donde más tiempo estuvo fue en Instituto de Córdoba, club en el que jugó antes de venir a Bolivia y con el cual se identifica.

Alberto Illanes, ahora director técnico de Nacional Potosí y quien fue su compañero en The Strongest, lo tienta con frecuencia para que se anime a dirigir en Bolivia; sin embargo, por los motivos que ha expuesto en esta nota no se anima.

“Compañeros como Mauricio Soria y Eduardo Villegas también son técnicos y llegaron alto en Bolivia y me alegra por ellos. En mi caso no estoy para ello, no para dirigir lejos”.

Otro de sus gustos es viajar y lo hace solo o con sus hijos (Patricio y Joaquín). Agarra su mochila y emprende viaje.

Estuvo varias veces en Bolivia, pero sin trascender, pues prefiere el bajo perfil.

“Me gusta la zona de Bolivia. Pasé por el país al menos cuatro veces en estos últimos años cuando el destino final era Cusco. Paramos en Potosí, La Paz, seguimos por Copacabana. Siempre que se puede voy por esas tierras. También anduve por el Salar de Uyuni”, rememora.

Si no viaja en su carro, no se hace problema de subirse a un micro o al tren como cualquier persona.

“Soy de perfil bajo, me gusta ir de mochilero, agarro mis cosas y me voy”.

  • Con Eliseo Ayaviri (der.), su compañero de ataque en el Tigre. Foto: Facebook German Panichelli

Un homenaje al ‘Chocolatín’ en su próximo libro

El jueves 18 se cumplirán 21 años de la muerte de Ramiro Chocolatín Castillo, el talentoso mediocampista boliviano que murió en 1997.

Germán Panichelli ya le rindió un homenaje y cuenta que el siguiente texto será publicado en su próximo libro, una recopilación de crónicas futboleras cortas.

Es probable que muchos no lo recuerden, principalmente aquí, en Argentina, pero en Bolivia está considerado entre los cinco mejores futbolistas de toda su historia, y yo, que lo pude ver de cerca, estoy de acuerdo con ese veredicto.

No fui su amigo, incluso compartimos plantel solo unos meses, pero un par de coincidencias hizo que el lazo afectivo se prolongara en el tiempo. Yo había llegado a la ciudad de La Paz proveniente del club Instituto de Córdoba, para incorporarme a The Strongest, que estaba a punto de participar en una Copa Libertadores. El club venía de salir campeón y Ramiro Castillo era su jugador más emblemático.

Este mulato nacido en los Yungas, escuálido, de sonrisa perpetua, resultó ser un malabarista con la pelota, que parecía deslizarse sobre el campo de juego.

Era dos años menor que yo y en el poco tiempo que compartimos forjamos una cálida amistad, la típica de jóvenes compañeros de plantel.

Al terminar la participación en la Copa, la casualidad hizo que lo contratara Instituto de Córdoba. Iba a ser una experiencia nueva para él y su familia y un gran paso en su carrera, pero traía consigo la incertidumbre de irse a vivir a otro país por primera vez.

Recuerdo que se acercó para informarse, entonces yo, además de interiorizarlo del club y de la ciudad, me comuniqué con mis padres para que se pusieran en contacto con él apenas llegue a Córdoba. Eso hicieron, y en esos primeros tiempos, él, su mujer y su pequeño hijo, también llamado Ramiro, encontraron en mi familia un refugio que les hizo más llevadero aquellos momentos de adaptación.

Mi padre, que era muy futbolero, y ante mi ausencia, lo acogió como a un hijo y comenzó a acompañarlo a todo lado. Y los ratos libres, Ramiro y su familia los pasaban la mayor parte en la casa de mis padres.

Luego de un comienzo errático, su paso futbolístico por Instituto fue muy bueno y le abrió las puertas de Buenos Aires. Recaló en Argentinos Juniors y el equipo de la Paternal fue el escalón para llegar a River Plate.

Por otro lado, a mí las cosas me fueron muy bien en el equipo de La Paz, y luego de un par de años y por un capricho del destino, nos volvemos a encontrar en la capital de Argentina y en el mismo club.

Ahí, en más de una oportunidad, conversamos de aquel pasado en común que habíamos transitado. Yo después de una lesión regresé a Córdoba como exjugador y él siguió mostrando su talento por otros equipos, Rosario Central, Platense, otro paso por The Strongest, Everton de Chile, hasta recalar otra vez en La Paz para jugar en el Bolivar, siempre en paralelo a su participación en la selección de Bolivia.

Después de aquel año en Buenos Aires nunca más lo vi, pero seguí de cerca su carrera como la de muchos otros conocidos que te va dando esta profesión.

En el transcurso de esos años, tanto por su desempeño deportivo como por su excelencia como persona, se había transformado en un gran embajador de su país en el exterior y en un ejemplo dentro de aquél. Era la historia de la cenicienta, un humilde chico al que la vida no paraba de sonreírle. Buena gente, carismático, premiado con la hermosa familia que había formado.

Pero el calvario estaba por comenzar. Fue durante la Copa América que se jugó en Bolivia en el año 1997, cuando estando ya en el estadio Hernando Siles, a minutos de jugar la final, Ramiro Castillo recibe la noticia de que a su segundo hijo, José Manuel, de siete años, lo habían internado de urgencia a causa de una hepatitis aguda. Dos días después, el 30 de junio de 1997, el estado del niño agravó y finalmente falleció.

Nadie en esta vida debería pasar por ese trance, la muerte de un hijo es la peor de las tragedias, un infierno por el cual ningún padre tendría que atravesar. Ramiro Castillo no pudo soportarlo, cayó en un profundo pozo depresivo y se aisló de todos.

Amigos en común me contaron que en esos días aciagos, fueron incesantes las muestras de apoyo que recibió para intentar sacarlo de aquel estado. No pudieron lograrlo y tres meses después de la muerte de su hijo se suicidó. Lo hallaron ahorcado en su casa del barrio de Achumani, al sur de la ciudad de La Paz, el 18 de octubre de 1997.

Unos días antes, el 12 de octubre, había jugado su último partido defendiendo la camiseta de su selección ante Ecuador, en un partido por las eliminatorias del Mundial de Francia 1998. Para el pueblo de Bolivia fueron días de conmoción, de mucho dolor, pero fueron también ellos, quienes hasta hoy y con su cariño los que se encargaron de mantener vigente el recuerdo de uno de sus hijos pródigos.

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